abr 28 2012

Los motores del mundo

Los que me conocen o me leen, saben que siempre he defendido que el mundo funciona más movido por la venganza o la envidia que por el amor (afirmación que parece odiosa a muchos, pero que a día de hoy nadie ha podido desmontar en este blog). Es más, si dependiera de ese amor, nuestra civilización estaría estancada desde sus orígenes. Cualquier tipo de amor paraliza la acción común, reduce el entorno a lo particular, intenta una continuidad placentera en la quietud. Y la civilización nunca necesitó de algo así. Es enorme, necesita estar un movimiento. Eso del amor forma parte del deseo universal aunque, como casi todas esas cosas esperadas, no llega ni a la de tres. Desde luego, el amor no es motor que sirva para hacer avanzar. Sin embargo, la venganza o la envidia hacen que el ser humano se mantenga en constante movimiento; bien a la caza, bien escapando del posible castigo. Ya se que hay otras cosas haciendo que la maquinaria no se detenga, pero son estas que digo las que involucran dos partes que se ponen en funcionamiento y con más regularidad. Mires donde mires, allí están. Una, la otra o ambas al mismo tiempo. Por ejemplo, la codicia nos sacude de forma individual. Si alguien quiere crucificar al codicioso (cosa poco probable en el mundo de hoy que está llena de ellos y de muchos más que se lo consienten pensando que algún día serán ellos los llamados a comprar objetos lujosos), si alguien le quiere hacer picadillo, digo, en principio, el sujeto se maneja solo ante una situación concreta, si quieren con una camarilla alrededor que buscan lo mismo, ordenados por su propia codicia. Y les perseguirán como venganza o con envidia; la codicia (como casi todo) es el vehículo para que aparezcan nuestras necesarias y mugrientas venganza y envidia.
Pues bien, llevo unos días preguntándome para qué sirve empeñarnos en querer hacer trizas al que nos convirtió en fosfatina o para qué sirve desear que otro pierda lo que tiene porque yo no puedo acceder a un bien determinado. Francamente, no le veo utilidad alguna a la cosa.
Y hay algo que no termina de encajar. Si esto que digo fuera cosa del tonto del pueblo o de una banda de tarados, encontraría la lógica justificación después de dar al asunto dos o tres vueltas. Sin embargo, hay sujetos muy inteligentes (muchos dicen serlo aunque no sirven porque son tan tontos como los demás) que se lanzan a envidiar o tras el primero que pasa por delante acusándole de esto o aquello para cobrarse su merecida venganza. ¿Por qué hasta una mente brillante se desploma ante asuntos estúpidos que se justifican con excusas torticeras? ¿Somos todos sin excepción más tontos que pichote? No, no es eso. ¿Queremos reafirmarnos en lo que somos y no consentimos que nada ajeno nos impida hacerlo? No, tampoco. Muchas veces envidiamos o queremos arrancar la piel a tiras sin razón alguna, sin que nos toquen de cerca los problemas. Podría ser que el ser humano desea ser poderoso a toda costa. Dado que somos, en realidad, muy poca cosa; la forma de fantasear sobre la falsa grandeza, tal vez, es pisotear a otro. Quizás todo lo envuelva el miedo. Miedo a nosotros mismos, a que descubran lo que somos, a que no exista Dios, a que exista, a cositas así.
Ahora bien, lo que me interesa es justo el lado opuesto, el extremo de allí lejos. ¿Qué es lo que pasa con las personas que deciden eliminar de su forma de vida la acción vengativa? ¿Por qué hay algunos seres humanos que deciden no mirar a derecha o izquierda buscando batalla y evitando, de ese modo, un deseo destructor y autolesivo? Estas personas son las que conocemos como buenas personas aunque, muchas veces, como pringados, idiotas o cualquier otro calificativo insultante. Nos parece mentira que alguien sea así, educamos a nuestros hijos haciéndoles competir con los otros niños como si en ello les fuera la propia vida, no creemos que nadie sea eso que conocemos buena persona y le miramos con la ceja levantada. Nos parecen de otro mundo. Además, les marcamos como víctimas de nuestras venganzas y envidias. Deseamos que no existan para que parezca que nuestras faltas son comunes y dejen de ser algo malo para ser algo normal. Queremos ser uno más remojados en nuestras miserias que son las de todos. Por eso, las buenas personas son el peligro. Ellos no quieren ser uno más y eso en la sociedad occidental no se consiente. La bondad es sospechosa; siempre lo fue. No parece que alguien dé a cambio de nada. Eso no puede ser porque. si lo es, el mundo se puede venir abajo.
El caso es que a mí se me van los ojos detrás de este tipo de personas. Me parecen admirables y me encantaría estar rodeado por cientos de ellos. Y no para sentirme amado. Lo que quisiera es poder ser como soy sin miedo a zancadillas, persecuciones o malas jugadas. Sólo entre gente buena eso es posible. Esos que, muchas veces, calificamos como tontitos o pringados son los que nos permiten dejar el disfraz o la coraza en casa. Y son los que nos dan lecciones a diario de convivencia, modales o respeto. Somos el resto, los listos y triunfadores y grandes profesionales y lo que quieran, los peligrosos, los que deseamos que se unan a este desastre social en el que vivimos para que no podamos arrepentirnos de lo que somos. Queremos que se conviertan porque les envidiamos. Intentamos hacerles creer que son bichos raros por venganza; intentamos que desaparezcan para que no nos avergüencen más si nos comparamos con ellos.
Hago esta pequeña reflexión porque hace unos días decidí llevar a cabo algo que me parecía inexcusable. Pasase lo que tuviera que pasar. No por ello me he sentido mejor persona. Soy consciente de mis limitaciones. Pero era lo que había que hacer. Y no dejo de recibir críticas por ello. Tengo la sensación de que algunos se han sentido traicionados o con el culo al aire. Y hago esta pequeña reflexión para entender que otros piensen que soy un pringado. Seguramente, lo hago como parte de una pequeña venganza.


