ene 22 2012

Retina

Lo primero que hago cuando conozco a alguien es observar sus movimientos, la expresión de la cara al decir esto o aquello; intento ver un poco más allá de lo que muestra. Y lo hago buscando una palabra que represente lo que voy viendo.
He conocido personas que a los pocos minutos eran un ajedrez, la maternidad, una escalera de caracol o el océano. Si alguna vez pensé en una acuarela la persona que tenía enfrente supongo que era de carácter suave, mostraba la tranquilidad de un mar pintado con cuidado, sería una persona que no enseñara los límites, que me dejara instalarme en la cercanía de un gesto sincero, auténtico. Acuarela es una palabra que me gusta especialmente desde niño. Creo que he buscado acuarelas desde antes de nacer. Me hubiera encantado ser una que representara una tormenta de verano.
Miro mi reflejo en el vidrio de la ventana. Nunca he imaginado la palabra que me corresponde. Pienso mientras fumo. Tomo notas en el papel cuadriculado. La intuición no sirve. Hay que pensar, despacio. Escribo una, dos, hasta tres que pudieran ser. No terminan de encajar. ¿Qué represento? ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? Pienso.
Intuición. Un poco más allá. La parte de atrás de las cosas. Saber que el peligro acecha detrás de eso que veo. El olor de los colores. Luces y sombras. Imaginar es vivir. Hombres que caminan con el ritmo de mi pensamiento. Nada está donde debería. La forma de las ideas. Intuición. Intuición. Ver. Más allá. Mirada. Mi vida reposa en mi mirada. Todo es una obra de arte. Todo se puede convertir. Mirada.
Y enciendo otro cigarro. Esta vez sonriendo. Ya sé. Por fin tengo mi propia palabra.


ene 19 2012

Lejos del enjambre

Hoy he comido solo. Asomé la cabeza en un par de sitios que me parecieron enjambres. He visto una pequeña tienda de ultramarinos, de las de toda la vida, de esas en las que se respira un aire cálido y húmedo, en las que huele a legumbre vieja. Todo en esos sitios es viejo. Compré un paquete de galletas. También de las de siempre.
Comer sentado en un banco. No recuerdo los años que han pasado desde la última vez. Seguramente era estudiante y comía cualquier cosa en la calle para sisar unos duros de lo que me daban mis padres. Entonces lo hacía en compañía. Éramos ejército de pobres estudiantes.
Hoy, sin embargo, he comido solo.
Mientras mordisqueaba las galletas leía un libro de poemas. René Char. Si estar sentado en medio de una calle de Madrid, con el traje azul marino recién sacado del tinte y los zapatos limpios como la patena, te hace sentir extraño, leer poesía al mismo tiempo, te convierte en figura de mármol caro.
En un restaurante, comer solo es triste. Siempre me lo pareció. Hacerlo en la calle y aprovechar para leer un rato es estupendo.
Me dieron ganas de quitarme la chaqueta y los zapatos, tumbarme y cruzar las piernas a la altura de los tobillos. Sólo me quité el abrigo.
Mucho frío.
Y me he sorprendido suspirando. Poco antes había dejado el libro sobre el banco y había apoyado bien la espalda contra el respaldo de madera. Suspirar. “Y cada suspiro / un remanso / del grito” . Eso es lo que García Lorca decía.
¿Qué grito reposa en los míos? Eso es lo que no dejo de pensar mientras escribo. Quizás tan sólo sea el remanso de la imagen de los restaurantes que no me han gustado y no he convertido en grito de angustia, de la gente apretada para poder comer rápido que han quedado grabados como si fueran una piara, remanso de lo bien que me encuentro sentado bajo un sol que acalora más de la cuenta y que tampoco puedo verbalizar porque no quiero que exista nadie más que yo. Quizás sea eso. Quizás sea otra cosa que de momento no quiero saber.


