jun 28 2014

Yo no soy aforado

Pues ya lo ven ustedes. Aquí estoy como cada sábado. Y ni estoy aforado ni nada de nada.
En realidad, esto no debería ser motivo de comentario, pero me siento extraño, me da la sensación de estar rodeado por ellos. Allá donde miro encuentro hombres y mujeres que son o serán aforados. Esto es algo extraordinario.
Yo no lo soy, ni lo seré, ni siento el más mínimo interés por llegar a serlo. Ni me dedico a la política, ni soy juez, ni creo que me nombren rey. Debe ser que no tengo nada que ocultar y ningún miedo a que me juzgue (en el caso que sea necesario) un juez sea cual sea. Debe ser que ando por el mundo sin problemas que tengan que ver con la evasión de capitales, que pago mis impuestos religiosamente y no tengo previsto cometer delito alguno. Soy de los que creen que los malos ingresan en prisión y los buenos podemos tener una vida normal. Es más, si algún día cometo un delito por el que tenga que pagar con la prisión, con una buena cantidad de euros o con lo que sea, quiero poderlo hacer con la misma tranquilidad con la que vivo. Lo de vestirse por los pies es algo que llevo a gala y no me pienso apear del burro. Digo esto porque no dejo de ver aforados, pero, al mismo tiempo, veo imputados (eternos o algo así, dado el tiempo que lo están) e indultados.
No, no entiendo tanto alboroto en algunos casos porque fulano o mengano no estén aforados. Y me inquieta, y me hace sospechar, y me irrita; y, sobre todo, me aburre que es un primor. Tampoco entiendo la razón por la que algunos imputados no pisan la cárcel de una vez por todas (a algunos se les permite vivir en países extranjeros) ni la razón por la que se indulta a verdaderos sinvergüenzas.
Cada día la misma canción. Una lata.
Hagamos una pausa. Ya he dicho que esto me divierte poco. Una breve interrupción para aclarar que no soy de los que piensa que esta época que vivimos es la peor de la historia y que tenemos corruptos en cada rincón. Eso era antes. Lo que sucede es que, primero, ahora se saben muchas cosas que antes no (los medios de comunicación sirven para que esto sea así) y, segundo, no queremos que suceda (antes estaba tan instalada la corrupción en determinadas clases sociales que parecía parte del juego). Esta época es menos oscura y, afortunadamente, la gente sabe qué derechos tiene y qué deberes no hay que dejar de cumplir. Vamos a seguir con el tostón que les estaba comentando.
No soy aforado. Por suerte no tengo que soportar una carga que otros se apresuran a echarse sobre la espalda. Porque esto es muy gracioso. Ahora resulta que no lo ven como un privilegio sino como algo que supone una losa que llevan a cuestas sin que valoremos que nos hacen un favor con el servicio público que realizan. Habría que recordar a todos que son voluntarios, que ni uno solo ocupa su cargo por imposición. No soy aforado y voy por la vida sin temor alguno a que me denuncien o me salgan hijos en distintas provincias españolas. Será por eso por lo que me pregunto a qué vienen tantas prisas y tanto cerrar filas alrededor de los aforados. No sé. A mí me resulta extraño y me provoca (su actitud) que haga preguntas. Por ejemplo ¿a qué temen, a quién temen? Si no es un privilegio ¿por qué tantas carreras para aforar a unos y a otros? ¿Por qué aforar a alguien por lo que fue? Me dice uno de ellos que la idea no es proteger a las personas y sí a las instituciones, que las presiones que se podrían llegar a ejercer sobre los magistrados en el caso de juzgar a cargos públicos de responsabilidad sería nefasta. Claro, claro. Presiones. Y le contesto que esto se podría arreglar utilizando alguna fórmula diferente a la de aforar a medio país. No sé, se me ocurre una cosa muy sencilla: dejar de presionar. Ahora, él ríe poniendo cara de eres un ignorante, no sabes el país en el que vives. Yo no he presionado a nadie nunca jamás, le digo. Mira, hoy he llamado a una compañía de seguros y antes de hablar con uno de los agentes, me he tenido que tragar un mensajito grabado que decía: para proporcionarle un mejor servicio esta conversación podría ser grabada. Se me ocurre que, por ejemplo, los jueces en sus teléfonos tengan grabado un mensaje que diga: si tiene usted intención de presionarme por alguna razón no lo haga porque esta conversación va a ser grabada y el trallazo que le puedo meter es importante. Insisto en que no conozco a nadie que presione a los jueces o a los reyes o a los políticos. Ni siquiera conozco a nadie que tenga su teléfono. Supongo que ellos si tienen los de unos y los de otros. Anda, igual se presionan entre los aforados. Qué cosas. No, pero no voy a pensar mal. Comprenderás que es sorprendente que problemas tan sencillos se nos vendan como irresolubles. Tan sorprendente como ver las distintas velocidades que llevan para unas cosas u otras. ¿Te imaginas a un fiscal contestando un auto al día siguiente? A mí me habían dicho que eso era imposible, que escribir más de setenta folios lleva su tiempo. Pues es posible. Te lo digo yo. Igual la justicia es igual para todos y lo que cambian son las velocidades. Bueno, que ha sido un placer. De verdad. Me he ido a pasear por el parque de El Retiro para olvidar una conversación completamente absurda.
En España hay 10.000 sujetos aforados. ¡10.000! Imaginemos que hubiera media docena. Si alguien dijera quiero ser aforado, quiero ser aforado, es muy posible que le dieran una palmadita en la espalda y le mandasen a un centro de salud mental. Porque en ese caso, ser aforado sería una cosa rara y reservada a unos pocos o, como en el caso de Estados Unidos, no reservado a nadie porque no hay aforados de ninguna clase. Pero en España son 10.000. Madre mía. Más son, más fuerza tienen. Ya se sabe que la unión hace la fuerza. A ver quién mete mano a 10.000 personas sin que te líen la marimorena. Cosa rara por otra parte puesto que si no es un privilegio les debería dar igual ser aforados que no serlo.
En fin, que esto me sigue aburriendo. Les confesaré que incluso me molesta. Más que nada porque ellos son 10.000 y nosotros millones. Pero no movemos un dedo. Ni con esto ni con nada. Ahora te despiden y de la indemnización hay que descontar un porcentaje para que al ministro le salgan los números. Y no movemos un dedo. No sigo para evitar depresiones entre ustedes y la mía propia.
La parte buena de todo esto es que usted y yo podemos vivir sin plantearnos nuestro aforamiento. Con el mundial de fútbol tenemos bastante.


