may 14 2017

Aladar nº 138


may 2 2017

Aladar nº 137


sep 27 2014

Yo no soy funcionario

No soy funcionario. Me pareció que hacer otras cosas era más interesante. Además, eso de encerrarme durante meses para estudiar y conseguir plaza en un ayuntamiento o en el cuerpo de bomberos era demasiado. Nunca he entendido cómo alguien estudia y se esfuerza para terminar jugándose la vida vigilando la ciudad o en otro país. Miren como se lo pasan nuestros militares destacados en Afganistán. No sé, nunca lo tuve claro. Por ejemplo, estudiar medicina para terminar en un hospital del Estado y no en una clínica privada ganando dinero a sacos me pareció un atraso. En la administración pública no se hace nadie millonario salvo los que roban. Y me temo que los funcionarios no lo hacen. Ya sé, ya sé. También son funcionarios algunos de los que roban. Pero estoy hablando de la gran masa trabajadora que forma este colectivo. De los pocos que han encontrado una mina en la que expoliar a diario, hoy, no hablaré. Sencillamente, me aburre.
No soy funcionario. No lo soy. Soy un tipo normal y corriente. Un tipo que se toma un café en horas de trabajo para despejar la mente, un tipo que si tiene la posibilidad de tomarse un día libre (porque tengo derecho a ello) lo hago sin pestañear. No soy funcionario y cada mañana salgo a la calle sabiendo que no habrá basura acumulada junto a los árboles, que los cacos estarán en prisión vigilados por guardias civiles, policías y funcionarios de prisiones. De camino al trabajo (lo hago andando) veo entrar a cientos de niños en un colegio público del barrio. Lo hacen contentos porque allí les cuidan y aprenden y hacen lo que un niño debe hacer. Los encargados de algo tan fundamental sí son funcionarios. Yo no lo soy.
Empieza a ser preocupante que las cosas se vean de diferente manera. Es muy injusto criminalizar a padres y madres de familia que acuden a su puesto de trabajo con normalidad. No son los malos. No. Son personas normales y corrientes que se ganan la vida como cualquiera que no sea funcionario. Sí hay una diferencia, le guste o no le guste a la gente: trabajan al servicio de toda la sociedad. Piensen, por ejemplo, en la cantidad de personas se han quedado sin dormir esta noche para que todo funcione bien. Piensen (ya sé que es un engorro y las gestiones son pesadas) en cómo sería el mundo si no hubiera trabajadores en los centros oficiales ordenando el mundo. No son delincuentes. Eligieron un camino lleno de grandes esfuerzos para llegar al final. Esa es la diferencia. Muchas horas de estudio para acceder a un puesto de trabajo.
¿No serán los cargos políticos los que convierten todo esto en un desastre? Llegan con los que mandan cada cuatro años, con un sueldo estupendo, hacen lo que hacen y se van. Si es verdad que hay un problema de distribución del trabajo en la administración pública deben ser esos cargos los que lo resuelvan. No lo hacen y los funcionarios obedecen, mientras, órdenes estúpidas que no tienen ni pies ni cabeza, cambian sus puestos de trabajo porque a no sé quién se le ocurre que el edifico de enfrente es más bonito o lo que se les pase por la cabeza (siempre pensando en disparates, claro, porque hablamos de políticos y no de funcionarios). Si alguien cree (de esos que ponen a mandar en las administraciones) que la cosa no funciona que lo cambien; si existe un exceso de personal que no se convoquen oposiciones. Los funcionarios no tienen la culpa de todo esto. Sin embargo, llegan los nuevos y colocan a un montón de interinos, de personas señaladas con el dedo. Eso es lo que hacen. Gastar y gastar de mala manera lo que no es suyo. Es decir, robar.
Ser funcionario no debe convertirse en un estigma. Desayunar con los compañeros es algo que hacemos todos, hablar de fútbol lo mismo. Todos somos lo mismo. No entiendo por qué cuando hablamos de funcionarios nos la agarramos con papel de fumar. De verdad que no. Cada trabajador tiene un puesto en la sociedad y la sirve de un modo u otro.
Como sé que la frase estrella cuando se habla de esto es “sí, pero a ellos les pagamos entre todos” les pido que (si han pensado en formular la preguntita dichosa) piensen en esta respuesta: Todos estamos mejor gracias al esfuerzo que hacen y ellos, todos, trabajan por nosotros. Los demás tenemos intereses más particulares y por esa razón el sueldo llega de otro lugar.
No soy funcionario. Pero me parece angustioso e injusto lo que les están haciendo con este colectivo. Criminalizar su labor y, acto seguido, robarles sus derechos.
Este gobierno ha elegido la vía sencilla. Subir los impuestos, favorecer a la banca, esquilmar a los empleados públicos y aprovechar para (el colapso del miedo lo tapa todo) arrasar con todo. Parece que piensan: devolved lo que os dimos, desgraciados; que os estáis poniendo muy chulitos.
Es verdad que cada sector se ha llevado lo suyo en forma de recorte, abusos y demolición. No hay más que ver el número de parados y la vida a diario en la empresa privada. Es verdad que todos hemos ido calientes a la cama. Pero a mí no me insultan por trabajar. Y a los funcionarios tampoco, pero casi. A eso no hay derecho.
No cometamos más injusticias con este colectivo. Piensen que es fundamental para que las cosas funcionen. Son como usted y como yo.


