abr 19 2014

La tarde del revés

– Se acabó. Repartimos las cosas y cada uno por su lado, dice ella mientras llena su taza de café por tercera vez.
– Pero si vivimos en un piso alquilado y amueblado, no tenemos hijos, no hemos ahorrado ni un euro. ¿Qué quieres repartir si no tenemos nada?, dice moviendo la cabeza negando.
– El tiempo que hemos pasado juntos. Tú te quedas con los malos momentos y yo con los buenos.
– Eso no puede hacerse, deja ya de decir tonterías.
– Claro que se puede. Tú ya lo has hecho sin darte cuenta. Queda que yo recoja mi parte y me vaya, contesta mientras una lágrima escapa delatora de su ojo derecho.


nov 28 2013

Perderse en un gesto

– Me tienes hasta las narices. No vuelvas a llamar en tu vida. Gilipollas.
Deja el teléfono sobre el lavabo. Se mira en el espejo. La respiración se acompasa con el silencio. Mira tratando de comprender. Debería estar alterada; debería llorar o gritar o gruñir. Pero no lo hace.
La pantalla del terminal de ilumina. Su fotografía, su nombre y una invitación a contestar.
Se toma su tiempo. Con la yema del dedo pulgar va tocando la de los demás. El teléfono vuelve a pedir atención. Contesta. Antes de poder hablar ya escucha los gritos.
– Para, para. Verás, te lo voy a dejar muy claro. Que no me interrumpas. ¿Ya? ¿Me vas a dejar hablar ahora? Vale. Han sido tres años de mierda, media docena de infidelidades, he soportado a tus padres quinientas impertinencias y veinte o treinta de tus resacas. Eso, si lo multiplicas y aplicas el factor corrector, es igual a una, solo a una vida de mierda. No salen los números, majo. ¿Que me qué? Venga ya, hombre. Voy a colgar. Voy a colgar. Pues abre bien no vaya a ser que te cargues el cristal. Me da igual. Ya te llevaré un ramito de gladiolos. Que sí, que sí. Adiós.
Comienza a depilarse las cejas. Se acerca con exageración al espejo. Un mensaje de texto. Resopla.
– Que me quiere. Ahora me viene con esas el muy gilipollas, dice gritando a su propia imagen. ¿Me quieres, hijo de puta? ¿Ahora me quieres?
Deja las pinzas metálicas junto al teléfono. Piensa un momento y marca.
– Anda, pero si sigues vivo. Qué cosas. No, sólo quería decirte que, en realidad, no es una vida de mierda. No es nada. Nada de nada. Es como si alguien hubiera pulsado la tecla pausa y no me hubiera enterado hasta hoy. Qué coño vas a pulsar tú ahora. No hay play que valga, cretino. Que sí, que sí. Hale, ya puedes tirarte otro poquito por la ventana. Adios.
Ahora es cuando llora, grita y gruñe. Se ha visto en el espejo mientras hablaba. Ese gesto obsceno que no ha podido reconocer como suyo. Entiende que se perdió hace mucho, que no sabe dónde buscar, que es tarde. Demasiado tarde.


sep 12 2013

Crónicas marcianas

(Extracto de la entrevista realizada a Luiguiertz Mui, jefe de operaciones especiales)
La invasión fue un auténtico fracaso.
Enviamos a los mejores pilotos, las mejores naves, equipos capaces de almacenar lo necesario para lograr una réplica exacta del planeta objetivo. Todo debía ser rápido, eficaz, mortífero. Pero, al llegar, todo tipo de vida había desaparecido, las aguas eran tóxicas, la atmósfera (tan envidiada por nuestro pueblo durante miles de años) era incompatible con cualquier cosa que pudiéramos haber imaginado con tiempo suficiente. Estudiamos sus colmenas y nadie supo explicar cómo era posible estructurar el caos con aquel otro caos. Tan sólo algunos edificios parecían tener actividad. Eran los que estaban retirados de los núcleos habitables. Al entrar en ellos, las mediciones de materiales prohibidos en nuestro planeta fueron alarmantes. Eran las únicas chimeneas que expulsaban un humo que acabó con el cuarenta por ciento del personal de nuestra misión.
Pasarán muchos miles de años antes de poder regresar para intentar traer a nuestro planeta algo que se pueda aprovechar.
Tal vez, lo único por lo que ha merecido la pena ir hasta allí, fueron esos curiosos objetos que encontró nuestro piloto especial Urmerz Tai. Ya saben, lo que creemos que fue un arma mortal que utilizaron para acabar unos con otros. Papeles (todos similares) y pequeños trozos circulares de metal tallado No entendemos cómo podrían dañarse hasta la muerte con algo así aunque, revisados los documentos que pudimos rescatar, no tenemos duda acerca de lo lesivos que podían llegar a ser. Las últimas comunicaciones entre personas hablaban siempre de lo mismo. Dinero.
Todo es inexplicable. Se lo aseguro.