mar 19 2014

Pues me sumo a esto del día del padre

Ser padre es no olvidar que fuimos jóvenes y quisimos estrellarnos sin la ayuda de nadie, que creímos en algo y peleamos contra todo y todos por conseguirlo. Ser padre es tener memoria suficiente como para comprender.
Ser padre es ser la mejor versión de una parte de la pareja. Sin amar incondicionalmente a la otra mitad que acompaña en el viaje se hace imposible una paternidad responsable que sirva de referente al hijo. Un hijo que pensó, piensa o terminará pensando que fuimos o somos una especie de héroes incomprensibles. Héroes que saben volcar lo mejor sobre lo que les rodea.
Ser padre es no aspirar a nada que sea ajeno a la familia. El proyecto personal es el proyecto familiar. El beneficio propio es, siempre, compartido.
Ser padre es desarrollar un instinto de superviviencia casi invencible. Nada puede pasar que desestabilice a la familia. No hay tiempo para enfermar, no hay tiempo para morir. Cuando eso ocurre muchos mundos se derrumban y no podemos consentirlo.
Ya sé que todo esto roza lo utópico, lo excesivamente lírico o casi cursi. Pero yo no organizo estos festejos tan cacareados. Me sumo porque, al fin y al cabo, soy padre y esposo. Además, para un día que tengo al año en el que puedo tomarme la libertad de decir estas cosas, no voy a desaprovecharlo. Mañana sólo lo pensaré.