jun 28 2014

Yo no soy aforado

Pues ya lo ven ustedes. Aquí estoy como cada sábado. Y ni estoy aforado ni nada de nada.
En realidad, esto no debería ser motivo de comentario, pero me siento extraño, me da la sensación de estar rodeado por ellos. Allá donde miro encuentro hombres y mujeres que son o serán aforados. Esto es algo extraordinario.
Yo no lo soy, ni lo seré, ni siento el más mínimo interés por llegar a serlo. Ni me dedico a la política, ni soy juez, ni creo que me nombren rey. Debe ser que no tengo nada que ocultar y ningún miedo a que me juzgue (en el caso que sea necesario) un juez sea cual sea. Debe ser que ando por el mundo sin problemas que tengan que ver con la evasión de capitales, que pago mis impuestos religiosamente y no tengo previsto cometer delito alguno. Soy de los que creen que los malos ingresan en prisión y los buenos podemos tener una vida normal. Es más, si algún día cometo un delito por el que tenga que pagar con la prisión, con una buena cantidad de euros o con lo que sea, quiero poderlo hacer con la misma tranquilidad con la que vivo. Lo de vestirse por los pies es algo que llevo a gala y no me pienso apear del burro. Digo esto porque no dejo de ver aforados, pero, al mismo tiempo, veo imputados (eternos o algo así, dado el tiempo que lo están) e indultados.
No, no entiendo tanto alboroto en algunos casos porque fulano o mengano no estén aforados. Y me inquieta, y me hace sospechar, y me irrita; y, sobre todo, me aburre que es un primor. Tampoco entiendo la razón por la que algunos imputados no pisan la cárcel de una vez por todas (a algunos se les permite vivir en países extranjeros) ni la razón por la que se indulta a verdaderos sinvergüenzas.
Cada día la misma canción. Una lata.
Hagamos una pausa. Ya he dicho que esto me divierte poco. Una breve interrupción para aclarar que no soy de los que piensa que esta época que vivimos es la peor de la historia y que tenemos corruptos en cada rincón. Eso era antes. Lo que sucede es que, primero, ahora se saben muchas cosas que antes no (los medios de comunicación sirven para que esto sea así) y, segundo, no queremos que suceda (antes estaba tan instalada la corrupción en determinadas clases sociales que parecía parte del juego). Esta época es menos oscura y, afortunadamente, la gente sabe qué derechos tiene y qué deberes no hay que dejar de cumplir. Vamos a seguir con el tostón que les estaba comentando.
No soy aforado. Por suerte no tengo que soportar una carga que otros se apresuran a echarse sobre la espalda. Porque esto es muy gracioso. Ahora resulta que no lo ven como un privilegio sino como algo que supone una losa que llevan a cuestas sin que valoremos que nos hacen un favor con el servicio público que realizan. Habría que recordar a todos que son voluntarios, que ni uno solo ocupa su cargo por imposición. No soy aforado y voy por la vida sin temor alguno a que me denuncien o me salgan hijos en distintas provincias españolas. Será por eso por lo que me pregunto a qué vienen tantas prisas y tanto cerrar filas alrededor de los aforados. No sé. A mí me resulta extraño y me provoca (su actitud) que haga preguntas. Por ejemplo ¿a qué temen, a quién temen? Si no es un privilegio ¿por qué tantas