jul 4 2013

Reflexiones sobre la escritura (4)

1. Todos los escritores pasan por momentos duros en los que no tienen nada que contar. En realidad, lo raro es encontrar a alguien que esté en constante movimiento creativo que le dé para escribir y hacerlo bien. Suele ser motivo de gran angustia esta falta de de ideas, pero sin embargo, es algo normal. Casi saludable si no se extiende, más de la cuenta, en el tiempo. Porque el que cree tener algo que contar de forma perpetua suele narrar cualquier cosa insignificante creyendo que está inventando la literatura en cada página. Y eso es mejor ahorrárselo.
2. Para escribir es necesario que el mundo esté en movimiento. Anclarse en lo que uno es significa que el proceso creativo se anula. Lo estático, lo conocido, la realidad sobada una y mil veces, está enfrente de lo que un escritor está obligado a ser. Tomar papel y lápiz para decir que el sol brilla e ilumina el rostro de la amada es tan estéril como aburrido.
3. Los períodos de silencio de un escritor deberían coincidir con enormes tiempos de lectura. Tal vez en un verso o en una frase escrita por otro se encuentre eso que uno quiere decir y no sabe cómo. Condensada en un puñado de palabras el escritor puede encontrar el germen de un relato breve o de una futura novela.
4. La capacidad de fabulación es algo así como el fondo de armario de la literatura. Pero tirado de cualquier forma sobre un papel produce el mismo efecto que la ropa amontonada en el cesto de la ropa sucia.
5. El escritor, o el que quiere serlo, debe sentirse abrumado por la realidad. Cualquier otra cosa no sirve.


abr 1 2013

Entre mujeres

Primera historia:

– Es un imbécil. Todo el día pavoneándose delante de las becarias. Me pone enferma. Ese tipo de hombres me revienta. A ver si me entra un día a mí con esas idioteces, ya verás como se le quitan las ganas.

– Entonces, resumiendo, que te pone ¿no?

Segunda historia:

– Bueno, vamos a cenar el viernes. Me invitó ayer, antes de salir de la oficina. Creo que vamos a un restaurante en el que los camareros cantan arias de óperas. Y sí, me parece majo. Tiene golpes muy buenos que me hacen reír. Mira, yo voy y que sea lo que Dios quiera.

– Entonces, resumiendo, que no te gusta nada y crees que se te está pasando el arroz ¿no?

Tercera y última historia:

– Ya te contaré, no seas tan curiosa.

– Ay, madre, que te has enamorado del todo.


nov 18 2012

Falta de ideas

No sé qué quiero decir aunque he decidido escribir. Estoy sentado frente a mi cuaderno de hojas cuadriculadas, la pluma en el centro del papel (más o menos), el paquete de tabaco a la derecha, el mechero a la izquierda, Bach sonando. Y no sé qué quiero decir. Hay que joderse. Primer cigarro antes del fracaso. Un trago de coca~cola. De aquí no me levanto mientras que el desastre siga pegado a la mesa. Plan b. Cualquier cosa se convierte en un buen texto si eres capaz de encontrar lo que otros no ven. Un vistazo alrededor. Muchos objetos. Ningún relato oculto. Otro cigarro. Este es el que alimenta el embrión de la desesperación. Cambio a Bach por algo de música que encuentro en el archivador de mi hijo mayor. Tiene los discos llenos de huellas. Desde hoy se los paga él. Suena una canción de Mago de Oz. Me dan ganas de escribir una nota para que la lea el juez. “Señoría, le parecerá una idiotez, pero lo único que ha pasado es que unos tíos daban golpes a una batería, gritaban mucho y la vida ha dejado de tener sentido para mí. No busque culpables entre mis familiares, dejé de pagar mi seguro de vida hace años”. No escribiré esa nota. Me parece un exceso tener que morir para parecer gracioso. Mejor más coca~cola, otro pitillo. Paciencia. El bebé llora. Excelente excusa para levantarme. Tenía sed (eso creo porque ha bebido como un poseso, se ha caído redondo con cara de extrema felicidad) y a mí me apetecía darme una vuelta por la casa. Pues nada, plan c. Intentaré recordar algo que me ocurrió de niño, mezclaré esa realidad con un poco de ficción y ya veremos qué es lo que sale. Vamos a ello.