abr 23 2012

Mi particular día del libro

Que exista un día del libro significa que, por alguna razón, es necesario. Y que sea necesario no deja de ser un mal síntoma.
Es verdad que muchos se lanzan a comprar, hoy, un ejemplar porque así se apuntan a eso de amor por los libros. Además cumplen y les sale un diez por ciento más barato. Eso es verdad. Tanto como lo es que los grandes almacenes y las grandes superficies hacen caja extra y, encima, parece que uno de los pilares de sus negocios tiene que ver con la cultura. Otra cosa bien distinta es el destino final de esos libros y esos dineros. Sin duda alguna, se trata de falsas intenciones por parte de los negociantes y de los compradores que convierten, entre todos, el libro en un producto sin otro valor que el que dicta la etiqueta.
El día del libro se ha convertido, como no podía ser de otra forma, en una forma de hacer dinero y en un mecanismo simplón que convierte a cualquiera en medio intelectual. Lo que debería ser un momento de reposo ante un objeto amado al que muchos le debemos una forma de vida, se convirtió, desde su origen (desconozco cuando el día del libro comenzó a serlo) en un numerito comercial en el que intervienen todos y cada uno de los que no sienten ningún aprecio por nada que no sea el dinero y ellos mismos.
En este blog, el día del libro (de lo que tiene que ver con la cultura en general) es todos los días. El día del cine, lo mismo. El día de todo lo que no sea dinero fácil, mercadeo, política cicatera y mentirosa o carreras armamentísticas. Aquí no hay día del libro que valga. Aquí se trata de hacer del mundo un lugar más amable para el que lea. Si son cien como si son quinientos. Por ello no hay homenajes. Y menos con lo que tenga que ver con la cultura. Lo que hay es un camino construido sobre ejemplares imprescindibles, necesarios, absolutamente necesarios para la humanidad, algo con lo que deberíamos conseguir algo mejor de lo que tenemos. Al menos, para dejarlo en las mejores condiciones posibles.
Todavía, algunos (los que presumen de no leer ni las postales que les envían) dicen que eso de la literatura es estéril, que es cosa de pocos y extraños. Son incapaces de reconocer que su propia mediocridad no podrá nunca con algo tan innato del hombre como es una manifestación artística. Si estos sujetos pensaran que lo primero que hacen al despertar cada día es contarse, relatarse lo que son; ya cambiarían de opinión. Pero no, esos lo que hacen es comprar un libro que viste mucho, confundir la cultura con las clases de matemáticas y, un minuto más tarde, intentar bajar listones para caber en un espacio que no pisarán en su vida. Se pongan como se pongan.
Cada libro, incluso los malos, los que fueron escritos por encargo o los que defendieron ideas asesinas y absurdas; todos los libros; representan un afán del hombre por sobrevivir a él mismo. Un afán tan arraigado como la necesidad de entender el mundo, su sentido, y poder ordenarlo; es decir, como la necesidad de construir el universo desde la literatura.
Hoy todo se mezcla con el consumo. Es fácil distinguir entre el que ama el arte del que lo consume, entre el que colecciona actos de carácter cultural y el que hace de ellos una necesidad por ser fuente de conocimiento. Es fácil, pero, cada día, el grupo de los primeros es más numeroso y empuja hacia ninguna parte al resto. Si esto sigue así, pronto, no habrá forma de acabar con el problema.
Hoy los escritores, los de verdad y no todo ese ejército que se proclama escritor por haber escrito un mal verso rebajando el oficio a la categoría de juerga colectiva, siguen siendo personas que habitan otro peldaño. No sé si más arriba o mas abajo, pero a otra altura. Los escritores de raza no se preguntaron jamás cuanto ganarían con una obra, no importó nunca la editorial que publicaría su poemario o su novela. Escribían. Escribimos. Lo demás llegaba después y no impedía que una obra siguiera su curso. Hoy sigue siendo lo mismo. Los escritores siempre hemos querido tener un libro en la mano (propio o ajeno) porque es nuestro tesoro. Ese es el mejor de los homenajes que se puede hacer al libro. Necesitar de él. Desde ese lugar llega la grandeza de la literatura, desde el cambio que se produce en el mundo cuando la ficción se incorpora en la realidad después de que alguien llamado escritor hace su trabajo, desde la necesidad de la literatura para poner el mundo patas arriba. ¿Por qué creen que los dictadores acabaron, en primer lugar, con novelistas, poetas y pensadores en general? Es muy peligroso para el mediocre que le planten delante un mundo nuevo en cada página. Sabe que eso lo pueden ver otros y es su final.
Los libros no deben ser homenajeados. Deben ser leídos, amados, pasados de padres a hijos. Es el único y gran premio al que deberían tener acceso.


