ene 10 2012

Maquillaje

– Tranquila. Ya verás como todo sale bien. No pienses más en ello.
– Si es que le quiero. No puedo evitarlo. Si fuera capaz me lo quitaría de la cabeza ahora mismo.
– Venga, deja de llorar. Quizás no tengas razón. No sé, es posible que sean imaginaciones tuyas y nada más.
– Sé que está con otra. Son muchos años con él como para no darme cuenta. ¿Qué clase de mujer puede destrozar un matrimonio de esta forma? ¿Quieres saberlo? Una zorra, una mujer sin escrúpulos que quiere ver cómo a todo el mundo le puede pasar lo mismo, que intenta justificar su mierda de vida jodiendo la de los demás.
– Bueno, no creo que tenga que ser así. Eso es generalizar demasiado.
– No lo es. Sólo una papanatas luciendo lazos y calcetines o una puta puede hacer tanto daño. Cuando hables con mi marido cuéntale todo esto.
– ¿No será mejor que se lo digas tú? Y deja de llorar, no te lleva a ningún sitio que sea bueno para ti.
– También le puedes decir que me ha fallado, que es mi gran decepción. Qué fácil es cambiar un mal polvo por toda una vida. Pero claro, yo friego el suelo, lavo sus camisas y llego reventada a casa. Así nadie puede gustar al otro. Por cierto, no te molestes conmigo, pero tanto maquillaje te sienta fatal. Y a nuestra edad ya no podemos esperar milagros. En cualquier momento te cambian por una cara más mona y unas tetas en su sitio.
– Me tengo que ir. Ya te llamaré para saber cómo te encuentras. Dame un beso. Hasta pronto.
Suena la puerta al cerrarse. Agarra una servilleta de papel y se limpia el carrillo izquierdo con fuerza. No le parece suficiente y corre al baño para lavarse la cara.



oct 27 2011

G. La segunda invasión (II)

Del diario TAES 278.90.766.0 rescatado el 1 kapma del tiempo Ecen.
Ahora sí que sí. Mi versatilidad es total, casi siniestra. Mi tamaño es algo mayor que el de la versión anterior y, tras mucho discutir con el jefe de genética ambipolarizada, he logrado que se mantuviesen las dimensiones proporcionadas. El informe dice que mi aterrizaje se producirá junto a un lugar llamado Monasterio de Silos. Parece ser que allí sólo viven personas inhibidas sexualmente y, por tanto, el tamaño de mi órgano reproductor simulado no provocará ninguna reacción en los objetivos. Los estilistas me han confeccionado un traje multiusos. Me aseguran que podré convivir con los habitantes de Silos y me servirá para cazar humanos en los alrededores. Se trata de una escafandra ajustada desde el cuello. Se ensancha en la zona del órgano de reproducción simulado. Y para llamar la atención de las presas han incorporado unas lucecitas que se encienden y apagan. Se puede leer tranca barata. Por lo visto es algo que llamará la atención sin duda alguna. Envió esta grabación cinco minutos antes de tomar tierra. Pronto volveré con el trabajo bien hecho. Me tiembla todo el cuerpo de la emoción.
Documento sonoro número 1 rescatado de lo que quedó de G. tras su paso por el Monasterio de Silos.
– Dios Mío, milagro, milagro. El Señor nos ha enviado en un carro de fuego un ser maravilloso.
– Menuda tranca, por el amor de Dios. Corre, corre, llama al prior. Oh, ¿y esas luces?, ¿los lees, hermano Pedro?, es un regalo divino. Pedro, Pedro, no te pases. Menuda tranca. Esto es un milagro. Mejor llamamos al prior cuando deje de rezar.
Nota: Poco después se pueden escuchar ruidos extraños mientras G. 2.3 se pregunta en voz alta sobre el lugar del que han salido los cabrones de información. Algo dice sobre los estilistas que no está muy claro. Con todas las reservas, podríamos afirmar que se caga en sus muertos. Pero no es seguro.
Documento sonoro número 789 rescatado de lo que quedó de G. tras su paso por el Monasterio de Silos. El resto de documentos sonoros son reiterativos. Gemidos y cosas así mientras G. 2.3 se refiere a estilistas y servicio de información.
– Le vais a reventar, hermanos. Vaya si antes lo digo antes ocurre. Venga, venga, hermanos. La tranca la metemos en un relicario. ¿El resto? A la basura.
Nota: Los restos de G. 2.3 se pudieron recuperar con el descompensador celular. Su órgano reproductor no. Se introdujo en una caja extraña con puertecitas frente a la que se sientan los habitantes de Silos moviendo con una especie de tic su mano derecha.