Título: (esto lo dejo para el final)

Texto: Al nacer mi primer hijo no me dediqué a resolver los asuntos contables que obsesionan a los padres. Ni conté los dedos de pies y manos del bebé, ni anoté peso, talla u hora exacta de nacimiento. Me limité a decirle: “Hijo, nunca irás a un campamento de verano. Eso es una tortura que ningún niño debe sufrir”. La enfermera que había llevado la cuna a la habitación me miró con cara de preocupación y me ofreció un calmante. Lo rechacé con muy buenos modales y viendo que me tomaba por un tarado, por un peligro inminente para la criatura, le dije: “señorita, no sabe usted lo que sufrí los quince días que estuve en un campamento organizado por la OJE. ¿Es usted capaz de imaginar lo que significa levantarse para canturrear “Montañas nevadas” con el brazo en alto? Tenía nueve años al subir en aquel autobús y regresé hecho un anciano. Mis hijos nunca pasarán por eso”. La muchacha salió pitando de la habitación. Nunca sabré si se moría de risa y necesitaba contárselo a sus compañeras o se moría de miedo al verse delante de mister locura galopante.

Este año he roto mi promesa. Los mayores han ido a un campamento. El pequeño se ha librado porque con un año no lo aceptaban. Necesitaba descansar y me pareció una solución perfecta. Pero han regresado más felices que unas pascuas, con más ganas que nunca de hacer cosas con su padre. El pequeño se ha dedicado (durante el tiempo que los otros dos estaban fuera) a soltar dientes de todos los tamaños y formas posibles, con sus rabietas correspondientes, y sigue fabricando dientes y más dientes. Además, mis suegros están pasando unos días con nosotros en la casa alquilada para veranear y mis cuñados con su prole ocupan un chalet que está a quinientos metros del nuestro. Indescriptible.

El próximo año seré yo quien vaya a un campamento de adultos, de esos en los que te tiran desde un puente con los pies atados, te embarcan en una lancha neumática que vuelca después de veinte o treinta piruetas sobre las aguas bravas y te hacen caminar por un sendero hasta que no puedes más. Incluso cantaré “montañas nevadas” si me lo piden. Necesito descansar. Aunque sólo sean diez días.

Pues nada. No sale otra cosa. Falta el título. “Montañas nevadas” puede servir. Está claro que hoy no hay plan que solucione esto. Quizás mañana escriba algo que merezca la pena. O no. De momento, voy a dejarlo para hacer compañía a mis suegros mientras se toman el millón y medio de pastillas que les toca. No quiero que de vuelta a la cama se caigan y se rompan la cadera.


dic 13 2011

Algunos textos leídos

Grabadora en mano y un grupo de chicos y chicas. Es suficiente para pasar un rato alrededor de la literatura. No se trataba de hacer alardes. La cosa era otra. Leer, intentar comprender y convertir la lectura en una forma de diversión. Las voces que pueden escuchar son las de personas que no alcanzan los trece años. Sólo una desentona. Y es la mía.

Sombras

Las cosas del revés (II)

Punto y final

Una sonrisa a destiempo

Esto cómo se come

Aristas


sep 2 2011

Pequeña reflexión sobre el diálogo en literatura

Durante la escritura de algún cuento o novela anoté esto que van a leer. No recuerdo el momento. Ni el texto en el que trabajaba. Puede interesar a alguien. Creo.

