feb 10 2014

Sobre la capacidad de amar

Lo extraordinario en la vida de un ser humano no es comer, o dormir, o soñar, o tener una fuerza notable. Eso, cualquier otro animal lo puede hacer. Lo extraordinario, lo que hace de la vida algo completamente extravagante, es la capacidad que tenemos para poder amar. La fidelidad de un perro con su amo no puede confundirse con el amor que una persona siente por otra. El instinto maternal de una fiera no puede compararse, jamás, al amor que una madre siente por sus hijos desde que los trae al mundo hasta que muere. Nada puede compararse al amor de un ser humano. Nada.
Lo extraordinario de nuestra existencia es que, llegado el momento, amamos hasta extremos inimaginables. Y lo podemos convertir en una obra de arte. Un poema, un lienzo o una mirada auténtica e irrepetible. Es en ese momento cuando la maquinaria comienza a funcionar.
Es por esto por lo que resulta (absurdo y, también, extravagante) que otros sentimientos (tan humanos y diferenciadores como el amor) son los que muevan el mundo. El odio, la codicia como falta de lealtad con la humanidad o la venganza (sirvan de pequeños ejemplos), son algunos de esos motores que hacen incomprensibles lo que sucede desde que el hombre es hombre. Un amor fallido, la rabia por no poder ser amado, la venganza ante una infidelidad, lo que sea que tenga que ver con ese amor primitivo y tan arraigado que nos limita el mundo peligrosamente, nos hace víctimas de lo mejor que tenemos.
Se ha repetido tanto esto que digo, se ha desgastado tanto la idea del amor como elemento imprescindible, que parece que no es cierta, que es cosa de cursis sin valor alguno. Sin embargo, es tan cierto que el amor es lo único que nos puede sacar del atolladero que nosotros mismos hemos creado, como que nunca lograremos esa justicia, esa igualdad entre todos los seres humanos que tanto anhelamos, sin poner por delante de cada cosa la dosis de amor necesaria.
Tal vez el problema sea que no sabemos hacerlo, que se nos quedó olvidada en alguna parte nuestra capacidad de amar o que, sencillamente, nos provoca angustia hacerlo al saber que acechan peligros que acabaran con un sentimiento que nos debería guiar desde el principio hasta el final. Tal vez el problema sea que amamos la cosa equivocada en forma de papel moneda, de vehículo o de joya. Quizás, lo más doloroso, sea que canalizamos nuestro amor y nos encontramos con muros insalvables que nos llevan a la desesperación para que aparezcan nuestras pasiones más bajas; esas que nos convierten en lo que nunca deberíamos. En animales parecidos a los animales.


feb 8 2014

Lejos de la escotilla

Hubo un tiempo en el que mi deseo fue llegar a ser un buen buscador de oro. Era un crío. No recuerdo la causa por la que renuncié a serlo. Me interesa poco. O nada. Más tarde quise ser conductor de autobús. Me parecía fascinante poder manejar un vehículo tan aparatoso. Creo que renuncié a la idea cuando vi que uno se bajaba para entrar en el baño de un bar con el dedo metido en la nariz. Así son los chavales. Se topan con la realidad, de buenas a primeras, y la decepción es grande. Y pasajera (apenas se queda un instante). También me rondó una extraña idea. Me gustaba mucho imaginarme en un submarino. Concretamente en la sala de máquinas arreglando motores (son los que en las películas ven morir desde la escotilla, sin remedio, a los compañeros o los que mueren siendo observados por el único que se salva. El orden podía variar dependiendo de donde me colocase en cada momento aunque reconozco que solía salir ileso de todo aquello). Por último, un buen día, tomé la decisión de dejarme llevar. Que sea lo que el destino me tenga reservado. Algo así supongo que se me pasaría por la cabeza. Y aquí estoy pensando en lo que el destino reserva a cualquiera de nosotros.
Una cosa es segura: todos terminaremos enterrados o metidos en un jarroncito que luego alguien vaciará llorando amargamente en nuestro bosque preferido. O nos meterán en una vitrina junto a la vajilla. Es esta una certeza que nos convierte en lo que somos. Es la compañía de una muerte segura lo que hace que cambiemos de rumbo, que lo equivoquemos con tanta frecuencia. Deseamos convertir lo efímero en eterno, dejar constancia de que por aquí hemos pasado haciendo algo grande. Nos gusta ver como se inunda la sala de máquinas desde una escotilla protectora. Siempre lejos de la muerte. Por ello nuestro destino se dibuja desde lugares que no nos corresponden y nos hacen más infelices. Porque el tiempo no se alarga y somos miedosos. Nos guste o no. Y por esa misma razón preferimos pensar en un destino agradable que nos abofeteará de forma inesperada provocando un dolor reservado mucho antes para esa ocasión. Nos guste o no, también.
Llenamos nuestra vida de destinos inventados. Cualquier destino sirve excepto el que nos lleva a la muerte. Pero casualmente todos los destinos acaban junto a la parca. Así que voy a seguir en mis trece. Prefiero dejarme llevar. Que sea lo que el destino me tenga reservado.
De momento voy a continuar escuchando la sinfonía número uno de Edward Elgar, tomando un refresco con mucho hielo y mirando la calle desde la ventana. Es lo mejor que se puede hacer después de pensar en la muerte. Eso o intentar mirar desde la escotilla todo lo que pasa alrededor. Y puestos a mirar prefiero la calle. Mejor desde la ventana.
Nos vemos al final del camino.


