dic 8 2013

Riesgo

Sé, exactamente, sobre lo que quiero escribir y, sin embargo, no atino con las palabras. Algunas me parecen extravagantes; casi todas, vacías. Intento el diálogo para, tras varias pruebas, descubrir que se trata de un monólogo. Es lo que mejor va. Eso creo. Más tarde deja de ser útil. Quizás con una sola frase quedaría resuelto el asunto aunque la sensación de orfandad sigue instalada desde el principio. No se mueve un solo milímetro. Sé lo que quiero decir. Sé que la necesidad es imprudente. Y dudo. Con las palabras; con el propio pensamiento que, inquieto, niega la posibilidad al plegarse sobre sí mismo.
Huir nunca fue una opción. Sí, quedar enrocado, esperando un asalto brutal, prepararse para recibir los golpes crueles del grupo. Sin miedo, sin dar un paso atrás. Asumir roles viejos. La alternativa es, fue y será, escribir. Buscar, experimentar con lo que se tiene a mano, al son de la partitura más dócil.
Sé que tengo algo que decir. Y, tal vez, no quiera descubrir la fórmula exacta. Porque, escrito, ya nada puede cambiar. Las correcciones nerviosas no sirven de nada ante la realidad pensada y asumida.
Palabras, párrafos enteros. Un puzzle resuelto en el que se dibuja lo que soy.
Las ideas van, vienen, juegan a ser agarradas fingiendo torpeza para huir. Tramposas, saben que llenas de tinta verde o inmaculadas, no pueden desaparecer.
El texto queda escrito, amontonado, formando un amasijo con otros que nunca se leerán. Nunca jamás. Amarrados a lo que son. Sin tachones que maquillen eso que quise decir recostado en la certeza.
La estilográfica vacía. Junto al tintero. Miro. Aparto todo con delicadeza. Pienso en una nueva salida, intuyendo que todas las salidas quedaron condenadas hace mucho tiempo. Porque sólo así pueden ser las cosas. Ese es el riesgo que asume el escritor.


dic 6 2013

Explosiones

Es curioso cómo funciona el pensamiento. Parece anclado a unas cuantas cosillas de nada y, de buenas a primeras, te lleva hasta lugares lejanos o tiempos que parecían olvidados mucho antes. Un detalle, un gesto de otro, la noticia en un periódico que no te interesa. Cualquier cosa hace las veces de detonador. Una explosión que arrasa con lo que está y deja espacio a lo inesperado, lo improbable y, a veces, a lo que parecía imposible.
¿Existe explicación a que, sin venir a cuento, te venga a la cabeza el nombre de alguien que ya no tiene rostro? ¿Por qué eso y no otra cosa se planta delante retándote a sabe Dios qué cosa?
Ya hace muchos años tuve que, como todo el mundo, lanzarme al agua de cabeza. Siendo niño eso se hace y punto. Lo ves, lo quieres imitar y lo haces. Los más mayores procuran que lo vayas consiguiendo mejor. Y aquí se acaba la historia. Esto no sería importante si no fuera porque cuando lo intenté por primera vez tuve que demorar mi lanzamiento unos instantes. Alguien pasaba nadando a mi altura. Se llamaba Enrique y era enano. No he vuelto a saber de él desde hace treinta años, cuando ya sabía lazarme a la piscina de cabeza o como tocase dependiendo del número de chicas que mirasen. Enrique era mucho mayor que yo. Era adulto y mantenía cierto grado de amistad con mi padre. Nadaba con un solo brazo. Y tenía dos. No me pregunten la razón, pero nadaba con un solo brazo a estilo crol. Tenía el pelo muy largo y, en aquellos años, eso era lo mismo que ser hippie. Era muy, muy, agradable conmigo. Tal vez sea uno de los tipos que me ha parecido más feliz de los que haya conocido. Al menos esa es la idea que me quedó. Enrique. ¿Qué habrá sido de él? En una ocasión se sentó con nosotros para tomar el aperitivo y habló con mi padre durante un buen rato. Lógicamente, no recuerdo la conversación- Pero sí algo que dijo. La faena de ser enano es que no puedes mirar a nadie por encima del hombro. Enrique y mi padre se rieron. Me gustaba mucho verlos reír. Mi padre nunca lo hacía por compromiso y Enrique lo hacía de forma muy escandalosa. Daba gusto verlos.
Hoy me he parado a saludar a un vecino del barrio. Me ha contado todo tipo de penas, de miserias, de problemas. Este no es enano. Ni una sonrisa, ni un gesto de desprecio ante lo que le pasa. Nada. Y el pensamiento corriendo a tiempos que no soy capaz de ubicar con exactitud; hasta la imagen de mi primer salto al agua de cabeza, esperando a que Enrique pasara de largo; hasta la risa sincera de mi padre.
Es curioso comprobar cómo funciona el pensamiento. Y comprobar que la realidad está repleta de detonadores que te hacen saltar por los aires en cuanto te descuidas.
Sería estupendo que usted, leyendo este texto, hubiese notado una explosión y que la onda expansiva le hubiese arrastrado hasta quién sabe donde. Hasta un lugar inesperado, improbable o, tal vez, imposible. En ese en el que nos encontramos todos antes o después.


