mar 4 2014

Cuatro paredes

El lugar en el que escribo.
Hoy es azul intenso, una caja transparente sin su cinta dentro -esa música que aprendí de memoria por si la llegaba a perder-, el olor que deja un cigarro abandonado, la urna en la que encierro la idea por llegar.
Un nuevo álbum de fotos en el que se amontona la vida, el entusiasmo de otros que agasajan con lo que pueden para parecer lo que desean. Un cuaderno nuevo que miro con la palabra en la palma de la mano.
El proyecto más loco de todos rodeado de los más locos de todos. Renovado entusiasmo que trato de trasladar. Recibido bajo una lente que engrandece.
Luce empapelado de lo verdadero, de lo que siempre queda. Lo efímero ya fue cepillado, barrido.
Rodeado de millones de frases trazo figuras en el aire. Escuchando.


feb 28 2014

50

Cincuenta años son muy largos para vivir. Insignificantes para tener que morir. Durante cincuenta años puede pasar cualquier cosa. Te alcanza lo mejor, lo prescindible, lo impensable, terremotos emocionales, la tranquilidad del sueño conseguido y, sobre todo, te alcanzas a ti mismo.
Antes corrías detrás del niño inquieto, del joven inmortal que tantas dudas mostró hasta aprender, de un adulto que debía cercar el futuro sin dejar huecos peligrosos. Antes corrías, pero ahora te esperas, ves cómo llegas con más de la mitad del trabajo ya hecho. Esperas tranquilo. Tal vez quede lo peor o lo más extravagante; quizás un éxito nunca deseado. Tal vez. Pero esperas, aguardas tranquilo. Y sea lo que sea que tenga que suceder será recibido con el ánimo suficiente.
Cumplo cincuenta años sin querer mirar a otro lugar que no sea lo queda, porque eso es eterno. La familia, las ausencias, los buenos amigos. Y mis cosas más íntimas. Lo pasado ya es poso que se arrastra sin remedio, que moldea hasta el último átomo. Aunque eso no debe pensarse; debe vivirse y con tanta intensidad como sea posible. Porque vivir es haber estado, haber sido, haber fallado o haber arañado unos minutos de felicidad a la realidad más hostil.
Cumplo cincuenta años sin gastar un solo instante en pensar lo que pudo ser. Prefiero seguir arrimado a lo que sí tengo.
Cumplo cincuenta años con alegría al mismo tiempo que celebro no cumplirlos. Un año más, falta un veintinueve para vivir la fiesta mudada de lugar.
Cincuenta años y los proyectos que siguen llegando, y las ganas de cambiar el mundo intactas; y la felicidad por seguir ayudando a los pequeños cada mañana con la ropa y la que se busca tratando de encontrar a los mayores donde toca. Compartiendo con ella la mitad del tiempo; tiempo que habrá que multiplicar por dos para tumbarnos frente al mar.
Cumplo cincuenta años sin renunciar a nada. Cumplo cincuenta años siendo yo.


feb 22 2014

Simular el olvido

Lo mejor que podemos hacer es asumir lo que nos pasa en esta vida como algo inevitable. Las cosas suceden y ya no pueden cambiar. La vida se llena de manchas, de parches o de zonas luminosas que se apagan con facilidad. Es absurdo que intentemos hacer desaparecer las cosas que nos molestan, que nos hacen sufrir o que tenemos por innecesarias. Nos guste o no, siempre quedaran de alguna forma en el lugar que ocuparon. Recuerdos, una cicatriz o un sonido susurrado que no dejas de escuchar. También es ridículo intentar que lo que más nos agrada sea eterno. Eso, lo mejor de la vida, termina siendo un recuerdo, una cicatriz o un sonido susurrado que no dejas de escuchar. Ambas cosas, si se las convierte en parte de un disfraz, nos hacen infelices, nos borran del escenario. Lo bueno es efímero, lo malo también. No podemos alargar o hacer más chico nada de este mundo. Cada cosa ocupa su lugar exacto, su tiempo.
Negar nuestro entorno es lo mismo que arrancarnos de cuajo parte de lo que nos ha tocado ser. Las malas experiencias nos pueden hacer evolucionar para conseguir alguna cosa, poco antes, improbable. Y pudiera ser que las mejores vivencias nos convirtieran en seres mezquinos. La suma de todo es lo que nos dibuja con trazo grueso. Ser consciente de esto nos permite pulir ese dibujo basto para que lo esperado llegue. En otro tiempo, en cualquier lugar inesperado. Somos lo que queremos en la medida en que hacemos nuestras las experiencias; aparecemos cuando decidimos reflexionar sobre cada minuto malgastado. De nada sirve llenar el saco de un olvido mentiroso que rebosa miedo. Eso es el olvido fingido. Miedo. Estamos hartos de convivir con nuestros enemigos, con gente que te arrancaría la piel a tiras si pudiera, con un buen puñado de anormales a los que hay que aguantar porque tienen la posibilidad de hacer mucho daño. Sin embargo, no somos capaces de arrimarnos a nuestros fantasmas para enfrentarlos con calma, con sensatez. Siempre fue más fácil soportar a los demás que a uno mismo. Eso son los fantasmas personales. Uno mismo disfrazado de fracaso. Un payaso triste.
Cualquier cosa que sucede es yo. Mis fantasmas son yo. En un lugar exacto, en un tiempo que no corre más aprisa al cerrar los ojos.Por eso escucho música a solas, leo encerrado en mi habitación o camino sin saber donde llegaré. Estar a solas me hace mirar una sombra movida por lo que soy. La mía, la que se refleja allá donde voy. Llena de manchas, de luces, de susurros.