feb 3 2014

X + (Y/2-Z)= Novela

Lo que es un hombre o una mujer interesante puede que no tenga ningún atractivo. Saber qué es exactamente, qué significa ser interesante, toma importancia, como todo, de lo necesario, de lo que logre acercar a lo real. Y de su utilidad.
Hace unos días planteaba esa cuestión a mis alumnos del Liceo Europeo. Tengo por costumbre no confesar el objetivo de mis clases para que sean ellos los que se topen con él. Lo único que pregunté fue: ¿qué es un hombre o una mujer interesante?
Después de los primeros acercamientos (un hombre guapo, alguien con el que se pueda hablar de cualquier cosa, el que guarda un misterio que jamás enseña o el que mira sin que le puedas adivinar el pensamiento) fuimos avanzando hasta que llegamos a un par de conclusiones. Un hombre interesante es el que encuentras siempre un paso más allá por su capacidad de sorpresa y por una reflexión siempre más profunda que la tuya. La mujer interesante es una persona inteligente. Si los hombres se fijan en una dama y no es eso lo que ven (la inteligencia) dirán que está muy buena, nunca que es interesante.
Vale. Lo de menos es si las conclusiones eran las más acertadas o profundas. Son chicos y chicas de once años en adelante. Los mayores llegan a los dieciséis.
Lo importante era (como hacemos de forma habitual) pensar sobre lo que decimos y averiguar para qué sirve profundizar en aspectos cotidianos. Eso y cómo influye en el proceso creativo al escribir.
A veces un personaje demanda estar acompañado de otro que tenga unas cualidades determinadas. Por ejemplo, por alguien que sea muy interesante. Y si no tenemos claro lo que es, estamos perdidos. Si queremos perfilar un personaje interesante y nos sale un cretino vestido con trajes hechos a medida, el relato no funcionará en la vida. Porque el relato es personaje en la novela actual.
Escribir requiere un planteamiento anterior. Por qué, para qué y cómo. A pesar de todo, nos podemos encontrar con obstáculos inesperados cuando la trama avanza por caminos que no teníamos previstos. Y debemos estar preparados para resolver lo que nos toque. En definitiva, un escritor ha de saber de todo, tiene la obligación de pensar sobre el mundo. Mirar y pensar. Mirar y pensar. Sin descanso. Así se consigue, posiblemente, impostar una voz femenina en el caso de los escritores o al contrario.
Es casi una cuestión matemática. Si nuestro personaje necesita X hay que darle eso y no otra cosa. No algo que se parezca. No. Sólo sirve arrimarle esa X. Novela es igual a X más Y. Novela = X + Y. Sabiendo lo que es cada cosa el relato se desarrollará con más facilidad. Si alguno de los términos es difuso, está mal diseñado o falta, el resultado será que estamos escribiendo otra cosa diferente a lo deseado. La suma de las incógnitas (que iremos desvelando frase a frase) dará como resultado un texto coherente en sí mismo. Ya sé que la ecuación puede ser mucho compleja, pero, como ejemplo, creo que puede servir.
Y todo se llenó de sentido. Al escribir toda la experiencia toma sentido.
Ese era el objetivo último de mi clase.
Ahora saben que el día que definan lo que es un hombre o una mujer interesante tendrán una parcela enana del mundo algo más clara, que lo entenderán de otra forma y su escritura evolucionará porque lo hace su cosmos. Sólo eso. Todo eso.