dic 4 2013

¿No tienes whatsApp? Estás muerto

En los últimos meses, me han preguntado si tengo instalado el whatsapp ese, sin exagerar, diez o doce mil veces. Al contestar me he sentido un antiguo, un loco, alguien que no pertenece a este mundo. Lógicamente, no, no tengo esa aplicación instalada en mi teléfono móvil. Por no tener no tengo ni smartphone. Me voy manejando con un viejo, casi arcaico, Motorola, que todos miran con estupor. Divinamente, por cierto. Cuando me siento para comer no estoy pendiente del piiiinnn pooonnn que avisa cuando llega un nuevo mensaje, mantengo conversaciones fluidas con mi esposa (es la otra persona de este mundo que carece de tecnología y ganas suficientes como para martirizarse voluntariamente leyendo cien o doscientos mensajes diarios), y soy el único que puede observar las caras de los que utilizan este sistema de comunicación (el resto de la humanidad está, naturalmente, mirando su móvil, bien leyendo un mensaje, bien escribiendo, bien deprimiéndose rápidamente por sentirse abandonado por el mundo entero puesto que no ha recibido un solo mensaje en los últimos treinta segundos).

Me parece a mí que es más normal y más sano vivir sin un teléfono pegado a la mano, que lo raro es leer mensajes cortitos y no un buen libro, que es un placer escribir con una buena estilográfica y no apretar teclas enanas o una pantalla en miniatura. Por eso, lo de creer estar loco o sentirme antiguo, se me pasa enseguida. Lo que, creo yo, es un retroceso y un disparate es eso de hablar a través de una máquina como único recurso en lugar de hacerlo con alguien enfrente. El progreso evolutivo, lo que nos diferencia del resto de seres, es la capacidad para comunicarnos tras una reflexión que construye el mensaje. El resto son herramientas que nos ayudan a realizarnos como personas. Sin abusar, sin dejar que nos arrastren hacia atrás.

Sin usar esto que se llama whatsapp, es verdad que tardo más que otros en recibir noticias. Eso es cierto aunque saber qué tiempo hace en el barrio de Manoteras o que se le ha pasado el arroz a Pepi que es amiga de Juan, francamente, no me parece urgente. Si las noticias son malas o importantes, llegan ligeras. Como ha pasado toda la vida.

No se me ocurre nada más ridículo que quedar con dos o tres amigos para que cada uno se ponga a mirar el móvil. Si se fijan, es muy habitual que grupos enteros lo hagan al mismo tiempo. Qué cosas.

¿Es esto la modernidad? Me temo que esto es el resultado de problemas serios que nadie quiere afrontar y están haciendo mucho daño. ¿Desde cuando los amigos son una foto y un nombre? Me refiero a los amigos con los que hablamos en las redes sociales, por ejemplo. ¿Desde cuándo es mejor escribir una frase (a menudo con letras de menos) que tener delante a una persona hablando, haciendo gestos y entonando así o asá? ¿Desde cuándo se considera normal echar de menos el teléfono más que a tu padre? ¿Han comprobado ustedes el grado de ansiedad que provoca en un joven no tener el móvil a mano? Es patético.