Si quieres leer la primera parte pulsa AQUÍ.


oct 25 2011

G. La segunda invasión (I)

Del diario TAES 278.90.765.9 rescatado el 31 kaes del tiempo Epen.
Reporte de G. 2.0 (prefiere que le llamen G. a secas. Como su padre. Él fue el primero de nuestra especie que intentó la invasión del planeta Tierra. Sin suerte).
He llegado a bordo de un último modelo de transportador interespacial TAES que se ha destruido dos horas después del aterrizaje según lo previsto. Pienso conquistar este planetucho. Sea como sea. He revisado el trabajo de mi padre y los errores que cometió me han servido para planificar el trabajo al milímetro.
De momento, mi aspecto es mucho más discreto. He conservado, en recuerdo a mi padre, un pene algo descompensado con el resto del cuerpo. No me preocupa puesto que es algo muy valorado entre algunos habitantes de la Tierra y puede servirme de gran ayuda. Podríamos decir que soy una monada. La cámara y micrófono los he incorporado con astucia en mi cráneo flexible. Aquí comienza mi tiempo de gloria.
Documento sonoro número 1 rescatado de lo que quedó de G. tras su paso por Morón de la Frontera.
– Deja al bicho, ya, cojones. Joder con el niño. Que no toques al enano he dicho.
– Pero es que yo quiero jugar con él, papa.
– O le dejas o te meto una chuleta que te jodo. A tomar por culo de aquí. Charo, a ver que hacemos con el bicho. Se ha cagado.
– Qué mono es. ¿Le adoptamos? No pongas esa cara, Pepe, no es para tanto. Los obreros nunca tenemos dinero para nada, pero para comer siempre habrá algo.
– Prefiero adoptar a un votante del PP. Mañana le vendo en la plaza.
Nota: Durante la conversación mantenida entre los dos humanos con bigote se pueden escuchar los quejidos de G. que, atado a una pata de cama, intenta escapar. Su enorme pene le impide coordinar los movimientos y se pueden oír los ruidos sordos que provoca al caer.
Documento sonoro número 2 rescatado de lo que quedó de G. tras su paso por Morón de la Frontera.
– Hay que joderse que tranca tiene el puto bicho. Será cabrón, me ha mordido.
– Pepe, hijo mío, le has aplastado el cuerpecito. Pobre criatura.
– Da igual. La tranca sigue como nueva.
– Anda, tira eso ahora mismo. Bestia.
Nota: Se pudo rescatar a G. de entre restos repugnantes de alimentos. Dentro de un cubo. No se pudo hacer nada por él. Se está preparando una versión mucho más avanzada de un G. más versátil y resistente. Será enviado a un núcleo conocido como monasterio de Silos.


oct 10 2011

En busca de la verdad

– ¿Se puede saber qué buscas?
– La verdad.
– ¿Crees que la encontrarás en un cajón revuelto? ¿Qué es eso? Madre mía, conservas esa foto. Deja que la vea de cerca. Qué recuerdos. Estás estupendo. Y yo parezco un niña.
– En un cajón revuelto se encuentra cualquier cosa.


sep 28 2011

Silencio

– Ha muerto.
– Es como mejor está. Venga. Agarra esa pala de una puta vez.
– Sigo pensando que todo esto es un exceso. Tal vez, un día, alguien sepa la verdad.
– ¿Los muertos hablan? Yo creo que no. Y tú también lo sabes ¿verdad?


sep 26 2011

Perspectivas

– Te odio. Detesto lo que representas. Y te deseo lo peor que alguien puede llegar a imaginar.
– Ni eres la primera ni serás la última.
– ¿Te sientes orgulloso de algo así? No tienes buen fondo. Eres muy malo.
– No, no me siento orgulloso. Pero te recuerdo que la que odias, detestas y pides una hecatombe, eres tú.
– No, si al final seré yo la culpable. Que cara más dura.
– Cada barco debe aguantar su vela. Son las reglas del juego, querida.


sep 19 2011

Una vida mejor y llena de éxitos

Antes de la última cena, los doce se sentaron alrededor de una higuera. Hablaron entre ellos, con tranquilidad, intuyendo una vida mucho mejor, llena de grandes éxitos. Sólo uno parecía ausente.
– A ti qué te pasa, J. Estás atontado. Bebe, anda, que tienes mala cara.
– ¿Mala cara? Esto no es nada con la que me viene encima.
– No exageres. Todo tiene solución. Ahora, hasta la muerte la tiene. Ya has escuchado al maestro.
– Me parece a mí que habrá que matizar algunas cositas.
Llegó el maestro. Antes de entrar en la tienda que acababan de montar, agarró a J. del brazo apartándole del grupo.
– Siempre has sido el más crítico de todos. Creo que mereces más que los demás. Efectivamente, todo esto tiene algo de circo. Conviene que no tentemos la suerte. Imagínate si alguno se caga y delata al resto o dice que soy un tal o un cual. No salimos de esta, fijo.
– O sea, que si me ahorco o algo estoy jodido ¿no?
– Bueno, tampoco hay que ponerse así. Es lo mismo que si me pongo a pensar que a mi me pueden crucificar. No te dejes llevar por la paranoia.
– Vamos a beber ese vinito que tienen estos. Será lo mejor.