ene 27 2014

El cambio de todos

Nuestra civilización está en plena decadencia. Y la razón fundamental por la que nos encontramos en esa situación es que hemos intentado cambiar el mundo, hemos querido modificar el universo entero, sin sentir la necesidad de cambiar nosotros mismos. Esto ya lo intentaron los romanos, los griegos o los faraones. El resultado, en aquellas ocasiones, fue nefasto. Igual de malo que el que nos espera a nosotros.
En occidente, concrétamente en Europa, está sucediendo algo que parece no preocupar a nadie y que, sin embargo, es lo único con lo que nadie contaba hace algunos años –cuando la idea de una Europa unida además de fortachona se iba moldeando- y se ha presentado sin invitación previa. La periferia. Está acomodándose y tiñendo todo lo que encuentra en su camino en el viejo y maltratado continente. Ya somos parte de su familia.
Todos aquellos países que esquilmamos en su momento, todas las naciones que pasaron largos años sometidas por los europeos; se han convertido en auténtico motores de la economía, en almacenes de nuevas espiritualidades (un valor bastante despreciado en occidente), en sociedades modernas. Porque aunque sean distintas a la nuestra, son modernas. En Europa todo lo que es distinto a lo nuestro se toma por atrasado y cosa de locos, por producto del fundamentalismo más canalla. Tal vez, sería conveniente revisar nuestra percepción del mundo porque ¿quién dice que la modernidad está representada por nosotros y no por ellos? Nuestra maldita soberbia no nos deja ver más allá de nuestras propias narices. Sea como sea, igual que a los romanos les invadieron y les vencieron; los países que eran periféricos y pobres, nos han invadido, nos están comprando a poquitos. Y lo peor de ese tsunami está por llegar. Eso sí, nosotros seguimos eligiendo traje de baño para estar guapos el día que la ola enorme llegue. Naturalmente, esa invasión a la que me refiero no es militar. Se trata de algo más pacífico aunque igual de demoledor. Se compran unos miles de millones de deuda soberana de los países a invadir, se ofrece a las empresas más poderosas que se instalen en los países invasores (eso sí, a precio de ganga para que allí trabajen cobrando una miseria y aquí juguemos al mus o algo) dejando la industria europea patas arriba y, como colofón, nos mandan unos millones de personas para que trabajen aquí (a precio de ganga, también) e instalen sus negocios en los que puedan vender toda clase de producto a precio de ganga y dejando sin opciones a los fabricados en Europa. La palabra clave es ganga. Supongo que ya estarán preparando grupos específicos expertos en mus para no dejarnos ganar ni a eso. Pero nosotros no nos preocupamos; nosotros a lo nuestro; nada de cambios porque somos lo más de lo más. ¿No hubiera sido más adecuado y más justo instalar nuestras fábricas en otros países para que la calidad de vida de allí se pareciese a la nuestra? ¿No sería más humano y más apropiado pagar lo mismo a un inmigrante que a un trabajador local para igualar las condiciones por arriba?
Quisimos cambiar el mundo desde la prepotencia, desde la desigualdad social, desde nuestras creencias religiosas (tan fanáticas como las lejanas, todo hay que decirlo); despreciando lo de otros, sin respeto alguno por lo que diferencia aparentemente a los seres humanos, pero que, sin embargo, nos hace iguales en lo profundo, en la esencia. Es curioso que, ahora, queramos mantener nuestros privilegios con los mismos argumentos y con la misma actitud. Por no cambiar, no hemos cambiado ni eso. Quisimos cambiar el mundo sin evolucionar nosotros mismos o haciendo evolucionar todo hacia nosotros para que fuese a nuestra imagen y semejanza. Nos dijeron que eran más salvajes, que sus dioses eran pequeños ídolos sin importancia, que estaban lejos, que nunca podrían salir adelante sin nuestra tecnología, sin nuestro dinero, sin nuestro talento para hacer o deshacer. Nos dijeron que éramos intocables. Y, por supuesto, nos creímos el engaño.
Sin embargo, ahora, siendo como siempre fuimos y sin ánimos de cambio, nos encontramos en la cola del pelotón. En la periferia. Ya sé que un buen número de países quisieran estar la mitad de bien que nosotros, que tienen un índice de pobreza que debería hacernos sentir vergüenza, unos niveles de analfabetismo exagerados y que sus dirigentes son corruptos y opresores. Eso ya lo sé. Pero me temo que las diferencias se acortan. Ya veremos si, de aquí a unos años, no prefieren quedarse como estén en lugar de parecerse a nosotros. Nuestros pobres son, cada día más pobres; nuestras clases medias tienden a desaparecer; estudiamos aunque nos enseñan cosas que nos impiden ver el mundo con claridad; nuestros políticos son tan corruptos como los de las repúblicas bananeras (la diferencia es que visten algo más formales).
Hemos confundido la evolución de las personas con los avances técnicos, hemos olvidado lo importante del ser humano para centrarnos en las máquinas, en el dinero y en la posesión de cualquier bien material. Hemos olvidado la felicidad, la solidaridad. Lo fundamental. Y estamos en la periferia por ser tan zoquetes. Cuando en una sociedad los ancianos mueren en las residencias más solos que la una es que algo no va bien. Cuando una sociedad se conforma con imitarse a sí misma todo termina siendo una caricatura. Olvidar los orígenes es mortal para cualquier civilización. Lo mismo ocurre perdiendo esa capacidad de búsqueda del sentido de nuestra existencia. No recordamos que nuestra función en este mundo es lograr que el ser humano sea más y mejor. Pero, sobre todo, nos hemos olvidado de cambiar, de buscar y buscarnos como personas. Ese es el cambio importante y no el del dólar.


ene 19 2014

No escribir

Sólo conozco un placer similar al que produce sentarse frente a un papel en blanco con la intención de escribir. Ese es, ni más ni menos, el que produce no hacerlo.
Cuando hay algo que contar; cuando el mundo se convierte en una centrifugadora funcionando a toda máquina que hay que detener con rapidez; cuando el trazo es ligero porque busca una meta exacta; la escritura se convierte en un placer que sólo los que lo han experimentado alguna vez pueden llegar a entender. Pero cuando el tono es impostado, lo narrado una imitación de lo escrito un millón de veces ya; cuando lo buscado es la lectura dócil de sujetos sin criterio; la escritura se convierte en una tortura difícil de soportar para el escritor. Es la guadaña que acaba con los pilares del artista. Seguramente, para los que dicen serlo sin saber que no lo son ni lo serán jamás, es un divertimento que arrancará cierto alborozo entre amigos y familiares. Seguramente.
Si hay algo malo en el universo de la creación literaria es ese afán por decir cualquier cosa, hacerlo pasar por literatura, y esperar a ver si cuela. Y ya no hablo sólo de escritores. Se puede decir lo mismo de los editores. Supongo que, desesperados, lanzan al mercado cientos de títulos buscando una suerte que nunca llegará por falta de calidad en la obra, falta de promoción de la misma o una distribución de los ejemplares cicatera e insuficiente.
Dejar de escribir no es síntoma de menor capacidad de fabulación, ni de falta de ideas. Creo yo que tiene más que ver con la tranquilidad del escritor, con un mundo que se mantiene ordenado y aseado sin causar grandes problemas. Es desde el desconcierto, desde las ruinas de la propia realidad del escritor, desde donde llega la necesidad de escribir. No quiero decir con esto que el dolor provoca una gran necesidad de escribir, que también; a lo que me refiero es a que el mundo se desmorona (por cualquier causa, incluidas las más amables) y hay que reconstruirlo.
Escribir es una de las actividades más excitantes que un ser humano puede realizar. Escribir, sin ton ni son, la tortura más destructiva. Por eso no escribir es tan gratificante como hacerlo.
Ojalá lean esto los cientos de personas que no saben, todavía, que hacer literatura es bien distinto a gustar al lector, a contar cualquier majadería o a desahogarse vomitando lo primero que viene a la cabeza (eso es cosa para el diario; sí, el librito con candado).
y, ahora, silencio, por favor.


