Un papel en el portal. Alguien lo ha dejado pegado a un cristal de la puerta de entrada. Garabateada una frase. La letra pequeña, casi histérica. La vida no da oportunidades porque lo hecho hecho está. Al salir, me he sentado a fumar un cigarro con tranquilidad. Me gustan los bancos de madera, esos que hay en la calle. La gente caminaba de un lado a otro, todo se movía sin apenas sentido. Una muchacha, antes de salir del edificio, ha leído el papel. Poco después, anotaba algo en él. No he podido resistir la tentación. El que no da opción eres tú, capullo. Estaba borracha. He ido imaginando lo que había pasado. A ella coqueteando con no sé quién. A él llegando para descubrir. Una discusión. Al día siguiente llamadas sin contestar. Desesperación, rabia, arrepentimiento. Podría haber imaginado la vida entera.
Mientras, el mundo se movía sin apenas sentido. Allí no hay ni preguntas ni respuestas.
En realidad, no existo como el resto de las personas.
Aparezco si tú miras la pantalla y lees durante un par de minutos. Dejas de hacerlo sin pensar en que vuelvo a la nada. Tal vez, alguien te sustituya en poco tiempo. O no.
Sin embargo, tú sigues siendo. Con algo de mí agarrado para siempre en algún lugar de tu pensamiento.
Esa es la condena y la grandeza de un escritor al que leen. Nunca ser. Ser para siempre.
Amar es difícil. Por sacrificado siempre. Muchas veces por ingrato. Otras por estéril. Dejarse amar, hacer lo necesario para que puedan querernos o devolver lo recibido a cambio, es casi imposible. No existe una vara de medir amores. Cada uno tiene la suya propia y nunca coincide con la que comparamos. Y es que el problema se apalanca tramposo en eso que llamamos pareja o familia o amistad. Nunca el amor funcionó como una soga uniendo dos partes. Queremos siendo uno; el amor es cosa individual. No hay recompensa por amar, ni trueques, ni facturas, ni descuentos por tener buen comportamiento. Amas y punto. Tú, a solas. Todo el que espera que el amado devuelva algo está perdido. Lo que llega será con la forma que otro elige, en el momento que decida sin consultar con nadie y lo hará llegar como pueda. Desde su amor, desde un amor muy distinto al nuestro; desde un amor que demanda esto y no aquello, que funciona mejor ahora que después. Dejarse amar es igual de sacrificado, ingrato o estéril que hacerlo. Ni damos lo que esperan ni recibimos lo deseado. Ni somos tan cicateros como quisiéramos ni dejan de amarnos cuando nos sobra eso que tanto nos entusiasmó, pero que ya no nos interesa.
El enamoramiento nos obliga a construir futuros inciertos y falsos. Luego, es la sensatez la que dibuja las cosas de forma diferente. Quizás más realista. Llegan las decepciones, los odios, los perdones, los olvidos, las distancias, el recuerdo. Ya ni amamos ni nos dejamos amar. Volvemos a lo que fuimos. Y lo camuflamos de tragedia horrible para enmascarar un error o un acierto que nunca queremos confesar. Creo yo que es eso y no otra cosa el triunfo de la sensatez. Pero sólo la de un lado. De la que entiende que el amor es cosa suya y no de dos.
Mi padre me pareció un superhéroe. Siendo niño, le veía llegar a casa desde la terraza. Corría y esperaba a que abriera la puerta sabiendo que me revolvería el pelo con las manos. El mundo se convertía en un lugar seguro. Era mi padre, del que podría presumir en cualquier lugar y del que podía esperar cualquier cosa.
Hoy, que conozco lo mejor y lo peor de lo que fue y arrastró durante su vida, hoy que puedo ser capaz de recordarle con trazos amables, imperfectos, finos o toscos; me sigue pareciendo un superhéroe. No sé si lo hago intentando defender todo lo que heredé de él, no sé si lo hago cegado por la devoción. No lo sé.
Quiero pensar que, tan sólo, es porque me indicó el camino que habría que transitar para querer. Para quererme a mí mismo, para no dejarme atrapar por un conformismo arrasador. Aquí se viene a ser algo importante. Para ser mediocre ya está el cielo. Que allí son todos iguales, me decía cuando algo no iba bien. Y para querer a otros. Si algo caracterizó a ese hombre fue su insólita capacidad para amar y hacer que te sintieras importante. De poco sirve querer si el otro no lo percibe; quien no se siente especial está muerto.