carreras para aforar a unos y a otros? ¿Por qué aforar a alguien por lo que fue? Me dice uno de ellos que la idea no es proteger a las personas y sí a las instituciones, que las presiones que se podrían llegar a ejercer sobre los magistrados en el caso de juzgar a cargos públicos de responsabilidad sería nefasta. Claro, claro. Presiones. Y le contesto que esto se podría arreglar utilizando alguna fórmula diferente a la de aforar a medio país. No sé, se me ocurre una cosa muy sencilla: dejar de presionar. Ahora, él ríe poniendo cara de eres un ignorante, no sabes el país en el que vives. Yo no he presionado a nadie nunca jamás, le digo. Mira, hoy he llamado a una compañía de seguros y antes de hablar con uno de los agentes, me he tenido que tragar un mensajito grabado que decía: para proporcionarle un mejor servicio esta conversación podría ser grabada. Se me ocurre que, por ejemplo, los jueces en sus teléfonos tengan grabado un mensaje que diga: si tiene usted intención de presionarme por alguna razón no lo haga porque esta conversación va a ser grabada y el trallazo que le puedo meter es importante. Insisto en que no conozco a nadie que presione a los jueces o a los reyes o a los políticos. Ni siquiera conozco a nadie que tenga su teléfono. Supongo que ellos si tienen los de unos y los de otros. Anda, igual se presionan entre los aforados. Qué cosas. No, pero no voy a pensar mal. Comprenderás que es sorprendente que problemas tan sencillos se nos vendan como irresolubles. Tan sorprendente como ver las distintas velocidades que llevan para unas cosas u otras. ¿Te imaginas a un fiscal contestando un auto al día siguiente? A mí me habían dicho que eso era imposible, que escribir más de setenta folios lleva su tiempo. Pues es posible. Te lo digo yo. Igual la justicia es igual para todos y lo que cambian son las velocidades. Bueno, que ha sido un placer. De verdad. Me he ido a pasear por el parque de El Retiro para olvidar una conversación completamente absurda.
En España hay 10.000 sujetos aforados. ¡10.000! Imaginemos que hubiera media docena. Si alguien dijera quiero ser aforado, quiero ser aforado, es muy posible que le dieran una palmadita en la espalda y le mandasen a un centro de salud mental. Porque en ese caso, ser aforado sería una cosa rara y reservada a unos pocos o, como en el caso de Estados Unidos, no reservado a nadie porque no hay aforados de ninguna clase. Pero en España son 10.000. Madre mía. Más son, más fuerza tienen. Ya se sabe que la unión hace la fuerza. A ver quién mete mano a 10.000 personas sin que te líen la marimorena. Cosa rara por otra parte puesto que si no es un privilegio les debería dar igual ser aforados que no serlo.
En fin, que esto me sigue aburriendo. Les confesaré que incluso me molesta. Más que nada porque ellos son 10.000 y nosotros millones. Pero no movemos un dedo. Ni con esto ni con nada. Ahora te despiden y de la indemnización hay que descontar un porcentaje para que al ministro le salgan los números. Y no movemos un dedo. No sigo para evitar depresiones entre ustedes y la mía propia.
La parte buena de todo esto es que usted y yo podemos vivir sin plantearnos nuestro aforamiento. Con el mundial de fútbol tenemos bastante.


