sep 9 2010

Voluntad

Escucha sentada en el borde de la cama. Arrima un poco más la cabeza a la pared. Los gemidos, la respiración alterada, susurros. Puede oír todo si presta la atención suficiente. Un pequeño esfuerzo y sustituye a la mujer. Siente cómo las manos le agarran las caderas, un largo beso y.

No puede imaginar más. Eso es todo lo que ha podido ver en las películas. Mira la cama de al lado. Su madre duerme. Siente ganas, pero se siente culpable porque, al fin y al cabo, es su madre. Lo procura evitar aunque se ve con la almohada en las manos, apretando.

Al otro lado de la pared, quietud. Ella, agarrando entre los dientes, la desazón.



sep 8 2010

Retrato de pareja (3)

Merece la pena. Claro que merece la pena. Un sentimiento así no puede ser inventado, ni me puede engañar. Eso dijo ante el espejo. Sonriendo.
Le llamó para decir que sí, que era lo mejor que le había pasado nunca, que no vivía un minuto sin pensar en él; que la vida ya se quedaba corta.
Y fue, a partir de ese instante, cuando él comenzó a decir que no (primero con prudencia, midiendo; más tarde con descaro, sin importarle). Y fue, a partir de ese instante, cuando ella pensó (primero sin dar mucha importancia, más tarde sin quitar una pizca) que los minutos llegaban agotados, que los tenía que llevar a rastras.
Pero siguen diciendo ser uno y quererse. No hay espejo que devuelva una sonrisa a cambio. Todavía. Creen haber escuchado alguna vez que existe algo que llaman esperanza aunque no saben bien como utilizarlo ni en qué consiste.


sep 7 2010

Retrato de pareja (2)

¿Por qué nos casamos? La respuesta se arrastra con rapidez hasta el extremo de la lengua. Quisiera poder decir lo que toca. Por amor, por amor, por amor. Pero sé que las razones son muchas. Tal vez esa sea la menos importante de todas. Las definitivas son las mismas que echo de menos ahora. Si dije sí es porque necesitaba hacer las cosas que deseaba desde que era niña, si dije sí es porque no entendía un mundo en el que no pintaba nada. Me casé porque quería tener unas botas katiuskas. Todas las niñas tuvieron, todas excepto yo. Y, ahora, quiero dejar de estar con él por la misma razón. Quiero mis botas. Las que nunca tuve.

Tal vez me casé por amor. Si fue así, ya no me acuerdo. Hay cosas que el tiempo erosiona hasta hacerlas desaparecer. Pero aquellas katiuskas siguen intactas.

- Oye, oye, estás en otro mundo. ¿Se puede saber en qué piensas?

- Ah, nada, en cómo arreglármelas para poder ir de compras tranquila. ¿Qué decías?


sep 6 2010

La tibieza de su lengua

Mira a través de la ventanilla. El autobús recorre con pesadez el trayecto, como si sintiera pereza al hacerlo de nuevo. La enorme nube que cubre el sol imita estar dibujada, parece que siempre ha estado en el mismo lugar. Un joven besa a su pareja. Ella estira la espalda, el cuello; la columna se curva mientras ríe. Mira a través de la ventanilla procurando ser discreto. ¿Cómo sería un beso en el corazón?, piensa. El beso alarga los cuerpos; uno se prolonga con el otro. Pero estar dentro es otra cosa, ha de ser más, mucho más. Ahora, mira el respaldo que tiene delante, un trozo de plástico gris que toma forma, la de ella. ¿Que habrá sido de ella? Un beso enlaza los cuerpos, los arranca de sí en una entrega fulminante. La calidez de la lengua expresando con ternura el principio de los tiempos, el final del mundo. Dos cuerpos unidos. Pero sólo dos cuerpos pueden llegar a ser lo mismo si uno entra en el otro. Besar para poseer, por siempre. Un beso en el corazón. Mueve la cabeza de un lado a otro, nervioso. El cielo completamente azul. El gris del respaldo implacable. Duro.


ago 30 2010

Cosa de niños

En algún momento de la eternidad, en algún lugar del infinito…
- Tío Dios, tío Dios, ¿puedo jugar con tus cosas?
- Sí, sí, pero no revuelvas más de la cuenta.
- ¿Qué es esta caja, tío?
- Vaya, hacía mucho que no veía este juego. Me lo regaló tu, padre. ¿Lo ves? Aquí dice para Dios esperando que lo disfrute. De su buen amigo Satán. Juega con cuidado porque es muy antiguo y me gusta conservar las cosas.
- ¿Puedo jugar a las guerras, tío? Porfa, porfa, porfa.
- Esta bien, pero con cuidado. Las fichas que se vayan estropeando me las dejas aquí, a mi derecha, que luego las tengo que guardar en esa otra caja.
- ¿En esa?
- Sí, me gusta reciclar. Ah, y no dejes que se caliente mucho el motor. Cuando aparezca un dibujo con forma de seta te paras porque si no se estropea todo.


