abr 1 2013

Entre mujeres

Primera historia:

– Es un imbécil. Todo el día pavoneándose delante de las becarias. Me pone enferma. Ese tipo de hombres me revienta. A ver si me entra un día a mí con esas idioteces, ya verás como se le quitan las ganas.

– Entonces, resumiendo, que te pone ¿no?

Segunda historia:

– Bueno, vamos a cenar el viernes. Me invitó ayer, antes de salir de la oficina. Creo que vamos a un restaurante en el que los camareros cantan arias de óperas. Y sí, me parece majo. Tiene golpes muy buenos que me hacen reír. Mira, yo voy y que sea lo que Dios quiera.

– Entonces, resumiendo, que no te gusta nada y crees que se te está pasando el arroz ¿no?

Tercera y última historia:

– Ya te contaré, no seas tan curiosa.

– Ay, madre, que te has enamorado del todo.


nov 18 2012

Falta de ideas

No sé qué quiero decir aunque he decidido escribir. Estoy sentado frente a mi cuaderno de hojas cuadriculadas, la pluma en el centro del papel (más o menos), el paquete de tabaco a la derecha, el mechero a la izquierda, Bach sonando. Y no sé qué quiero decir. Hay que joderse. Primer cigarro antes del fracaso. Un trago de coca~cola. De aquí no me levanto mientras que el desastre siga pegado a la mesa. Plan b. Cualquier cosa se convierte en un buen texto si eres capaz de encontrar lo que otros no ven. Un vistazo alrededor. Muchos objetos. Ningún relato oculto. Otro cigarro. Este es el que alimenta el embrión de la desesperación. Cambio a Bach por algo de música que encuentro en el archivador de mi hijo mayor. Tiene los discos llenos de huellas. Desde hoy se los paga él. Suena una canción de Mago de Oz. Me dan ganas de escribir una nota para que la lea el juez. “Señoría, le parecerá una idiotez, pero lo único que ha pasado es que unos tíos daban golpes a una batería, gritaban mucho y la vida ha dejado de tener sentido para mí. No busque culpables entre mis familiares, dejé de pagar mi seguro de vida hace años”. No escribiré esa nota. Me parece un exceso tener que morir para parecer gracioso. Mejor más coca~cola, otro pitillo. Paciencia. El bebé llora. Excelente excusa para levantarme. Tenía sed (eso creo porque ha bebido como un poseso, se ha caído redondo con cara de extrema felicidad) y a mí me apetecía darme una vuelta por la casa. Pues nada, plan c. Intentaré recordar algo que me ocurrió de niño, mezclaré esa realidad con un poco de ficción y ya veremos qué es lo que sale. Vamos a ello.

Título: (esto lo dejo para el final)

Texto: Al nacer mi primer hijo no me dediqué a resolver los asuntos contables que obsesionan a los padres. Ni conté los dedos de pies y manos del bebé, ni anoté peso, talla u hora exacta de nacimiento. Me limité a decirle: “Hijo, nunca irás a un campamento de verano. Eso es una tortura que ningún niño debe sufrir”. La enfermera que había llevado la cuna a la habitación me miró con cara de preocupación y me ofreció un calmante. Lo rechacé con muy buenos modales y viendo que me tomaba por un tarado, por un peligro inminente para la criatura, le dije: “señorita, no sabe usted lo que sufrí los quince días que estuve en un campamento organizado por la OJE. ¿Es usted capaz de imaginar lo que significa levantarse para canturrear “Montañas nevadas” con el brazo en alto? Tenía nueve años al subir en aquel autobús y regresé hecho un anciano. Mis hijos nunca pasarán por eso”. La muchacha salió pitando de la habitación. Nunca sabré si se moría de risa y necesitaba contárselo a sus compañeras o se moría de miedo al verse delante de mister locura galopante.

Este año he roto mi promesa. Los mayores han ido a un campamento. El pequeño se ha librado porque con un año no lo aceptaban. Necesitaba descansar y me pareció una solución perfecta. Pero han regresado más felices que unas pascuas, con más ganas que nunca de hacer cosas con su padre. El pequeño se ha dedicado (durante el tiempo que los otros dos estaban fuera) a soltar dientes de todos los tamaños y formas posibles, con sus rabietas correspondientes, y sigue fabricando dientes y más dientes. Además, mis suegros están pasando unos días con nosotros en la casa alquilada para veranear y mis cuñados con su prole ocupan un chalet que está a quinientos metros del nuestro. Indescriptible.

