- Hola, ya estoy en casa. Oye, te tengo que contar. Menudo día de trabajo. Vengo hasta el moño. Además acabo de hablar con mi madre por teléfono y, nada más colgar, me ha llamado Cristina para contarme la cena de ayer. Espera que me cambio y te pongo al día.
- Júpiter, vamos a la calle.
- Será cabrón este tío. Ya se ha ido otra vez. Luego dirá que no me intereso por él.
- ¿Recuerdas el día que nos conocimos? Estabas preciosa. Nunca olvidaré tu sonrisa. Sí, estaba preciosa. Tú también lo estabas. Nunca olvidaré lo elegante que fuiste conmigo.
- ¿Quieres dejar de mirar fotos? Estas todo el día perdiendo el tiempo. Hay que pasear a Júpiter.
- Vale, vale. Por cierto, ¿recuerdas el día que nos conocimos? Estabas preciosa.
- Sí, estaba preciosa, eso seguro. Lo que no recuerdo es ese día al que te refieres. Ha pasado mucho tiempo.
- Júpiter, vamos a la calle.
- He estado toda la noche pensando en ti, amor.
- Lo sé. Vuelve a ponerme la mano encima estando dormida y pasas las noches en la terraza hasta la próxima primavera.
- No te entiendo. Hoy he tenido guardia en el hospital.
- Anda, anda, ve a pasear a Júpiter.
- De niño quería ser un superhéroe para poder rescatar a las mujeres que corrieran peligro.
- ¿Se cumplió alguno de tus sueños?
- Voy a pasear al perro. Te quiero, amor.
- No olvides las bolsas. Alguien podría resbalar con las cacas de Júpiter.
- Siempre fuiste de gran ayuda. No sé qué haría sin ti.
- Creo que te quiero con locura.
- El amor no es una cuestión de fe.
- Hay una probabilidad entre un millón de que no te quiera realmente.
- Reducirlo todo a la razón te convierte en una máquina de amar.
- Te quiero.
- Qué tendencioso. No das opción.
Uno de los dos lo hizo mal. Pidió perdón y se arrimó. Dobló el lomo para que los golpes se sintieran algo menos. Llegado el momento, el otro lo hizo igual de mal. Pero con la cabeza bien alta dijo: “No haberlo hecho. Yo no tengo culpa de nada. Es lo que te mereces. Ellos me prefieren a mí”. El primero pensaba que no se trataba de destruir con la arrogancia de la víctima, pedía que no le echaran a los pies de los caballos después de pedir perdón, era injusto. No sirvió de nada. Sobre el pedestal de su razón, orgulloso de lo que estaba creando, movilizó sus fuerzas sin piedad. El día que recogieron de la cuneta al hombre apaleado, mil y una vez, ya era tarde. Nadie lloró la muerte. Nunca más se derramó en aquel lugar lágrima alguna. Por nadie.
Algunos días comía sin parar. Otros despreciaba lo que le ponían enfrente y ordenaba tirarlo a la porquera. Convirtió el masticar en el proceso previo al vómito. Hacía mirar a los sirvientes. Pisoteaba las sobras gritando que la gentuza no debería tener dientes sino un hambre perpetua para que trabajasen con más dedicación. Sólo la sangre azul ha de tener privilegios, decía mientras golpeaba con brutalidad a quien estuviera cerca.
A todos los cerdos les llega su San Martín, gritaban el día que fue traicionado por su hijo. El populacho arrastró primero al traidor por las calles empedradas. Ni siquiera acabar con su padre le concedía la posibilidad de vivir. Fue colgado cabeza abajo y golpeado con estacas de madera de pino hasta morir. Cuando acabaron con el muchacho, el juez ordenó que todos los presentes guardaran silencio. Puerca majestad, todos sabemos lo que disfruta con las viandas y el vino. No quisiéramos sus lacayos que tuviera un final infeliz. Va a comer todo lo que usted quiera, mi rey, en agradecimiento al trato que nos ha dispensado.
Le rebanaron parte de la espalda, los muslos, tripa y gemelos. Le apuntaron un dedo sí y otro no. Lo justo para que no muriera desangrado. No le permitieron desmayarse. Y, poco a poco, le hicieron tragarse a sí mismo. Tres días de sufrimiento. Los restos fueron repartidos entre los más hambrientos que celebraron el festín entre risas.
Es ahora, pasados los años, cuando se ha olvidado en el reino entero lo que pasó. Tan sólo el redactor de edictos ha recuperado uno antiguo (del tiempo en que ese territorio era un reino) para copiarlo. “Queda prohibido comer sin mesura. Todo aquel ciudadano que lo haga será castigado con la muerte. Estarán exentos los gobernantes y sus familias, sacerdotes y militares de graduación”, dice el documento. El populacho acecha en la sombra porque quiere comer todo lo que sea posible para sentirse poderoso.