ene 2 2014

El nombre de las cosas

Es curioso cómo el nombre de las cosas afecta al que lo conoce. Una palabra, un puñado de sílabas, puede generar cierta tranquilidad si con ello damos sentido a algo. Si, por el contrario, no sirven el efecto llega a ser perturbador. Lo desconocido se teme, engendra inquietud.
Pienso, al decir esto, en los enfermos. Es más llevadera la dolencia si la podemos llamar de algún modo. El que se muere, el que sufre, quiere, necesita saber la razón, bautizar el dolor o el terror. Alguien se encuentra mal y siente que nombrando el motivo podrá explicarse su estado. La desazón de no limitar la enfermedad con su nombre es grande. Carecer de una agarradera que se pueda decir nos obliga a pensar que el problema somos nosotros mismos.  Eso es algo insoportable para el ser humano. Es mejor morir destrozado por un cáncer que desaparecer del mapa porque sí. Cada cosa, sea su naturaleza la que sea, ha de tener su propio nombre para que nos las podamos contar, para explicarnos qué ocurre con y en nuestro mundo.
Pienso en los que sienten una tristeza profunda y no encuentran algo a lo que achacar un tiempo enrevesado y lleno de espinas. No hay nada peor que sentir el peso de la vida entera sin poder nombrar la razón. Tal vez, la tristeza es ese estado de ánimo que derrumba vidas porque no encuentran el nombre que define el mal. Estar triste es relatarse la vida sin título. Encontrar la palabra significa que el problema se encuentra acotado y fuera de nosotros, que es otra cosa, que no eres tú. La culpa en otra cosa, en otra persona. En occidente tendemos a buscar el problema fuera (lo arrastramos después de creer en ese pecado tan cristiano y tan asentado entre nosotros, soportado hasta por los más alejados de la religión). En el oriente asiático hacen justo lo contrario. Tienen asumido que el inconveniente, por enorme que sea, es cosa de uno, interior y sólo interior. Podría parecer que es cosa de mirar desde otro lado, cosa de despreciar esto o aquello, de valorar más algún aspecto. Aunque me temo que el nombre es lo fundamental. Esa palabra y lo que representa. Esa palabra dibujando el símbolo que todo esconde.
A veces tenemos a mano la palabra deseada, pero la negamos. Y eso es lo mismo o peor que la ignorancia. Un nombre nos lleva de un lado a otro; un nombre nos ayuda a confiar o a sentir un absoluto rechazo. Lo que sea, pero consiente cierta libertad (lo que creemos que es) para adoptar una postura.
La incertidumbre es paralizante, causa terror, motiva crisis personales. Y no queremos afrontar que lo necesario es saber qué somos, qué hacemos metidos en este enorme embrollo; que el resto de la realidad es lo que nos permite explicar eso mismo, la realidad, aunque nunca a nosotros mismos.
Todo se llama yo, todo funciona por yo. Yo colorea, detesta, sufre o hace enormes el resto de palabras. Yo significa todo; yo significa universo.
Hasta que no entendamos esto estaremos condenados a no morir en paz, a no asumir lo mejor de nuestro mundo (nosotros mismos). Porque la peor de las tristezas, tal vez la única y verdadera, es no saber nombrar lo que somos.