mar 13 2014

A contracorriente

Practiqué el remo olímpico de alto nivel durante muchos años. Fueron muchas mañanas madrugando para correr noventa minutos y remar un par de horas más. Era joven y el sacrificio era grande. Cambiaba lo que un chico de mi edad hacía normalmente por tener las manos endurecidas a base de esfuerzo. Aprendí que remar contracorriente era la forma de entrenar menos minutos consiguiendo un resultado mucho mejor. Avanzar tres o cuatro metros equivalía a una distancia mucho mayor que cuando se remaba a favor de corriente. Esto que parece algo sencillo sólo lo hacíamos los que habíamos desarrollado una técnica depurada. Ejercer una fuerza superior a la normal en cada palada suponía que se descuidaba algo el movimiento al remar. Si no la tenías ya aprendida era mejor no insistir por ese camino.
Una mañana de invierno sentí un pinchazo en el cuadriceps. Supe enseguida que me había hecho daño. Y dejé de remar. Me llevé la mano al músculo, apoyé el tórax en los remos para alzarlos levemente del agua y dejé que me llevara la corriente río abajo. Algunos compañeros de equipo pasaban por mi lado derecho preguntando. Yo sólo les decía que no con la cabeza y continuaban su entrenamiento. Cerré los ojos. Por el dolor y por la rabia. Si no recuerdo mal tenía que competir tres semanas después en el campo de regatas del Guadalquivir.
Cuando dejé de maldecir ese pinchazo, cuando quise saber dónde estaba, descubrí que había llegado al margen contrario del río. Acerqué mi skiff a un pontón viejo y podrido, abandonado. Salí del bote y me senté a esperar sabiendo que nadie iría a recogerme porque nadie podría sospechar que estaba a tres o cuatro mil metros de distancia y en el margen equivocado. No importaba porque quería estar solo. Pensé sobre el esfuerzo que había realizado durante tantos meses de entrenamiento, la cantidad de mañanas pasando frío para conseguir mi sueño de llegar a una selección nacional que ahora quedaba a un millón de años luz. Aunque no dejaba de sonreír sabiendo que, por primera vez, me había dejado llevar por una corriente con la que había luchado durante años. Era una sensación extraña. Perder el control sobre algo que dominaba, encontrarme solo cuando siempre estaba protegido por el entrenador y los médicos del club, saber que dependía de mí lo que pasara a continuación sin tener la ayuda de nadie. Dejé que pasara el tiempo. El dolor iba en aumento, el sudor se enfriaba. Me tumbé sobre las tablas podridas para poder pensar.
¿Merecía la pena todo aquello? ¿Mi futuro pasaba por remar, cada día, contracorriente? ¿Era lógico depender de un problema muscular después de tantos meses de esfuerzo?
Pensé en la sensación de dejarte llevar, de no interesarte por nada salvo por ti mismo, por tu dolor. Y pensé, al mismo tiempo, que eso era cosa mía. Mi dolor, mi futuro. El rumbo azaroso del bote me llevó a la otra orilla, a un lugar en el que no hubiera pensado estar una hora antes. Me sentía bien.
Decidí recuperarme y trabajar duro (una de mis peores cualidades es la de dar siempre otra oportunidad). Cambié de barco para formar parte de una tripulación. Y llegado el momento tuve que dejar que la corriente me arrastrase de nuevo. Esa vez para siempre. Se acabó el remo.
Hoy, me siento fatigado. Acabo de dar la última palada. Relajo los músculos y comienzo a dejar que el destino me lleve hasta donde tenga que llegar. Quizás a la otra orilla, quizás hasta el lugar de donde salí, quizás a ninguna parte. El sudor se enfría. El dolor crece. Pero ya he dado la última palada.


mar 11 2014

Miles de millones

Lo que esperamos de los demás es siempre lo que acaba con las relaciones. Sean del tipo que sean. Nadie tiene lo que queremos en el momento exacto, ni lo puede entregar de la forma que deseamos.
Espero esto y lo que recibo es aquello, y lo espero hoy aunque me llega mañana. Esperaba que me lo entregaran con cariño y me lo encuentro sobre la mesa sin una nota de él o de ella. Todo se derrumba. En realidad, todo lo destrozo.
Cuando espero algo lo hago olvidando si lo merezco, si he hecho todo lo posible para conseguirlo. Perder esto o aquello lo achaco a que el otro es un mierda sin corazón. No recuerdo todo eso con lo que he ido golpeando sin compasión hasta hacer tambalearse el mundo entero. Me cargo de razón, culpo al otro, arremeto contra él en reuniones con amigos comunes, entre los familiares, me convierto en víctima exclusiva. Asunto arreglado. Todo tiene un porqué, pero yo me ocupo de olvidarlo o de esconderlo.
Siempre que pienso en esto tengo en mente una imagen muy simple. Dos bolas metálicas se cruzan y siguen su camino. Dos bolas metálicas ruedan trazando caminos paralelos. Dos bolas metálicas chocan al encontrarse y toman direcciones distintas. Algunas se acercan entre sí al rodar , pero nunca puedo ver ninguna junto a otra moviéndose al mismo tiempo. Siempre encuentran un grano de arena que desvía a una, siempre el terreno es irregular e impide que el camino sea el mismo, siempre contemplo con tristeza cómo un leve roce envía una de las bolas metálicas hacia otro lugar. Y todo esto hay que saberlo o intuirlo si no quiero convertir mis relaciones interpersonales en un constante fracaso. Y todo esto hay que saberlo o intuirlo para entender que en cuanto encuentre una superficie más irregular mi dirección será otra. Aunque lo importante, lo verdaderamente tremendo, es que nunca las direcciones fueron iguales, ni siquiera parecidas. No, no lo fueron aunque lo proclamé a los cuatro vientos. Las bolas salieron de distintos puntos con caminos alejados y el azar las acercó para que se separaran poco tiempo después. Nunca las trayectorias fueron coincidentes.
Por eso no podemos esperar nada de nadie salvo lo que nos quieran entregar, como quieran hacerlo y en el momento que ellos decidan. En eso se fundamenta la verdadera amistad. Nada se espera, nada se promete, nada pasa si las direcciones cambian porque cada camino es exclusivo, único. Nada ni nadie tiene derecho a modificar a golpes las cosas, ni a dar esos golpes fingiendo no haber hecho nada por el camino.
Somos miles de millones de bolas metálicas rodando en diferentes planos. Cada una de ellas comenzó a moverse en un punto exacto y terminará de hacerlo en otro. Por el camino tendremos que cruzarnos, rozar, acelerar o frenar en seco. Y habrá momentos en los que fallemos, en los que nos pidan y no podamos dar porque nos alejamos gracias a un golpecito que me diste tú que ahora lloras con rabia. Durante un tiempo iremos ligeros junto a una nueva bola que, sin saber porqué, modificará el rumbo. Chocaremos con violencia con otras. Y un buen día pararemos en ese punto sin espacio ni tiempo. Esperando un puñado de cosas que nunca llegaran, sin poder entregar lo que nos pidieron, habiendo desperdiciado miles de oportunidades por acelerar a destiempo o frenar cuando era innecesario. Esperando o haciendo esperar. Perdiendo un tiempo que no teníamos.