feb 10 2014

Sobre la capacidad de amar

Lo extraordinario en la vida de un ser humano no es comer, o dormir, o soñar, o tener una fuerza notable. Eso, cualquier otro animal lo puede hacer. Lo extraordinario, lo que hace de la vida algo completamente extravagante, es la capacidad que tenemos para poder amar. La fidelidad de un perro con su amo no puede confundirse con el amor que una persona siente por otra. El instinto maternal de una fiera no puede compararse, jamás, al amor que una madre siente por sus hijos desde que los trae al mundo hasta que muere. Nada puede compararse al amor de un ser humano. Nada.
Lo extraordinario de nuestra existencia es que, llegado el momento, amamos hasta extremos inimaginables. Y lo podemos convertir en una obra de arte. Un poema, un lienzo o una mirada auténtica e irrepetible. Es en ese momento cuando la maquinaria comienza a funcionar.
Es por esto por lo que resulta (absurdo y, también, extravagante) que otros sentimientos (tan humanos y diferenciadores como el amor) son los que muevan el mundo. El odio, la codicia como falta de lealtad con la humanidad o la venganza (sirvan de pequeños ejemplos), son algunos de esos motores que hacen incomprensibles lo que sucede desde que el hombre es hombre. Un amor fallido, la rabia por no poder ser amado, la venganza ante una infidelidad, lo que sea que tenga que ver con ese amor primitivo y tan arraigado que nos limita el mundo peligrosamente, nos hace víctimas de lo mejor que tenemos.
Se ha repetido tanto esto que digo, se ha desgastado tanto la idea del amor como elemento imprescindible, que parece que no es cierta, que es cosa de cursis sin valor alguno. Sin embargo, es tan cierto que el amor es lo único que nos puede sacar del atolladero que nosotros mismos hemos creado, como que nunca lograremos esa justicia, esa igualdad entre todos los seres humanos que tanto anhelamos, sin poner por delante de cada cosa la dosis de amor necesaria.
Tal vez el problema sea que no sabemos hacerlo, que se nos quedó olvidada en alguna parte nuestra capacidad de amar o que, sencillamente, nos provoca angustia hacerlo al saber que acechan peligros que acabaran con un sentimiento que nos debería guiar desde el principio hasta el final. Tal vez el problema sea que amamos la cosa equivocada en forma de papel moneda, de vehículo o de joya. Quizás, lo más doloroso, sea que canalizamos nuestro amor y nos encontramos con muros insalvables que nos llevan a la desesperación para que aparezcan nuestras pasiones más bajas; esas que nos convierten en lo que nunca deberíamos. En animales parecidos a los animales.


