ago 18 2010

Lógica de escape (IV)

– ¿Recuerdas el día que nos conocimos? Estabas preciosa. Nunca olvidaré tu sonrisa. Sí, estaba preciosa. Tú también lo estabas. Nunca olvidaré lo elegante que fuiste conmigo.
– ¿Quieres dejar de mirar fotos? Estas todo el día perdiendo el tiempo. Hay que pasear a Júpiter.
– Vale, vale. Por cierto, ¿recuerdas el día que nos conocimos? Estabas preciosa.
– Sí, estaba preciosa, eso seguro. Lo que no recuerdo es ese día al que te refieres. Ha pasado mucho tiempo.
– Júpiter, vamos a la calle.


ago 18 2010

Lógica de escape (III)

– He estado toda la noche pensando en ti, amor.
– Lo sé. Vuelve a ponerme la mano encima estando dormida y pasas las noches en la terraza hasta la próxima primavera.
– No te entiendo. Hoy he tenido guardia en el hospital.
– Anda, anda, ve a pasear a Júpiter.


ago 17 2010

Lógica de escape (II)

– De niño quería ser un superhéroe para poder rescatar a las mujeres que corrieran peligro.
– ¿Se cumplió alguno de tus sueños?
– Voy a pasear al perro. Te quiero, amor.
– No olvides las bolsas. Alguien podría resbalar con las cacas de Júpiter.
– Siempre fuiste de gran ayuda. No sé qué haría sin ti.


ago 16 2010

Lógica de escape (I)

– Creo que te quiero con locura.
– El amor no es una cuestión de fe.
– Hay una probabilidad entre un millón de que no te quiera realmente.
– Reducirlo todo a la razón te convierte en una máquina de amar.
– Te quiero.
– Qué tendencioso. No das opción.


ago 5 2010

Pecados capitales (IV)

Uno de los dos lo hizo mal. Pidió perdón y se arrimó. Dobló el lomo para que los golpes se sintieran algo menos. Llegado el momento, el otro lo hizo igual de mal. Pero con la cabeza bien alta dijo: “No haberlo hecho. Yo no tengo culpa de nada. Es lo que te mereces. Ellos me prefieren a mí”. El primero pensaba que no se trataba de destruir con la arrogancia de la víctima, pedía que no le echaran a los pies de los caballos después de pedir perdón, era injusto. No sirvió de nada. Sobre el pedestal de su razón, orgulloso de lo que estaba creando, movilizó sus fuerzas sin piedad. El día que recogieron de la cuneta al hombre apaleado, mil y una vez, ya era tarde. Nadie lloró la muerte. Nunca más se derramó en aquel lugar lágrima alguna. Por nadie.


ago 4 2010

Pecados capitales (III)

Algunos días comía sin parar. Otros despreciaba lo que le ponían enfrente y ordenaba tirarlo a la porquera. Convirtió el masticar en el proceso previo al vómito. Hacía mirar a los sirvientes. Pisoteaba las sobras gritando que la gentuza no debería tener dientes sino un hambre perpetua para que trabajasen con más dedicación. Sólo la sangre azul ha de tener privilegios, decía mientras golpeaba con brutalidad a quien estuviera cerca.
A todos los cerdos les llega su San Martín, gritaban el día que fue traicionado por su hijo. El populacho arrastró primero al traidor por las calles empedradas. Ni siquiera acabar con su padre le concedía la posibilidad de vivir. Fue colgado cabeza abajo y golpeado con estacas de madera de pino hasta morir. Cuando acabaron con el muchacho, el juez ordenó que todos los presentes guardaran silencio. Puerca majestad, todos sabemos lo que disfruta con las viandas y el vino. No quisiéramos sus lacayos que tuviera un final infeliz. Va a comer todo lo que usted quiera, mi rey, en agradecimiento al trato que nos ha dispensado.
Le rebanaron parte de la espalda, los muslos, tripa y gemelos. Le apuntaron un dedo sí y otro no. Lo justo para que no muriera desangrado. No le permitieron desmayarse. Y, poco a poco, le hicieron tragarse a sí mismo. Tres días de sufrimiento. Los restos fueron repartidos entre los más hambrientos que celebraron el festín entre risas.
Es ahora, pasados los años, cuando se ha olvidado en el reino entero lo que pasó. Tan sólo el redactor de edictos ha recuperado uno antiguo (del tiempo en que ese territorio era un reino) para copiarlo. “Queda prohibido comer sin mesura. Todo aquel ciudadano que lo haga será castigado con la muerte. Estarán exentos los gobernantes y sus familias, sacerdotes y militares de graduación”, dice el documento. El populacho acecha en la sombra porque quiere comer todo lo que sea posible para sentirse poderoso.