– Esta tarde termina la serie. Seguro que Ernesto
– Muere. Y, además, espero que sea una muerte
– Horrible, horrible. Entre grandes padecimientos. No se merece otra cosa
– Nada, nada, no se lo merece.
Este es un tipo de diálogo que entre hombres es muy difícil que se dé. Pero sería filtrear con los tópicos si afirmásemos que este modo de comunicarse obedece a la falta de reflexión femenina o a la falta de madurez de las personas que hablan. Durante mucho tiempo, estas cosas se pensaron y se difundieron como lo que no son. Seguramente, hay que tener en cuenta que es el resultado de una forma de hablar menos afirmativa que la de los hombres, más arrastrada a la zona de la sugerencia y, por supuesto, más participativa. Una opción que me gusta es la que daría cierto cuerpo al deseo femenino de crear un lenguaje propio que convierta su forma de expresión en una zona particular que, si bien no es exclusiva, sí evita que cualquiera pueda entrar sin pedir permiso.
Los personajes en literatura son la representación de las personas que se mueven en la realidad. Estos pequeños detalles son los que les darán credibilidad.


abr 10 2011

Construyendo personajes (2)

Hay quien piensa que un personaje se construye desde la descripción. Y eso, si consideramos el relato como un todo, es una parte muy pequeña.
Pensemos en la realidad, en eso que usted y yo vivimos cada día. Si alguien nos pregunta por fulano o por mengano podemos contestar con algo así: Ah, sí, es mi vecino del cuarto derecha. Es un tipo muy educado que siempre abre la puerta y me deja pasar. Lo que más llama la atención de él es la melena rubia. Creo que se dedica a la cría de caballos y está soltero. Cuando ha ido a las reuniones de vecinos, no ha dicho esta boca es mía. ¿Qué sabemos de él después de escuchar esto? Casi nada. Además, lo poco importante que podemos conocer es, en realidad, lo que piensa otro de él. Es educado y luce una bonita melena rubia. ¿Podría alguien estar seguro de ello? Tal vez abre la puerta a las vecinas y, al mismo tiempo, escupe en el ascensor. Tal vez esa bonita melena rubia le da un aspecto ridículo. No sabemos nada. Porque sólo sabemos cuando conocemos la forma de mirar y entender el mundo de ese sujeto. Del mismo modo que ocurre en la realidad, en literatura (en cualquier tipo de ficción) podríamos elaborar una enorme lista de características y no tendríamos nada.
Si no es desde la descripción, ¿qué materiales podemos utilizar para esa construcción, qué recursos podemos manejar para conseguir lo que perseguimos? Si bien todo estará condicionado por la voz narrativa que empleemos (por ejemplo, un narrador personaje es muy distinto a un narrador complejo), debemos considerar algunas alternativas que suelen funcionar de forma general. Una de ellas es lo que llamamos actantes. Para entendernos, eso es todo lo que aparece en un relato y está al servicio de nuestro personaje principal. Podría ser un personaje secundario o un objeto. Aparecerán para que el lector sepa más de nuestro personaje (algunas veces el propio narrador descubre aristas desconocidas para él hasta ese momento). Quizás con un ejemplo aclare la cuestión. Supongamos que nuestro personaje cada vez que se encuentra con un hombre se refiere a él señalando un defecto físico. Uno será cojo, otro será gordo y con aspecto de guarro, otro tendrá cara de perro. No haría falta trabajar ese aspecto de la personalidad de nuestro personaje. Ya sabríamos que se siente mucho más guapo, mucho mejor que todos los demás. O intentaría hacernos creer eso a los lectores para aliviar sus propios defectos que, por supuesto, ocultaría (no hace falta decir que me refiero a un narrador personaje). Es evidente que se van mezclando las cosas, que se complican a medida que avanzamos en el análisis y que esto no es una lección de matemáticas que sirva para cualquier narración. Supongamos ahora que lo que hace este narrador es utilizar un campo semántico que no deja hueco a nada que tenga que ver, por ejemplo, con su condición sexual. Intentaría así no entrar en un terreno que (por las razones que sean y que el lector estará obligado a descubrir) le hacen sentir incómodo. Uno de los ejemplos más claros de esto que digo lo encontramos en El Gran Gatsby. El narrador trata por todos los medios que tiene a su alcance (la palabra, el discurso) de ocultar su propia condición sexual y la de Gatsby. Por tanto, la omisión (los silencios en literatura son tan relevantes como lo dicho o más) es otra herramienta que nos resultará cómoda al dibujar personajes.
Lo que parece más evidente es que es la mirada lo que va armando al personaje definitivamente. El empeño de sumar características a modo de inventario no lleva lejos.
Si supiéramos de alguien que mira cualquier cosa como si fuera una obra de arte, aun sin saber qué significa eso exactamente sabríamos más que si nos dijeran de él que es moreno y gracioso. Si el narrador nos dijera que al entrar en la casa del personaje sólo encontraríamos una silla de playa y un orinal, ya sabríamos mucho de nuestro personaje sin recurrir a descripciones sin sentido alguno salvo la de dibujar con trazos excesivamente gruesos. Las almas son difíciles. Un personaje no es un bodegón. Nunca un personaje puede definirse mediante la enunciación de las características. Si yo digo de alguien que está enamorado, el que escucha podrá creerlo o no. Pero si nuestros personajes pasean mientras el sol se esconde, si uno de ellos mira las sombras, si mientras dicen esto:

– No, no, nunca he estado enamorada. Pero ¿se puede saber qué haces? ¿Puedes quedarte quieto?
– Intento que coincidan nuestras sombras. Espera, no te muevas.
– Pareces un crío. ¿Qué crees que pasará? Venga, sorpréndeme.
– Ahora nada. Pero si me concentro mucho quizás queden unidas para siempre y, cuando se esconda el sol, cuando tu sombra regrese a ti, tal vez me pueda pegar a tu cuerpo hasta el día siguiente. Eso quisiera. Bueno, tú sigue contándome. Decías que nunca habías estado enamorada.
– ¿Eso dije?

¿Puede alguien dudar de lo que está pasando?


abr 6 2011

Construyendo personajes (1)

No digo nada nuevo si afirmo que la construcción del personaje es fundamental en literatura. Un escritor, de la nada, utilizando sólo palabras, tiene la responsabilidad de crear un artefacto literario que represente a una persona como cualquiera de las que vivimos en el planeta Tierra. Materia y alma (dejen que utilice el término). De la nada.
¿Qué quiere decir esto? ¿Cómo se puede llegar a tener éxito con semejante proyecto?
Alguien podría pensar que cuantos más detalles se aporten sobre un sujeto más podemos saber de él. Desde luego, en literatura, esto no es así. Un largo inventario de características no logra dibujar con perfección al personaje. Un gesto característico, un tic, una sola cosa representativa, puede hacer que logremos lo que nos proponemos. Una contradicción, una mentira, una forma de enfrentar un problema, puede ser suficiente. Sumar aspectos físicos o psicológicos de ese personaje no hace, necesariamente, que se le pueda ver con más claridad. En realidad, lo que queremos es conocer cómo entiende el mundo, cómo reacciona ante una situación u otra. Cómo le ven unos aquí y otros allá. Queremos construir un cosmos que gire alrededor de ese personaje; queremos que los cosmos de cada personaje se enfrenten (llegando a impactar con violencia si es necesario) a través de sus logos. Representando al personaje damos forma al todo; porque sin personaje no tenemos nada. Absolutamente nada.
A medida que vayamos sumando características (no físicas puesto que estas desdibujan más que aportan) iremos logrando que el personaje crezca. Y esta es una de las claves fundamentales. Por un lado, el personaje crecerá para tomar protagonismo en el relato. De modo que los que aparezcan luciendo una sola característica se quedarán en lo que conocemos como secundario (un personaje plano, sin relevancia y que estará al servicio de otros y no de sí mismo); mientras que los que vayan desplegando su psicología se arrimarán al protagonismo. Una vez que el autor decida poner a su personaje a dialogar, el ciclo se habrá completado. El diálogo es el recurso narrativo que lleva al personaje hasta la frontera entre el ser o no ser definitivo. Pero, por otro lado, esto obliga a que el proceso deba finalizar en el punto justo que requiere lo narrado. Quiero decir que un personaje no puede aparecer, crecer, abrir expectativas para luego no cumplirlas. No podemos dejar que un secundario crezca para desaparecer sin ton ni son; no podemos consentir que nuestro personaje principal deje de mostrarnos su forma de mirar un mundo que no podemos entender sin su ayuda. Hay que saber qué tenemos entre manos cuando queremos hacer literatura. Y si hablamos de personajes estamos haciéndolo de uno de los pilares básicos sobre los que se apoya la escritura creativa.
Si alguien está pensando en fórmulas magistrales que sirvan para lograr un personaje excelente que vaya olvidando la idea. Pero sí podemos tener en cuenta aspectos fundamentales al crearlos que ayudarán. Por ejemplo, la cohesión interna. Un personaje no puede odiar a los inmigrantes y casarse con uno de ellos salvo que la acción esté total y absolutamente justificada. Un personaje no puede decir una cosa y hacer la contraria. Los personajes no son personas. Sólo son una representación. Y ha de ser verosímil para que funcione.
Tan fundamental como lo anterior es la interacción del personaje con el entorno. La luz, el lustre, no le llega de sí mismo. Casi siempre llega de fuera. De otro personaje secundario que ilumina, de un objeto que dice más de él que cualquier otra cosa. El personaje mira el mundo y el mundo se integra en él. Son uno en otro. Por eso las descripciones que aparecen en un relato como alarde técnico del autor o porque se le pone en las narices que aparezca sin tener una importancia relevante, no sirven de nada. Todo lo que suceda, todo lo que aparezca en un texto narrativo debe tener una importancia porque todo afecta a cada parte.
La tercera pata fundamental sobre la que se apoya la creación de un personaje es la consciencia de este, en su capacidad de reflexión. Y si el narrador (por sus características, por el diseño que el autor hizo de él) no puede entrar en ella, será a través del diálogo como podamos conocer.
Un personaje coherente; que mira el universo (el suyo) y deja que todo intervenga en lo que pueda pasar; un ser pensante capaz de entender al ordenar para mostrarlo. Eso es lo fundamental.
Hay quien maneja técnicas lejanas a la literatura (selección de personal, psiquiatría y cosas similares) para aplicarlas a su literatura. Sin duda, algunas de ellas pueden servir de gran ayuda. Pero el problema es que el escritor trabaja con personajes, con escenarios, con un mundo creado en la zona de la ficción y las cosas no funcionan igual que el consultorio médico o en el despacho de un director general que busca el perfil perfecto para cubrir un puesto de trabajo. Lo irrelevante en narrativa (ser rubio o moreno) podría ser definitivo en la vida real. En literatura nos podría parecer insustancial que un personaje fuera un asesino en serie si no muestra coherencia interna, su mirada y su mente. Porque en literatura no tendríamos nada interesante. Esa es la diferencia.