ago 18 2013

Lo implícito

– ¿Aún lo recuerdas? Resulta extraño después de tanto tiempo.

– No he dejado de pensar en ello ni un solo día. Aunque es lo mismo, si no seguimos adelante fue por eso, porque siempre te resultó raro.

– ¿No crees que deberías haber avisado de lo que estaba pasando?

– Si es necesario explicar algo así es que en uno de las partes ni siquiera existe. Me tengo que ir. Otra vez.


jul 23 2013

Relato de verano (1)

Leer los periódicos es una tortura. Cuando no son los papeles de Bárcenas, son los ERE en Andalucía; cuando no son las subidas de tasas universitarias, son las de la luz o el gas o el agua o todas de golpe; cuando no se han dopado media docena de atletas, son las irregularidades en los pagos a la hacienda pública de una estrella del fútbol mundial. Es insoportable. Más que nada porque aquí no mueve un dedo nadie por evitarlo. Ni dimiten los sinvergüenzas que nos gobiernan, ni los universitarios se lían a poner adoquín sobre adoquín, ni las estrellas del deporte se dedican a entrenar bebiendo batidos sin cuarto de kilo de esteroides como aperitivo. Insoportable y triste. Así que nada de prensa ni de radio. Por supuesto, nada de mirar la pantalla del televisor. Seamos prácticos y no tiremos nuestro tiempo y nuestras ganas de vivir lo más felices que podamos a la papelera.
¿Qué opciones tenemos? Si la realidad es una mierda habrá que escapar de ella. Cine, teatro, literatura. Ya saben, lo que venimos llamando ficción. Creándola unos, interpretándola otros. No hay nada como un buen relato para evitar tanta indecencia, tanta mugre.
Voy a poner mi granito de arena. Les cuento y ustedes se entretienen. Les cuento y ustedes sacan sus propias conclusiones. Y, por qué no, les cuento y ustedes se quedan dormidos frente a la pantalla del ordenador.