abr 17 2012

Decencia, por favor

Durante los últimos tiempos, hemos visto cómo una ministra italiana lloraba al anunciar medidas durísimas que afectarían a los trabajadores de ese país. Quiero pensar que se acordó de algo tan simple como que eso que estaba llevándose por delante en un minuto era el trabajo y el sacrificio de miles de trabajadores, de políticos honestos y de ciudadanos anónimos que se habían dejado la piel por conseguir mejorar el mundo.
Soraya Saenz de Santamaría, nuestra superministra, lo que hace es hincharse como un pavo real para decir que todos vamos a morir si no hacemos lo que dicen; eso o cualquier cosa porque esa mujer se pone solemne hasta para decir que la lluvia en Sevilla es una maravilla. Tal vez cree que poniéndose así de ridícula la cosa nos llega más al fondo de nuestros pobres corazones. Yo no recuerdo una cosa igual. Repelente, es poco. Y no me la imagino llorando al sacudir un hachazo.
Hemos visto a un ministro griego decir que a sus compatriotas no se le podría pedir ni un esfuerzo más. Bien clarito. Les están destrozando la vida y un político lo ha dejado claro. Yo no sé si esto servirá de algo, pero es un gesto decente. Ni siquiera llego a imaginar si es un gesto forzado, pero no por ello dejaría de ser decente.
Nuestro presidente lo que nos dice es que esto no es nada con la que nos va a caer. Como lo dicen en Europa (qué excusa tan cochambrosa) todo vale. Otro al que no me imagino llorando aunque destroce la vida de millones de personas. Porque, además, se carga de razón y deja caer, una y otra vez, que somos unos flojos y que lo que tenemos que hacer es ponernos a funcionar.
Aquí, en España, el responsable de la educación nos dice que está muy bien que en cada aula se apiñen los niños. Así se hacen más sociables. Esto es indecente. Y la señora Cospedal nos dice que lo que llamamos recortes algunos necios son medidas que buscan la excelencia en educación y sanidad. Esto es indecente aunque lo diga recién llegada de la peluquería. Pero indecente del todo porque supone un insulto al conjunto de ciudadanos. Este gobierno es indecente.
Somos libres de votar a quien nos guste más, somos libres para opinar lo que nos dé la gana, pero nadie debería tratar como tontitos a los que (les guste o no) soportan su ineficacia en la gestión. Me refiero a los políticos en general aunque estos que están ahora inventando el mundo se llevan la palma.
Las calles deberían llenarse de personas para manifestar su postura, para protestar por estar siendo tratados como borregos. ¿Por qué sabemos que en Grecia están al límite? Porque se lanzan a la calle diciendo que ya no pueden más. ¿No deberían saber en el mundo entero que este gobierno está destrozando una forma de vida?
La decencia que reclamamos a los políticos se debe sostener con la de todos. Gritando que esto no puede ser, gritando que lo que han provocado unos pocos sinvergüenzas lo estamos pagando entre todos, luchando por nuestros derechos.
En cualquier caso, de momento, muchos deberían comenzar a pensar que lo que dicen es ofensivo. Por mucho que les voten; por mucho dinero que tengan; por mucho que crean ser dioses.


abr 15 2012

Credo Particular

Una joven alumna me preguntaba hace unos días si conocía la forma de saber si alguien te quiere o no. La respuesta, naturalmente, fue bien distinta a la que ella esperaba. Saber si alguien te ama o no es imposible, que estaba hablando de un acto de fe, que lo fácil es saber si no lo hacen. Lo mejor es que creas que sí, que ese muchacho que te tiene nerviosa te quiere con locura, le dije por si acaso con eso se quedaba satisfecha.