ago 25 2010

La noche del revés

Bar de copas. Una en punto de la mañana. Tres copas de media en el cuerpo por cabeza . Todos le parecen unos pijos de mierda. Pero mantiene el tipo. Una morena de ojos claros se acerca. Un bombón, piensa. No puede ser cierto, esto si que es triunfar, sigue pensando.
- Hola, me llamo Laura. ¿Trabajas o estudias?
- Hola, me llamo X., y trabajo, dice pensando que debería ser él quien hiciera ese tipo de preguntas tan idiotas (no deja de pensar, seguramente por efecto de las cinco copas que ha bebido. Siempre quiere estar por encima de la media).
- Ay, qué bien. ¿Cuánto ganas?, ella sonríe.
- Y tú ¿cuánto cobras?
Demasiado bonita para que hubiera sido normal, piensa. Levanta la mano delante de la cara del camarero. Otra copa, por favor.


ago 15 2010

La necesidad de una trama

Dicen que, durante el mes de marzo del año mil novecientos cuarenta, un pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara desapareció por completo a causa de los fusilamientos –primero- y varias toneladas de bombas –después-.

Tan sólo libró la vida un muchacho que se ocultaba dentro de una sepultura en el cementerio –primero- y que fue capaz de huir hasta lo que quedaba de un pinar arrasado por la artillería –después-.

Acabado el conflicto, regresó allí donde se levantaba su pueblo. Encontró casas, graneros e incluso la parroquia, convertidos en un montón amorfo de piedra, amalgama y hierros retorcidos. Algún cadáver entre los escombros, devorado por los cuervos, dejaba ver las mandíbulas haciendo el ambiente insoportable por el hedor y la fina ironía que siempre tuvieron las sonrisas forzadas.

Ese mismo día decidió que la única forma de morir en paz sería vengar aquella matanza.

Poco a poco, levantó un gran caserón utilizando las mejores piedras que se esparcían por allí. Casi todas habían pertenecido a la casa de Dios. Los que pasaban cerca y se interesaban por su identidad o por su pasado recibían a cambio una mirada huidiza, un gesto evasivo y un plato de sopa caliente para distraer la atención. Dicen que nadie podría haber imaginado lo que ese hombre tramaba.

Toda la prensa de la época publicó en primera página la noticia. Un diario decía una cosa. Otro la contraria. Las beatas corrieron a los templos, los niños comenzaron a tener malos sueños y los ancianos comenzaron a inventar historias antiguas en las que aparecía aquel hombre o impostores inventados que multiplicaban la leyenda. Dicen que incluso se convocó a los ministros más astutos para intentar poner freno a todo aquello. Nada sirvió. Ni las plegarias fueron escuchadas ni los chismes dejaron de tener un hueco cada día mayor en las conversaciones.

Pocos saben qué fue lo que realmente pasó. El tiempo y la imaginación han convertido en cosa bien distinta el suceso. Eso es seguro. Tan cierto como que conocer el nombre del muchacho que compartió cama con los muertos es señal de mala suerte. Eso dicen. También que todavía vive. No se sabe dónde ni cómo acabará lo que empezó.


