oct 10 2011

En busca de la verdad

– ¿Se puede saber qué buscas?
– La verdad.
– ¿Crees que la encontrarás en un cajón revuelto? ¿Qué es eso? Madre mía, conservas esa foto. Deja que la vea de cerca. Qué recuerdos. Estás estupendo. Y yo parezco un niña.
– En un cajón revuelto se encuentra cualquier cosa.


sep 28 2011

Silencio

– Ha muerto.
– Es como mejor está. Venga. Agarra esa pala de una puta vez.
– Sigo pensando que todo esto es un exceso. Tal vez, un día, alguien sepa la verdad.
– ¿Los muertos hablan? Yo creo que no. Y tú también lo sabes ¿verdad?


sep 26 2011

Perspectivas

– Te odio. Detesto lo que representas. Y te deseo lo peor que alguien puede llegar a imaginar.
– Ni eres la primera ni serás la última.
– ¿Te sientes orgulloso de algo así? No tienes buen fondo. Eres muy malo.
– No, no me siento orgulloso. Pero te recuerdo que la que odias, detestas y pides una hecatombe, eres tú.
– No, si al final seré yo la culpable. Que cara más dura.
– Cada barco debe aguantar su vela. Son las reglas del juego, querida.


sep 19 2011

Una vida mejor y llena de éxitos

Antes de la última cena, los doce se sentaron alrededor de una higuera. Hablaron entre ellos, con tranquilidad, intuyendo una vida mucho mejor, llena de grandes éxitos. Sólo uno parecía ausente.
– A ti qué te pasa, J. Estás atontado. Bebe, anda, que tienes mala cara.
– ¿Mala cara? Esto no es nada con la que me viene encima.
– No exageres. Todo tiene solución. Ahora, hasta la muerte la tiene. Ya has escuchado al maestro.
– Me parece a mí que habrá que matizar algunas cositas.
Llegó el maestro. Antes de entrar en la tienda que acababan de montar, agarró a J. del brazo apartándole del grupo.
– Siempre has sido el más crítico de todos. Creo que mereces más que los demás. Efectivamente, todo esto tiene algo de circo. Conviene que no tentemos la suerte. Imagínate si alguno se caga y delata al resto o dice que soy un tal o un cual. No salimos de esta, fijo.
– O sea, que si me ahorco o algo estoy jodido ¿no?
– Bueno, tampoco hay que ponerse así. Es lo mismo que si me pongo a pensar que a mi me pueden crucificar. No te dejes llevar por la paranoia.
– Vamos a beber ese vinito que tienen estos. Será lo mejor.


ago 18 2011

Punto y final

A María Papetti

– Falta un disco. El que compré el mes pasado. Y todos los recuerdos.
– Si quieres los tuyos tendrás que devolverme los míos. Y todo el amor que sentí por ti.
– ¿Amor? ¿De qué recuerdos crees que hablaba? Me refería a las fotos y cosas así.
– No me extraña que quieras dejarme. Somos de mundos diferentes.
– No, somos del mismo, pero te empeñas en decir tonterías y convertir las cosas en quimeras.
– Tu disco está en el mueble de la entrada. Donde lo dejaste. Junto a un sobre que te parecerá que está vacío, pero que está lleno de recuerdos. Adiós, querido. Adiós.



jul 17 2011

Así no. Nunca más.