dic 30 2013

Pequeña reflexión sobre el aborto

Hablar del aborto es difícil. Generalmente, incluso el que pretende aportar un punto de cordura en; por ejemplo, un debate, una charla entre amigos o un blog como este; suele poner enfrente a casi todos. Ya sea por una cosa o por la contraria; el aborto es un problema con el que no es fácil manejarse bien sin crear polémica. Primero porque el aborto tiene mucho que ver; en unos casos con cuestiones íntimas, creencias, con el mismísimo Dios; y en otros con la libertad individual, con los derechos de las personas. Claro, todo esto es sagrado; y, cuando digo todo, me refiero a todo sin excepción. Por otra parte, son muchos los que pretenden pontificar en cuanto abren la boca. No parece que este asunto acepte bien las imposiciones, ni los desaires, ni los argumentos torticeros o manipuladores, ni los insultos o, peor aún, las acusaciones gravísimas que suelen producirse. Si a esto le sumamos que la opinión masculina aparece siempre en charlas, discusiones o debates y que nunca fue bien aceptada por las mujeres o por buena parte de ellas, tenemos un cóctel peligrosísimo que conviene manejar con sumo cuidado. Sobre esto último que digo, sobre la opinión de los hombres, quiero hacer algún matiz. Es verdad que los varones nunca podremos entender totalmente qué sucede cuando una mujer queda embarazada, qué le lleva a querer interrumpir ese embarazo, qué se siente en un caso u otro. Eso es verdad. Tan verdad como que las opiniones sensatas que buscan caminos más fáciles de transitar deben ser bien recibidas. No hay que olvidar que la tragedia del aborto toca, si quieren de forma tangencial, a los dos que forman la pareja. Si quieren a familias enteras. Otra cosa bien distinta es que, desde las cavernas, el hombre ha tratado de imponer su criterio, por las buenas o por las malas, en este asunto y en todos los demás. Eso no puede consentirse. Una opinión que busca soluciones, sí.
Alguna vez he dicho que debemos ser especialmente cuidadosos con el lenguaje. Expresar una idea sobre el aborto debe producirse desde la delicadeza más absoluta, desde la tolerancia y desde el querer mejorar nuestra condición humana. Pienso en esos a los que se les llena la boca al decir que están en contra del aborto, despreciando a los que, según ellos, están a favor. Hay que ser muy cretino para pensar que alguien está a favor de algo así. Todos, todos sin excepción, estamos en contra del aborto. ¿Hay alguien en este mundo que esté a favor de crear un trauma, una tragedia o un problema que, sin duda, deja secuelas? Todos estamos en contra. Claro que sí. Del mismo modo, por la misma razón, los que gritan que están a favor, lo que hacen es dar un espectáculo patético. No saben ni lo que dicen. Habrá que suponer que reclaman una regulación, la libertad para decidir por parte de las mujeres o cualquier otra cosa que tenga sentido. Pero ya les digo que no están a favor de nada. Pues bien ya tenemos un punto de encuentro en el que nos encontramos todos. Sin saberlo, sin desearlo (los hay que están atrincherados y no hay forma de moverles), estamos todos en el mismo lugar. Qué cosas.
Lo que escuchamos sobre el aborto en algunos ámbitos resulta doloroso, irritante. Acusaciones de ida y vuelta, casquería y truculencia al referirse al feto, insultos. Esto, cuando se produce en un plató de televisión, es una irresponsabilidad desproporcionada. Son millones de personas los que asisten al espectáculo y eso supone que las ideas, de unos y otros, pueden radicalizarse de forma violenta. ¿Cómo alguien puede acusar a las mujeres que abortan de frívolas? ¿Cómo puede alguien pensar que las mujeres abortan por capricho, sin razón alguna? Pues estas cosas se escucharon en un debate televisado hace unos días. Que en el mundo hay idiotas ya lo sabemos. Que las mujeres, en general, no lo son es otra cosa que tenemos como certeza. En ese mismo programa, intervino una mujer que afirmaba que la gran víctima era el feto hecho trozos, pedazos. No sé las veces que pudo repetirlo haciendo hincapié en el detalle macabro. Sangre, sangre y casquería para dar fuerza a un argumento que debería sostenerse sin adornos ni envoltorios. Esto es un pequeño ejemplo aunque hay muchos más. Tal vez lo más extravagante que he leído en los últimos días son las declaraciones de doña Alicia Latorre (Presidenta Nacional de Asociaciones Provida de España) que dijo que la masturbación es una forma de aborto, también. Muy aristotélica ella, hablaba de la vida en potencia que traslada un espermatozoide en busca del óvulo. Chocante. Es como decir que talar un árbol es abortar porque el árbol generará oxígeno para que podamos vivir y sin ese árbol no daremos la opción a todas las personas que podrían poblar el planeta. En fin.
¿Dónde estamos colocados cuando hablamos del aborto? Me temo que no hay posturas intermedias. No cabe coger esto de un lado y esto del otro para instalarse en un lugar cómodo y coherente. Los que creen estar en estas circunstancias suelen ser los que no se han planteado el problema con seriedad, bien por miedo, bien por pereza, bien por creer que este asunto no va con ellos.
Una de las aristas que nos sitúa en un lugar u otro –al menos eso creen muchos- es determinar en qué momento hay vida o no la hay. Los científicos no logran ponerse de acuerdo. Esto ya dice mucho. Existen cientos de documentos en los que afirman no poder saber algo así, el momento en el que el feto es humano en plenitud. Por supuesto, los científicos católicos más radicales dicen que sí, que ellos lo saben, que en el momento en que se fecunda el óvulo ya hay vida humana. Porque tiene alma, porque lo dice el magisterio en varias encíclicas. Pero esto es suponer, creer, querer creer, desear que así sea. Es posible que también afirmen que Dios existe con rotundidad pasmosa, que María fue virgen sin lugar a dudas, que resucitaremos y alguna cosa más por el estilo. Todo afirmado desde la religión, desde la fe. De ciencia, nada. Nada criticable, por cierto. Además, no todos los científicos católicos dicen lo mismo. Estos sí presentan dudas. Es decir, que entre los que no saben, los que no están seguros y los que afirman sin una sola prueba objetiva, se forma un grupo muy homogéneo. Nadie es capaz de dar respuesta a la pregunta. Otra curiosa coincidencia. Van dos.
Gran parte de la batalla dialéctica se libra en este territorio. Cuándo hay vida humana. Desde el principio. Más tarde. Menos. La Iglesia está encantada, claro. Si alguien pudiera demostrar que la unión de cuatro o cinco células representa vida humana, el discurso de casi todos tendría que modificarse. Si fuera al revés sucedería lo mismo. Pero, como de momento, eso no parece que vaya a pasar, discutir sobre estos supuestos desgasta mucho y nadie puede demostrar que no tengan razón. Pero, claro, la pregunta es si los niños que mueren de hambre a diario en el mundo entero son personas humanas. La respuesta es sí. Pero aquí la batalla se presenta de otro modo. La doble moral con la que funcionamos es insólita y vergonzante. Peleamos la vida sin saber que lo es y dejamos que mueran los niños mientras nos excusamos con el dichoso no puedo hacer más.
Otra arista que coloca a cada uno en un lugar u otro –ya veremos si es así o no- es el derecho a decidir de las mujeres, la libertad personal de cada mujer. Ese derecho podría chocar frontalmente con el del feto. Pero, desde luego, la mujer es persona y, por lo que parece, ni siquiera sabemos si el feto lo es (otra cosa es que lo creamos). Esto elimina cualquier duda sobre una posible fricción de esos derechos. Por todo esto, la ley de plazos del año 1985 parecía que atinaba y aliviaba mucho el problema. ¿Y las libertades? Nunca fuimos justos (los hombres) con las mujeres respecto a sus libertades. Los curas tampoco (son hombres aunque algunos quieran ser divinos). Les recuerdo que hace unos días el Arzobispado de Granada (una empresa vinculada con él) ha editado un libro titulado Cásate y sé sumisa. No hacen falta comentarios. Sin embargo, unos dicen que regulando el aborto quieren dar la opción a la mujer a elegir y otros que prohibiéndolo quieren ayudar a todas las mujeres de este mundo. Al final, todos quieren ayudar a la mujer. Lugar común. Otra vez muy juntitos.
¿Puede, debe, el Estado formar las conciencias de los sujetos? ¿Puede, debe, el Estado decidir si un feto con malformaciones incompatibles con la vida o que convierta esa vida del niño y su familia en un infierno, debe nacer? Aquí soy tajante. No, no y mil veces no. Nunca. Entre otras cosas porque la mujer no es un recipiente de fetos que suministre mano de obra al país y sí una persona libre con todo el derecho a decidir. Y entre otras cosas porque el Estado no puede formar conciencias ya que esto supondría llegar al pensamiento único, al desastre cultural e ideológico. Las conciencias son de cada cual. Por cierto ¿cómo es posible que un gobierno se lleve por delante las ayudas a la dependencia y que, al mismo tiempo, nos cuenten que hay que hacerse cargo de una nueva vida condenada al sufrimiento propio y ajeno? Los políticos no quieren ver que, al final, convierten todo en cosa de ricos o en cosa de pobres.
Ya sé que todo esto es poca cosa y que hay cientos de especialistas que podrían profundizar mucho más en cada aspecto. Lo sé. Pero me parecía interesante buscar y encontrar puntos en común para avanzar en el debate sin lanzar los trastos a la cabeza de nadie. Es vergonzoso lo que sucede en los medios de comunicación. En un plató de televisión se puede sentar cualquiera y vomitar cuatro ideas mal estructuradas. No hay derecho. Algunas cosas no pueden escucharse sin sentir la necesidad de agarrar la estilográfica y escribir algo que sirva para ordenar ideas. Aunque sólo sean las propias.
Podría seguir escribiendo, pero no quiero aburrir a nadie. Supongo que con sus comentarios se irán completando y complementando las reflexiones que he iniciado.
Feliz Navidad.