feb 8 2014

Lejos de la escotilla

Hubo un tiempo en el que mi deseo fue llegar a ser un buen buscador de oro. Era un crío. No recuerdo la causa por la que renuncié a serlo. Me interesa poco. O nada. Más tarde quise ser conductor de autobús. Me parecía fascinante poder manejar un vehículo tan aparatoso. Creo que renuncié a la idea cuando vi que uno se bajaba para entrar en el baño de un bar con el dedo metido en la nariz. Así son los chavales. Se topan con la realidad, de buenas a primeras, y la decepción es grande. Y pasajera (apenas se queda un instante). También me rondó una extraña idea. Me gustaba mucho imaginarme en un submarino. Concretamente en la sala de máquinas arreglando motores (son los que en las películas ven morir desde la escotilla, sin remedio, a los compañeros o los que mueren siendo observados por el único que se salva. El orden podía variar dependiendo de donde me colocase en cada momento aunque reconozco que solía salir ileso de todo aquello). Por último, un buen día, tomé la decisión de dejarme llevar. Que sea lo que el destino me tenga reservado. Algo así supongo que se me pasaría por la cabeza. Y aquí estoy pensando en lo que el destino reserva a cualquiera de nosotros.
Una cosa es segura: todos terminaremos enterrados o metidos en un jarroncito que luego alguien vaciará llorando amargamente en nuestro bosque preferido. O nos meterán en una vitrina junto a la vajilla. Es esta una certeza que nos convierte en lo que somos. Es la compañía de una muerte segura lo que hace que cambiemos de rumbo, que lo equivoquemos con tanta frecuencia. Deseamos convertir lo efímero en eterno, dejar constancia de que por aquí hemos pasado haciendo algo grande. Nos gusta ver como se inunda la sala de máquinas desde una escotilla protectora. Siempre lejos de la muerte. Por ello nuestro destino se dibuja desde lugares que no nos corresponden y nos hacen más infelices. Porque el tiempo no se alarga y somos miedosos. Nos guste o no. Y por esa misma razón preferimos pensar en un destino agradable que nos abofeteará de forma inesperada provocando un dolor reservado mucho antes para esa ocasión. Nos guste o no, también.
Llenamos nuestra vida de destinos inventados. Cualquier destino sirve excepto el que nos lleva a la muerte. Pero casualmente todos los destinos acaban junto a la parca. Así que voy a seguir en mis trece. Prefiero dejarme llevar. Que sea lo que el destino me tenga reservado.
De momento voy a continuar escuchando la sinfonía número uno de Edward Elgar, tomando un refresco con mucho hielo y mirando la calle desde la ventana. Es lo mejor que se puede hacer después de pensar en la muerte. Eso o intentar mirar desde la escotilla todo lo que pasa alrededor. Y puestos a mirar prefiero la calle. Mejor desde la ventana.
Nos vemos al final del camino.


feb 3 2014

X + (Y/2-Z)= Novela

Lo que es un hombre o una mujer interesante puede que no tenga ningún atractivo. Saber qué es exactamente, qué significa ser interesante, toma importancia, como todo, de lo necesario, de lo que logre acercar a lo real. Y de su utilidad.
Hace unos días planteaba esa cuestión a mis alumnos del Liceo Europeo. Tengo por costumbre no confesar el objetivo de mis clases para que sean ellos los que se topen con él. Lo único que pregunté fue: ¿qué es un hombre o una mujer interesante?
Después de los primeros acercamientos (un hombre guapo, alguien con el que se pueda hablar de cualquier cosa, el que guarda un misterio que jamás enseña o el que mira sin que le puedas adivinar el pensamiento) fuimos avanzando hasta que llegamos a un par de conclusiones. Un hombre interesante es el que encuentras siempre un paso más allá por su capacidad de sorpresa y por una reflexión siempre más profunda que la tuya. La mujer interesante es una persona inteligente. Si los hombres se fijan en una dama y no es eso lo que ven (la inteligencia) dirán que está muy buena, nunca que es interesante.
Vale. Lo de menos es si las conclusiones eran las más acertadas o profundas. Son chicos y chicas de once años en adelante. Los mayores llegan a los dieciséis.
Lo importante era (como hacemos de forma habitual) pensar sobre lo que decimos y averiguar para qué sirve profundizar en aspectos cotidianos. Eso y cómo influye en el proceso creativo al escribir.
A veces un personaje demanda estar acompañado de otro que tenga unas cualidades determinadas. Por ejemplo, por alguien que sea muy interesante. Y si no tenemos claro lo que es, estamos perdidos. Si queremos perfilar un personaje interesante y nos sale un cretino vestido con trajes hechos a medida, el relato no funcionará en la vida. Porque el relato es personaje en la novela actual.
Escribir requiere un planteamiento anterior. Por qué, para qué y cómo. A pesar de todo, nos podemos encontrar con obstáculos inesperados cuando la trama avanza por caminos que no teníamos previstos. Y debemos estar preparados para resolver lo que nos toque. En definitiva, un escritor ha de saber de todo, tiene la obligación de pensar sobre el mundo. Mirar y pensar. Mirar y pensar. Sin descanso. Así se consigue, posiblemente, impostar una voz femenina en el caso de los escritores o al contrario.
Es casi una cuestión matemática. Si nuestro personaje necesita X hay que darle eso y no otra cosa. No algo que se parezca. No. Sólo sirve arrimarle esa X. Novela es igual a X más Y. Novela = X + Y. Sabiendo lo que es cada cosa el relato se desarrollará con más facilidad. Si alguno de los términos es difuso, está mal diseñado o falta, el resultado será que estamos escribiendo otra cosa diferente a lo deseado. La suma de las incógnitas (que iremos desvelando frase a frase) dará como resultado un texto coherente en sí mismo. Ya sé que la ecuación puede ser mucho compleja, pero, como ejemplo, creo que puede servir.
Y todo se llenó de sentido. Al escribir toda la experiencia toma sentido.
Ese era el objetivo último de mi clase.
Ahora saben que el día que definan lo que es un hombre o una mujer interesante tendrán una parcela enana del mundo algo más clara, que lo entenderán de otra forma y su escritura evolucionará porque lo hace su cosmos. Sólo eso. Todo eso.