jul 13 2010

La sola palabra

Hay quien dice que la única forma de hacer que la acción avance en una narración es describiendo. No estoy seguro. ¿Para que el lector vea a un personaje moverse es necesario decir que fulano fue hasta allí corriendo? ¿Es posible mostrar algo sin decir una sola palabra sobre ello de forma explícita? Lean y decidan.
«Ve a por vendas y pon agua a calentar. Rápido. Tú no te preocupes, no es nada. No es nada. ¿Quieres traer esas vendas ya, cojones? Trae más, necesito más. Tranquila, esto te va a doler un poco, pero pasará en un momento. Quieta, quieta, aguanta un poco. Déjalas ahí y ve a por esa agua. Da igual si esta fría o caliente. Venga, rápido. Joder, pon la mano aquí, aprieta los puños todo lo que puedas, vamos, aprieta, aprieta, por favor, por favor, por favor. Deja eso en el suelo. Ya no hace falta. Puedes irte».


jun 28 2010

Reflexión mínima sobre el diálogo

Me pregunto por qué los autores (muchos, se lo garantizo) se empeñan en escribir conversaciones patéticas entre sus personajes. En literatura se dialoga y no puede armarse un texto desde el desconocimiento de la técnica. Podría parecer que eso de hablar por hablar, unos con otros, es lo mismo que dialogar; pero no lo es.

El que dialoga quiere saber, quiere decir o quiere callar (los silencios son muy significativos). Contrapone su discurso al de otro para que sus logos se enfrenten. Y lo que dicen, uno y otro, se arrastrará durante toda la vida, durante toda la narración.

Alguien puede decir «Hola, vaya día de perros, no parece que vaya a dejar de llover» y no sabremos nada de él, de su psicología, de su forma de entender las cosas. No sabremos nada porque él tampoco ha dicho nada. Nos habremos quedado sin personaje. Y eso es lo que hacen muchos autores supongo que para llenar de letras algunas páginas más. No puedo imaginar otra razón. Las novelas están llenas de baratijas literarias como esta o parecidas. O no saben ni lo que hacen o les da lo mismo ocho que ochenta. Por supuesto, muestran un desprecio absoluto por el lector. Seré generoso si digo que le toman por comprador de unos gramos de papel y poco más.

Supongamos que nos encontramos con un texto en el que el personaje dice «No deberías hacer eso. Reduces lo que eres a lo que puedas dar de sí en la cama». Le contestan «Quizás podamos llegar a querernos. Parece buena persona. Y todo es más fácil si el pan es del día». Replica el primero «Yo seguiré comiendo lo que pueda. Y no estaré si regresas».

Nunca me ha gustado explicar lo que escribo. No lo pienso hacer esta vez. Sólo propongo algunas preguntas. ¿Qué va a suceder al poco tiempo? ¿Qué relación se establece entre los personajes? ¿Qué sentimientos muestran cada uno de ellos? ¿Qué…? Con tres intervenciones es muy posible que se puedan contestar un buen número de preguntas. Sean cuales sean. De paso ahorramos al lector descripciones estériles, conversaciones anodinas y un tiempo de su lectura. Pero lo más importante es que el que lee puede ver con claridad, sentir con la intensidad adecuada eso que ocurre; dicho de otro modo, puede involucrarse en la narración. No conozco otra forma de alcanzar un nivel expresivo adecuado. Al margen de todo lo dicho, sólo un narrador objetivo (el que se dedica a reproducir con exactitud cada movimiento de los personajes o el escenario) puede servir  para lograrlo, al cambiar lo dicho por un movimiento o la mirada a un objeto (por ejemplo) que carga de sentido cada frase que escuchemos decir a los personajes. Un ejemplo claro lo tienen en J. D. Salinger. En cualquiera de sus cuentos en los que utiliza ese tipo de narrador.