Aún no sé porqué razón he decidido agarrar la estilográfica para escribir todo esto. Quizás sea porque hace mucho tiempo que nadie me desordena el flequillo con las manos. Quizás sea porque le echo de menos. Sin más. El caso es que era necesario escribir. Y un padre siempre es una buena razón.
Llega el final del verano y con él la rutina que se había quedado agazapada tras la última queja, quizás envuelta en ese deseo de pasar unos días que lo iban a cambiar todo. Regresa la rutina del pensar que hay que hacer esto, deshacer lo otro, escuchar más, hablar más, mirar más, querer más. Porque la rutina es lo que pensamos cambiar y dejamos tal y como está. Una y otra vez. Sin remedio. Queremos escapar de ella sabiendo que durante un tiempo seremos lo que deseamos desde mucho tiempo atrás, veremos en otros lo que se perdió por el camino y creemos recuperar durante unos días. Es el momento de la fantasía. Pero se trunca al chocar con violencia contra la esclavitud que nos imponemos para parecer lo que no somos aunque nos permite ser. La dichosa imagen que hace de nosotros supervivientes de nuestro propio naufragio. Parezco esto, pero no lo soy. Triste.
Aunque siempre queda a salvo la posibilidad de confundir la rutina con lo que no lo es. Y ser felices.
En algún momento de la eternidad, en algún lugar del infinito…
- Tío Dios, tío Dios, ¿puedo jugar con tus cosas?
- Sí, sí, pero no revuelvas más de la cuenta.
- ¿Qué es esta caja, tío?
- Vaya, hacía mucho que no veía este juego. Me lo regaló tu, padre. ¿Lo ves? Aquí dice para Dios esperando que lo disfrute. De su buen amigo Satán. Juega con cuidado porque es muy antiguo y me gusta conservar las cosas.
- ¿Puedo jugar a las guerras, tío? Porfa, porfa, porfa.
- Esta bien, pero con cuidado. Las fichas que se vayan estropeando me las dejas aquí, a mi derecha, que luego las tengo que guardar en esa otra caja.
- ¿En esa?
- Sí, me gusta reciclar. Ah, y no dejes que se caliente mucho el motor. Cuando aparezca un dibujo con forma de seta te paras porque si no se estropea todo.
Otra vez. Aún no sabes si lo haces por una razón o por otra. Te descubres leyendo, intentando descubrir qué es cierto de todo esto, cómo se me habrá ocurrido escribir algo así, cómo lo hubieras hecho tú si hubieras pensado lo mismo, si me conoces algo mejor después de terminar el texto o si todo es una fantasía. Intentas descubrirte en alguna frase en la que buscas una intención que quizás no existe. Alguna vez te has visto entre líneas haciendo del texto algo tuyo, en alguna ocasión algo de lo leído te obligó a recordar lo que no te gusta de ti, de otros. Has llegado a pensar que un autor es, sobre todo despreciable, al ser capaz de relatar algo que le acaba de pasar, pero lo vuelves a leer y descubres con cierto enfado que no, que lo que dice es algo remotamente parecido. Sólo parecido. Yo no dije eso, piensas. Y, más tarde, recuerdas que nunca estuviste allí. Te ves reflejado. Nada más. Sin saber porqué.
Mientras lees, reflexionas llegando a la misma conclusión cada día, que si lo que cuento es verdad no te interesa y sientes pudor porque leer esto es lo mismo que mirar por el ojo de una cerradura. De la mía. Dibujas escenarios que sólo tú conoces creyendo que el autor pensó en ellos para hacer vivir a sus personajes. ¿Son personajes? ¿Es Guzmán el niño que represento en los textos? No lo sabes aunque alguna vez te lo preguntas. Y lo haces pensando en el fastidio que supone hacer algo tuyo sabiendo que es de otro. Mío.
Un gesto mecánico te coloca frente a unas líneas. Casi siempre a la misma hora. Más o menos. Miras el título y la imagen intentando adivinar lo que viene después. Lees despacio. Hubieras comentado lo dicho alguna vez aunque, no sabes si por un miedo absurdo o porque no tenías del todo claro lo que querías decir, no lo haces. Incluso lo tuviste escrito y no llegaste al final.
¿Qué buscas aquí? Entretenerme, piensas. Pero sabes que eso no es todo. Leer es un acto voluntario que lleva más allá. Lo que quieres es participar de un mundo ajeno en el que unas veces estás, otras no, en el que puedes intervenir porque eres dueño de hacer lo que quieras con él. Creer, pensar que es una idiotez, imaginar que existe tal y como lo dibujo o negarlo cuando deja de gustarte.