De momento, aguanto. Supongo que es cuestión de tiempo. Pero, de momento, me siento más ligero de equipaje, más libre, sabiendo que me libro de conversaciones absurdas. Prefiero seguir hablando con tranquilidad con la familia o los amigos; y procuro decir lo justo cuando charlo con la pantalla del ordenador. Me aburre.

Ni loco, ni antiguo. Ni estoy fuera del mundo. Tal vez los que sí lo están son los que miran, a todas horas, una pantallita de teléfono sin descanso. Ya veremos cómo queda la cosa.


dic 3 2013

Estado de animo

Plantar una semilla, pasear tranquilamente por la ciudad o jugar con un niño en un parque, es un estado de ánimo. La realidad es un estado de ánimo. Porque eso que vemos, que disfrutamos o sufrimos, es la que construimos nosotros mismos. La realidad es lo que tenemos porque no somos capaces de armar algo distinto o no queremos tener otra. Las imposiciones no existen. Son excusas que nos permiten tirar la toalla o mirar hacia otro lugar sin tener que dar demasiadas explicaciones. Tener un culpable o un imposible cerca nos evita muchos quebraderos de cabeza. Sin embargo, en un desastre siempre puede verse una posibilidad, una forma de entendimiento distinta. Aunque es la zona difícil y árida. Es mucho más sencillo echarse en un rincón a lamerse las heridas, a culpar a otros y a todo lo que nos ocurre.

Tomar un café con un amigo, hacer la cama a medias con la pareja (deshacerla, también), compartir una idea con un joven ansioso por aprender. Todo es un estado de ánimo. Todo es una realidad amable que no disfrutamos mientras decidimos como malvivir sin tener en cuenta lo importante. Pero ¿qué es eso tan importante que buscamos desesperadamente en el entorno? Pues me temo que nosotros mismos. Y, da la casualidad, que formamos parte de ese entorno, pero no somos nada que ande suelto sin control. Nosotros somos nuestra realidad, lo verdaderamente importante. Nada fuera de nosotros es la solución. Nada. El estado de ánimo tan deseado y tan urgente somos nosotros. Y la solución y la capacidad para entender un problema y la de escuchar para poder tomar decisiones y la única forma de manifestar nuestro amor por el universo entero. Somos el centro del mundo.

Dejar con cuidado un vaso sobre la mesa, colocar el flequillo a un niño, sonreír al que se cruza con nosotros en la escalera de casa. Eso es un estado de ánimo. Lo demás son excusas para no ser. Por mucho que nos estén haciendo la vida imposible las personas, el dinero o cualquier cosa, sólo son excusas.