abr 3 2011

Apuntes sobre el punto de vista en la narración

El punto de vista en literatura es una cuestión que tiene que ver, sobre todo, con la distancia. Y el punto de vista en literatura es eso que se conoce como narrador. Parece mentira que algo tan sencillo sea motivo de tanta confusión y, lo que es peor, de tanta ignorancia por los que quieren comenzar a escribir o por los que escriben cosechando tantos éxitos.
El punto de vista puede estar más o menos pegado a la acción; puede entrar o salir de las consciencias de los personajes o no; puede coincidir con un alma determinada. A todo esto le podemos dar nombre aunque no es lo más interesante. ¿Qué importancia tiene que el narrador elegido se denomine de alternancia limitada o complejo? Ninguna. Lo verdaderamente importante, lo fundamental para que la narración funcione, es que la elección del punto de vista sea la correcta.
Imaginemos que alguien decide utilizar un narrador objetivo para contar algo. Este es el narrador que hace su trabajo como si fuera una cámara de vídeo o algo así. Es decir, va contando lo que ve sin entrar en mente alguna. Ve y dice sin tomar parte, sin opinar sobre lo que ocurre. Reproduce con toda la exactitud que puede la escena. Imaginemos que se pega a la acción mucho, tanto como puede. Irá narrando hasta donde le sea posible. Si algo se mueve y es relevante para la acción lo dirá. Si algo dice un personaje que no tiene importancia lo omitirá. Pero todo eso lo sabremos después de pasar por el filtro enorme que es el narrador. Porque, al igual que elige no contar algo irrelevante, podría omitir un aspecto importante que estuviera enfrentado de su intención. Hay que tener mucho cuidado con los recursos narrativos; en manos de un buen escritor pueden jugarnos muy malas pasadas. Otro aspecto fundamental es la amplitud del foco utilizado. El narrador puede cerrar ese foco o abrirlo si es su deseo haciendo que la cosa (la misma cosa) sea muy distinta. Un narrador podría decir … El local estaba vacío. Sólo el ruido de una puerta al cerrarse pareció cruzar la sala como si fuera una tela de araña enorme. Pero, del mismo modo podría elegir decir …El local estaba vacío. La puerta se cerró aunque, un instante antes, alguien que estuviera atento, hubiera visto la cara de Antonio mirando por última vez. El narrador abre el foco (ahora vemos la sala y la puerta) y sabemos más. La misma escena toma un color que nada tiene que ver con lo anterior. Si el relato está dentro del género policiaco (por ejemplo) esto sería vital ¿verdad? Sabríamos quien es sospechoso.
A estas alturas, supongo que no es necesario decir que el narrador no es el autor. El autor es esa persona que escribe. El narrador es el recurso literario que adquiere autonomía propia y que se mueve de forma independiente con respecto del primero.
Pues bien, este narrador del que hablamos podría tener una intención y podría abrir o cerrar su foco. Pero nunca podría entrar en la consciencia de los personajes dada su objetividad. Elegimos este tipo de narración y debemos asumir las reglas del juego (aunque algunos piensen que en esto de escribir vale todo o lo defiendan para que sus carencias se conviertan en algo útil). En una narración no se puede modificar el punto de vista, la voz narrativa, haciendo que pase de un extremo a otro por conveniencia del autor.