Escuchaban música. Contigo aprendí. Él con las piernas apoyadas en la mesa de fumador. Ella leyendo. Un vaso vacío. Una taza aún caliente. Jamás había prestado atención a ese tipo de canciones. Ella, sin embargo, sabía de memoria lo que decía.
Con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá esperó a que acabase la canción. Pensó que le gustaría poder besarla en silencio. Rozando los labios para atraer el olor de su boca, sintiendo un aroma que le hizo renunciar a todo años atrás. Un gesto. Queriendo olvidar el lastre del reproche. Ya no importaban esas noches de sexo en las que se podían mezclar movimientos de animal con el amor auténtico. Un beso. Se revolvió en el asiento, bajó las piernas y miró hacia donde estaba ella.
Cerró el libro con cuidado. Resoplando sin hacer ruido y entrecerrando los ojos. No quería pasar por el momento de volver a decir que no era el momento, que no le apetecía. Ya había fingido suficientes orgasmos como para que no le resultara grotesco. Alguna vez, antes de que llegara él, entraba en el baño para ducharse y masturbarse sin permitirse llegar a un final deseado en soledad. Observó como se movía. No quería mirarle a los ojos.
– ¿Me besas, amor?
– No empecemos. Sabes que así no me gusta.
Él se levantó para cambiar la música. Prefirió escuchar canciones viejas. Las que le hacían recordar su juventud, la inocencia perdida. Las que le permitían recordar que una vez fue un tipo que podía sonreír con tan solo verla llegar para buscar un lugar en el que pasar una noche estupenda. Ella volvió a abrir el libro aunque no pudo leer. Tan sólo miraba las páginas pensando en qué momento dejó de ver en él a ese muchacho robusto y simpático al que juró amar hasta la muerte. Estuvo a punto de levantarse y ofrecerse allí mismo sin condiciones. Se imaginaba, tan rápido como podía, apoyando los brazos en la mesa para que sus manos agarraran sus pechos, para que buscaran su sexo, cómo se giraría y se arrodillaría para lamer su pene antes de pedirle que la penetrara. Pero él ya se iba. Le pareció que quería ocultar el rostro. Aunque arrastraba los pies al andar.


jul 15 2011

La primera vez

El hombre camina despacio y piensa en la última vez que se acostó con una mujer. Historia repetida. Al despertar, solo en la cama. Su ropa en el suelo, junto a la silla. La cartera vacía un poco más allá. El recuerdo de una última copa. Y no saber nada más.
Sortea los pequeños charcos que se han formado en la acera levantada. Comienza a llover de nuevo. Abre el paraguas acelerando el paso. Una mujer intenta cubrirse con el bolso, pero la lluvia se hace intensa.
– Métase aquí debajo.
Ella duda aunque lo hace. Le dice que vive a tres manzanas de allí. Llegan al portal. Le da las gracias. Sigue caminando junto a la pared. Escucha como le llama. Se va a empapar. Le invito a un café. La ropa junto a la silla. La cartera vacía. Le tranquiliza saber que no ha probado el alcohol desde tres meses atrás. Se acerca despacio. Ella sonríe y mueve la mano al mismo tiempo que la cabeza en dirección al portal.
– ¿No le asustan los desconocidos?
– En absoluto, dice mientras comienza a desabrocharse la blusa.
– ¿Por qué hace esto? ¿Podría ser un bestia o un loco?
– Trátame de tú, dice dejando caer la falda.
Amanece. Solo en la cama. Algo confundido porque no sabe dónde está. Aparece y se apoya en la jamba de la puerta. Desnuda. Le gusta su cuerpo. Le gusta como maneja la situación.
– No quiero que vuelvas por aquí nunca más. ¿De acuerdo?
– No te causaré problemas.
Ella se acerca. Cuando está junto a la cama se lleva las manos a los pechos. No quiero que te olvides de mí nunca. Se arrodilla y comienza a lamer el pene erecto del hombre.
La acera está seca. Camina despacio y piensa en la última vez que se acostó con una mujer. Al despertar solo en la cama. Su ropa sobre la silla. Todo en orden. Aunque esta vez falta algo que no alcanza a entender. Se detiene y se da la vuelta. Mira la fachada de la casa. En la ventana del tercer piso está ella. Asomada. Dice adiós con la mano. Mejor pagar con billetes y no de esta forma, piensa el hombre que, obediente, se va para siempre, en busca de un bar cercano. Sólo ha sido un polvo. Es una fresca. Nada más. Intenta convencerse. Pero no puede evitar pensar en la primera vez que durmió con una mujer.