Y ahora echen un vistazo a lo que estén leyendo. A ver qué es lo que sucede.


jun 27 2010

Escritores, juntaletras y pensadores sin ideas

Alguna vez que otra me han dicho que mis textos son excesivamente crípticos cuando otros son especialmente sencillos de entender. Y me han preguntado la razón por la que el mismo autor puede escribir textos tan diferentes tratando un asunto similar. O el mismo.
La respuesta parece evidente. Busco, en todos los textos, un mismo objetivo. Lo mismo da que utilice un recurso u otro. Siempre busco que el lector tenga que movilizar sus sentidos. Si pueden ser los cinco mejor que un par de ellos. Porque cualquier manifestación artística debe intentarlo. La erótica de la literatura, sentarse a leer y aislar el texto del resto del mundo. Texto y lector.
Por eso, siempre fui tan contrario a lo narrado desde lugares imposibles para el lector.
Como ocurrió en su momento con el expresionismo abstracto que, vaciando de contenido la obra, intentaba dejarla sin interpretación posible; o con el Pop Art que, como contrapunto al anterior, mostrando eso que era tal y como era que dejaba sin posible interpretación la obra; parece que en la actualidad algunos escritores renuncian a la posible alteración de los sentidos a cambio de hacer funcionar uno solo de ellos. Toda esa erótica de la literatura desaparece para siempre.
Para los que comiencen a afilar las uñas después de leer esto, diré que me refiero a la actividad sensorial del que mira. Sólo. Ni entro a valorar lo que supone el expresionismo abstracto ni el Pop Art. Me refería, exclusivamente, a cómo manejaban estos artistas los contenidos. Ni me corresponde ni me apetece.
Sí me gustaría más decir algunas cosas de los autores que se quedan en lo ramplón de la escritura creyendo hacer más fácil la vida del lector y, de paso, sumar unos euros en su cuenta corriente (casi siempre por no saber cómo se hace literatura de otro modo); y me apetece decir algunas cosas sobre esa literatura imposible que algunos autores manejan para convertirla en un coto privado y enano en el que sólo pueden entrar los que están a su altura intelectual (¿?). Ya tengo muchos años y sumo bastantes estando inmerso en el mundo literario. Les garantizo que los hay (autores) que se ven obligados a explicar desde la primera coma de lo que escriben para que el coto, privado y enano, tenga hueco para dos o tres más. Y lo gracioso es que los que entran parecen flotar completamente encantados por pertenecer a un club en el que nadie quisiera verse como miembro. Ni unos ni otros hacen nada del otro mundo, ni unos ni otros son capaces de conseguir lo que hay que lograr. Unos por hacer bazofia y los otros por hacer bazofia recubierta de palabrería o de falso ingenio que sólo alcanzar a comprender sus amigos. Parece mentira que, a estas alturas, todavía tengamos que soportar a los inventores de la literatura. Parece mentira que se confunda el pensamiento con ponerse estupendo y rarito al escribir o que se confunda con ideas estúpidas que un niño de diez años maneja con total naturalidad.
Toda percepción del mundo hace que los sentidos se pongan en marcha. Antes de Kant y después de Kant. La percepción del mundo es cosa de cada individuo. Lo hace a través de los sentidos o la idea hace que esos sentidos hagan estallar el yo. La misma cosa recibida desde un lugar u otro puede hacer que el observador, el lector, se tambalee o se quede como si tal cosa. Eso de tener ideas es exclusivo de muy pocos. Agarrarlas, tenerlas claras y mostrarlas desde donde nadie antes lo hizo es lo que convierte el mundo en algo por descubrir, en algo que remueve la consciencia, en algo que se puede oler, tocar, oír, ver o paladear. Por eso hay que intentarlo desde todos los lugares posibles, por eso hay que buscar hacer literatura desde lugares improbables. Nunca desde los imposibles o desde los particulares. La literatura trata de lo universal aunque para ello se narre desde la perspectiva de un solo personaje. La literatura necesita de sus contenidos para que la interpretación del lector sea lo fundamental, para que no se convierta en algo a lo que sólo algunos pueden acceder. Es experimentación con el lenguaje sin que esto signifique convertir el lenguaje en un galimatías. Si los textos son más complejos y algunos lectores son incapaces de entenderlo serán ellos los que tengan el problema. No se puede negar que hay personas con capacidades superiores o inferiores para realizar una tarea determinada. Si los textos son imposibles el problema es del autor.
Es muy distinto decir,
Miro mi reflejo en el vidrio de la ventana. Nunca he imaginado la palabra que me corresponde. Pienso mientras fumo. Tomo notas en el papel cuadriculado. La intuición no sirve. Hay que pensar, despacio. Escribo una, dos, hasta tres que pudieran ser. No terminan de encajar. ¿Qué represento? ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? Pienso.
Intuición. Un poco más allá. La parte de atrás de las cosas. Saber que el peligro acecha detrás de eso que veo. El olor de los colores. Luces y sombras. Imaginar es vivir. Hombres que caminan con el ritmo de mi pensamiento. Nada está donde debería. La forma de las ideas. Intuición. Intuición. Ver. Más allá. Mirada. Mi vida reposa en mi mirada. Todo es una obra de arte. Todo se puede convertir. Mirada.
Y enciendo otro cigarro. Esta vez sonriendo. Ya sé. Por fin tengo mi propia palabra.