El texto se acaba. Hoy más que otras veces te sientes obligado a saber algo de ti. Es posible que seas un personaje más, tan real o tan falso como los que acostumbras a ver por aquí. Aunque sólo sea durante unos minutos te transformas en uno más, en ese que se sienta detrás de mí para poder mirar sin decir ni una palabra. El único que es fijo en cada texto. Y lo sabes.
El texto se acaba. Ahora es el momento de reflexionar.
Bar de copas. Una en punto de la mañana. Tres copas de media en el cuerpo por cabeza . Todos le parecen unos pijos de mierda. Pero mantiene el tipo. Una morena de ojos claros se acerca. Un bombón, piensa. No puede ser cierto, esto si que es triunfar, sigue pensando.
- Hola, me llamo Laura. ¿Trabajas o estudias?
- Hola, me llamo X., y trabajo, dice pensando que debería ser él quien hiciera ese tipo de preguntas tan idiotas (no deja de pensar, seguramente por efecto de las cinco copas que ha bebido. Siempre quiere estar por encima de la media).
- Ay, qué bien. ¿Cuánto ganas?, ella sonríe.
- Y tú ¿cuánto cobras?
Demasiado bonita para que hubiera sido normal, piensa. Levanta la mano delante de la cara del camarero. Otra copa, por favor.
Lo mejor que podemos hacer es asumir lo que nos pasa en esta vida como algo inevitable. Las cosas suceden y ya no pueden cambiar. La vida se llena de manchas, de parches o de zonas luminosas que se apagan con facilidad. Es absurdo que intentemos hacer desaparecer las cosas que nos molestan, que nos hacen sufrir o que tenemos por innecesarias. Nos guste o no, siempre quedaran de alguna forma en el lugar que ocuparon. Recuerdos, una cicatriz o un sonido susurrado que no dejas de escuchar. También es ridículo intentar que lo que más nos agrada sea eterno. Eso, lo mejor de la vida, termina siendo un recuerdo, una cicatriz o un sonido susurrado que no dejas de escuchar. Ambas cosas, si se las convierte en parte de un disfraz, nos hacen infelices, nos borran del escenario. Lo bueno es efímero, lo malo también. No podemos alargar o hacer más chico nada de este mundo. Cada cosa ocupa su lugar exacto, su tiempo.Negar nuestro entorno es lo mismo que arrancarnos de cuajo parte de lo que nos ha tocado ser. Las malas experiencias nos pueden hacer evolucionar para conseguir alguna cosa, poco antes, improbable. Y pudiera ser que las mejores vivencias nos convirtieran en seres mezquinos. La suma de todo es lo que nos dibuja con trazo grueso. Ser consciente de esto nos permite pulir ese dibujo basto para que lo esperado llegue. En otro tiempo, en cualquier lugar inesperado. Somos lo que queremos en la medida en que hacemos nuestras las experiencias; aparecemos cuando decidimos reflexionar sobre cada minuto malgastado. De nada sirve llenar el saco de un olvido mentiroso que rebosa miedo. Eso es el olvido fingido. Miedo. Estamos hartos de convivir con nuestros enemigos, con gente que te arrancaría la piel a tiras si pudiera, con un buen puñado de anormales a los que hay que aguantar porque tienen la posibilidad de hacer mucho daño. Sin embargo, no somos capaces de arrimarnos a nuestros fantasmas para enfrentarlos con calma, con sensatez. Siempre fue más fácil soportar a los demás que a uno mismo. Eso son los fantasmas personales. Uno mismo disfrazado de fracaso. Un payaso triste.Cualquier cosa que sucede es yo. Mis fantasmas son yo. En un lugar exacto, en un tiempo que no corre más aprisa al cerrar los ojos.Por eso escucho música a solas, leo encerrado en mi habitación o camino sin saber donde llegaré. Estar a solas me hace mirar una sombra movida por lo que soy. La mía, la que se refleja allá donde voy. Llena de manchas, de luces, de susurros.
Acabo de salvar la vida a una persona. Tenía intención de lanzarse al vacío desde un quinto piso y he conseguido que no lo hiciera. Trataré de contarlo sin utilizar adornos ni artificios literarios. Tal y como pasó. Nada más.He salvado la vida a mi vecino Cristóbal. Se jubiló hace un par de años, enviudó hace seis meses y en el sorteo que se celebró, ahora hace un mes, en la comunidad de vecinos le tocó en suerte ser presidente. Una mala racha la del pobre Cristóbal. Ha visto que estaba escribiendo en la cocina (como siempre) y ha querido aprovechar mi estado de perturbación mental transitoria para despedirse.