C. es una mujer pequeña, feucha, desgarbada. Pero, hoy, cuando se mira en el espejo no se reconoce. Se acerca extrañada y no alcanza a ver otra cosa que no sea una mujer bella, esbelta, elegante. No le desagrada su aspecto aunque le gustaban sus arrugas, sus párpados caídos y lo áspero de su cutis. Ahora es extravagantemente sensual, atractiva, misteriosa.
Como cada mañana, baja al parque para echar comida a las palomas. Unos días atrás llegaron a sumar más de sesenta aleteando nerviosas. Como cada mañana, las aves esperan su llegada. C. se sienta en el banco de siempre, pero nada. Las palomas no llegan. Esperan en los árboles o picotean el suelo un poco más allá de donde se encuentra. Agarra la bolsa llena de migas de pan con la mano izquierda, con la derecha lanza un primer puñado. Logra que se animen. Se acercan despacio, desconfiadas.  Es en ese momento cuando llega un tipo y se queda parado frente a C. Le dice que es más bonita que un sueño de opio. Las palomas se alejan. C. contesta al hombre. Vete a tomar por el culo, payaso. Él dice una grosería. Media hora después, ya son media docena de hombres los que le han piropeado, media docena de hombres los que han sido enviados a lugares diversos con cajas destempladas. Las palomas siguen esperando a C. Miran las migas que se acumulan en el suelo sin atreverse a llegar cerca. La mujer se pone en píe. Ahora es más alta, más delgada. Camina hacia las palomas que, nerviosas, provocan con el movimiento de las alas un ruido molesto. C. vacía el resto de la bolsa y se va. Los cuellos de las aves comienzan a moverse buscando los trozos más apetecibles.
Llega a casa. En el espejo mucha belleza. Poca verdad, piensa. Busca otro que siempre lleva en el bolso. Sensualidad, formas perfectas en el rostro. Y C. desea volver a ser lo que era. Los hombres la desean; podrían prometer cualquier cosa si, con ello, lograran llevar a C. hasta la cama. Un sueño para otras. Un inconveniente para ella. Nunca quiso excesos ni artificios.
Busca en internet. Nunca hubo un caso parecido al suyo. Envía mensajes a las clínicas especializadas en belleza femenina. Le contestan, como si fuera una idea común aprendida en la cafetería de alguna academia, que allí se arregla y no se destruye. Visita a su médico de cabecera aunque lo único que consigue es una invitación para cenar en un restaurante magnífico que conoce, que le encantará. Mientras le describe el menú, C. piensa en lo excesivo de la exploración que el médico realiza. Los conductores le permiten cruzar por los pasos de cebra. Ya no se juega la vida en cada cruce, ya no escucha insultos cuando pone un pie sobre el asfalto. Sus hermanos, unos días después, quieren que vaya a comer a sus casas, a las fiestas que organizan. Esta es mi hermana C. ¿verdad que es preciosa? dicen sin parar mientras tipos calvos, cegatos y babosos besan la mano de la mujer. Pero C. se siente como una estafa. Al fin y al cabo, ella sabe que es una mujer pequeña, feucha y desgarbada; una mujer que no se reconoce ante el espejo.
Día a día, C. va olvidando algunas cosas que antes fueron importantes para ella. Abre un libro del que fue su autor favorito y se aburre; cambia el dial de la radio constantemente cuando una semana antes podía estar escuchando al mismo locutor sin descanso. No aguanta la ópera. Prefiere las cosas más accesibles, las que no le hacen pensar. Piensa, incluso, que votaría a ese político porque le parece de lo más atractivo.
Cuando sale de casa, evita cruzar el parque. Las palomas le dan algo de grima. C. se olvida de C. Si mira alguna fotografía antigua se pregunta quién será esa chica tan poca cosa. Siente algo de pena por sí misma aunque ella no lo sabe.
(Continuará, mañana sin ir más lejos)


dic 17 2012

Cosa de niños

En algún momento de la eternidad, en algún lugar del infinito…
– Tío Dios, tío Dios, ¿puedo jugar con tus cosas?
– Sí, sí, pero no revuelvas más de la cuenta.
– ¿Qué es esta caja, tío?
– Vaya, hacía mucho que no veía este juego. Me lo regaló tu, padre. ¿Lo ves? Aquí dice para Dios esperando que lo disfrute. De su buen amigo Satán. Juega con cuidado porque es muy antiguo y me gusta conservar las cosas.
– ¿Puedo jugar a las guerras, tío? Porfa, porfa, porfa.
– Esta bien, pero con cuidado. Las fichas que se vayan estropeando me las dejas aquí, a mi derecha, que luego las tengo que guardar en esa otra caja.
– ¿En esa?
– Sí, me gusta reciclar. Ah, y no dejes que se caliente mucho el motor. Cuando aparezca un dibujo con forma de seta te paras porque si no se estropea todo.


oct 13 2012

Historia universal (3)