ene 17 2012

La sensibilidad oculta

Tuve un alumno (hablo de diez años atrás) que no sabía que su sensibilidad era parte importante de sí mismo. La tenía, la escondía, cuando hablaba con otros muchachos se mofaba de todo aquello que pudiera oler a sensible. Durante meses estuvo haciendo esfuerzos para que nada de su zona más íntima pudiera aparecer en público. Yo iba leyendo lo que escribía, sospechando que aquel hombretón que jugaba al rugby, que trataba a las chicas con cierto desprecio y que cuando escuchaba poemas bajaba la cabeza, escondía algo.
Una tarde, salvo que recuerde mal aproveché el día en el que estaban todos sus compañeros presentes, le hice leer un poema. Emily Dickinson.
Él era débil y yo era fuerte,
después él dejó que yo le hiciera pasar
y entonces yo era débil y él era fuerte,
y dejé que él me guiara a casa.
No era lejos, la puerta estaba cerca,
tampoco estaba oscuro, él avanzaba a mi lado,
no había ruido, él no dijo nada,
y eso era lo que yo más deseaba saber.
El día irrumpió, tuvimos que separarnos,
ahora ninguno de los dos era más fuerte,
él luchó, yo también luché,
¡pero no lo hicimos a pesar de todo!
Terminó la lectura como buenamente pudo. Sin levantar la vista del libro me preguntó si podía salir de clase. Claro que no, le contesté. Para una vez que no estás imitando a un mal actor de película estúpida, me gustaría tenerte por aquí.
Una alumna, posiblemente una de las chicas más inteligentes que ha pasado por una de mis aulas, levantó la mano para poder hablar. Me gustas mucho más así de colorado y con la piel de gallina. Javo, así se llamaba don duro de pelar, me miró. Apenas sin poder contener las lágrimas por la ira me dijo que eso no se hacía. Dejé que pasara un minuto sin decir nada. Lo que no se puede hacer es aparentar lo que no se es. Tener sensibilidad, revolverse en la silla cuando te emociona no es cosa de mujeres. Y deberías estar muy orgulloso de poder leer a esta señora y sentir que cada palabra está en el sitio justo para que tú sientas algo. Deja de ser tan zopenco. Además, Javo, el próximo partido puedes entrar al contrario con la misma violencia. No sería bueno que te pusieras el tutú para jugar. Cada cosa a su tiempo. Hubo risas y el chaval se sentó en su silla con la sonrisa en la boca. Por supuesto esto creó cierto revuelo entre mis alumnos y, supongo, que se comentó en muchas ocasiones.
Es algo habitual que estas cosas ocurran y es algo habitual que, cuando un hombre dice esto sin problemas, las mujeres crean haber encontrado un bicho extraño por el camino. Todos tenemos esa parte sensible (a veces confundida con la sensiblería y lo cursi). Sólo hay que buscar, agarrar y tirar en el momento preciso.
Todo esto lo cuento porque me dicen que Cristina me lee. Yo no lo sabía y dado que mi número de lectores es tan bajito es algo imperdonable. Me sé nombre apellidos, número de teléfono y, en algún caso, talla de pantalón. Me dicen que vive en Valencia. Y que le sorprende encontrar entradas que no esconden esa sensibilidad tan prohibida a los hombres.
Pues ya sabe Cristina y toda mujer de este mundo lo que tiene que hacer. Buscar, agarrar y tirar. Y, sobre todo, no creer que su marido, su novio, su amante o lo que sea, cuando piensa lo hace en el trabajo, en el fútbol o en cómo cambiar de coche. Les aseguro que sufren si ustedes no les hacen caso, o si se sienten despreciados y si ustedes insisten en ponerse guapas para salir con las amigas y andar por casa hechas un asco. Y les aseguro que sus queridos maridos se emocionan con lo que escuchan, con lo que ven y, sobre todo, con lo que sienten (concretamente por ustedes). Al fin y al cabo, somos personitas de carne y hueso.
Eso le pasa al marido, novio, amante o lo que sea de cualquiera. Así que manos a la obra. (Si alguien puede que avise a mi señora esposa).