may 25 2014

Pase de modelos


Las oficinas son una pasarela. Los supermercados, los colegios, la universidad, las iglesias, los tanatorios; todo se ha convertido en una enorme y ridícula pasarela. El aspecto de las personas es fundamental (cosa que podría no estar mal), casi decisivo (cosa que es un desastre, una estupidez y, desde luego, denigrante para muchas de esas personas). Incluso para ir a comprar churros los domingos por la mañana, nos vemos obligados a ponernos de punta en blanco.
Nos jugamos un posible puesto de trabajo si la corbata que llevamos puesta está pasada de moda o si el tacón de los zapatos es más o menos alto o ancho. Tienes posibilidades de tener amigos sólo si vistes ropa cara y de marca o luces un chándal marca Acme. Estás condenado a tener un solo tipo de amistades. Y esto de la ropa, del aspecto, no deja de ser anecdótico si lo comparamos con la delgadez, las canas, las arrugas o sufrir de estrabismo. Un defecto físico, que pueda percibirse por otros, marca la vida de cualquiera (la del que lo padece, claro). En el colegio comienzas siendo la gorda, el bizco, el paleto o cualquier lindeza que se le ocurra al gracioso de turno que, por regla general, suele ser un marmolillo intelectual aunque eso no se castigue del mismo modo. Y arrastras esa carga hasta que te mueres. Sí, hasta el final, porque una persona obesa que deja de serlo siente terror pensando que puede volver a serlo. Los marmolillos intelectuales también se mueren siendo más tontos que pichote.
Todo el que tiene un defecto físico sabe lo que supone; todo el que viste saltándose las normas que un grupo social impone sabe lo que se sufre y se pierde por el camino; todo el que está fuera del canon de belleza establecido puede darse por, digamos, fastidiado. Y no crean que estas son cosas de gente rica. En cada estrato social ocurre lo mismo. Unos juegan a lucir marcas carísimas y otros a vestir ropa deportiva de colores imposibles.
Se me antoja ridículo todo este asunto. Ridículo, injusto y más que peligroso. Alguien que sufre por su aspecto físico no puede gustarse y, por extensión, no puede llegar a gustar. La inseguridad y los complejos son el peor enemigo del que quiere pertenecer al mundo. Una espiral de sufrimiento que termina en depresión, en anorexia o, en el peor de los casos, en suicidio. Sea lo que sea será fatal para el individuo.
Nos enseñan que la belleza es fundamental. Pero no nos muestran el camino adecuado para saber mirar todo como si fuera una obra de arte. Usted, querido lector lo es, pero también lo es la chica gordita que tiene enfrente, el niño que tiene los dientes como teclas de piano descolocadas. En lo que creemos feo podemos encontrar una belleza aplastante. Nos enseñan que nuestra fealdad, nuestro sobrepeso o nuestra calvicie es motivo de vergüenza; nos enseñan que la mofa es algo que algunos tienen que saber soportar. Nos enseñan a amar lo otro, a desear bellezas ajenas y a detestar nuestras carencias estéticas. Nos enseñan, en definitiva a ser infelices.
Naturalmente, esto es un disparate. Que alguien se sienta mal, que se sienta un bicho, que por gastar la talla cuarenta y seis en lugar de la treinta y ocho enferme, es lamentable. No quererse, no sentirse bien con lo que es uno mismo es una tortura absurda que nos imponen desde los medios, desde el cine, desde el mundo de la moda, desde casi cualquier lugar.
Puede que sea un tópico esto que voy a decir, pero es tan cierto como tópico: la belleza está en la cabeza. Dentro, claro. Lo que ocurre es que no nos lo enseñan o si lo hacen es de pasada. El mensaje no es ese es el contrario: la belleza es lo que puedes comprar, lo que puedes consumir. La inteligencia es un valor a la baja comparado con un torso perfecto o unas pantorrillas maravillosas.
¿Dónde conduce todo esto? Pues como casi siempre a territorios vitales para el ser humano. Por ejemplo, es algo sabido y vivido por todos que queremos ser amados a toda costa. Pero, si somos imperfectos y las posibilidades van desapareciendo, todo se convierte en un desastre. Hay que pensar en un dato muy curioso: hoy que el culto al cuerpo es absoluto, el número de separaciones y de fracasos en las parejas es descomunal. Parece que nunca estemos conformes con lo que tenemos o con lo que somos, que un pequeño fallo es suficiente para tirar una relación por la borda. Si se valorase lo listos que son unos y otros, lo bien que razonan, tal vez, cambiase la cosa. No sabemos querer porque no nos queremos, porque no somos capaces de valorar lo que podría hacernos felices. Sencillamente, hacemos lo que está de moda, lo que nos dicen que hay que hacer. Buscamos soluciones fuera de nosotros cuando están dentro. Buscamos amores cuando deberíamos comenzar por enamorarnos de nosotros mismos. No nos gustaremos mientras ocultemos nuestro aspecto.
Les confesaré algo. Hace muchos años que sólo me fijo en lo que me interesa. Y, hoy, se me van los ojos detrás de hombres y mujeres con el alma limpia. Porque (hagan la prueba) eso es la belleza más arrasadora que podemos llegar a percibir. A esos no les hacen falta prótesis ni ropas extraordinarias porque tienen la cabeza en su sitio. Y ahí, ahí y no en otro sitio está la belleza.