nov 27 2013

El peso de los libros

He tenido, entre las manos, miles de libros. No con la intención de comprobar lo que pesaban sino con la de leerlos. Sin embargo, pasado el tiempo, he comprendido que era la misma cosa.
El libro que más pesó, al abrirlo por primera y última vez (jamás he leído ninguna de mis novelas una vez publicadas) fue La edad de los protagonistas. Mi primera novela. Toqué la portada con cuidado, abrí el ejemplar, y fui pasando despacio las primeras páginas, alisando los vértices con el pulgar (siempre lo hago con cualquier libro, pese lo que pese; la liturgia de la lectura es imprescindible) y tomé conciencia de lo que había logrado y del grado de responsabilidad adquirido como escritor con obra publicada. Creo que sólo he sentido algo parecido el primer día que pisé un aula en calidad de profesor. Pero mis novelas no cuentan. Esa sensación de peso extremo, emocional, no es de lo que quiero hablar.
He leído libros que me llevaron a querer ser escritor. Las palmeras salvajes o Mientras agonizo de William Faulkner; La casa verde o Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa; La metamorfosis de Kafka; El guardián entre el centeno de Salinger; los relatos de Chéjov o de Raymond Carver; cualquiera de las obras de Federico García Lorca; la poesía de César Vallejo. Alguno más. Pesaban mucho. Cada página la sensación era más poderosa. Era capaz de leer la misma frase media docena de veces para comprobar que era posible decir eso y de esa forma; de la única manera posible. La perfección pesa toneladas.
El poso que quedó sigue siendo gigantesco. Tiene forma de aprendizaje, de experiencia, de impostura, de enseñanza, de fascinación, de respeto, de rabia. Un poso pesadísimo que resta a otros libros (los flojos) en el haber. Nada es igual después de leer a Proust a Flaubert o a John Dos Passos.
También he leído libros que, sin ser gran cosa, han dejado alguna marca. Lecturas en la playa, en aeropuertos y estaciones de tren, lugares en los que la concentración es difícil de conseguir. En esas circunstancias tengo por costumbre elegir obras en las que la trama toma fuerza y lo profundo queda al margen. Alguno de ellos me hizo pasar buenos momentos. Para eso se escriben los best sellers. Pesan lo justo y la carga es efímera. Pero algo se dejan notar.
Leer es descubrir el peso de una obra, la compañía que supondrá durante un tiempo o toda la vida. Leer es integrar un universo o rechazarlo, es modificar el propio o dejarlo intacto. Leer es asumir la pequeñez, lo insignificante de uno mismo. Leer es vivir y morir al mismo tiempo, convertirse en un fantasma más humano de lo que la imaginación permite. Leer es dar un paso adelante, hacia eso que llamamos sentido. Pasos que se hacen ligeros cuanto más peso arrastran.


nov 25 2013

Límites

Tuvieron que pasar muchos años hasta que comprendí que los límites existen; que son importantes, muchas veces inamovibles. Siendo niño, ni entendía, ni sabía qué era eso; buscaba, probaba e iba descubriendo. Siendo joven, arranqué todas las señales que encontré por el camino; me sentía inmortal, nada de lo impuesto parecía ir conmigo. Llegada la madurez, me topé con todos ellos; estaban donde tocaba porque nunca nadie los arrancó salvo yo mismo utilizando la imaginación.
Los límites están colocados en el lugar justo. Sólo lo extraordinario puede acabar con ellos durante un periodo de tiempo. Pero regresan al lugar exacto. Siempre lo hacen.
El ser humano, desde que lo es, ha intentado ponerlos nombre, darlos forma, representarlos de una manera comprensible. Sin demasiado éxito. Religiones con el miedo por delante, leyes con la vocación de ordenar un día a día caótico, torturas rebasando cualquiera de los límites existentes para intentar colocar otros distintos. Incluso, el hombre ha hecho uso del sentido común para establecer un orden y fijar esos límites. Y eso de utilizar el sentido común, como todo el mundo sabe, se deja para ocasiones especiales y de importancia.
¿Dónde están situados los límites? ¿Se puede saber algo así? Naturalmente, no hay nada ni nadie que indique el lugar exacto en el que se encuentran. Además, los personales no coinciden con los que colocan las sociedades, las religiones o la moral. Cada cual coloca los suyos pensando que el lugar exacto es el elegido. Y cada cual los sobrepasa si encuentra una excusa potente.
Pero, entonces ¿hasta dónde debo llevar las cosas si es por amistad? ¿Debo ser leal hasta la sumisión? ¿La dignidad de las personas es la misma si hablamos de un asesino o un niño recién nacido? Preguntas que nos llevan a otras más difíciles de contestar. Pero una contestación sirve para todas las preguntas: si el sujeto comienza a retroceder como persona, si su esencia se ve dañada o, simplemente, amenazada; el límite está allí, en ese lugar exacto. Y hablo de todos los sujetos que se vean involucrados en una misma situación.
Cualquier relación entre individuos debe plantearse en igualdad de condiciones. Si uno se convierte en esclavo, en un ser sumiso o pierde algo de su esencia; la relación, sencillamente, debe eliminarse. Siempre que pienso en esto, me viene a la mente Hitler y los que le rodeaban. ¿Fueron leales a Hitler o perdieron por el camino toda la lealtad que nos debemos a nosotros mismos? ¿Eso es lealtad o idiotez? ¿Puede alguien sentirse leal asesinando a medio millón de niños en las cámaras de gas? Rebasados los límites ya no hablamos de lo mismo. Amistad, amor, lealtad, solidaridad o lo que sea, desaparecen para dejar espacio a la locura, a la falta de humanidad, a la esclavitud, a la violencia o a lo que sea. Y estas últimas nunca pueden aparecer en nombre de los valores. El ser humano, al traspasar los límites, se asoma a un abismo tremendo. Desde allí se observa lo que uno no puede ser y, sin embargo, ha llegado a tocar. Momento de regresar y asumir que los límites son intocables. Toca regresar si es que se puede.
Pienso en las cosas del amor. La tendencia es arrasar con los límites. Sobre todo en esa fase de enamoramiento que nos convierte en idiotas transitorios. Si esos límites se rebasan suelen generarse problemas. Dejar todo por el amor a un hombre o a una mujer (menuda tontería). Dependencia absoluta de uno respecto al otro. Sumisión. Relaciones que se establecen desde la desigualdad y terminan en terrenos muy delicados, insoportables y peligrosos.
Hay que sentirse libre para poder serlo. Por tanto, no es posible manejar valores si otro o uno mismo traspasa esos límites tan difusos. No es posible la lealtad, el amor, la amistad, la valentía o la honestidad, si una de las partes está más allá de la frontera. El que transita los territorios que están más allá suele estar perdido. ¿Cómo alguien puede pensar que una paliza a la esposa está justificada? Sólo estando perdido, vagando sin rumbo, equivocado, condenado y condenando a otros.
¿Dónde están los límites? En nuestra esencia. En la suma de nuestros aciertos y de nuestros errores.