ene 27 2014

El cambio de todos

Nuestra civilización está en plena decadencia. Y la razón fundamental por la que nos encontramos en esa situación es que hemos intentado cambiar el mundo, hemos querido modificar el universo entero, sin sentir la necesidad de cambiar nosotros mismos. Esto ya lo intentaron los romanos, los griegos o los faraones. El resultado, en aquellas ocasiones, fue nefasto. Igual de malo que el que nos espera a nosotros.
En occidente, concrétamente en Europa, está sucediendo algo que parece no preocupar a nadie y que, sin embargo, es lo único con lo que nadie contaba hace algunos años –cuando la idea de una Europa unida además de fortachona se iba moldeando- y se ha presentado sin invitación previa. La periferia. Está acomodándose y tiñendo todo lo que encuentra en su camino en el viejo y maltratado continente. Ya somos parte de su familia.
Todos aquellos países que esquilmamos en su momento, todas las naciones que pasaron largos años sometidas por los europeos; se han convertido en auténtico motores de la economía, en almacenes de nuevas espiritualidades (un valor bastante despreciado en occidente), en sociedades modernas. Porque aunque sean distintas a la nuestra, son modernas. En Europa todo lo que es distinto a lo nuestro se toma por atrasado y cosa de locos, por producto del fundamentalismo más canalla. Tal vez, sería conveniente revisar nuestra percepción del mundo porque ¿quién dice que la modernidad está representada por nosotros y no por ellos? Nuestra maldita soberbia no nos deja ver más allá de nuestras propias narices. Sea como sea, igual que a los romanos les invadieron y les vencieron; los países que eran periféricos y pobres, nos han invadido, nos están comprando a poquitos. Y lo peor de ese tsunami está por llegar. Eso sí, nosotros seguimos eligiendo traje de baño para estar guapos el día que la ola enorme llegue. Naturalmente, esa invasión a la que me refiero no es militar. Se trata de algo más pacífico aunque igual de demoledor. Se compran unos miles de millones de deuda soberana de los países a invadir, se ofrece a las empresas más poderosas que se instalen en los países invasores (eso sí, a precio de ganga para que allí trabajen cobrando una miseria y aquí juguemos al mus o algo) dejando la industria europea patas arriba y, como colofón, nos mandan unos millones de personas para que trabajen aquí (a precio de ganga, también) e instalen sus negocios en los que puedan vender toda clase de producto a precio de ganga y dejando sin opciones a los fabricados en Europa. La palabra clave es ganga. Supongo que ya estarán preparando grupos específicos expertos en mus para no dejarnos ganar ni a eso. Pero nosotros no nos preocupamos; nosotros a lo nuestro; nada de cambios porque somos lo más de lo más. ¿No hubiera sido más adecuado y más justo instalar nuestras fábricas en otros países para que la calidad de vida de allí se pareciese a la nuestra? ¿No sería más humano y más apropiado pagar lo mismo a un inmigrante que a un trabajador local para igualar las condiciones por arriba?
Quisimos cambiar el mundo desde la prepotencia, desde la desigualdad social, desde nuestras creencias religiosas (tan fanáticas como las lejanas, todo hay que decirlo); despreciando lo de otros, sin respeto alguno por lo que diferencia aparentemente a los seres humanos, pero que, sin embargo, nos hace iguales en lo profundo, en la esencia. Es curioso que, ahora, queramos mantener nuestros privilegios con los mismos argumentos y con la misma actitud. Por no cambiar, no hemos cambiado ni eso. Quisimos cambiar el mundo sin evolucionar nosotros mismos o haciendo evolucionar todo hacia nosotros para que fuese a nuestra imagen y semejanza. Nos dijeron que eran más salvajes, que sus dioses eran pequeños ídolos sin importancia, que estaban lejos, que nunca podrían salir adelante sin nuestra tecnología, sin nuestro dinero, sin nuestro talento para hacer o deshacer. Nos dijeron que éramos intocables. Y, por supuesto, nos creímos el engaño.
Sin embargo, ahora, siendo como siempre fuimos y sin ánimos de cambio, nos encontramos en la cola del pelotón. En la periferia. Ya sé que un buen número de países quisieran estar la mitad de bien que nosotros, que tienen un índice de pobreza que debería hacernos sentir vergüenza, unos niveles de analfabetismo exagerados y que sus dirigentes son corruptos y opresores. Eso ya lo sé. Pero me temo que las diferencias se acortan. Ya veremos si, de aquí a unos años, no prefieren quedarse como estén en lugar de parecerse a nosotros. Nuestros pobres son, cada día más pobres; nuestras clases medias tienden a desaparecer; estudiamos aunque nos enseñan cosas que nos impiden ver el mundo con claridad; nuestros políticos son tan corruptos como los de las repúblicas bananeras (la diferencia es que visten algo más formales).
Hemos confundido la evolución de las personas con los avances técnicos, hemos olvidado lo importante del ser humano para centrarnos en las máquinas, en el dinero y en la posesión de cualquier bien material. Hemos olvidado la felicidad, la solidaridad. Lo fundamental. Y estamos en la periferia por ser tan zoquetes. Cuando en una sociedad los ancianos mueren en las residencias más solos que la una es que algo no va bien. Cuando una sociedad se conforma con imitarse a sí misma todo termina siendo una caricatura. Olvidar los orígenes es mortal para cualquier civilización. Lo mismo ocurre perdiendo esa capacidad de búsqueda del sentido de nuestra existencia. No recordamos que nuestra función en este mundo es lograr que el ser humano sea más y mejor. Pero, sobre todo, nos hemos olvidado de cambiar, de buscar y buscarnos como personas. Ese es el cambio importante y no el del dólar.