Alguien podría pensar que los griegos (los clásicos, los antiguos) eran un pueblo formado por un ejército de pensadores más que educados. Pues no. Vamos, no hay más que ver cómo quedó el Partenón para hacerse una idea de los problemas que tuvieron. Guerreaban como el que más, despreciaban a las mujeres como cualquier otro pueblo, zampaban y bebían a todas horas sin el más mínimo control; es decir, metían la pata a menudo. Aunque algunos griegos eran muy listos, en conjunto no supieron ver cómo su civilización se iba al garete. Un pueblo más.
Lo que diferenció a los griegos de otros pueblos es que se ocuparon de las cosas del hombre. Vale, los dioses tenían su importancia, pero les perdieron cierto respeto y aprendieron a convivir. Tanto es así que terminaron perdiendo el poco respeto que tenían por Zeus y su cuadrilla y convirtieron sexo y cocina en fundamental. Por eso lo romanos aparecieron en escena llevándose por delante a los pobres griegos. Y cuando los romanos hicieron lo mismo pues también la pifiaron. Pero eso lo vemos luego. Ahora nos interesa lo que hicieron los griegos.
Homero destrozó la vida a los millones de escritores que vendrían después. El tipo lo contó todo. Platón y Aristóteles dejaron sin trabajo a millones de filósofos que naciendo siglos después estaban por detrás de ellos. Hasta que Kant no apareció miles de personas dedicaron su vida a dar vueltas sobre lo mismo, sobre lo que habían dicho ellos. Las tragedias griegas nunca fueron superadas en calidad artística. En fin, podríamos decir que los griegos fueron unos abusones.
Si había que explicar las cosas eran únicos. Montaban un mito y asunto concluido. ¿Qué es eso del amor? se preguntaba alguno. Como no había explicación cierta, como no había forma de meterle mano al asunto, alguien se inventaba una explicación que hacía entender al más tonto lo que se quería decir. ¿Usted sabría decir lo que es el amor? Pues claro que no. Sin embargo, ellos sí. ¿Lo ven? Nos jodieron la vida los dichosos griegos haciéndonos sentir que somos más tontos que un cubo. Como esto de la historia le parece un cañazo a más de uno, voy a poner un ejemplo. Las anécdotas y las estampitas son infalibles para hacer las cosas atractivas.
Aristófanes, durante una copiosa cena, utiliza su intervención para explicar el amor desde el mito. Dice que hubo un tipo de personas que no conocimos. Eran andróginos, es decir, hombre y mujer al mismo tiempo. Tenían cuatro piernas, cuatro brazos, dos cabezas; por un lado los órganos de reproducción masculinos, por el otro los femeninos…, y eran muy fuertes, muy poderosos. Los dioses se mosquearon porque los andróginos se estaban poniendo muy chulos, creían que podían llegar a la divinidad por sí mismos y, creyendo ver un peligro en ellos, los dividieron por la mitad. Zeus tenía muy mala leche, todo hay que decirlo. Así quedó separado lo que conocemos como hombre de lo que conocemos como mujer. Aristófanes explica que por esa razón las personas de sexo diferente se buscan, intentan encontrar la mitad que les falta, y de ahí viene el amor. Pero añadía que los dioses pueden mosquearse de nuevo y volver a dividir a los hombres y mujeres si no somos capaces de entender que ese amor es lo más importante. ¿Lo ven? Eran únicos haciendo estas cosas. Y si no han creído eso de que nos dejaron a los demás a la altura del betún aunque tengamos ordenadores. piensen en la versión cañí de este mito. Sí, lo de la media naranja. No es más que una variación de lo que un tipo comilón y vicioso dijo hace un puñado de siglos.
Poco después, evitaré detalles innecesarios, fueron los romanos los que se pusieron a pilotar. Otros que avanzaron hasta límites improbables. Y otros que la volvieron a cagar por las mismas razones que los griegos. Por ejemplo, el derecho romano sigue siendo la base del derecho actual. Casi nada. Las estructuras de las ciudades occidentales proceden de las de ellos. Y bla, bla, bla. Sería largo de contar. Aunque lo que interesa es una cosa muy concreta. Estos tíos estuvieron avanzando hasta que un buen día aparecieron los cristianos. Una revolución social que arrasó con todo. Esta es la buena noticia. Una revolución que puso a los grandes pensadores al servicio de Dios. Eso significa que los más listos echaron un montón de horas a eso de montar un religión monoteista. Y eso es muy difícil. Se acabó pensar en el hombre y en sus cosas. De no haber sido así, tal vez, la electricidad hubiera aparecido mucho antes, tal vez los avances técnicos hubieran llegado hace siglos. pero no, los cristianos lo jodieron todo y nos metieron en un laberinto terrible. Aunque eso es harina de otro costal. Ya hablaremos de ello.
(Continuará…)
En el siguiente capítulo: Dios o cómo el hombre se inventa su propia esclavitud.