nov 25 2013

¿Plan A o Plan B?

Comienza a llover. Miran a través de la ventana. A la terraza le están saliendo lunares, dice. Se sientan. La mesa es pequeña. Ensalada, filete de pollo a la plancha. El día ha sido difícil para los dos. Hablan. No coinciden. Los puntos de vista se encuentran en los extremos. Discuten. Él se levanta.
-Está bien. No me vas a convencer. Déjalo así.
-Por cierto, hablando de convicciones, ¿te has pensado lo de tener niños?
-Cuánto más lo pienso más dudas tengo.
Alza la mano. La ira incontenible tensa los músculos del hombre. Ni siquiera sabe por qué razón lo hará, no sabría explicarlo, pero va a descargar el golpe. Con fuerza, con brutalidad. Poco después, pedirá perdón y el miedo regresará para concederle una nueva oportunidad en nombre de ella. Es como arrancar la cola a una lagartija o pisotear hormigas. Se hace. Un leve arrepentimiento mientras se contempla el dolor, la huída. Y vuelta a empezar. El miedo coloca todo en su lugar. Miedo. Perdón. El ciclo completo. La mano levantada se cierra. Los tendones trabajan al límite. Las uñas que se clavan ligeramente en la palma de la mano. Puede sentir el placer del sonido que llega, el calor del golpe, los gemidos cortejando su éxito.
-Imagina. Viejitos, rodeados de hijos, de nietos. O imagina. Más solos que la una tumbados en una hamaca.
-Quieres que me invente una vida entera.
-Pues es lo único que tenemos y es gratis. ¿Fregamos los cacharros?
-De acuerdo. ¿Has pensado en una pila hasta los topes de biberones, platos, platitos, cucharas, tenedores y objetos diversos de dudosa procedencia? Miles y miles de cosas por lavar.
-Para eso se inventaron los lavaplatos. Para que te puedas imaginar una vida feliz. Para que no tengas dudas, dice mientras ordena algunas cosas, mientras deja que piense en el futuro, que construya poco a poco del único modo que es posible.
La mujer cae. Se acurruca en una esquina. Una patada en el costado corta la respiración con la prisa de las navajas. Parece que abandona aunque el gesto queda a medio camino. Otro golpe. Esta vez con la mano abierta. Puta, puta, puta. Al fin. Ya se va. El mundo se vacía por los cuatro costados. No inventaré más excusas, tengo que salir de aquí. No puedo más, no puedo más. Llega al bar y pide una cerveza. No sabe que ha llegado hasta allí pisoteando sus propios restos. Abre y cierra la mano dolorida. Miedo. Perdón. No pasa nada.
-Si es niño se llamará como yo. Y si es niña como yo. También.
-Ya hablaremos de eso. Anda, apaga la luz. Es tarde.