La única solución posible es modificar voz y registro al mismo tiempo. Esta es una salida tan socorrida como peligrosa. No todo escritor es capaz de salir airoso de algo así sin que se le vean las intenciones. Si hay algo terrible en literatura es que el lector pueda imaginar al escritor haciendo esfuerzos para que su relato funcione. Es imprescindible que los registros estén bien construidos y que la credibilidad del relato no se venga abajo. Por aclarar todo esto un poco, pondré un par de ejemplos. Tenemos un personaje que ve el mundo de una forma especial (la que sea). Llega el momento en que es necesario que el lector conozca con detalle algo así para que la acción se justifique totalmente. Pero nuestro narrador no puede entrar en esa mente (hemos dicho que habíamos elegido una voz objetiva) sin que se venga abajo lo construido. ¿Qué hacer? Pues, tal vez, podríamos recurrir a introducir una carta de ese personaje; la carta que escribió y nunca envió a nadie, pero que conserva en un cajón. Modificamos el registro para conocer un estado de ánimo, una forma de pensar dejando intacta la voz narrativa. Como botón de muestra sirve aunque la cosa no es tan sencilla ni tan zafia.
Hace algún tiempo tuve la oportunidad de ver una película (no recuerdo el título) que contaba lo siguiente: un grupo de personas navegan desde su hotel a una zona del océano para bucear. Lo hacen. Pero al regresar una pareja no sube al barco. Nadie se percata de ello. Quedan flotando en medio del océano. La película utiliza el punto de vista de esa pareja para ir avanzando en la trama. Todo bien salvo que ¡mueren! ¿Cómo van a contar todo eso que ocurre si terminan en el fondo del mar? El narrador es imposible. Y, por supuesto, la película es un desastre absoluto.
Lo que queda claro es que la distancia que hay del narrador a la acción es fundamental; que esa distancia se puede salvar con cierto cuidado; que el personaje dependerá de ello y que la credibilidad del relato cuelga de una primera decisión del escritor. La gran decisión. La elección de la voz hace que el éxito o el fracaso se instale con comodidad. Claro, es que no es lo mismo que nos cuente algo Dios o un asesino en serie. En literatura, como en todo lo que manejamos en este mundo, el sentido común es fundamental y buen compañero de viaje. Por esto, diseñar un punto de vista adecuado es una labor vital que se acompaña con la reflexión necesaria para que así sea. Con esto quiero decir que si voy a contar una historia que pudiera parecer algo increíble lo que menos interesaría es que el narrador fuera un loco. La credibilidad sería muy escasa. Si el punto de vista es el de un psiquiatra la cosa puede cambiar. Aunque (piensen ustedes sobre ello) lo más importante es en lo que convierte el relato una cosa u otra. ¿Un chiste? ¿Un texto de ciencia ficción? ¿Un ensayo clínico? La misma historia nunca puede ser vista igual por dos almas diferentes.