mar 4 2014

Cuatro paredes

El lugar en el que escribo.
Hoy es azul intenso, una caja transparente sin su cinta dentro -esa música que aprendí de memoria por si la llegaba a perder-, el olor que deja un cigarro abandonado, la urna en la que encierro la idea por llegar.
Un nuevo álbum de fotos en el que se amontona la vida, el entusiasmo de otros que agasajan con lo que pueden para parecer lo que desean. Un cuaderno nuevo que miro con la palabra en la palma de la mano.
El proyecto más loco de todos rodeado de los más locos de todos. Renovado entusiasmo que trato de trasladar. Recibido bajo una lente que engrandece.
Luce empapelado de lo verdadero, de lo que siempre queda. Lo efímero ya fue cepillado, barrido.
Rodeado de millones de frases trazo figuras en el aire. Escuchando.


feb 28 2014

50

Cincuenta años son muy largos para vivir. Insignificantes para tener que morir. Durante cincuenta años puede pasar cualquier cosa. Te alcanza lo mejor, lo prescindible, lo impensable, terremotos emocionales, la tranquilidad del sueño conseguido y, sobre todo, te alcanzas a ti mismo.
Antes corrías detrás del niño inquieto, del joven inmortal que tantas dudas mostró hasta aprender, de un adulto que debía cercar el futuro sin dejar huecos peligrosos. Antes corrías, pero ahora te esperas, ves cómo llegas con más de la mitad del trabajo ya hecho. Esperas tranquilo. Tal vez quede lo peor o lo más extravagante; quizás un éxito nunca deseado. Tal vez. Pero esperas, aguardas tranquilo. Y sea lo que sea que tenga que suceder será recibido con el ánimo suficiente.
Cumplo cincuenta años sin querer mirar a otro lugar que no sea lo queda, porque eso es eterno. La familia, las ausencias, los buenos amigos. Y mis cosas más íntimas. Lo pasado ya es poso que se arrastra sin remedio, que moldea hasta el último átomo. Aunque eso no debe pensarse; debe vivirse y con tanta intensidad como sea posible. Porque vivir es haber estado, haber sido, haber fallado o haber arañado unos minutos de felicidad a la realidad más hostil.
Cumplo cincuenta años sin gastar un solo instante en pensar lo que pudo ser. Prefiero seguir arrimado a lo que sí tengo.
Cumplo cincuenta años con alegría al mismo tiempo que celebro no cumplirlos. Un año más, falta un veintinueve para vivir la fiesta mudada de lugar.
Cincuenta años y los proyectos que siguen llegando, y las ganas de cambiar el mundo intactas; y la felicidad por seguir ayudando a los pequeños cada mañana con la ropa y la que se busca tratando de encontrar a los mayores donde toca. Compartiendo con ella la mitad del tiempo; tiempo que habrá que multiplicar por dos para tumbarnos frente al mar.
Cumplo cincuenta años sin renunciar a nada. Cumplo cincuenta años siendo yo.