may 1 2014

Hormigas desconocidas

Siendo niño me imaginaba historias. A cada momento, en cualquier lugar por extraño que fuera. No pensaba en la escritura. Aún no lo hacía. Eso no ocurrió hasta que me planté frente a un folio (recuerdo que me gustaba utilizar una plantilla que colocaba debajo para que las líneas fueran perfectas en su rectitud), pensé en lo que quería decir y no supe empezar. Sentí mucha rabia. Tenía cosas que contar, pero me faltaba saber cómo hacerlo. No entendía en ese momento que eso era anecdótico. Lo importante ya lo tenía sobre la mesa. Algo para contar. Ganas de hacerlo. El oficio, el aprendizaje de las técnicas, las lecturas compulsivas primero y sosegadas después, deberían llegar con el tiempo. Pero la prisa de la pluma rasgando levemente el papel cegaba sin remedio.
Siendo niño me fijaba en todo lo que ocurría a mi alrededor. Cualquier detalle me parecía importante. Ahora sería capaz de recordar cosas improbables. Como si lo estuviera viendo. Una hormiga subiendo por el tronco de un árbol. Se detiene. Me mira. Mueve las antenas. Con una de ellas me indica el camino. Subo el tronco del árbol detrás de ella. Y allí me esperan unas cerezas riquísimas. Arranco con los dientes un trozo de una de ellas. Pequeño. Se lo pongo a la hormiga entre sus mandíbulas (¿se llaman así?). No volvimos a encontrarnos nunca más.
Cuarenta y siete años dan mucho de sí. Pasan muchas cosas y, sobre todo, no pasan muchas más. Todo cambia. Parece que el tiempo se convierte en un taxímetro que no da tregua. Todo pierde lustre. Y, sin embargo, puedo recordar eso que pasó antes de convertirme en lo que soy para recrearlo cada noche antes de ponerme a escribir y soltar la muñeca siendo un niño curioso que seguía sin miedo a las hormigas desconocidas.
Siendo niño imaginaba que llegaría a ser escritor sin saber que deseaba con todas mis fuerzas no dejar de ser ese niño. Me sigue emocionando.


abr 5 2014

Nuevo diccionario político 2011-2015

Acelga: Político con cara de circunstancias.
Borrico: Político demostrando lo que sabe.
Cabezada: Movimiento reiterado de cuello y cabeza del político que escucha a sus votantes.
Chollo: Político. Monarca. Duque de Palma. Chorizo. Etcétera.
Daltónico: Político que no distingue entre el rojo y el azul.
Elecciones: Tongo.
Falso: Político.
Gastar: Oficio del político.
Homilía: Discurso propio de los políticos de derechas.
Iluminado: Gilipollas que se hace político.
Jurel: Político nadando. Coincide con el nombre del pez teleósteno dado que poseen la misma inteligencia.
Kiwi: Lugar de donde le salen las cosas a los políticos.
Ladrillo: Dios de los políticos.
Llorica: Político opositor.
Malhechor: Político.
Negro: Futuro.
Ñoña: Futura alcaldesa de Madrid. Esta no es política aunque se lo hace.
Obligación: Término en desuso aborrecido por los políticos.
Patera: Embarcación que sirve para salir de España con rumbo a la costa africana.
Quitar: Ejercer un cargo sea cual sea.
Recogepelotas: Funcionario que lleva a los políticos fuera del hemiciclo una vez que ya no pueden hacer más reverencias al líder.
Setentón: Joven político.
Teatro: Hemiciclo.
Urbanizar: Objetivo de todo político que se precie.
Verbena: España.
Whisky: Bebida que toman los políticos mientras ven por la televisión como la policía disuelve una manifestación a hostia limpia.
Xenófobos: Políticos que obtienen un buen número de votos en las elecciones aunque nadie reconoce haberlo hecho (votarles, digo).
Yugo: Eso que tiene usted encima y le está jodiendo.
Zozobra: Europa.