ene 19 2014

No escribir

Sólo conozco un placer similar al que produce sentarse frente a un papel en blanco con la intención de escribir. Ese es, ni más ni menos, el que produce no hacerlo.
Cuando hay algo que contar; cuando el mundo se convierte en una centrifugadora funcionando a toda máquina que hay que detener con rapidez; cuando el trazo es ligero porque busca una meta exacta; la escritura se convierte en un placer que sólo los que lo han experimentado alguna vez pueden llegar a entender. Pero cuando el tono es impostado, lo narrado una imitación de lo escrito un millón de veces ya; cuando lo buscado es la lectura dócil de sujetos sin criterio; la escritura se convierte en una tortura difícil de soportar para el escritor. Es la guadaña que acaba con los pilares del artista. Seguramente, para los que dicen serlo sin saber que no lo son ni lo serán jamás, es un divertimento que arrancará cierto alborozo entre amigos y familiares. Seguramente.
Si hay algo malo en el universo de la creación literaria es ese afán por decir cualquier cosa, hacerlo pasar por literatura, y esperar a ver si cuela. Y ya no hablo sólo de escritores. Se puede decir lo mismo de los editores. Supongo que, desesperados, lanzan al mercado cientos de títulos buscando una suerte que nunca llegará por falta de calidad en la obra, falta de promoción de la misma o una distribución de los ejemplares cicatera e insuficiente.
Dejar de escribir no es síntoma de menor capacidad de fabulación, ni de falta de ideas. Creo yo que tiene más que ver con la tranquilidad del escritor, con un mundo que se mantiene ordenado y aseado sin causar grandes problemas. Es desde el desconcierto, desde las ruinas de la propia realidad del escritor, desde donde llega la necesidad de escribir. No quiero decir con esto que el dolor provoca una gran necesidad de escribir, que también; a lo que me refiero es a que el mundo se desmorona (por cualquier causa, incluidas las más amables) y hay que reconstruirlo.
Escribir es una de las actividades más excitantes que un ser humano puede realizar. Escribir, sin ton ni son, la tortura más destructiva. Por eso no escribir es tan gratificante como hacerlo.
Ojalá lean esto los cientos de personas que no saben, todavía, que hacer literatura es bien distinto a gustar al lector, a contar cualquier majadería o a desahogarse vomitando lo primero que viene a la cabeza (eso es cosa para el diario; sí, el librito con candado).
y, ahora, silencio, por favor.