feb 22 2014

Simular el olvido

Lo mejor que podemos hacer es asumir lo que nos pasa en esta vida como algo inevitable. Las cosas suceden y ya no pueden cambiar. La vida se llena de manchas, de parches o de zonas luminosas que se apagan con facilidad. Es absurdo que intentemos hacer desaparecer las cosas que nos molestan, que nos hacen sufrir o que tenemos por innecesarias. Nos guste o no, siempre quedaran de alguna forma en el lugar que ocuparon. Recuerdos, una cicatriz o un sonido susurrado que no dejas de escuchar. También es ridículo intentar que lo que más nos agrada sea eterno. Eso, lo mejor de la vida, termina siendo un recuerdo, una cicatriz o un sonido susurrado que no dejas de escuchar. Ambas cosas, si se las convierte en parte de un disfraz, nos hacen infelices, nos borran del escenario. Lo bueno es efímero, lo malo también. No podemos alargar o hacer más chico nada de este mundo. Cada cosa ocupa su lugar exacto, su tiempo.
Negar nuestro entorno es lo mismo que arrancarnos de cuajo parte de lo que nos ha tocado ser. Las malas experiencias nos pueden hacer evolucionar para conseguir alguna cosa, poco antes, improbable. Y pudiera ser que las mejores vivencias nos convirtieran en seres mezquinos. La suma de todo es lo que nos dibuja con trazo grueso. Ser consciente de esto nos permite pulir ese dibujo basto para que lo esperado llegue. En otro tiempo, en cualquier lugar inesperado. Somos lo que queremos en la medida en que hacemos nuestras las experiencias; aparecemos cuando decidimos reflexionar sobre cada minuto malgastado. De nada sirve llenar el saco de un olvido mentiroso que rebosa miedo. Eso es el olvido fingido. Miedo. Estamos hartos de convivir con nuestros enemigos, con gente que te arrancaría la piel a tiras si pudiera, con un buen puñado de anormales a los que hay que aguantar porque tienen la posibilidad de hacer mucho daño. Sin embargo, no somos capaces de arrimarnos a nuestros fantasmas para enfrentarlos con calma, con sensatez. Siempre fue más fácil soportar a los demás que a uno mismo. Eso son los fantasmas personales. Uno mismo disfrazado de fracaso. Un payaso triste.
Cualquier cosa que sucede es yo. Mis fantasmas son yo. En un lugar exacto, en un tiempo que no corre más aprisa al cerrar los ojos.Por eso escucho música a solas, leo encerrado en mi habitación o camino sin saber donde llegaré. Estar a solas me hace mirar una sombra movida por lo que soy. La mía, la que se refleja allá donde voy. Llena de manchas, de luces, de susurros.

ene 19 2014

No escribir

Sólo conozco un placer similar al que produce sentarse frente a un papel en blanco con la intención de escribir. Ese es, ni más ni menos, el que produce no hacerlo.
Cuando hay algo que contar; cuando el mundo se convierte en una centrifugadora funcionando a toda máquina que hay que detener con rapidez; cuando el trazo es ligero porque busca una meta exacta; la escritura se convierte en un placer que sólo los que lo han experimentado alguna vez pueden llegar a entender. Pero cuando el tono es impostado, lo narrado una imitación de lo escrito un millón de veces ya; cuando lo buscado es la lectura dócil de sujetos sin criterio; la escritura se convierte en una tortura difícil de soportar para el escritor. Es la guadaña que acaba con los pilares del artista. Seguramente, para los que dicen serlo sin saber que no lo son ni lo serán jamás, es un divertimento que arrancará cierto alborozo entre amigos y familiares. Seguramente.
Si hay algo malo en el universo de la creación literaria es ese afán por decir cualquier cosa, hacerlo pasar por literatura, y esperar a ver si cuela. Y ya no hablo sólo de escritores. Se puede decir lo mismo de los editores. Supongo que, desesperados, lanzan al mercado cientos de títulos buscando una suerte que nunca llegará por falta de calidad en la obra, falta de promoción de la misma o una distribución de los ejemplares cicatera e insuficiente.
Dejar de escribir no es síntoma de menor capacidad de fabulación, ni de falta de ideas. Creo yo que tiene más que ver con la tranquilidad del escritor, con un mundo que se mantiene ordenado y aseado sin causar grandes problemas. Es desde el desconcierto, desde las ruinas de la propia realidad del escritor, desde donde llega la necesidad de escribir. No quiero decir con esto que el dolor provoca una gran necesidad de escribir, que también; a lo que me refiero es a que el mundo se desmorona (por cualquier causa, incluidas las más amables) y hay que reconstruirlo.
Escribir es una de las actividades más excitantes que un ser humano puede realizar. Escribir, sin ton ni son, la tortura más destructiva. Por eso no escribir es tan gratificante como hacerlo.
Ojalá lean esto los cientos de personas que no saben, todavía, que hacer literatura es bien distinto a gustar al lector, a contar cualquier majadería o a desahogarse vomitando lo primero que viene a la cabeza (eso es cosa para el diario; sí, el librito con candado).
y, ahora, silencio, por favor.