nov 21 2013

Lealtad

El diccionario de la lengua española incluye miles de palabras. Unas muy utilizadas, otras desconocidas. Es muy difícil conocer el significado de todas ellas. Y muy peligroso olvidar algunas que deberían ser más utilizadas, más conocidas y nunca dejadas en el olvido.
La primera acepción de la palabra lealtad es la siguiente: Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien.
No hace falta aclarar, creo, que la hombría de bien es lo mismo que la honradez. No hace falta aclarar, creo, que el honor es, entre otras cosas, una cualidad moral que nos hace cumplir con nuestros deberes, ya sean respecto a otros, ya sea respecto a uno mismo. Pero lo aclaro por si alguien se ha despistado.
Alguno ya se estará preguntando a qué viene todo esto. Palabras que se escuchan poco, que se tienen reservadas para momentos muy concretos, palabras que casi da miedo utilizar porque suenan antiguas y nos pueden convertir, ante los demás, en personas viejas.
Siendo jovencito (es decir, hace muchos, muchos, años)  escuché una conversación que mantenía mi padre con un compañero de armas. Con gran seriedad, mi padre escuchaba sin hacer un solo gesto, sin interrumpir una sola vez a su interlocutor. Él fumaba y recuerdo que consumió hasta cuatro cigarrillos. Yo intentaba estudiar en la mesa del salón aunque no encontraba la manera. Intuía que algo importante estaba a punto de ocurrir. Y así fue. Cuando aquel hombre terminó su discurso, mi padre apagó lo poco que quedaba del cigarro, se levantó y dijo con voz grave, impetuosa, firme, eso que vas a hacer es desleal. Completamente desleal e intolerable. Y se acabó la conversación.
En casa, aquello resultaba algo insólito. Acusar de deslealtad a otro era algo así como marcar una distancia imposible de salvar por siempre jamás. Creo que ni se despidieron cuando el hombre se marchó. Ser desleal era lo peor que se podía llegar a ser.
Si alguien te insultaba (por ejemplo, te llamaba gilipollas) no era del todo importante. Un enfado lo tenía cualquiera, era cosa de chiquillos que se dicen de todo en la calle o no le des importancia a las cosas que te diga alguien como él. Siempre se rebajaba el valor del insulto. Uno soltaba espuma por la boca de la rabia y te insultaba para que te enfadaras. Poco más. Pero si alguien te llamaba desleal o algo parecido, algo que tuviera que ver con eso que te enseñaban como vital, significaba que se ponía en duda todo tu ser, que tu forma de entender las cosas era razón suficiente para no tener espacio en común con los otros. El insulto se quedaba más en el terreno de la anécdota, de la mala educación o de un momento de ira. No había análisis por parte del que lo profería, no había argumentos para recibirlo y preocuparse. Pero lo de no ser leal o negarte cualquier valor importante llevaba implícito cierto grado de reflexión del que acusaba, un enfrentamiento frontal y profundo. Así, al menos, lo veía yo, así lo aprendí y así sigo percibiendo el asunto.
Hoy, eso es lo que veo a mi alrededor. En la lejanía o a veinte metros. Mire donde sea que mire. Mucho insulto y poca reflexión; mucha preocupación por lo superficial y desprecio por lo realmente importante. El momento por encima de una mirada que abarque lo fundamental. Una forma de triturar personas como otra cualquiera. Si él no es leal ¿cómo voy a serlo yo? Como si la lealtad o cualquier otro valor fueran moneda de cambio.
Fidelidad, honor, hombría de bien. Si preguntásemos a cien personas no creo que supieran qué significan más de una docena. Nadie se acuerda de lo que representan, nadie se plantea lo que hemos perdido por el camino. Pero todos sabemos lo que es un pelotazo o ser un corrupto.
Ser leal. Dormir tranquilo y no tener que mirar al suelo cuando alguien se acerca. No serlo. Ser mezquino.
La lealtad es un valor, que el que escribe considera, fundamental. Pero no es el único. Casi todos olvidados, escondidos, manipulados. Una pena. Algo que terminará pasando factura no tardando mucho en todas las sociedades del mundo entero. Lealtad, honor, valor, sacrificio, solidaridad, amistad. Palabras gruesas que parecen reservadas para unos pocos locos y que sólo tienen cabida en las grandes ocasiones en las que el discurso tiene que ser tan fastuoso como ridículo y vacío. Una pena. De verdad.