ene 2 2014

El nombre de las cosas

Es curioso cómo el nombre de las cosas afecta al que lo conoce. Una palabra, un puñado de sílabas, puede generar cierta tranquilidad si con ello damos sentido a algo. Si, por el contrario, no sirven el efecto llega a ser perturbador. Lo desconocido se teme, engendra inquietud.
Pienso, al decir esto, en los enfermos. Es más llevadera la dolencia si la podemos llamar de algún modo. El que se muere, el que sufre, quiere, necesita saber la razón, bautizar el dolor o el terror. Alguien se encuentra mal y siente que nombrando el motivo podrá explicarse su estado. La desazón de no limitar la enfermedad con su nombre es grande. Carecer de una agarradera que se pueda decir nos obliga a pensar que el problema somos nosotros mismos.  Eso es algo insoportable para el ser humano. Es mejor morir destrozado por un cáncer que desaparecer del mapa porque sí. Cada cosa, sea su naturaleza la que sea, ha de tener su propio nombre para que nos las podamos contar, para explicarnos qué ocurre con y en nuestro mundo.
Pienso en los que sienten una tristeza profunda y no encuentran algo a lo que achacar un tiempo enrevesado y lleno de espinas. No hay nada peor que sentir el peso de la vida entera sin poder nombrar la razón. Tal vez, la tristeza es ese estado de ánimo que derrumba vidas porque no encuentran el nombre que define el mal. Estar triste es relatarse la vida sin título. Encontrar la palabra significa que el problema se encuentra acotado y fuera de nosotros, que es otra cosa, que no eres tú. La culpa en otra cosa, en otra persona. En occidente tendemos a buscar el problema fuera (lo arrastramos después de creer en ese pecado tan cristiano y tan asentado entre nosotros, soportado hasta por los más alejados de la religión). En el oriente asiático hacen justo lo contrario. Tienen asumido que el inconveniente, por enorme que sea, es cosa de uno, interior y sólo interior. Podría parecer que es cosa de mirar desde otro lado, cosa de despreciar esto o aquello, de valorar más algún aspecto. Aunque me temo que el nombre es lo fundamental. Esa palabra y lo que representa. Esa palabra dibujando el símbolo que todo esconde.
A veces tenemos a mano la palabra deseada, pero la negamos. Y eso es lo mismo o peor que la ignorancia. Un nombre nos lleva de un lado a otro; un nombre nos ayuda a confiar o a sentir un absoluto rechazo. Lo que sea, pero consiente cierta libertad (lo que creemos que es) para adoptar una postura.
La incertidumbre es paralizante, causa terror, motiva crisis personales. Y no queremos afrontar que lo necesario es saber qué somos, qué hacemos metidos en este enorme embrollo; que el resto de la realidad es lo que nos permite explicar eso mismo, la realidad, aunque nunca a nosotros mismos.
Todo se llama yo, todo funciona por yo. Yo colorea, detesta, sufre o hace enormes el resto de palabras. Yo significa todo; yo significa universo.
Hasta que no entendamos esto estaremos condenados a no morir en paz, a no asumir lo mejor de nuestro mundo (nosotros mismos). Porque la peor de las tristezas, tal vez la única y verdadera, es no saber nombrar lo que somos.