- Gabriel, hijo, hasta aquí hemos llegado. Me voy a tirar y que sea lo que Dios quiera. Lo ha dicho mientras se iba encaramando a un armario de cocina viejo que usa para guardar escobas y cosas así.
- Pero coño, Cristóbal, si lo tienes decidido hazlo desde la terraza que da a la calle. Acabas de arreglar el patio, hombre. Sería una pena con lo que nos ha costado. Además, está lleno de cuerdas y de coladas. Una de dos, o vas rebotando de tendedero en tendedero que impiden una caída limpia y terminas en una silla de ruedas, o los esquivas, pero acabas ensuciando las sábanas de la del cuarto y destrozando la obra que está de lo más curiosa.
- ¿Te parece que es un buen momento para bromear? Creía que me apreciabas.
- No bromeo. La caída desde la otra terraza supone una muerte segura, el batacazo tiene pinta de ser definitivo y los daños materiales los paga el ayuntamiento. No quisiera tener que cargar con una derrama ahora que llega la navidad. Y te digo esto porque te aprecio. No quiero que te quedes con cara de bobo delante de una enfermera alemana dándote cucharadas de sopita caliente mientras intentas decir algo coherente. He dicho semejante cosa mientras veía cómo Cristóbal apoyaba los pies en la barandilla y se agarraba al armario con una sola mano.
- Si quieres decir algo antes de caer hazlo ahora. Tengo papel y lápiz. Luego lo paso a limpio y se lo cuento a quien quieras.
- Sí, cuenta que esto lo hice para acabar con tanto sufrimiento. No aguanto más. Viudo, los hijos no me hacen ni caso, la cuenta del banco pelada y, encima, presidente de la comunidad. Eso no hay quien lo resista.
- Mira, Cristóbal, si tengo que escribir esto para luego contarlo mi reputación se irá al garete. Vas a dejarte caer por el balcón por la misma razón que el resto de los suicidas. No sé, podrías hacerlo por cuestiones más románticas, por un ideal que haga de la muerte algo bello, pero tener que hacer la obra otra vez por cuatro memeces no me parece buena idea. Eso no hay quien lo resista tampoco. Haz lo que quieras, pero yo me lo pensaría. Además, Arturo será el presidente cuando tú faltes. Todo tú trabajo no habrá servido de nada. Cristobal ha bajado el pie derecho hasta tocar el suelo. Me ha mirado fijamente. Yo fumaba apoyado en la pared de ladrillo visto.
- Hay que joderse, Gabriel. No me has hecho ni caso, te ha faltado venir aquí para darme un empujoncito, ha dicho al mismo tiempo que miraba en todas las direcciones buscando vecinos que observaran todo aquello. Creo que algo avergonzado.
- No te hubieras dejado caer. Quizás si tu verdadero problema fuera ser el presidente de la comunidad hubieras dado el paso, cualquiera en su sano juicio pensaría en la muerte ante ese panorama, aunque intuí que era el sustituto lo que te hacía dudar. La falta de dinero sabes que no es cierta y tus hijos no vienen porque viven a mil doscientos kilómetros de aquí. Y quieres seguir viviendo para recordar a Concha. Aún después de muerta es tu única compañía y pensar en ella te llena más que cualquier otra cosa de este mundo. Lloramos a los muertos convenciéndonos que lo hacemos por pena cuando, en realidad, lo que nos sucede es que recordamos los buenos momentos que pasamos junto a ellos. Recordamos para disfrutar. Lloramos de pura alegría. No he creído ni una palabra de lo que me ibas diciendo. No ha respondido. Sólo ha hecho un gesto para que le tirara el paquete de tabaco. Lo tiene prohibido desde que le diagnosticaron angina de pecho.
- La próxima vez que quieras suicidarte llama a la puerta, nos fumamos un par de paquetes de tabaco y no montamos este numerito.
- ¿Qué tal vas con la novela? Me ha dicho Silvia que andas dando vueltas a las cosas sin terminar de acertar.
- Esa si que va a ir por la ventana de un empujoncito. La novela, digo. Prometo avisarte el día que decida llenar tu obra con papeles garabateados.
Hemos entrado cada uno en nuestra casa. Sin despedirnos. La mala racha de Cristóbal sigue intacta, el recuerdo de su mujer (de los buenos momentos) sin novedad y mi novela corre peligro de muerte. Y ni siquiera es presidenta de la comunidad. Eso sería el colmo.
Las imágenes y archivos de audio y vídeo que aparecen en este blog han sido incluidos en él por motivos ilustrativos o didácticos, sin ánimo de lucro, bajo el término del uso razonable.