ago 29 2013

El problema de trabajar

Se habla mucho, muchísimo, sobre el problema del paro en el mundo entero. Y, además, en España, es una preocupación que trae de cabeza a millones de personas. Ambas cosas, los ríos de tinta vertidos y la preocupación, están más que justificadas. No seré yo quien rebaje un ápice lo que se ha dicho y se sigue diciendo, ni la carga que padecen los que quieren trabajar y no pueden.
Sin embargo, se habla mucho menos del problema del que trabaja. Aunque pudiera parecer una frivolidad lo que voy a decir, creo que es justo echar un vistazo al problema que sufren millones de personas.
Trabajo hace casi veinticinco años. Buena parte de ellos desempeñando funciones directivas y con un grado de responsabilidad importante dentro de las empresas que ha ido creciendo con el tiempo. He vivido más de una crisis económica (no como la actual aunque no fueron fáciles de superar las anteriores). Jamás había vivido un clima tan desasosegador en el conjunto de empresas con las que tengo relación (en la que trabajo o con las que realizo negocios). Jamás había visto desplomarse, no ya empresas, sino seres humanos que no soportan lo que creen que es injusto, indignante y patético. Jamás había observado tanta falta de reacción por parte de los trabajadores. Ahora se sienten desamparados, saben que han perdido buena parte de lo conseguido y que las batallas ya se producen en clara desventaja. No acuden pidiendo auxilio porque no hay donde ir. El desánimo es tan desolador que da miedo. Las empresas se llenan de personas desmotivadas, aturdidas, acobardadas y sin un sólo motivo que les haga seguir por el camino trazado. Ni siquiera saben si hay camino.
Es muy duro trabajar cuando eso, trabajar, se convierte en una carrera de pollos sin cabeza que no dirigen sus esfuerzos a un lugar concreto. Porque muchos de esos empresarios que querían una reforma laboral grandiosa han echado a correr llevando detrás de sí a miles de personas sin saber lo que hacen. Las empresas dirigidas por gente decente no han tenido que modificar sus políticas, ni despedir sin ton ni son. Las empresas dirigidas por buenos profesionales están saliendo adelante agarrando la mano de sus empleados porque de esto se sale en comunión.
Mientras todo iba bien, cuando los malos empresarios podían mover dinero, sus carencias se notaban menos. Pero, ahora, abruman a sus asalariados con órdenes absurdas, carreras alocadas y un palo en alto. Saber que estás en manos de un mediocre es tremendo. Y no hay pocos.
Mientras todo iba bien, hubo empresarios que gastaban sus beneficios en lo que fuera excepto en innovar su empresa, en formar a sus empleados. Saber que trabajas para alguien que ha dilapidado una fortuna y ahora quiere que le saquen las castañas del fuego los demás es indignante. Todos a correr y amenazados. Eso no hay quien lo aguante. Y son pocos los que están dispuestos a trabajar para que otro tenga un cochazo. Porque los que han sacado los pies del tiesto no han sido los que ganan mil doscientos euros. Esos nunca tuvieron la oportunidad. Sin embargo, se les echa la culpa de todo. Son vagos, se ponen malos, quieren tener derechos (algunos siempre hubo, pero la mayoría es gente honesta que se esfuerza lo que debe o más). Lo que no aparece en la prensa es que los empresarios pueden ser tan vagos como sus trabajadores, no se ponen enfermos y no aparecen por la oficina y creen tener el derecho a destrozar la vida de los demás para que la suya propia sea un lujo continuo.
Amenazas de despido, presiones insoportables. Eso es lo que hay. Todo se quiere hacer deprisa y corriendo sin que el plan sea coherente porque, muchas veces, no hay plan. Tal vez el único sea mantener un nivel de vida a costa de rebajas en los sueldos, despidos baratos o modificación de los horarios. ¿Cuándo se van a enterar de que una persona desmotivada puede estar sentada en su silla seis horas más sin rendir? El problema es tener un futuro dibujado o no. Si no existe es imposible sacar un mínimo rendimiento de la persona.
En cualquier organización en la que los empleados miran las sillas de los demás para saber si ha habido más despidos, en la que los veteranos se llevan las manos a la cabeza cuando se rodean de personas sin experiencia que llegan ganando una miseria creyendo que el mundo es suyo, en la que la cultura del miedo se impone; es imposible que las cosas vayan a mejor.
La desolación no es buena compañera de viaje. Ni la amenaza. Ni la prepotencia. Ni la ostentación. ¿Cómo alguien puede pedir esfuerzos estrenando un reloj de seis euros que eran los últimos que había en la caja?
Trabajar es un lujo para muchos. Para muchos una tortura. Es increíble, pero es así. En el momento en que ni los unos ni los otros tienen claro el futuro propio o el de sus hijos, se hace imposible que las cosas sean lo que deberían ser.
Los políticos hablan de grandes problemas. Los curas hablan de grandes problemas. Los empresarios hablan de grandes problemas. Todos hablan de sus problemas que no son otros que tener dinero a mano para gastar. De los pequeños problemas, de los de usted o de los míos, nadie habla salvo usted o yo. Y eso es una carga muy difícil de llevar.
Trabajar debería ser algo bueno. Al menos, algo mejor que no hacerlo. Y, sin embargo, parece la misma cosa tremenda y odiosa. Han conseguido algo que parece increíble. La fuerza de la codicia es tal que no han dejado títere con cabeza. ¿Les puede alguien avisar de que se van a morir igual?