jul 14 2011

Adioses

Apoyó el hombro sobre el tronco del plátano de sombra a la vez que cruzaba la parte baja de las piernas. El pie derecho reposando sobre la puntera, las manos en los bolsillos y el cuello de la gabardina subido. Sabía que tendría que esperar unos minutos. Ella era de las que pensaban que un retraso hace mucho más femenina a una mujer. Las primeras gotas empezaban a caer aunque debajo del árbol el suelo se mantenía seco.
Dos años. Ni un solo beso. Ni una caricia. Sólo su cuerpo contoneándose frente a él, con música de fondo que marcaba el ritmo de una masturbación eterna, que hacía que se estirara gimiendo y pidiendo a gritos que alguien le penetrara con rabia. Dos años. Ni un solo beso. Ni una caricia. Sintió la erección y con la mano derecha se acarició el pene.
Llegó a la hora en punto más treinta minutos. Jersey de cuello vuelto, falda por debajo de las rodillas, botas de piel marrón, el bolso haciendo juego. Perfecta. Caminaron hasta el hotel.
Antes de abrir la puerta de la habitación cuatrocientos cuatro. Bésame. Ella mira con extrañeza al hombre que mantiene el cuello de su gabardina subido. No, el trato es que nada de tocarnos. Si entramos en esta habitación lo haré, intentaré cualquier cosa. Pues, entonces, no entremos. No dejaría que me pusieras una mano encima nunca jamás. Eso sería jugar a ser marido y mujer. Es lo que somos, dijo él abriendo la puerta y haciendo un gesto con la cabeza para que entrara. He dicho que no. Si quieres follar lo puedes hacer esta noche en casa. Aquí me sentiría como una puta.
Caminaron hasta el lugar en el que se habían encontrado. Ella parecía irritada. Él paró debajo del plátano de sombra y vio como se alejaba la mujer de su vida. Eso pensó.


jul 14 2011

Genesex

Adán pidió compañía y la tuvo. Eva fue hecha a la medida de su pareja. Era perfecta. Cada centímetro de su piel había sido soñado poco antes.
Podían yacer en cualquier lugar del Paraíso. No sentían vergüenza de su desnudez. Se acercaban para acariciarse, para explorar el cuerpo del otro disfrutando del roce de piel con piel. Si Eva se acercaba con intención de lamer el sexo de Adán el respondía procurando el máximo placer. La penetraba largamente haciendo que el cuerpo de Eva se estremeciera con cada embestida. El Paraíso lo era por eso.
Pero fueron expulsados y todo cambió. Sintieron la necesidad de taparse por si algo no le gustaba al otro. Eva se mostró esquiva por primera vez al ver que se acercaba. Él no se atrevió a tocar su cuerpo. Y ambos se fijaron en que la vejez iba desfigurando con crueldad la perfección.
Recordaban lo que fue cuando coincidían las apetencias. Construían distancias enormes cuando se daban la espalda al tumbarse. Soñaban con algunas cosas que ahora parecían imposibles.
Llegaron Caín y Abel molestando con sus juegos. Parecía estar ya todo hecho. Y el mundo empezó a llamarse mundo.



jul 6 2011

Terror

– ¿Es usted Dios?
– Sí. ¿Qué se le ofrece joven?
– Pues mire, resulta que acabo de morir y me han mandado aquí. Y, la verdad, paso. Prefiero estar con mis colegas.
– Me deja perplejo, jovencito. Aquí se está de maravilla.
– No está mal, pero la música es un coñazo. Y tanta paz me deprime. Que paso, de verdad, que se lo agradezco y eso, pero no.
– Te acostumbrarás en diez o doce millones de años. Siempre pasa, tranquilo. Anda, ve a revolotear con tus nuevos amiguitos.
– No lo entiende usted, señor Dios. Es que paso.
– El que no lo entiendes eres tú. Si vuelves a poner pegas te mando de vuelta convertido en escritor. ¿Lo pillas ahora?
– Vale, vale. Me voy a revolotear unos siglos.