El próximo año seré yo quien vaya a un campamento de adultos, de esos en los que te tiran desde un puente con los pies atados, te embarcan en una lancha neumática que vuelca después de veinte o treinta piruetas sobre las aguas bravas y te hacen caminar por un sendero hasta que no puedes más. Incluso cantaré “montañas nevadas” si me lo piden. Necesito descansar. Aunque sólo sean diez días.

Pues nada. No sale otra cosa. Falta el título. “Montañas nevadas” puede servir. Está claro que hoy no hay plan que solucione esto. Quizás mañana escriba algo que merezca la pena. O no. De momento, voy a dejarlo para hacer compañía a mis suegros mientras se toman el millón y medio de pastillas que les toca. No quiero que de vuelta a la cama se caigan y se rompan la cadera.


sep 2 2011

Pequeña reflexión sobre el diálogo en literatura

Durante la escritura de algún cuento o novela anoté esto que van a leer. No recuerdo el momento. Ni el texto en el que trabajaba. Puede interesar a alguien. Creo.

– Esta tarde termina la serie. Seguro que Ernesto
– Muere. Y, además, espero que sea una muerte
– Horrible, horrible. Entre grandes padecimientos. No se merece otra cosa
– Nada, nada, no se lo merece.
Este es un tipo de diálogo que entre hombres es muy difícil que se dé. Pero sería filtrear con los tópicos si afirmásemos que este modo de comunicarse obedece a la falta de reflexión femenina o a la falta de madurez de las personas que hablan. Durante mucho tiempo, estas cosas se pensaron y se difundieron como lo que no son. Seguramente, hay que tener en cuenta que es el resultado de una forma de hablar menos afirmativa que la de los hombres, más arrastrada a la zona de la sugerencia y, por supuesto, más participativa. Una opción que me gusta es la que daría cierto cuerpo al deseo femenino de crear un lenguaje propio que convierta su forma de expresión en una zona particular que, si bien no es exclusiva, sí evita que cualquiera pueda entrar sin pedir permiso.
Los personajes en literatura son la representación de las personas que se mueven en la realidad. Estos pequeños detalles son los que les darán credibilidad.


abr 10 2011

Construyendo personajes (2)