ago 22 2013

Álbum

Miro un álbum familiar. Fotografías de muchos años, de muchas personas, de objetos toscos que no han cambiado ni un milímetro. Las personas sí. A medida que paso las páginas, aparecen las arrugas, nuevos colores del pelo, caras nuevas, futuros ya cumplidos y otros que quedaron en la cuneta. A medida que paso las páginas, las faldas envejecen, casi ridículas, peleando por su momento de gloria que, otra vez, regresa veinte páginas más adelante. Aunque las personas ya las lucen con cierto grado de decadencia personal. A medida que paso las páginas, descubro que las fotografías que acogen los recuerdos son muy malas. Cualquiera podría decir que la imagen la cazo un niño jugando a ser reportero fracasado. Sin embargo, esas imágenes esconden una grandeza insoportable. Fuera de campo está el niño, el joven entusiasmado por llegar a la edad adulta, los fracasos, pequeños éxitos que renquean haciendo un ruido cercano a la levedad. Fuera de campo, lejos de lo que no se mueve, aparecen los que no están ya. Siempre cansados de advertir su presencia en el detalle. Fuera de campo está la realidad que creí escapando para siempre, pero que, tan sólo, juega martirizando la tranquilidad que ofrece un futuro incierto.
Cuanto más arrugadas las esquinas más hay que buscar. Cuanto menos brillante el color más emoción rodea lo que tiene un foco propio e inalcanzable. Salvo con la imaginación o un resplandor anaranjado que dejó el dedo al pulsar sin saber lo que se proponía.