mar 19 2014

Pues me sumo a esto del día del padre

Ser padre es no olvidar que fuimos jóvenes y quisimos estrellarnos sin la ayuda de nadie, que creímos en algo y peleamos contra todo y todos por conseguirlo. Ser padre es tener memoria suficiente como para comprender.
Ser padre es ser la mejor versión de una parte de la pareja. Sin amar incondicionalmente a la otra mitad que acompaña en el viaje se hace imposible una paternidad responsable que sirva de referente al hijo. Un hijo que pensó, piensa o terminará pensando que fuimos o somos una especie de héroes incomprensibles. Héroes que saben volcar lo mejor sobre lo que les rodea.
Ser padre es no aspirar a nada que sea ajeno a la familia. El proyecto personal es el proyecto familiar. El beneficio propio es, siempre, compartido.
Ser padre es desarrollar un instinto de superviviencia casi invencible. Nada puede pasar que desestabilice a la familia. No hay tiempo para enfermar, no hay tiempo para morir. Cuando eso ocurre muchos mundos se derrumban y no podemos consentirlo.
Ya sé que todo esto roza lo utópico, lo excesivamente lírico o casi cursi. Pero yo no organizo estos festejos tan cacareados. Me sumo porque, al fin y al cabo, soy padre y esposo. Además, para un día que tengo al año en el que puedo tomarme la libertad de decir estas cosas, no voy a desaprovecharlo. Mañana sólo lo pensaré.


mar 13 2014

A contracorriente

Practiqué el remo olímpico de alto nivel durante muchos años. Fueron muchas mañanas madrugando para correr noventa minutos y remar un par de horas más. Era joven y el sacrificio era grande. Cambiaba lo que un chico de mi edad hacía normalmente por tener las manos endurecidas a base de esfuerzo. Aprendí que remar contracorriente era la forma de entrenar menos minutos consiguiendo un resultado mucho mejor. Avanzar tres o cuatro metros equivalía a una distancia mucho mayor que cuando se remaba a favor de corriente. Esto que parece algo sencillo sólo lo hacíamos los que habíamos desarrollado una técnica depurada. Ejercer una fuerza superior a la normal en cada palada suponía que se descuidaba algo el movimiento al remar. Si no la tenías ya aprendida era mejor no insistir por ese camino.
Una mañana de invierno sentí un pinchazo en el cuadriceps. Supe enseguida que me había hecho daño. Y dejé de remar. Me llevé la mano al músculo, apoyé el tórax en los remos para alzarlos levemente del agua y dejé que me llevara la corriente río abajo. Algunos compañeros de equipo pasaban por mi lado derecho preguntando. Yo sólo les decía que no con la cabeza y continuaban su entrenamiento. Cerré los ojos. Por el dolor y por la rabia. Si no recuerdo mal tenía que competir tres semanas después en el campo de regatas del Guadalquivir.
Cuando dejé de maldecir ese pinchazo, cuando quise saber dónde estaba, descubrí que había llegado al margen contrario del río. Acerqué mi skiff a un pontón viejo y podrido, abandonado. Salí del bote y me senté a esperar sabiendo que nadie iría a recogerme porque nadie podría sospechar que estaba a tres o cuatro mil metros de distancia y en el margen equivocado. No importaba porque quería estar solo. Pensé sobre el esfuerzo que había realizado durante tantos meses de entrenamiento, la cantidad de mañanas pasando frío para conseguir mi sueño de llegar a una selección nacional que ahora quedaba a un millón de años luz. Aunque no dejaba de sonreír sabiendo que, por primera vez, me había dejado llevar por una corriente con la que había luchado durante años. Era una sensación extraña. Perder el control sobre algo que dominaba, encontrarme solo cuando siempre estaba protegido por el entrenador y los médicos del club, saber que dependía de mí lo que pasara a continuación sin tener la ayuda de nadie. Dejé que pasara el tiempo. El dolor iba en aumento, el sudor se enfriaba. Me tumbé sobre las tablas podridas para poder pensar.
¿Merecía la pena todo aquello? ¿Mi futuro pasaba por remar, cada día, contracorriente? ¿Era lógico depender de un problema muscular después de tantos meses de esfuerzo?
Pensé en la sensación de dejarte llevar, de no interesarte por nada salvo por ti mismo, por tu dolor. Y pensé, al mismo tiempo, que eso era cosa mía. Mi dolor, mi futuro. El rumbo azaroso del bote me llevó a la otra orilla, a un lugar en el que no hubiera pensado estar una hora antes. Me sentía bien.
Decidí recuperarme y trabajar duro (una de mis peores cualidades es la de dar siempre otra oportunidad). Cambié de barco para formar parte de una tripulación. Y llegado el momento tuve que dejar que la corriente me arrastrase de nuevo. Esa vez para siempre. Se acabó el remo.
Hoy, me siento fatigado. Acabo de dar la última palada. Relajo los músculos y comienzo a dejar que el destino me lleve hasta donde tenga que llegar. Quizás a la otra orilla, quizás hasta el lugar de donde salí, quizás a ninguna parte. El sudor se enfría. El dolor crece. Pero ya he dado la última palada.