- Si creo que me quiere y no es así, sufriré, contestó.
- Ya, pero si no lo crees ahora mismo te perderás un buen momento que te ofrece la vida. Eso es lo que te llevarás puesto para siempre. De otro modo te cargarás de amargor y sufrimiento. Sólo de eso.
Esta conversación no tendría la menor importancia si no fuera porque desde ese momento no he dejado de dar vueltas al asunto. ¿Se puede saber si alguien te ama? ¿Sirve de algo saberlo? ¿Debemos amar sin tener en cuenta qué está pasando al otro lado? ¿Lo que entiendo por amor coincide con la idea que tiene él o ella de eso mismo? Y no dejo de dar vueltas a algo que me parece curioso. Cuando alguien se formula estas preguntas no es cuando se enamora, no, lo hace cuando se ve acorralado, cuando cree que la vida se ha convertido en una especie de basurero del que nadie puede escapar con un mínimo de dignidad porque no se siente amado. No hay amor y no hay nada más que merezca la pena. Es posible que el problema sea que reconozcamos con mucha facilidad que no nos quieren porque sabemos qué se hace, qué se piensa y cómo se puede escapar de una situación en la que alguien demanda ese querer y no se puede entregar. Todos sabemos lo que es estar en una posición de ventaja respecto a otro que sería capaz de cualquier cosa a cambio de conseguir una mirada, un gesto que le hiciera pensar que es amado. Y, sin embargo, casi nunca sabemos explicar cómo es posible que se nos fuera la cabeza de esa forma, cómo es posible que nada importase salvo esa persona que nos hizo sentirnos especiales aunque fuera todo una enorme mentira. Estuvimos perdidos. O lo estamos.
Las palabras gruesas, esas que no podemos explicar con exactitud aunque lo intentemos una y otra vez, esas que significan tanto que al pronunciarlas creemos decir algo cuando, en realidad, no sabemos apenas nada sobre lo que representan (sólo las sentimos y eso está enfrente del intelecto), esas palabras gruesas son las que nos hacen la vida difícil. Eso y tener fe (en lo que sea). Casi nunca la tenemos. Creer en Dios (el que sea) es algo parecido (mucho más de lo que queremos asumir) a creer en uno mismo. Tener fe (en lo que sea) es querer vivir trascendiendo a nuestra propia realidad, ir un poco más allá de lo que nos perturba y deja sin un mínimo sentido el mundo. Tener fe es complicado, amar es complicado, ser amado y saber que lo eres casi imposible. Y es que, finalmente, todo es la misma cosa (o casi). Se trata de creer en uno mismo. Se trata del acto más importante que un ser humano puede enfrentar, del más duro y dificultoso.
Saber que alguien te ama es imposible porque no sabemos lo que quiere decir eso. Quizás sea el momento de plantearnos qué significa, si sabiendo lo que tenemos entre manos, realmente, queremos ser amados o resulta algo incómodo.
Yo tengo fe. En muchas cosas. Y creo firmemente que mi esposa me ama. Y lo pienso cada día, cada minuto. Y me parece la única forma de vivir. No conozco otra. El resto han sido espejismos absurdos. Y es que creo en mí mismo, con todo lo malo que arrastro, con lo poco bueno que puedo ofrecer. Sé que una mujer está dispuesta a cualquier cosa por mí. Porque existo. Y porque tengo fe en que, pase lo que pase, haya pasado esto o aquello, soy yo y no una caricatura de mí mismo. Y porque ya apenas pronuncio la palabra amor. Me sobra con pronunciar su nombre.