ene 2 2014

El nombre de las cosas

Es curioso cómo el nombre de las cosas afecta al que lo conoce. Una palabra, un puñado de sílabas, puede generar cierta tranquilidad si con ello damos sentido a algo. Si, por el contrario, no sirven el efecto llega a ser perturbador. Lo desconocido se teme, engendra inquietud.
Pienso, al decir esto, en los enfermos. Es más llevadera la dolencia si la podemos llamar de algún modo. El que se muere, el que sufre, quiere, necesita saber la razón, bautizar el dolor o el terror. Alguien se encuentra mal y siente que nombrando el motivo podrá explicarse su estado. La desazón de no limitar la enfermedad con su nombre es grande. Carecer de una agarradera que se pueda decir nos obliga a pensar que el problema somos nosotros mismos.  Eso es algo insoportable para el ser humano. Es mejor morir destrozado por un cáncer que desaparecer del mapa porque sí. Cada cosa, sea su naturaleza la que sea, ha de tener su propio nombre para que nos las podamos contar, para explicarnos qué ocurre con y en nuestro mundo.
Pienso en los que sienten una tristeza profunda y no encuentran algo a lo que achacar un tiempo enrevesado y lleno de espinas. No hay nada peor que sentir el peso de la vida entera sin poder nombrar la razón. Tal vez, la tristeza es ese estado de ánimo que derrumba vidas porque no encuentran el nombre que define el mal. Estar triste es relatarse la vida sin título. Encontrar la palabra significa que el problema se encuentra acotado y fuera de nosotros, que es otra cosa, que no eres tú. La culpa en otra cosa, en otra persona. En occidente tendemos a buscar el problema fuera (lo arrastramos después de creer en ese pecado tan cristiano y tan asentado entre nosotros, soportado hasta por los más alejados de la religión). En el oriente asiático hacen justo lo contrario. Tienen asumido que el inconveniente, por enorme que sea, es cosa de uno, interior y sólo interior. Podría parecer que es cosa de mirar desde otro lado, cosa de despreciar esto o aquello, de valorar más algún aspecto. Aunque me temo que el nombre es lo fundamental. Esa palabra y lo que representa. Esa palabra dibujando el símbolo que todo esconde.
A veces tenemos a mano la palabra deseada, pero la negamos. Y eso es lo mismo o peor que la ignorancia. Un nombre nos lleva de un lado a otro; un nombre nos ayuda a confiar o a sentir un absoluto rechazo. Lo que sea, pero consiente cierta libertad (lo que creemos que es) para adoptar una postura.
La incertidumbre es paralizante, causa terror, motiva crisis personales. Y no queremos afrontar que lo necesario es saber qué somos, qué hacemos metidos en este enorme embrollo; que el resto de la realidad es lo que nos permite explicar eso mismo, la realidad, aunque nunca a nosotros mismos.
Todo se llama yo, todo funciona por yo. Yo colorea, detesta, sufre o hace enormes el resto de palabras. Yo significa todo; yo significa universo.
Hasta que no entendamos esto estaremos condenados a no morir en paz, a no asumir lo mejor de nuestro mundo (nosotros mismos). Porque la peor de las tristezas, tal vez la única y verdadera, es no saber nombrar lo que somos.