mar 11 2014

Miles de millones

Lo que esperamos de los demás es siempre lo que acaba con las relaciones. Sean del tipo que sean. Nadie tiene lo que queremos en el momento exacto, ni lo puede entregar de la forma que deseamos.
Espero esto y lo que recibo es aquello, y lo espero hoy aunque me llega mañana. Esperaba que me lo entregaran con cariño y me lo encuentro sobre la mesa sin una nota de él o de ella. Todo se derrumba. En realidad, todo lo destrozo.
Cuando espero algo lo hago olvidando si lo merezco, si he hecho todo lo posible para conseguirlo. Perder esto o aquello lo achaco a que el otro es un mierda sin corazón. No recuerdo todo eso con lo que he ido golpeando sin compasión hasta hacer tambalearse el mundo entero. Me cargo de razón, culpo al otro, arremeto contra él en reuniones con amigos comunes, entre los familiares, me convierto en víctima exclusiva. Asunto arreglado. Todo tiene un porqué, pero yo me ocupo de olvidarlo o de esconderlo.
Siempre que pienso en esto tengo en mente una imagen muy simple. Dos bolas metálicas se cruzan y siguen su camino. Dos bolas metálicas ruedan trazando caminos paralelos. Dos bolas metálicas chocan al encontrarse y toman direcciones distintas. Algunas se acercan entre sí al rodar , pero nunca puedo ver ninguna junto a otra moviéndose al mismo tiempo. Siempre encuentran un grano de arena que desvía a una, siempre el terreno es irregular e impide que el camino sea el mismo, siempre contemplo con tristeza cómo un leve roce envía una de las bolas metálicas hacia otro lugar. Y todo esto hay que saberlo o intuirlo si no quiero convertir mis relaciones interpersonales en un constante fracaso. Y todo esto hay que saberlo o intuirlo para entender que en cuanto encuentre una superficie más irregular mi dirección será otra. Aunque lo importante, lo verdaderamente tremendo, es que nunca las direcciones fueron iguales, ni siquiera parecidas. No, no lo fueron aunque lo proclamé a los cuatro vientos. Las bolas salieron de distintos puntos con caminos alejados y el azar las acercó para que se separaran poco tiempo después. Nunca las trayectorias fueron coincidentes.
Por eso no podemos esperar nada de nadie salvo lo que nos quieran entregar, como quieran hacerlo y en el momento que ellos decidan. En eso se fundamenta la verdadera amistad. Nada se espera, nada se promete, nada pasa si las direcciones cambian porque cada camino es exclusivo, único. Nada ni nadie tiene derecho a modificar a golpes las cosas, ni a dar esos golpes fingiendo no haber hecho nada por el camino.
Somos miles de millones de bolas metálicas rodando en diferentes planos. Cada una de ellas comenzó a moverse en un punto exacto y terminará de hacerlo en otro. Por el camino tendremos que cruzarnos, rozar, acelerar o frenar en seco. Y habrá momentos en los que fallemos, en los que nos pidan y no podamos dar porque nos alejamos gracias a un golpecito que me diste tú que ahora lloras con rabia. Durante un tiempo iremos ligeros junto a una nueva bola que, sin saber porqué, modificará el rumbo. Chocaremos con violencia con otras. Y un buen día pararemos en ese punto sin espacio ni tiempo. Esperando un puñado de cosas que nunca llegaran, sin poder entregar lo que nos pidieron, habiendo desperdiciado miles de oportunidades por acelerar a destiempo o frenar cuando era innecesario. Esperando o haciendo esperar. Perdiendo un tiempo que no teníamos.