abr 14 2012

Nuevo diccionario religioso 2011-2015

Altísimo: Nombre con el que algunos se refieren a Dios sin que especifiquen sus medidas exactas.
Biblia: Volumen de relatos fantásticos escrito hace muchos años. Hay quien dice que Gabriel García Márquez, después de leer este libro, pensó en su “Crónica de una muerte anunciada”.
Cruz: Lo que llevamos muchos a cuestas. También puede llamarse hipoteca, factura, cuñado, etc.
Dios: Mudito.
Espíritu Santo: Tórtola. No confundir con la marca de zapatillas deportivas del mercadillo.
Flagelación: Escuchar atentamente y de forma reiterada un discurso político sobre la situación económica.
Génesis: Grupo de rock progresivo creado en 1967.
Hipnosis: Charla con un sacerdote. También se conoce como confesión.
Insólito: Todo aquello que nos intentan vender desde los púlpitos.
Juan: Evangelista. Pero, también, puede ser un obrero de la construcción, cajero de un supermercado o cualquier otra cosa. Lo que pasa es que este es famoso y me he visto obligado a mencionarle.
Kiosco: Lo que se les terminará cayendo a los obispos.
Lázaro: Un tío con suerte.
María: Himen de acero.
Niño: Persona pequeñita que no debe ir sólo a algunas iglesias.
Ñesucristo: Dios muy español.
Olimpo: Lugar lleno de dioses que el gobierno griego expropiará proximamente.
Procesión: Acumulación de personas (colocadas en fila de a uno) que se produce, cada mañana, a las puertas de las oficinas de empleo.
Quemamiento: Afición de un tal Torquemada. Pero siempre con otros como víctimas. Nadie ha podio afirmar de forma rotunda que ese hombre se quemara, por ejemplo, los huevos a pesar del deseo multitudinario de sus paisanos.
Reestreno: Lo que ocurre cada domingo de resurrección.
Santo: Contribuyente.
Templo: Centro comercial de más de 1000 metros cuadrados.
Ungido: Ceaucescu.
Vedette: Monja que roba niños a la salida del juzgado.
X: Signo con el que se rellenan cuadritos en la declaración de hacienda. Uno de ellos (si es marcado) hace que parte de sus dineros vayan a parar a las arcas de la iglesia. Ustedes sabrán lo que hacen.
Yerba: Lo que se fumaron algunos antes de escribir libros sagrados.
Zombi: Personas muy creyentes que viven la resurrección de los muertos antes del día del juicio final.

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