dic 30 2013

Pequeña reflexión sobre el aborto

Hablar del aborto es difícil. Generalmente, incluso el que pretende aportar un punto de cordura en; por ejemplo, un debate, una charla entre amigos o un blog como este; suele poner enfrente a casi todos. Ya sea por una cosa o por la contraria; el aborto es un problema con el que no es fácil manejarse bien sin crear polémica. Primero porque el aborto tiene mucho que ver; en unos casos con cuestiones íntimas, creencias, con el mismísimo Dios; y en otros con la libertad individual, con los derechos de las personas. Claro, todo esto es sagrado; y, cuando digo todo, me refiero a todo sin excepción. Por otra parte, son muchos los que pretenden pontificar en cuanto abren la boca. No parece que este asunto acepte bien las imposiciones, ni los desaires, ni los argumentos torticeros o manipuladores, ni los insultos o, peor aún, las acusaciones gravísimas que suelen producirse. Si a esto le sumamos que la opinión masculina aparece siempre en charlas, discusiones o debates y que nunca fue bien aceptada por las mujeres o por buena parte de ellas, tenemos un cóctel peligrosísimo que conviene manejar con sumo cuidado. Sobre esto último que digo, sobre la opinión de los hombres, quiero hacer algún matiz. Es verdad que los varones nunca podremos entender totalmente qué sucede cuando una mujer queda embarazada, qué le lleva a querer interrumpir ese embarazo, qué se siente en un caso u otro. Eso es verdad. Tan verdad como que las opiniones sensatas que buscan caminos más fáciles de transitar deben ser bien recibidas. No hay que olvidar que la tragedia del aborto toca, si quieren de forma tangencial, a los dos que forman la pareja. Si quieren a familias enteras. Otra cosa bien distinta es que, desde las cavernas, el hombre ha tratado de imponer su criterio, por las buenas o por las malas, en este asunto y en todos los demás. Eso no puede consentirse. Una opinión que busca soluciones, sí.
Alguna vez he dicho que debemos ser especialmente cuidadosos con el lenguaje. Expresar una idea sobre el aborto debe producirse desde la delicadeza más absoluta, desde la tolerancia y desde el querer mejorar nuestra condición humana. Pienso en esos a los que se les llena la boca al decir que están en contra del aborto, despreciando a los que, según ellos, están a favor. Hay que ser muy cretino para pensar que alguien está a favor de algo así. Todos, todos sin excepción, estamos en contra del aborto. ¿Hay alguien en este mundo que esté a favor de crear un trauma, una tragedia o un problema que, sin duda, deja secuelas? Todos estamos en contra. Claro que sí. Del mismo modo, por la misma razón, los que gritan que están a favor, lo que hacen es dar un espectáculo patético. No saben ni lo que dicen. Habrá que suponer que reclaman una regulación, la libertad para decidir por parte de las mujeres o cualquier otra cosa que tenga sentido. Pero ya les digo que no están a favor de nada. Pues bien ya tenemos un punto de encuentro en el que nos encontramos todos. Sin saberlo, sin desearlo (los hay que están atrincherados y no hay forma de moverles), estamos todos en el mismo lugar. Qué cosas.
Lo que escuchamos sobre el aborto en algunos ámbitos resulta doloroso, irritante. Acusaciones de ida y vuelta, casquería y truculencia al referirse al feto, insultos. Esto, cuando se produce en un plató de televisión, es una irresponsabilidad desproporcionada. Son millones de personas los que asisten al espectáculo y eso supone que las ideas, de unos y otros, pueden radicalizarse de forma violenta. ¿Cómo alguien puede acusar a las mujeres que abortan de frívolas? ¿Cómo puede alguien pensar que las mujeres abortan por capricho, sin razón alguna? Pues estas cosas se escucharon en un debate televisado hace unos días. Que en el mundo hay idiotas ya lo sabemos. Que las mujeres, en general, no lo son es otra cosa que tenemos como certeza. En ese mismo programa, intervino una mujer que afirmaba que la gran víctima era el feto hecho trozos, pedazos. No sé las veces que pudo repetirlo haciendo hincapié en el detalle macabro. Sangre, sangre y casquería para dar fuerza a un argumento que debería sostenerse sin adornos ni envoltorios. Esto es un pequeño ejemplo aunque hay muchos más. Tal vez lo más extravagante que he leído en los últimos días son las declaraciones de doña Alicia Latorre (Presidenta Nacional de Asociaciones Provida de España) que dijo que la masturbación es una forma de aborto, también. Muy aristotélica ella, hablaba de la vida en potencia que traslada un espermatozoide en busca del óvulo. Chocante. Es como decir que talar un árbol es abortar porque el árbol generará oxígeno para que podamos vivir y sin ese árbol no daremos la opción a todas las personas que podrían poblar el planeta. En fin.
¿Dónde estamos colocados cuando hablamos del aborto? Me temo que no hay posturas intermedias. No cabe coger esto de un lado y esto del otro para instalarse en un lugar cómodo y coherente. Los que creen estar en estas circunstancias suelen ser los que no se han planteado el problema con seriedad, bien por miedo, bien por pereza, bien por creer que este asunto no va con ellos.