oct 12 2012

Historia universal (2)

Arg el listo parecía un tonto de bote al lado de sus tataranietos. Esos vivían más, pensaban más, hablaban más. Y salieron de las cavernas.
Viajaban llevando los rebaños de un lado a otro. Porque descubrieron que había animalitos que eran más rentables si se les cuidaba en lugar de hacerlos trizas a las primeras de cambio. De pronto, un tipo (todavía bajito, con cara de pocos amigos y más mierda encima que un jamón) se inventó la familia. Poco antes las parejas duraban un suspiro, un rato. Como ahora, pero sin tanto revuelo entre los chamanes. Y, un día, rebaños y familias se pararon a tomar algo y se quedaron a vivir allí mismo. El mundo cambiaba a velocidad de vértigo.
Los hombres vivían más, pensaban más, hablaban más y decidieron, entre pensamiento y pensamiento, que lo suyo era liarse a guantazos con otras tribus para saquearlas. Esto demuestra algo que todo el mundo intuye. Vagos hubo desde el principio. Era más fácil robar en la tribu de al lado que estar currando todo el día. Era más fácil nombrarse rey o jefe o lo que fuera necesario. Ser rey y tener muchos súbditos era un chollo que se ha cotizado al alza hasta hoy mismo. Las tribus crecían, las aldeas crecían y aparecieron ciudades y culturas nuevas. Con rey y esclavos, por supuesto.
En cualquier lugar del mundo, se juntaban unos cuantos individuos, modelaban en barro diez o doce figurillas que representaban a los dioses, construían un templo, montaban un pequeño ejército y a disfrutar. Algunos, sólo algunos, porque al que le tocaba ser esclavo o alimento para las alimañas del jefecillo estaba más que apañado. Ser mujer tampoco representaba ninguna bicoca. Todo hay que decirlo.
La cosa se organizaba, más o menos, de la siguiente forma. El jefe era eso, el jefe. Dependiendo del grado de sofisticación organizativa, era jefe por la mala leche que gastaba con los demás, lo era porque se le ponía en las narices al brujo (ese era el verdadero jefe como ha pasado hasta nuestros días) o porque lo imponía otro que era más jefe y le colocaba a dedo mientras él iba en busca de pueblos susceptibles de ser saqueados. A su alrededor se colocaban los soldados. Los mismos que terminarían rebanando el cuello al jefe. Como todo el mundo sabe la cosa funciona así. Y, más allá, estaban el resto que tragaban con que el jefe era dios, era lo más de lo más; para librarse de una muerte horrible. Aunque la peor parte se la llevaban los esclavos capturados de otras tribus. Esos pintaban poco.
Con esta simpleza, por ejemplo, los egipcios montaron un tinglado imponente.
En resumen, el hombre salió de las cavernas para darse de leches con otros y acumular poder; crearon dioses para controlar el pensamiento de casi todos.
(Continuará…)
En el siguiente capítulo: Griegos y romanos o cómo pensar para que luego los cristianos lo jodan todo.


oct 12 2012

Historia universal (1)