mar 6 2011

Pasados

Somos lo que acumulamos desde que nacemos. La primera caricia de nuestra madre marca la vida inevitablemente y arrastramos cualquier detalle desde el comienzo, desde ese primer contacto con el oxígeno que arde en los pulmones. Ese es el primer sumando de millones de ellos. Por eso, porque todo lo que recibimos lo integramos, no podemos modificar nada de lo que forma parte de nuestra identidad. Si pudiéramos borrar algo del pasado dejaríamos de ser nosotros. Por supuesto, no podemos.
Lo mismo ocurre con los personajes de novela. Ni siquiera la ficción permite que un pasado concreto haga llegar a un personaje al lugar equivocado. No podemos crear un personaje haciendo de él una suma de retazos inconexos. Y, del mismo modo que en la vida real, debemos pensar en el diseño de lo anterior porque necesitamos un futuro inmediato. No cualquier futuro sino el que corresponde. Por supuesto, digo esto alejado de un determinismo en el que no creo. El ser humano, a pesar de todo, se desarrolla gracias a su libre albedrío.
Si, por ejemplo, usted intenta pensar una vida distinta a la que ha tenido no lograría dar un paso en firme, se derrumbaría como un edificio mal construido. Estará pensando en otra persona y no en otra vida. Todos quisiéramos poder borrar algo de lo ocurrido (por pequeño que sea). De hecho maquillamos parte de nuestro pasado con cosméticos baratos (la mentira, la negación o cosas así). Todos nos marcamos objetivos al principio que no alcanzamos, que ni siquiera rozamos. A todos nos ha jugado una mala pasada el destino o una decisión equivocada. Pero ninguno logra ser diferente eliminando sumandos. Ninguno. Sólo podemos añadir, amontonar experiencias para corregir eso que no nos gusta. Aunque el montón sea de estiércol.
Queremos modificar el pasado cuando lo que intentamos es tener un futuro más parecido a lo que un día imaginamos sin saberlo.
Pues en literatura pasa exactamente lo mismo. Colocamos a un personaje en una situación determinada. Deseamos crear una trama en la que el personaje evolucione. Pero para que eso ocurra no podemos imaginar cualquier pasado. No. Ese personaje funciona porque tiene alma y es deudor de un pasado. No del pasado sino de un pasado. Del que emana una creación literaria que tiende a ser única y exclusiva.
Un escritor no puede olvidar que existen unas reglas. No se trata de una ciencia. No se trata de un guión o manual que tenga que seguir al pie de la letra. Es mucho más sencillo. Hay que dar la mano al personaje, comer con él, caminar con él, sentir con él, intentar averiguar qué le pasó para entender las cosas de esa forma tan exclusiva. En esta vida no se puede andar con invenciones sobre lo que pase. Todo tiene un porqué, todo obedece a algo concreto. Incluso nuestra imaginación, nuestro afán por corregir una realidad, nuestro deseo de teñir lo que sucede. Lo difícil es saber dónde buscar. Eso forma parte de la literatura de peso. Cuando una buena trama no funciona, el problema aparece en el mismo lugar. Sin personaje no hay nada que hacer. Porque el personaje en literatura es su pasado y su presente. Como cualquiera que esté leyendo esto.