Una de las aristas que nos sitúa en un lugar u otro –al menos eso creen muchos- es determinar en qué momento hay vida o no la hay. Los científicos no logran ponerse de acuerdo. Esto ya dice mucho. Existen cientos de documentos en los que afirman no poder saber algo así, el momento en el que el feto es humano en plenitud. Por supuesto, los científicos católicos más radicales dicen que sí, que ellos lo saben, que en el momento en que se fecunda el óvulo ya hay vida humana. Porque tiene alma, porque lo dice el magisterio en varias encíclicas. Pero esto es suponer, creer, querer creer, desear que así sea. Es posible que también afirmen que Dios existe con rotundidad pasmosa, que María fue virgen sin lugar a dudas, que resucitaremos y alguna cosa más por el estilo. Todo afirmado desde la religión, desde la fe. De ciencia, nada. Nada criticable, por cierto. Además, no todos los científicos católicos dicen lo mismo. Estos sí presentan dudas. Es decir, que entre los que no saben, los que no están seguros y los que afirman sin una sola prueba objetiva, se forma un grupo muy homogéneo. Nadie es capaz de dar respuesta a la pregunta. Otra curiosa coincidencia. Van dos.
Gran parte de la batalla dialéctica se libra en este territorio. Cuándo hay vida humana. Desde el principio. Más tarde. Menos. La Iglesia está encantada, claro. Si alguien pudiera demostrar que la unión de cuatro o cinco células representa vida humana, el discurso de casi todos tendría que modificarse. Si fuera al revés sucedería lo mismo. Pero, como de momento, eso no parece que vaya a pasar, discutir sobre estos supuestos desgasta mucho y nadie puede demostrar que no tengan razón. Pero, claro, la pregunta es si los niños que mueren de hambre a diario en el mundo entero son personas humanas. La respuesta es sí. Pero aquí la batalla se presenta de otro modo. La doble moral con la que funcionamos es insólita y vergonzante. Peleamos la vida sin saber que lo es y dejamos que mueran los niños mientras nos excusamos con el dichoso no puedo hacer más.
Otra arista que coloca a cada uno en un lugar u otro –ya veremos si es así o no- es el derecho a decidir de las mujeres, la libertad personal de cada mujer. Ese derecho podría chocar frontalmente con el del feto. Pero, desde luego, la mujer es persona y, por lo que parece, ni siquiera sabemos si el feto lo es (otra cosa es que lo creamos). Esto elimina cualquier duda sobre una posible fricción de esos derechos. Por todo esto, la ley de plazos del año 1985 parecía que atinaba y aliviaba mucho el problema. ¿Y las libertades? Nunca fuimos justos (los hombres) con las mujeres respecto a sus libertades. Los curas tampoco (son hombres aunque algunos quieran ser divinos). Les recuerdo que hace unos días el Arzobispado de Granada (una empresa vinculada con él) ha editado un libro titulado Cásate y sé sumisa. No hacen falta comentarios. Sin embargo, unos dicen que regulando el aborto quieren dar la opción a la mujer a elegir y otros que prohibiéndolo quieren ayudar a todas las mujeres de este mundo. Al final, todos quieren ayudar a la mujer. Lugar común. Otra vez muy juntitos.
¿Puede, debe, el Estado formar las conciencias de los sujetos? ¿Puede, debe, el Estado decidir si un feto con malformaciones incompatibles con la vida o que convierta esa vida del niño y su familia en un infierno, debe nacer? Aquí soy tajante. No, no y mil veces no. Nunca. Entre otras cosas porque la mujer no es un recipiente de fetos que suministre mano de obra al país y sí una persona libre con todo el derecho a decidir. Y entre otras cosas porque el Estado no puede formar conciencias ya que esto supondría llegar al pensamiento único, al desastre cultural e ideológico. Las conciencias son de cada cual. Por cierto ¿cómo es posible que un gobierno se lleve por delante las ayudas a la dependencia y que, al mismo tiempo, nos cuenten que hay que hacerse cargo de una nueva vida condenada al sufrimiento propio y ajeno? Los políticos no quieren ver que, al final, convierten todo en cosa de ricos o en cosa de pobres.
Ya sé que todo esto es poca cosa y que hay cientos de especialistas que podrían profundizar mucho más en cada aspecto. Lo sé. Pero me parecía interesante buscar y encontrar puntos en común para avanzar en el debate sin lanzar los trastos a la cabeza de nadie. Es vergonzoso lo que sucede en los medios de comunicación. En un plató de televisión se puede sentar cualquiera y vomitar cuatro ideas mal estructuradas. No hay derecho. Algunas cosas no pueden escucharse sin sentir la necesidad de agarrar la estilográfica y escribir algo que sirva para ordenar ideas. Aunque sólo sean las propias.
Podría seguir escribiendo, pero no quiero aburrir a nadie. Supongo que con sus comentarios se irán completando y complementando las reflexiones que he iniciado.
Feliz Navidad.