dic 23 2013

La insoportable falta de levedad en las palabras

Usamos las palabras desde muy niños. Nos morimos después de haber pronunciado millones de ellas. Cada día las escuchamos, las pronunciamos, las leemos o las escribimos. Son las palabras, la construcción de las ideas con su uso, lo que nos diferencia de los demás animales. Y, sin embargo, las despreciamos, las maltratamos; las utilizamos para dañar,  con fines grotescos y vergonzosos. Los políticos nos arrebatan desde el lenguaje; las guerras comienzan con las palabras más adecuadas, las lanzamos como si fuesen armas atómicas. El lenguaje es demoledor. Incluso cuando no queremos utilizarlo en contra de nadie, nuestra ignorancia impide un trato amable de las palabras.
Una palabra, una expresión, puede cambiar el mundo entero, el universo; desde luego, la vida de las personas. La autoestima de alguien se derrumba, la tranquilidad en una casa se desmorona. Una sola palabra, un puñado de ellas; son carga suficiente para acabar con lo que parecía eterno, intocable, sagrado, imprescindible.
Ni pensamos en el sentido de la vida, ni, lógicamente, en el sentido de las palabras; en lo que pueden provocar cuando se utilizan desde el odio, el desprecio, la indiferencia o desde el amor. Sea como sea, las palabras son peligrosas. Cuanto más gruesas más terribles; cuanto más bellas más peligrosas.
Las palabras poseen su propia anatomía. Pesan, huelen; son más o menos fuertes o agradables al tacto; su color nos lleva hasta interpretaciones fantásticas, realistas o mágicas. Pero se pueden manipular, se las puede desguazar y volverlas a componer estando ya vacías o llenas de lo que no toca. Dictadas en un tono concreto, silenciadas con un fin determinado; todo puede cambiar sin remedio. El hecho de pronunciar una palabra; aun sin intenciones ocultas, tratando de decir lo que significa realmente; hace que el universo se tambalee. Para bien o para mal.
Una misma palabra significa muchas cosas. No me refiero a la polisemia. Por ejemplo, contestar a alguien pronunciando la palabra amor (sola, sin compañía de artículos o adjetivos; sola) puede significar muchas cosas. Decir amor con ternura ante una duda del otro puede ser negar sinceramente. Decir amor acompañando el sonido de un ademán de desprecio es negar un motor en el que muchos creen. Pronunciar la palabra amor con la serenidad suficiente es una declaración de intenciones. No ser capaz de pronunciarla es tan significativo que da miedo pensarlo.
Una palabra dictada en mal momento o a destiempo labra un futuro no deseado, estúpido. Una palabra negada vacía de esperanza, arranca las cosas que, poco después, morirán sin que nadie recuerde cuál era su nombre.
No podemos usar el lenguaje como si fuera una herramienta, como si lo tomásemos prestado para hacer no sé qué cosa y tirarlo al poco tiempo en el contenedor de lo inservible. Porque el lenguaje somos nosotros mismos; es lo que deseamos, por lo que luchamos la vida entera, el dibujo de nuestro futuro, la explicación de un pasado que nos lleva en volandas. No podemos soltar las palabras sin control, sin el mimo necesario. Una palabra es demoledora o cuestión de vida o muerte. Como mínimo son parte del yo.
Elegir, colocar; dictar con delicadeza, con ímpetu o languidez. Decir, escuchar, leer con suma atención.
De no ser así, seguiremos recibiendo pedradas, golpes inesperados, de los que manejan el lenguaje con solvencia e intenciones lesivas e incurables. Porque la peor de las heridas es la que produce una palabra que se graba en la memoria. Igual que la mayor satisfacción queda incrustada en forma de sílabas colocadas en el orden adecuado.