nov 1 2010

Nuevos finalistas del I Premio de Microrrelatos “Renacer en un Verso”

Los nuevos finalistas del I Premio de Microrrelatos “Renacer en un verso” son los siguientes:

Categoría A:

EL MAR, LA MAR
– No hay vocación transmisible cuando lo sentimental del oficio alcanza un punto barroco.- Dice el pescador que dejó de serlo. – Encontraremos mil ballenas varadas sin testificar el temblor marino.- Toma los prismáticos. Gravita sobre Isla Hormiga como un satélite y la isla se redondea. – No sobrellevamos la fuga del pirata malogrado en las películas. Sentirse pirata a media tarde, renacer en un verso sobre la mar: instantes que desaparecerán bajo un nuevo peso. – Musito “¿de dónde emerge semejante lobo bibliotecario?” Advierto su gesto pícaro, su Pasado obviado. “Navegante, no hay estela”, le digo al poeta que dejó de serlo.
Autora: Irene T.

LA –C- ircunferencia la cierras tÚ
El juego comienza ahora, mientras escribo.
“Quedé finalista. Te paso el link”
El juego comienza aquí, aunque no sé cuando ha empezado. Es un círculo vicioso.¿Te das cuenta? No sé cómo pararlo. Punto y seguido. Cierra los ojos. Escucha “Romeo and Juliet”… Cien palabras, pero podemos alargarlo. Cierra los ojos. Y continua. Lee: “No te veo. Bien sé”. ¿No entiendes que renacer en un verso es cuestión de un “escucha o lee esto que a mí me hace temblar”?
Sí. Este mensaje es para ti. Y continúa. Te espero en la esquina donde empezó todo en dos horas. Punto.
Autora: Marta F.

GÉNESIS
Y Dios descansó al séptimo día. Preparó el lugar de descanso y dijo: Sólo hablaré el día que el hombre me haga renacer en un verso. Los hagiógrafos no le escucharon (celebraban estar vivos), no tomaron nota y él sigue dormido. Sin saber lo que ocurre.
Autor: Víctor H.

Categoría B:

VIEJAS ILUSIONES
Seguía con ese libro entre las manos, los dedos arrugados acariciaban como si
intentara calmarlo. Ojos examinando veloces de renglón en renglón. Fruncía el
ceño, se removía en la silla y de vez en cuando sujetaba su mentón con un puño.
– Cariño, ¿por qué sigues clavado en esa silla?
– Creo que intento renacer en un verso.
– ¿Cómo?
– Pude hacerlo hace un tiempo, y el problema es que ya no soy la misma persona que lo leyó.
Autora: Ane Nekane B.

EN PRIMER, SEGUNDO Y TERCER LUGAR
Suena el teléfono. ¿Qué coño quieres ahora? Sólo necesito que me escuches. Cinco minutos, te lo juro. Él se enciende un cigarro. Ella apoya la espalda contra la pared del balcón. Espera. Tengo que irme. Yo sólo quería… Responde el pitido en la otra línea. Es siempre igual y ya no queda ni el deseo de renacer en un verso.
Sigue esperando. Hay mucho sol afuera. Y nada de viento, los árboles no se mueven. Hoy pasa, podría haber sido distinto. Pero las cosas siguen igual. No importa ya. Nada tiene nada que ver.
Autora: Maria B.

SEXOPOESÍA
Renacer en un verso sólo puede conseguirse alcanzando un estado maravilloso que se produce al unir la mente con un bolígrafo. Se agarra la herramienta, se acaricia con suavidad. La tinta fluye dejando una marca en el papel que irá creciendo al pasar el tiempo. Y llega el momento en que lo escrito toma forma única y exclusiva. Se recomienda mantener estas relaciones a diario.
Autor: Juan Mª F.

El próximo lunes se publicarán los relatos finalistas de la semana en curso.