a decir,
La palabra con la que más me identifico es retina.
Cada uno debe elegir lo que quiere, lo que busca en una página escrita por otro. Y cada autor debe saber lo que hace. Pero los sentidos son los sentidos, el mundo es el mundo. Y remover los primeros para transformar (aunque sea mínimamente) el segundo es cosa de escritores. Ni de juntaletras (aunque sus éxitos sean asombrosos), ni de los que dicen ser pensadores profundos que sólo tratan de gustarse a sí mismos (seguramente porque, en realidad, no tienen ni han tenido una puta idea en la cabeza).


jun 24 2010

Reivindicación del secundario

Miro la pantalla del ordenador. Aprieto el ratón con más fuerza de lo normal. Uno de mis personajes ha matado a otro. No sé qué es lo que le ha llevado a cometer el crimen. Les dejé discutiendo en un bar y uno (el malo, el que tenía que cargarse a tres o cuatro durante la novela, incluido el asesino, hasta ayer mismo, improbable) ha muerto. Una muerte horrible, por cierto. Mucha casquería, mucha violencia. Me parecía a mí que le faltaba carácter para hacer algo así, que era un pobre hombre dispuesto a tragar con lo que le echaran, que pasaría de puntillas por mi novela haciendo de bisagra para que otros personajes (por ejemplo el muerto) llegasen más iluminados hasta la siguiente escena. No pienso preguntarle nada. Ahora le tengo en el lavabo comunitario de la pensión en la que vive. Se está duchando y sonríe mientras recuerda cómo se ha cargado a ese gilipollas (eso es lo que piensa, me limito a reproducir con exactitud lo que sé), sabiendo que este es el principio de una nueva vida para él. Sabe que parecía una mosquita muerta aunque ocultaba una fiera difícil de manejar. Hoy irá hasta el barrio chino para pasar la noche con alguna chica a la que no pagará. Ya puede imaginar el par de guantazos que le va a sacudir si se pone gilipollas (le veo algo obsesionado a este hombre con los pobres gilipollas). En fin, mi personaje ha decidido asumir el papel de personaje estereotipado (lo sé porque está empezando a pensar en secuestrar chicas para violarlas y coleccionar sus uñas del dedo gordo). Tenía un estupendo trabajo como secundario, pero le gusta sentirse protagonista aún sabiendo que deja atrás la carga literaria de lo que fue. Quiere ser alguien.
Pobre. Acabo de situar el cursor justo antes de que se liase a martillazos con el otro. Marcaré el bloque y borraré. Y él será, de nuevo, un pusilánime en el que nadie se verá reflejado, un hombrecillo que aparecerá poco para que los principales crezcan y para que podamos entenderles. Clic. Ya está. Vuelvo a tener novela en marcha con un buen secundario. Y prometo no volver a escribir cuando se me cierran los ojos por el sueño.