dic 19 2013

Carta abierta a los Reyes Magos de Oriente

Queridos Reyes Magos de Oriente:
Este año voy a pedir unas cuantas cosas de más. Pero, para vuestra tranquilidad, no tienen nada que ver con que carguéis vuestros camellos con regalos. Los animalitos que vengan de vacío o con poca carga. Será mejor, porque lo que quiero es que os llevéis algunas cosas. Ya lo sé, ya sé que os dedicáis a regalar y no a las mudanzas. Pero no se me ocurre mejor regalo que la ausencia de lo incómodo, lo doloroso o lo que provoca vergüenza. Resumiendo, lo importante es que tengáis espacio para regresar a Oriente con mucha carga.
Melchor ¿podrás llevarte a todos los corruptos que tenemos en España? No sabes la que están organizando. No tienen fin. Eso sí, ten cuidado porque son difíciles de reconocer. Se suelen ocultar tras buenos trajes de chaqueta, tras cargos importantes. Aunque, si lees la prensa antes de venir o lees los correos electrónicos que se envían unos a otros, enseguida los reconocerás. Si compruebas que los sospechosos tienen un ático comprado a precio de risa o les ha tocado la lotería diez o doce veces o piden indultos con una caradura de impresión, puedes dar por hecho que se trata de verdaderos corruptos. Es sólo un ejemplo. Se diferencian de las personas decentes en muchos aspectos. Creo yo que con un par de millones de camellos te apañarás. Y no les escuches por si te ofrecen el oro y el moro. No quisiera tener que dar la razón a esta gente cuando afirman que todo el mundo tiene un precio. Todavía queda gente honrada y Reyes Magos.
Melchor, como siempre fuiste mi preferido (a pesar de dejarme en la estacada con algunas peticiones que tampoco eran para tanto) abusaré de tu confianza pidiéndote otra cosa. ¿Podrás llevarte, de paso, a todos los ricos que han perdido su sentido solidario y ven la realidad que más les conviene para poder seguir manteniendo sus privilegios? Es que verás; con lo que acumulan (cantidades que nunca podrán gastar, ni siquiera malgastar) podríamos comenzar a trabajar para ir eliminando la pobreza. ¿Te imaginas un mundo sin corruptos y en el que se repartieran las cosas de forma equitativa? Ya sé que la magia tiene un límite, pero mi obligación es pedir. Si alguien te dice que esto es demagogia no hagas caso. Hoy en día, todo aquello que representa un esfuerzo, una rebaja por pequeña que sea en nuestro bienestar, cualquier esfuerzo intelectual dirigido a mejorar un mundo que estamos destrozando, lo tachamos de demagogia. El sueño del ser humano es demagogia según muchos.
Gaspar, si se te pasa por la cabeza atender mis demandas, lo mejor que puedes hacer es alquilar todo lo que se mueva y tenga capacidad de carga. El mundo se ha llenado de personas que, sin ser corruptas, les hacen el caldo gordo a los que lo son. Uno podría pensar que son millones de primos (hermanos, los primos a secas somos los que los sufrimos; a unos y a otros) que miran a otro lado por una cuestión de cercanía familiar. Esto está generando que la situación sea absurda y vergonzante. Consiste en que cada uno defiende lo suyo y no quiere saber nada de los demás. Lo de unos es muchísimo; lo de estos que señalo no es demasiado aunque les permite pensar que son afortunados (deben dinero a los bancos, pagan letras del coche, salen de vacaciones sin poder y cosas parecidas). Creen que haciendo la vista gorda ante la injusticia social o los pelotazos económicos, lo suyo estará a salvo. Estúpido ¿verdad? He llegado a pensar que íntimamente están deseando hacerse un hueco entre los corruptos y maleantes para tener en su poder un trozo del pastel que, al menos, admiran a los malos y les fascina su forma de salir adelante. De otro modo no tiene explicación ya que, cualquier día de estos, puede tocarles a ellos el incómodo premio de una situación extrema gracias a que un listo se ha llevado otro saco más lleno de millones de euros. No entiendo cómo este tipo de personas piensan que los parados lo están porque son unos vagos, que las putas lo son porque son unas viciosas o que los escrúpulos deben ser menos si se trata de dinero. Llévate a los ciegos (esto es una metáfora; no vayas a vaciar los quioscos de la ONCE), a los que el egoísmo ha convertido en personas alejadas de la realidad y de los otros. Te los llevas o les regalas un criterio sólido y coherente que no tenga que ver con los medios de comunicación y sí con la propia condición de cada uno como seres humanos que son. Confío en que sabrás hacer lo mejor.
Baltasar ¿cómo andas de depósitos de carga para mediocridad, odio o rencor? ¿Podrás cambiar estas cosas por lealtad, amor, amistad o bondad? Tú serás el que tendrás que traer y llevar. Si te queda algún hueco, no vendría mal mucha solidaridad. Y no olvides los millones de regalos que piden los niños para los que no pueden disfrutar de vuestra magia. Porque si no haces eso, magia, me parece a mí, que nosotros haremos el mismo paripé de siempre. Insuficiente, claro.
Soy consciente de lo difícil que es hacer todo esto. Pero es muy importante que lo intentéis. Espero que lleguen muchas cartas como esta y toméis en consideración mis peticiones. Con esto de internet está chupado. Es cortar y pegar y publicarlo en el blog como propio o compartir en las redes sociales o enviar por correo electrónico.
Queridos Reyes Magos, demostrad que sois reales. Mágicos y reales. Haced que merezca la pena creer en vosotros por siempre jamás.
Os deseo un feliz viaje. Nos vemos en unos días.

G.