Hay quien piensa que un personaje se construye desde la descripción. Y eso, si consideramos el relato como un todo, es una parte muy pequeña.
Pensemos en la realidad, en eso que usted y yo vivimos cada día. Si alguien nos pregunta por fulano o por mengano podemos contestar con algo así: Ah, sí, es mi vecino del cuarto derecha. Es un tipo muy educado que siempre abre la puerta y me deja pasar. Lo que más llama la atención de él es la melena rubia. Creo que se dedica a la cría de caballos y está soltero. Cuando ha ido a las reuniones de vecinos, no ha dicho esta boca es mía. ¿Qué sabemos de él después de escuchar esto? Casi nada. Además, lo poco importante que podemos conocer es, en realidad, lo que piensa otro de él. Es educado y luce una bonita melena rubia. ¿Podría alguien estar seguro de ello? Tal vez abre la puerta a las vecinas y, al mismo tiempo, escupe en el ascensor. Tal vez esa bonita melena rubia le da un aspecto ridículo. No sabemos nada. Porque sólo sabemos cuando conocemos la forma de mirar y entender el mundo de ese sujeto. Del mismo modo que ocurre en la realidad, en literatura (en cualquier tipo de ficción) podríamos elaborar una enorme lista de características y no tendríamos nada.
Si no es desde la descripción, ¿qué materiales podemos utilizar para esa construcción, qué recursos podemos manejar para conseguir lo que perseguimos? Si bien todo estará condicionado por la voz narrativa que empleemos (por ejemplo, un narrador personaje es muy distinto a un narrador complejo), debemos considerar algunas alternativas que suelen funcionar de forma general. Una de ellas es lo que llamamos actantes. Para entendernos, eso es todo lo que aparece en un relato y está al servicio de nuestro personaje principal. Podría ser un personaje secundario o un objeto. Aparecerán para que el lector sepa más de nuestro personaje (algunas veces el propio narrador descubre aristas desconocidas para él hasta ese momento). Quizás con un ejemplo aclare la cuestión. Supongamos que nuestro personaje cada vez que se encuentra con un hombre se refiere a él señalando un defecto físico. Uno será cojo, otro será gordo y con aspecto de guarro, otro tendrá cara de perro. No haría falta trabajar ese aspecto de la personalidad de nuestro personaje. Ya sabríamos que se siente mucho más guapo, mucho mejor que todos los demás. O intentaría hacernos creer eso a los lectores para aliviar sus propios defectos que, por supuesto, ocultaría (no hace falta decir que me refiero a un narrador personaje). Es evidente que se van mezclando las cosas, que se complican a medida que avanzamos en el análisis y que esto no es una lección de matemáticas que sirva para cualquier narración. Supongamos ahora que lo que hace este narrador es utilizar un campo semántico que no deja hueco a nada que tenga que ver, por ejemplo, con su condición sexual. Intentaría así no entrar en un terreno que (por las razones que sean y que el lector estará obligado a descubrir) le hacen sentir incómodo. Uno de los ejemplos más claros de esto que digo lo encontramos en El Gran Gatsby. El narrador trata por todos los medios que tiene a su alcance (la palabra, el discurso) de ocultar su propia condición sexual y la de Gatsby. Por tanto, la omisión (los silencios en literatura son tan relevantes como lo dicho o más) es otra herramienta que nos resultará cómoda al dibujar personajes.
Lo que parece más evidente es que es la mirada lo que va armando al personaje definitivamente. El empeño de sumar características a modo de inventario no lleva lejos.
Si supiéramos de alguien que mira cualquier cosa como si fuera una obra de arte, aun sin saber qué significa eso exactamente sabríamos más que si nos dijeran de él que es moreno y gracioso. Si el narrador nos dijera que al entrar en la casa del personaje sólo encontraríamos una silla de playa y un orinal, ya sabríamos mucho de nuestro personaje sin recurrir a descripciones sin sentido alguno salvo la de dibujar con trazos excesivamente gruesos. Las almas son difíciles. Un personaje no es un bodegón. Nunca un personaje puede definirse mediante la enunciación de las características. Si yo digo de alguien que está enamorado, el que escucha podrá creerlo o no. Pero si nuestros personajes pasean mientras el sol se esconde, si uno de ellos mira las sombras, si mientras dicen esto:

– No, no, nunca he estado enamorada. Pero ¿se puede saber qué haces? ¿Puedes quedarte quieto?
– Intento que coincidan nuestras sombras. Espera, no te muevas.
– Pareces un crío. ¿Qué crees que pasará? Venga, sorpréndeme.
– Ahora nada. Pero si me concentro mucho quizás queden unidas para siempre y, cuando se esconda el sol, cuando tu sombra regrese a ti, tal vez me pueda pegar a tu cuerpo hasta el día siguiente. Eso quisiera. Bueno, tú sigue contándome. Decías que nunca habías estado enamorada.
– ¿Eso dije?

¿Puede alguien dudar de lo que está pasando?


abr 6 2011

Construyendo personajes (1)