Arg se llamaba así porque nadie sabía decir otra cosa. De hecho, todos los hombres de la caverna se llamaban igual. Del mismo modo, todas las mujeres se llamaban Irg.
No crean ustedes que había muchos problemas de entendimiento. Los motes aparecieron casi al mismo tiempo que los primeros nombres. Aunque no se decían. Por ejemplo, Irg la guarra consistía en decir Irg y eructar o lanzar ventosidades a la atmósfera. Irg la guapa era llamada con un movimiento de cadera que iba de atrás hacia delante y se repetía con cierto ritmo. Arg el odioso era llamado con un Arg en el que la pronunciación de la a era casi eterno. Aaaaaarg. Algo así. Se apañaban bien en esa caverna.
Arg el listo era, como su propio nombre indica, un hombre algo menos tonto que el resto. Antes de morir fue capaz de entender que había día y noche. A nosotros esto nos puede parecer muy fácil, pero para él y para el resto de la tribu eso que llamamos anochecer significaba el fin del mundo. Y que se acabe el mundo cada veinticuatro horas es agotador. La pena es que Arg el listo lo descubrió poco después de que Arg el chamán inventara la religión. Y por no desilusionar al flamante sacerdote, mago, curandero y nuevo diseñador de cosas para el astro que se escondía con insistencia, lo dejó estar. Al poco tiempo, se arrepintió de ello porque la religión se puso de moda y consistía en llorar y patalear al atardecer hasta que se elegía al primero que pasaba por allí para sacrificarle y ofrecérselo al sol. Arg el listo se arrepintió porque estuvo un par de veces entre los elegidos para morir entre grandes padecimientos y alaridos. Se libró fingiendo estar muerto.
Arg el listo; que como su propio nombre indica, tenía un coeficiente intelectual casi sobrenatural (entre doce y quince); veía las cosas muy claras. Tanto que decidió inventar las pinturas rupestres. Preparó muchas cosas para mezclarlas y que apareciesen diferentes colores. Cuando tuvo todo preparado congregó al resto de hombres y mujeres. Metió la mano en una pasta pegajosa elaborada a base de tierra, frutos pochos, orín y alguna cosa que dejó caer sin saber qué era (nunca nadie lo supo) y con la mano llena de mierda (vamos a dejarnos de eufemismos) se apoyó en la roca. Los demás miraron, hicieron un gesto de desprecio y se fueron. A pesar de su inteligencia prodigiosa, Arg el listo no entendía nada. Esa misma noche descubrió que el chamán había conseguido lo mismo unos días antes. Por casualidad, pero lo había hecho. Fue al defecar. Se levantó rozando el trasero contra la piedra (para limpiarse y rascarse al mismo tiempo). Al ver la mancha, agarró un palito para despegar aquella guarrería (era zona sagrada) y apareció la figura de un animal. Bueno, algo parecido a un bicho. Lo convirtió en un icono inmediatamente. El que quería verlo debía dejar, como pago, un buen trozo de carne sobre otro pedrusco que hacía las veces de altar. El azar se había adelantado a Arg el listo. Una tragedia.
(Continuará…)


sep 18 2012

Helado de Vainilla

Ella le dice que se está derritiendo como un helado de vainilla. Lo hace sonriendo, apoyando la barbilla entre las manos que se juntan en las muñecas.
Él mantiene su semblante serio, casi impasible. Le enseñaron que lo otro era cosa de mujeres. Juguetea con los cubiertos aún limpios. No aparta la vista de ella.
Ella cambia de postura. Alarga el brazo para posar la mano sobre la de él, sobre la que jugueteaba con un cuchillo, la derecha.
Él no hace un solo movimiento. Deja que le toque. No quisiera parecer descortés. Con las mujeres nunca, le dijeron siendo niño.
– Cada cosa que te oigo decir hace que funda. Me tienes loca, dice.
– Deberíamos controlar la situación. Los excesos se terminan convirtiendo en locuras, dice.
Ella se levanta para ir al lavabo. Él mueve la cabeza afirmando, queriendo decir que le parece muy bien. Eso parece. Y es que le dijeron que hay que mantener un punto de autoridad ante las mujeres.
Cuando ella está lo suficientemente lejos, él se mira los pies. Un pequeño charco amarillento, las manos comienzan a gotear ese mismo líquido. Siente como va perdiendo volumen. Y, mientras, sigue pensando en esa sonrisa, en su voz. No puede dejar de hacerlo, no quiere hacerlo.
Nadie le había dicho nada sobre lo que le pasa.