dic 30 2013

Pequeña reflexión sobre el aborto

Hablar del aborto es difícil. Generalmente, incluso el que pretende aportar un punto de cordura en; por ejemplo, un debate, una charla entre amigos o un blog como este; suele poner enfrente a casi todos. Ya sea por una cosa o por la contraria; el aborto es un problema con el que no es fácil manejarse bien sin crear polémica. Primero porque el aborto tiene mucho que ver; en unos casos con cuestiones íntimas, creencias, con el mismísimo Dios; y en otros con la libertad individual, con los derechos de las personas. Claro, todo esto es sagrado; y, cuando digo todo, me refiero a todo sin excepción. Por otra parte, son muchos los que pretenden pontificar en cuanto abren la boca. No parece que este asunto acepte bien las imposiciones, ni los desaires, ni los argumentos torticeros o manipuladores, ni los insultos o, peor aún, las acusaciones gravísimas que suelen producirse. Si a esto le sumamos que la opinión masculina aparece siempre en charlas, discusiones o debates y que nunca fue bien aceptada por las mujeres o por buena parte de ellas, tenemos un cóctel peligrosísimo que conviene manejar con sumo cuidado. Sobre esto último que digo, sobre la opinión de los hombres, quiero hacer algún matiz. Es verdad que los varones nunca podremos entender totalmente qué sucede cuando una mujer queda embarazada, qué le lleva a querer interrumpir ese embarazo, qué se siente en un caso u otro. Eso es verdad. Tan verdad como que las opiniones sensatas que buscan caminos más fáciles de transitar deben ser bien recibidas. No hay que olvidar que la tragedia del aborto toca, si quieren de forma tangencial, a los dos que forman la pareja. Si quieren a familias enteras. Otra cosa bien distinta es que, desde las cavernas, el hombre ha tratado de imponer su criterio, por las buenas o por las malas, en este asunto y en todos los demás. Eso no puede consentirse. Una opinión que busca soluciones, sí.
Alguna vez he dicho que debemos ser especialmente cuidadosos con el lenguaje. Expresar una idea sobre el aborto debe producirse desde la delicadeza más absoluta, desde la tolerancia y desde el querer mejorar nuestra condición humana. Pienso en esos a los que se les llena la boca al decir que están en contra del aborto, despreciando a los que, según ellos, están a favor. Hay que ser muy cretino para pensar que alguien está a favor de algo así. Todos, todos sin excepción, estamos en contra del aborto. ¿Hay alguien en este mundo que esté a favor de crear un trauma, una tragedia o un problema que, sin duda, deja secuelas? Todos estamos en contra. Claro que sí. Del mismo modo, por la misma razón, los que gritan que están a favor, lo que hacen es dar un espectáculo patético. No saben ni lo que dicen. Habrá que suponer que reclaman una regulación, la libertad para decidir por parte de las mujeres o cualquier otra cosa que tenga sentido. Pero ya les digo que no están a favor de nada. Pues bien ya tenemos un punto de encuentro en el que nos encontramos todos. Sin saberlo, sin desearlo (los hay que están atrincherados y no hay forma de moverles), estamos todos en el mismo lugar. Qué cosas.
Lo que escuchamos sobre el aborto en algunos ámbitos resulta doloroso, irritante. Acusaciones de ida y vuelta, casquería y truculencia al referirse al feto, insultos. Esto, cuando se produce en un plató de televisión, es una irresponsabilidad desproporcionada. Son millones de personas los que asisten al espectáculo y eso supone que las ideas, de unos y otros, pueden radicalizarse de forma violenta. ¿Cómo alguien puede acusar a las mujeres que abortan de frívolas? ¿Cómo puede alguien pensar que las mujeres abortan por capricho, sin razón alguna? Pues estas cosas se escucharon en un debate televisado hace unos días. Que en el mundo hay idiotas ya lo sabemos. Que las mujeres, en general, no lo son es otra cosa que tenemos como certeza. En ese mismo programa, intervino una mujer que afirmaba que la gran víctima era el feto hecho trozos, pedazos. No sé las veces que pudo repetirlo haciendo hincapié en el detalle macabro. Sangre, sangre y casquería para dar fuerza a un argumento que debería sostenerse sin adornos ni envoltorios. Esto es un pequeño ejemplo aunque hay muchos más. Tal vez lo más extravagante que he leído en los últimos días son las declaraciones de doña Alicia Latorre (Presidenta Nacional de Asociaciones Provida de España) que dijo que la masturbación es una forma de aborto, también. Muy aristotélica ella, hablaba de la vida en potencia que traslada un espermatozoide en busca del óvulo. Chocante. Es como decir que talar un árbol es abortar porque el árbol generará oxígeno para que podamos vivir y sin ese árbol no daremos la opción a todas las personas que podrían poblar el planeta. En fin.
¿Dónde estamos colocados cuando hablamos del aborto? Me temo que no hay posturas intermedias. No cabe coger esto de un lado y esto del otro para instalarse en un lugar cómodo y coherente. Los que creen estar en estas circunstancias suelen ser los que no se han planteado el problema con seriedad, bien por miedo, bien por pereza, bien por creer que este asunto no va con ellos.