No digo nada nuevo si afirmo que la construcción del personaje es fundamental en literatura. Un escritor, de la nada, utilizando sólo palabras, tiene la responsabilidad de crear un artefacto literario que represente a una persona como cualquiera de las que vivimos en el planeta Tierra. Materia y alma (dejen que utilice el término). De la nada.
¿Qué quiere decir esto? ¿Cómo se puede llegar a tener éxito con semejante proyecto?
Alguien podría pensar que cuantos más detalles se aporten sobre un sujeto más podemos saber de él. Desde luego, en literatura, esto no es así. Un largo inventario de características no logra dibujar con perfección al personaje. Un gesto característico, un tic, una sola cosa representativa, puede hacer que logremos lo que nos proponemos. Una contradicción, una mentira, una forma de enfrentar un problema, puede ser suficiente. Sumar aspectos físicos o psicológicos de ese personaje no hace, necesariamente, que se le pueda ver con más claridad. En realidad, lo que queremos es conocer cómo entiende el mundo, cómo reacciona ante una situación u otra. Cómo le ven unos aquí y otros allá. Queremos construir un cosmos que gire alrededor de ese personaje; queremos que los cosmos de cada personaje se enfrenten (llegando a impactar con violencia si es necesario) a través de sus logos. Representando al personaje damos forma al todo; porque sin personaje no tenemos nada. Absolutamente nada.
A medida que vayamos sumando características (no físicas puesto que estas desdibujan más que aportan) iremos logrando que el personaje crezca. Y esta es una de las claves fundamentales. Por un lado, el personaje crecerá para tomar protagonismo en el relato. De modo que los que aparezcan luciendo una sola característica se quedarán en lo que conocemos como secundario (un personaje plano, sin relevancia y que estará al servicio de otros y no de sí mismo); mientras que los que vayan desplegando su psicología se arrimarán al protagonismo. Una vez que el autor decida poner a su personaje a dialogar, el ciclo se habrá completado. El diálogo es el recurso narrativo que lleva al personaje hasta la frontera entre el ser o no ser definitivo. Pero, por otro lado, esto obliga a que el proceso deba finalizar en el punto justo que requiere lo narrado. Quiero decir que un personaje no puede aparecer, crecer, abrir expectativas para luego no cumplirlas. No podemos dejar que un secundario crezca para desaparecer sin ton ni son; no podemos consentir que nuestro personaje principal deje de mostrarnos su forma de mirar un mundo que no podemos entender sin su ayuda. Hay que saber qué tenemos entre manos cuando queremos hacer literatura. Y si hablamos de personajes estamos haciéndolo de uno de los pilares básicos sobre los que se apoya la escritura creativa.
Si alguien está pensando en fórmulas magistrales que sirvan para lograr un personaje excelente que vaya olvidando la idea. Pero sí podemos tener en cuenta aspectos fundamentales al crearlos que ayudarán. Por ejemplo, la cohesión interna. Un personaje no puede odiar a los inmigrantes y casarse con uno de ellos salvo que la acción esté total y absolutamente justificada. Un personaje no puede decir una cosa y hacer la contraria. Los personajes no son personas. Sólo son una representación. Y ha de ser verosímil para que funcione.
Tan fundamental como lo anterior es la interacción del personaje con el entorno. La luz, el lustre, no le llega de sí mismo. Casi siempre llega de fuera. De otro personaje secundario que ilumina, de un objeto que dice más de él que cualquier otra cosa. El personaje mira el mundo y el mundo se integra en él. Son uno en otro. Por eso las descripciones que aparecen en un relato como alarde técnico del autor o porque se le pone en las narices que aparezca sin tener una importancia relevante, no sirven de nada. Todo lo que suceda, todo lo que aparezca en un texto narrativo debe tener una importancia porque todo afecta a cada parte.
La tercera pata fundamental sobre la que se apoya la creación de un personaje es la consciencia de este, en su capacidad de reflexión. Y si el narrador (por sus características, por el diseño que el autor hizo de él) no puede entrar en ella, será a través del diálogo como podamos conocer.
Un personaje coherente; que mira el universo (el suyo) y deja que todo intervenga en lo que pueda pasar; un ser pensante capaz de entender al ordenar para mostrarlo. Eso es lo fundamental.
Hay quien maneja técnicas lejanas a la literatura (selección de personal, psiquiatría y cosas similares) para aplicarlas a su literatura. Sin duda, algunas de ellas pueden servir de gran ayuda. Pero el problema es que el escritor trabaja con personajes, con escenarios, con un mundo creado en la zona de la ficción y las cosas no funcionan igual que el consultorio médico o en el despacho de un director general que busca el perfil perfecto para cubrir un puesto de trabajo. Lo irrelevante en narrativa (ser rubio o moreno) podría ser definitivo en la vida real. En literatura nos podría parecer insustancial que un personaje fuera un asesino en serie si no muestra coherencia interna, su mirada y su mente. Porque en literatura no tendríamos nada interesante. Esa es la diferencia.