P.D.: Si tú, querido lector, no eres de los que cree en los Reyes Magos de Oriente, puedes tomar esta carta como una petición de ayuda urgente, de responsabilidad y de solidaridad. Si quieres, de rebeldía ante un mundo cruel, injusto y demoledor con los más débiles. Sin estas cosas, estamos condenamos a ser infelices y a estar rendidos ante los que nos han hecho creer que lo que tenemos es la única opción. Feliz Navidad a todos, queridos.


dic 13 2013

Seres humanos y nada más

Nací en 1964. Es decir, viví, hasta finales de los años setenta, recibiendo la información que teníamos disponible. Escasa y poco fiable. Fui a la escuela y me enseñaron, por ejemplo, que la guerra civil española fue una cruzada contra un comunismo demoniaco, que los perdedores eran monstruos peligrosos; que los profesores podían sacudirte una chuleta o un guantazo o una auténtica leche desproporcionada porque algo habrías hecho y era mejor no protestar no fuera a ser que te dieran una docenita más; que Dios existía y punto, que era la única opción posible; en realidad, todo era la única opción posible. Eso era lo que había, era bueno y no se podía discutir. Mucho tiempo escuchando un discurso monolítico, intocable.
A partir del año setenta y cinco, una vez muerto Franco y camino de una adolescencia inquieta, aprendí que esos edificios en los que se guardaban con gran celo las ideologías, las religiones y las órdenes incontestables, no eran para tanto y se podían desmoronar en cuanto les empujaban un poquito. Aprendí a dar vueltas a su alrededor para encontrar puertas que escondían cosas sin brillo. Y descubrí otros edificios; bien cimentados, sin apuntalamientos mentirosos; llenos de ideas nuevas para mí, de otros dioses, de posibilidades que permitían pensar de mil y una formas. Busqué los caminos, los descubrí y los transité.
No soy una persona especialmente inteligente, pero he logrado tener un criterio propio que procuro mantener intacto salvo que la realidad me muestre otra posibilidad mejor.
Poco a poco, descubrí que el mundo no es como algunos lo cuentan; que ni siquiera es como uno piensa que es.
Todo esto lo digo pensando en Cataluña. Hace años que escucho que en las escuelas están descargando ideologías aterradoras y falsas, que la contaminación tramposa en la enseñanza es tan extraordinaria que causa pavor, que es esta una de las razones por la que la sociedad catalana se ha perdido para siempre y por lo que demanda una independencia urgente. Es posible que algo de cierto pueda encontrarse en estas afirmaciones. Es posible. Aunque lo que es una certeza es que los jóvenes catalanes tienen un criterio propio que han formado con el tiempo y que lo habrán hecho bien. Si les han intentado estafar no se lo habrán tragado como pavos. ¿Acaso los niños de mi generación somos (todos) anticomunistas, antirrepublicanos, medio curas y amigos de cruzadas violentas contra la democracia?
Es verdad que los políticos catalanes están manejando un discurso peligrosísimo; es verdad que son torpes y procuran tapar sus carencias ideológicas y su nefasta gestión de los recursos con movimientos estúpidos; es verdad que la manipulación de la historia es vergonzosa si es que se está produciendo. Es chocante que, cuando todo un continente se aferra a la idea de una Europa sólida, los habitantes de una parte del territorio español quieran rehusar. Todo eso puede ser verdad. Pero el pueblo catalán en su conjunto, a pesar de los políticos que sufren a diario, tienen (sin duda alguna) un criterio propio que nadie les puede arrebatar, bien anclado a ideas tan valiosas como la de los andaluces, los gallegos o los murcianos. Por otra parte, me encantaría saber quién quiere esa independencia y quién cree que no se trata de una buena idea.
Pero, también, es verdad que, todos los que cacarean que llega el fin del mundo con esta posible consulta que trata de realizar el gobierno catalán, no han sido capaces de aportar una solución. Por ejemplo, si es verdad que en las escuelas catalanas se manipula la historia, si es verdad que la sociedad catalana está creyendo no sé qué ideas horrorosas, ¿quién está intentando resolver este problema? Volvemos a lo de antes; los políticos españoles son un verdadero desastre y dedican su tiempo a conseguir votos olvidando los intereses generales del país. En lugar de gastas cientos de millones de euros en vender lo bien que hacen cosas menores, en lugar de imponer ideas, los gobiernos deberían pelear por la educación de las personas, por una educación adecuada y lejana a la mentira o la mediocridad.
Mentiría si dijera que todo esto me preocupa terriblemente. Lo justo, se lo aseguro. Creo que otro gallo nos cantaría si aprendiésemos a relativizar los problemas. Ya he dicho otras veces que Cataluña o Galicia o Cantabria o cualquier otra autonomía española son una parte pequeña de España, menores si las comparamos con Europa e insignificantes si la comparación se realiza con el universo entero. ¿Nos tenemos que pelear por una parte tan minúscula de lo que es la realidad? Andar con estas cosas en la cabeza como objetivo fundamental, cuando el mundo entero de desmorona por falta de valores éticos y morales, cuando millones de niños se mueren de hambre en el mundo entero o países se desangran por asuntos estúpidos que les llevaron a una guerra; andar con estas cosas en la cabeza se me hace difícil de entender.
Habrá que contar con que los políticos sean honrados es sus planteamientos (que se vayan a casa y dejen que otros lo intenten desde la decencia y la honradez, claro); que el criterio del pueblo catalán y el de los pueblos del mundo entero esté bien estructurado; que funcionen las inteligencias y se imponga el sentido común y no se lleven las cosas a los extremos (¿recuerdan el conflicto de los Balcanes?). Habrá que confiar en que alguien decida que lo importante es fijar un programa en el que la pedagogía democrática se potencie. Habrá que confiar, pero, sobre todo, habrá que trabajar y mucho para que todo funcione. Unos y otros. Si es que hay unos y otros. Me parece a mí que somos lo mismo. ¿Seres humanos? Sí, ese es el nombre.