Una de las aristas que nos sitúa en un lugar u otro –al menos eso creen muchos- es determinar en qué momento hay vida o no la hay. Los científicos no logran ponerse de acuerdo. Esto ya dice mucho. Existen cientos de documentos en los que afirman no poder saber algo así, el momento en el que el feto es humano en plenitud. Por supuesto, los científicos católicos más radicales dicen que sí, que ellos lo saben, que en el momento en que se fecunda el óvulo ya hay vida humana. Porque tiene alma, porque lo dice el magisterio en varias encíclicas. Pero esto es suponer, creer, querer creer, desear que así sea. Es posible que también afirmen que Dios existe con rotundidad pasmosa, que María fue virgen sin lugar a dudas, que resucitaremos y alguna cosa más por el estilo. Todo afirmado desde la religión, desde la fe. De ciencia, nada. Nada criticable, por cierto. Además, no todos los científicos católicos dicen lo mismo. Estos sí presentan dudas. Es decir, que entre los que no saben, los que no están seguros y los que afirman sin una sola prueba objetiva, se forma un grupo muy homogéneo. Nadie es capaz de dar respuesta a la pregunta. Otra curiosa coincidencia. Van dos.
Gran parte de la batalla dialéctica se libra en este territorio. Cuándo hay vida humana. Desde el principio. Más tarde. Menos. La Iglesia está encantada, claro. Si alguien pudiera demostrar que la unión de cuatro o cinco células representa vida humana, el discurso de casi todos tendría que modificarse. Si fuera al revés sucedería lo mismo. Pero, como de momento, eso no parece que vaya a pasar, discutir sobre estos supuestos desgasta mucho y nadie puede demostrar que no tengan razón. Pero, claro, la pregunta es si los niños que mueren de hambre a diario en el mundo entero son personas humanas. La respuesta es sí. Pero aquí la batalla se presenta de otro modo. La doble moral con la que funcionamos es insólita y vergonzante. Peleamos la vida sin saber que lo es y dejamos que mueran los niños mientras nos excusamos con el dichoso no puedo hacer más.
Otra arista que coloca a cada uno en un lugar u otro –ya veremos si es así o no- es el derecho a decidir de las mujeres, la libertad personal de cada mujer. Ese derecho podría chocar frontalmente con el del feto. Pero, desde luego, la mujer es persona y, por lo que parece, ni siquiera sabemos si el feto lo es (otra cosa es que lo creamos). Esto elimina cualquier duda sobre una posible fricción de esos derechos. Por todo esto, la ley de plazos del año 1985 parecía que atinaba y aliviaba mucho el problema. ¿Y las libertades? Nunca fuimos justos (los hombres) con las mujeres respecto a sus libertades. Los curas tampoco (son hombres aunque algunos quieran ser divinos). Les recuerdo que hace unos días el Arzobispado de Granada (una empresa vinculada con él) ha editado un libro titulado Cásate y sé sumisa. No hacen falta comentarios. Sin embargo, unos dicen que regulando el aborto quieren dar la opción a la mujer a elegir y otros que prohibiéndolo quieren ayudar a todas las mujeres de este mundo. Al final, todos quieren ayudar a la mujer. Lugar común. Otra vez muy juntitos.
¿Puede, debe, el Estado formar las conciencias de los sujetos? ¿Puede, debe, el Estado decidir si un feto con malformaciones incompatibles con la vida o que convierta esa vida del niño y su familia en un infierno, debe nacer? Aquí soy tajante. No, no y mil veces no. Nunca. Entre otras cosas porque la mujer no es un recipiente de fetos que suministre mano de obra al país y sí una persona libre con todo el derecho a decidir. Y entre otras cosas porque el Estado no puede formar conciencias ya que esto supondría llegar al pensamiento único, al desastre cultural e ideológico. Las conciencias son de cada cual. Por cierto ¿cómo es posible que un gobierno se lleve por delante las ayudas a la dependencia y que, al mismo tiempo, nos cuenten que hay que hacerse cargo de una nueva vida condenada al sufrimiento propio y ajeno? Los políticos no quieren ver que, al final, convierten todo en cosa de ricos o en cosa de pobres.
Ya sé que todo esto es poca cosa y que hay cientos de especialistas que podrían profundizar mucho más en cada aspecto. Lo sé. Pero me parecía interesante buscar y encontrar puntos en común para avanzar en el debate sin lanzar los trastos a la cabeza de nadie. Es vergonzoso lo que sucede en los medios de comunicación. En un plató de televisión se puede sentar cualquiera y vomitar cuatro ideas mal estructuradas. No hay derecho. Algunas cosas no pueden escucharse sin sentir la necesidad de agarrar la estilográfica y escribir algo que sirva para ordenar ideas. Aunque sólo sean las propias.
Podría seguir escribiendo, pero no quiero aburrir a nadie. Supongo que con sus comentarios se irán completando y complementando las reflexiones que he iniciado.
Feliz Navidad.