ago 13 2010

El caso del asesino de ciudades

Llegó a la ciudad hace muchos años. Nadie supo nunca desde donde. Y aun muerto tenía la misma cara de mamón. Todos terminamos pensando que era eso y no otra cosa. Por avaricioso, por cruel, por tener más que nadie. La bala le había entrado por la sien derecha. El orificio de salida se podía ver en el pómulo izquierdo. Negruzco. Pero la cara de mamón no la había perdido. Mirara quien mirara era lo mismo. Un rostro desfigurado por una muerte inesperada e improbable, seco.
Un cadáver, una fortuna para repartir. Un miserable menos en la ciudad. Lo celebramos sin intentar ocultar nuestra alegría.
Cuando le enterraron el cementerio estaba desierto. Junto al ataúd el sacerdote leyendo un pequeño libro lleno de oraciones, el agente comercial de la compañía funeraria que no dejaba de mirar hacia los lados y una mujer vestida de rojo, desconocida. Desde el pequeño sombrero con velo hasta los zapatos, incluidas las medias de red. El resto nos escondíamos detrás de la tapia del cementerio o de algún mausoleo alejado. Queríamos estar seguros de que era el final.
El testamento se hizo público mucho después. Mientras, los parques se fueron secando, los empleados de la fábrica dejaron de hacer su trabajo y algunos se despidieron, nadie continuó con su vida pasada. Nos sabíamos herederos universales. Era cuestión de tiempo.
El notario alquiló un equipo de megafonía para que todos pudiéramos escuchar con claridad. La plaza estaba hasta los topes. Sin embargo, el silencio era absoluto. Comenzó a leer. Se declaraba heredero único al convento de las hermanas clarisas. Sólo en caso de muerte por asesinato la fortuna pasaría a manos de la persona que encontrara y delatara al homicida. La superiora del convento dio la gracias a Dios puesto que después de tanto tiempo era imposible que se resolviera el caso. Pero las voces se oyeron desde cualquier punto posible. Lo buscaríamos el tiempo que hiciera falta.
Pasaron unas pocas horas. La comisaría se llenó. Todos teníamos un sospechoso, una delación que llevaría hasta el asesino aunque fueron muchos los que corrieron hasta allí para acusar al prestamista. Decían estar seguros de que ese sinvergüenza era el culpable. Los que no sabíamos nada nos unimos a su denuncia. Al menos habríamos sacado algo en claro de todo aquello y, al fin y al cabo, ese tipo era un indeseable. Uniendo las fuerzas todos ganábamos.
Fue entonces cuando apareció la mujer vestida de rojo. Caminaba con el brazo derecho estirado hacia delante, agarrando una bolsa de plástico transparente. Un revolver dentro. Llegó hasta el mostrador en el que un policía había escuchado docenas de teorías delirantes. Entregó la bolsa. Soy la hija del muerto. Maté a mi padre con esto. Fue un accidente. Quiero ingresar en prisión para que esta gentuza no acabe conmigo. Y la herencia.
Una hija desconocida para todos nosotros. La prolongación de una maldad sin límites que creíamos muerta y enterrada.
Corrimos a recuperar nuestros puestos de trabajo, quisimos construir nuestra rutina anterior, pero ya era tarde. Los que consiguieron un empleo tuvieron que trabajar por un sueldo ridículo, los préstamos se devolvieron íntegramente con un interés que rozaba el disparate, muchos escaparon de la ciudad perseguidos por aquellos a los que habían acusado de asesinato por envidia o para poder mantener un romance hasta ese momento secreto con sus esposas o con sus maridos.
Aquel mamón había logrado que el mundo se viniera abajo.
La mujer cumplió seis años por homicidio involuntario, tenencia ilícita de armas y alguna otra cosa que hemos olvidado. Nunca supimos qué fue de ella después de quedar en libertad.
Aquel mamón acabó con una ciudad llena de buena gente gracias a su avaricia, a su odio. Ojalá se pudra en el infierno.


ago 10 2010

Días de lectura. Tragicomedia en dos actos y pico


Acto I: (Una mesa en el centro con dos copas de vino. Un reproductor de música en la esquina. Suena una canción aunque él se acerca y pulsa la tecla stop).

Ella: No sé por qué debería esperarte con un par de copas de vino en la mesa. No sé por qué debería bailar contigo una canción que te gusta al llegar a casa. Yo nunca he sido así.

Él: A lo mejor deberías hacerlo porque me quieres. A mí me hubiera gustado que me recibieran para bailar y tomar una copa. Desde que te conozco. Pero veo que eso no cuenta.

Ella: Si es eso lo que quieres o lo que te enseñan por ahí, es tu problema.

Él: Es verdad, no hay una sola razón por la que debas hacer eso. Me voy a leer.

Acto II: (Una mesa en el centro. Mil cuatrocientas botellas de cervezas vacías. Cuantas más botellas más tragicomedia. Él baila por todo el escenario. Suena una canción aunque ella se acerca y pulsa la tecla stop).

Ella: ¿Se puede saber qué haces?

Él: Bailo, bebo y finjo ser feliz.

Ella: Resultas patético.

Él: Es verdad. Me voy a leer.

Y pico: (Una mesa en el centro. Ni suena música, ni hay botellas, ni nada de nada. Él espera de pie en el centro de la habitación. Llega ella).

Él: Vale, vale. Me voy a leer.


ago 9 2010

Quizás sea al contrario

Se mira en el espejo. Un castillo de naipes. Perfecto. Alarga la mano. Encoge el dedo índice y apoya la uña en la yema del pulgar. Sabe que si hace fuerza y suelta el dedo hasta que se estire todo habrá acabado. Su castillo. Y piensa. ¿Por qué no?
Soportan el peso de la baraja el as de picas, el siete de corazones, tres de tréboles, dama de picas, rey de diamantes. Observa con atención. Si una cae arrastrará al resto. Piensa. Familia, dinero, yo, tú, el eterno amor no correspondido, el eterno reproche, lo importante, lo accesorio. Yo.
Presiona con el pulgar. Ahora es cuando el índice sale con fuerza hacia delante.
Las cartas caen. Ya es capaz de ver su reflejo. Nada es como antes. La pregunta era la contraria. ¿Por qué sí?