sep 13 2011

Sencilla explicación de la situación económica actual

– Hay que joderse. Qué raras son las personas. Llevamos jugando con ellos siglos y no hay forma de acabar con esta plaga.
– Satán, Satán, Satán. No te enteras de nada. Te dije que mi jugada era una obra maestra. Eso de repartir esperanza nunca falla. Por más que les intentes desalentar van a seguir adelante. Hazme caso que para eso soy Dios. Mueve ficha, anda.
– Espera, espera. Estoy dudando entre una guerra cruel y despiadada o un poco más de libertad. Deja que piense.
– Satán, juegas muy mal, coño. Llevamos siglos de partida y no te enteras de nada. Si les das libertad pierdes el tiempo. ¿No ves que la que les di yo se la quitan ellos mismos? Se ponen a pensar, escriben cuatro libros y es como si no hubieras hecho nada. Prueba con desastres naturales o con un presidente norteamericano gilipollas. Es más eficaz.
– No me hagas líos. Eso ya me lo dijiste y no sirvió de nada. Ya lo tengo. Dinero, les voy a joder el rollo del dinero.
– ¿Lo ves? Ya vas aprendiendo un poquito. Venga. A ver que pasa. Pero te recuerdo que me queda la ficha de Dios, Uno y Trino. Luego no me vengas con que hago trampas ni nada de eso.

Texto cortesía de Gonzalo Ramírez Fernández


ago 18 2011

Punto y final

A María Papetti

– Falta un disco. El que compré el mes pasado. Y todos los recuerdos.
– Si quieres los tuyos tendrás que devolverme los míos. Y todo el amor que sentí por ti.
– ¿Amor? ¿De qué recuerdos crees que hablaba? Me refería a las fotos y cosas así.
– No me extraña que quieras dejarme. Somos de mundos diferentes.
– No, somos del mismo, pero te empeñas en decir tonterías y convertir las cosas en quimeras.
– Tu disco está en el mueble de la entrada. Donde lo dejaste. Junto a un sobre que te parecerá que está vacío, pero que está lleno de recuerdos. Adiós, querido. Adiós.



jul 17 2011

Así no. Nunca más.

Escuchaban música. Contigo aprendí. Él con las piernas apoyadas en la mesa de fumador. Ella leyendo. Un vaso vacío. Una taza aún caliente. Jamás había prestado atención a ese tipo de canciones. Ella, sin embargo, sabía de memoria lo que decía.
Con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá esperó a que acabase la canción. Pensó que le gustaría poder besarla en silencio. Rozando los labios para atraer el olor de su boca, sintiendo un aroma que le hizo renunciar a todo años atrás. Un gesto. Queriendo olvidar el lastre del reproche. Ya no importaban esas noches de sexo en las que se podían mezclar movimientos de animal con el amor auténtico. Un beso. Se revolvió en el asiento, bajó las piernas y miró hacia donde estaba ella.
Cerró el libro con cuidado. Resoplando sin hacer ruido y entrecerrando los ojos. No quería pasar por el momento de volver a decir que no era el momento, que no le apetecía. Ya había fingido suficientes orgasmos como para que no le resultara grotesco. Alguna vez, antes de que llegara él, entraba en el baño para ducharse y masturbarse sin permitirse llegar a un final deseado en soledad. Observó como se movía. No quería mirarle a los ojos.
– ¿Me besas, amor?
– No empecemos. Sabes que así no me gusta.
Él se levantó para cambiar la música. Prefirió escuchar canciones viejas. Las que le hacían recordar su juventud, la inocencia perdida. Las que le permitían recordar que una vez fue un tipo que podía sonreír con tan solo verla llegar para buscar un lugar en el que pasar una noche estupenda. Ella volvió a abrir el libro aunque no pudo leer. Tan sólo miraba las páginas pensando en qué momento dejó de ver en él a ese muchacho robusto y simpático al que juró amar hasta la muerte. Estuvo a punto de levantarse y ofrecerse allí mismo sin condiciones. Se imaginaba, tan rápido como podía, apoyando los brazos en la mesa para que sus manos agarraran sus pechos, para que buscaran su sexo, cómo se giraría y se arrodillaría para lamer su pene antes de pedirle que la penetrara. Pero él ya se iba. Le pareció que quería ocultar el rostro. Aunque arrastraba los pies al andar.