- Es un imbécil. Todo el día pavoneándose delante de las becarias. Me pone enferma. Ese tipo de hombres me revienta. A ver si me entra un día a mí con esas idioteces, ya verás como se le quitan las ganas.
- Entonces, resumiendo, que te pone ¿no?
Segunda historia:
- Bueno, vamos a cenar el viernes. Me invitó ayer, antes de salir de la oficina. Creo que vamos a un restaurante en el que los camareros cantan arias de óperas. Y sí, me parece majo. Tiene golpes muy buenos que me hacen reír. Mira, yo voy y que sea lo que Dios quiera.
- Entonces, resumiendo, que no te gusta nada y crees que se te está pasando el arroz ¿no?
Hay quien dice que la única forma de hacer que la acción avance en una narración es describiendo. No estoy seguro. ¿Para que el lector vea a un personaje moverse es necesario decir que fulano fue hasta allí corriendo? ¿Es posible mostrar algo sin decir una sola palabra sobre ello de forma explícita? Lean y decidan. “Ve a por vendas y pon agua a calentar. Rápido. Tú no te preocupes, no es nada. No es nada. ¿Quieres traer esas vendas ya, cojones? Trae más, necesito más. Tranquila, esto te va a doler un poco, pero pasará en un momento. Quieta, quieta, aguanta un poco. Déjalas ahí y ve a por esa agua. Da igual si esta fría o caliente. Venga, rápido. Joder, pon la mano aquí, aprieta los puños todo lo que puedas, vamos, aprieta, aprieta, por favor, por favor, por favor. Deja eso en el suelo. Ya no hace falta. Puedes irte”.
Me pregunto por qué los autores (muchos, se lo garantizo) se empeñan en escribir conversaciones patéticas entre sus personajes. En literatura se dialoga y no puede armarse un texto desde el desconocimiento de la técnica. Podría parecer que eso de hablar por hablar, unos con otros, es lo mismo que dialogar; pero no lo es.
El que dialoga quiere saber, quiere decir o quiere callar (los silencios son muy significativos). Contrapone su discurso al de otro para que sus logos se enfrenten. Y lo que dicen, uno y otro, se arrastrará durante toda la vida, durante toda la narración.
Alguien puede decir “Hola, vaya día de perros, no parece que vaya a dejar de llover” y no sabremos nada de él, de su psicología, de su forma de entender las cosas. No sabremos nada porque él tampoco ha dicho nada. Nos habremos quedado sin personaje. Y eso es lo que hacen muchos autores supongo que para llenar de letras algunas páginas más. No puedo imaginar otra razón. Las novelas están llenas de baratijas literarias como esta o parecidas. O no saben ni lo que hacen o les da lo mismo ocho que ochenta. Por supuesto, muestran un desprecio absoluto por el lector. Seré generoso si digo que le toman por comprador de unos gramos de papel y poco más.
Supongamos que nos encontramos con un texto en el que el personaje dice “No deberías hacer eso. Reduces lo que eres a lo que puedas dar de sí en la cama”. Le contestan “Quizás podamos llegar a querernos. Parece buena persona. Y todo es más fácil si el pan es del día”. Replica el primero “Yo seguiré comiendo lo que pueda. Y no estaré si regresas”.
Nunca me ha gustado explicar lo que escribo. No lo pienso hacer esta vez. Sólo propongo algunas preguntas. ¿Qué va a suceder al poco tiempo? ¿Qué relación se establece entre los personajes? ¿Qué sentimientos muestran cada uno de ellos? ¿Qué…? Con tres intervenciones es muy posible que se puedan contestar un buen número de preguntas. Sean cuales sean. De paso ahorramos al lector descripciones estériles, conversaciones anodinas y un tiempo de su lectura. Pero lo más importante es que el que lee puede ver con claridad, sentir con la intensidad adecuada eso que ocurre; dicho de otro modo, puede involucrarse en la narración. No conozco otra forma de alcanzar un nivel expresivo adecuado. Al margen de todo lo dicho, sólo un narrador objetivo (el que se dedica a reproducir con exactitud cada movimiento de los personajes o el escenario) puede servir para lograrlo, al cambiar lo dicho por un movimiento o la mirada a un objeto (por ejemplo) que carga de sentido cada frase que escuchemos decir a los personajes. Un ejemplo claro lo tienen en J. D. Salinger. En cualquiera de sus cuentos en los que utiliza ese tipo de narrador.
Y ahora echen un vistazo a lo que estén leyendo. A ver qué es lo que sucede.
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