oct 2 2010

Heroísmo

Caminaba entre los soldados que descansaban sin soltar el arma. Pronto escucharían el ruido del silbato. Un pitido agudo y eterno que les indicaría el momento de morir. Unos se apoyaban en las paredes de la trinchera; otros, sentados, hablaban entre ellos, jugaban a los dados o escribían en papeles arrugados. Muchos gastaban bromas a los más nuevos entre carcajadas. Siempre es lo mismo, pensó, cuanto más nerviosos están más se ríen. El sonido de un obús que llegaba hizo que todos hicieran un gesto rápido, casi histérico, como si pudieran hacerse más pequeños sobre el barro. Estalló cincuenta metros más allá de la trinchera. En tierra de nadie, gritó, pero cuidado que estarán corrigiendo el tiro. El próximo le arrancará los huevos de cuajo a unos cuantos. Y al escucharle algunos rieron. Los más asustados.
El silbato. Hombres subiendo por las paredes de barro, algunos cayendo con el cráneo agujereado, con el pecho humeante. Ruido de obuses. Cuatro o cinco al mismo tiempo. El humo no deja ver. Ruido, sólo ruido. Gritos. Disparos.
Pararon para descansar a medio camino. No habían sobrevivido ni un tercio de los hombres. Se cubrían con el cuerpo de los muertos. También de los heridos que maldecían a los suyos. Apoyó la cabeza sobre el cuerpo de un hombre al que había conocido poco antes. El silbato sonaba, pero nadie hacía caso. Fue entonces cuando un sonido parecido al de su silbato pudo escucharse. El enemigo. En un minuto los tendrían enfrente, con las bayonetas caladas, queriéndoles aniquilar. Los hombres comenzaron a correr en la dirección equivocada, no era una opción eso de huir como conejos. Aguantaron la posición quince o veinte.
Los gritos se acercan. Ya puede oírse cada pisada. Alguien ordena no parar hasta llegar a la trinchera de esos cabrones. Aquí hemos venido a que nos arranquen la vida y si no son ellos seré yo mismo. Un hombre pasa por encima de él y sigue corriendo. Otro más. Deben pensar que está muerto. Huele a sangre. Intenta no mover un solo músculo. Quizás tenga suerte. Un dolor repentino en los riñones. Insoportable. Siente que se le viene la sangre a la boca.
Trasladaron los cuerpos en carros de los que tiraban los prisioneros. El suyo estaba debajo de todos los demás. Aplastado, sucio, irreconocible.
El regimiento, dos mil quinientos hombres, se había reducido a treinta y nueve. Pasó a la historia de su país como el que mayor número de bajas sumó durante toda la guerra, como un ejemplo de heroísmo.


ago 19 2010

Lógica de escape (V y final)

– Hola, ya estoy en casa. Oye, te tengo que contar. Menudo día de trabajo. Vengo hasta el moño. Además acabo de hablar con mi madre por teléfono y, nada más colgar, me ha llamado Cristina para contarme la cena de ayer. Espera que me cambio y te pongo al día.
– Júpiter, vamos a la calle.
– Será cabrón este tío. Ya se ha ido otra vez. Luego dirá que no me intereso por él.


ago 18 2010

Lógica de escape (IV)

– ¿Recuerdas el día que nos conocimos? Estabas preciosa. Nunca olvidaré tu sonrisa. Sí, estaba preciosa. Tú también lo estabas. Nunca olvidaré lo elegante que fuiste conmigo.
– ¿Quieres dejar de mirar fotos? Estas todo el día perdiendo el tiempo. Hay que pasear a Júpiter.
– Vale, vale. Por cierto, ¿recuerdas el día que nos conocimos? Estabas preciosa.
– Sí, estaba preciosa, eso seguro. Lo que no recuerdo es ese día al que te refieres. Ha pasado mucho tiempo.
– Júpiter, vamos a la calle.


ago 18 2010

Lógica de escape (III)

– He estado toda la noche pensando en ti, amor.
– Lo sé. Vuelve a ponerme la mano encima estando dormida y pasas las noches en la terraza hasta la próxima primavera.
– No te entiendo. Hoy he tenido guardia en el hospital.
– Anda, anda, ve a pasear a Júpiter.


ago 17 2010

Lógica de escape (II)

– De niño quería ser un superhéroe para poder rescatar a las mujeres que corrieran peligro.
– ¿Se cumplió alguno de tus sueños?
– Voy a pasear al perro. Te quiero, amor.
– No olvides las bolsas. Alguien podría resbalar con las cacas de Júpiter.
– Siempre fuiste de gran ayuda. No sé qué haría sin ti.