ene 16 2012

Lo fatal de descubrir

El muchacho abre el libro y se encuentra con su poema. Nunca pensó que algo pudiera decirse mejor, que nada pudiera estar escrito para él, solo para él. Lee despacio para encontrarse con un incierto futuro que antes le convertía en inmortal. “Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,/y más la piedra dura porque esa ya no siente,/pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,/ni mayor pesadumbre que la vida consciente. “ Lo vulnerable aparece entre una declamación que quiere ser perfecta, reflejo del propio Dario. La muerte toma forma desde la vida. Hace que se retuerza la mente. Descubre que ser escritor significa ser honesto con las miserias, mirarlas como si fueran los únicos tesoros. “Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,/y el temor de haber sido y un futuro terror…/Y el espanto seguro de estar mañana muerto,/y sufrir por la vida y por la sombra y por/lo que no conocemos y apenas sospechamos,/y la carne que tienta con sus frescos racimos,/y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,/¡y no saber adónde vamos,/ni de dónde venimos!…” Se siente diminuto, atacado por lo inofensivo. Lo bello es cuento de hadas.
Se levanta y camina deprisa hasta la habitación que está al final del pasillo. Intenta respirar con calma, como lo haría una persona adulta que ya lo tiene pensado todo o que no ha pensado nunca una sola idea. Otro muchacho, algo mayor que él, le mira sonriendo. Todos tenemos la obligación de morir, la obligación de mirar de frente a un destino oscuro, le dice. El muchacho comprende. Y ahora ¿qué puedo hacer?, contesta sin fingir el miedo. Dibuja tu vida, la que quieres que sea, procura que todo sea como imaginas, fabrica una vida a medida, dice con calma. El muchacho cree entender. Regresa repitiendo los versos que ha logrado memorizar. No sabe qué puede cambiar, ni cómo hacerlo. No entiende lo que sucede.
Se sienta. Toma papel, lápiz. Comienza a escribir. Ahora, la muerte toma una forma prestada desde otra vida que explica.


ene 15 2012

Redes sociales: el gran lío

Las redes sociales son fascinantes. En su interior ocurren algunas cosas inexplicables en las que pienso regularmente.
Por ejemplo, no me explico los grandes amores que se prometen eternamente los usuarios. Me refiero a la cantidad de veces que uno puede leer te quiero mucho, eres lo mejor que me ha pasado en mi vida o sin vosotros el mundo no tendría sentido. Los amores más convencionales son otra cosa y no estoy al corriente de ellos aunque se producen con frecuencia hasta donde yo sé. Ni, por supuesto, del cibersexo que mantienen unos y otros. El caso es que gentes totalmente desconocidas entre sí se aman o follan a través de la red. Me temo que nunca en la historia de la humanidad la carencia afectiva con la que el ser humano se mueve por el mundo fue tan patente. Ya les digo yo que si esto de las redes sociales hubiera estado al alcance de los hombres de la edad de piedra el resultado hubiera sido idéntico. Las cavernas se hubieran llenado de rincones iluminados por el reflejo de las pantallas, los cuarenta habitantes de quinientos kilómetros a la redonda se hubieran gustado mucho más a través de un ordenador que mirándose a la cara. ¿Qué pasa en el mundo para que encontremos algo donde no hay nada o una gran mentira o un sueño completamente imposible? ¿Cómo es posible que frente a un ordenador se ame, se sufra, se lleguen a tener ganas de tirar todo por la borda por algo que no podemos tocar? Creo yo que la cosa es seria. Mucho más de lo que los usuarios de estas redes sociales estarían dispuestos a admitir.
Un hombre llega a casa y está deseando contar a sus amiguitos virtuales cómo le ha ido en el trabajo. Pues vale. Pero ya no vale tanto si en la habitación de al lado, su mujer hace lo mismo con los suyos. Un hombre es capaz de escribir cosas en la pantalla que nunca sería capaz de decir a una persona mientras tomase una copa. Una mujer muestra ese amor que siente por las cosas sólo a través de una red social. ¿Tan sólos nos sentimos, tan desgraciada es la vida que nos toca vivir, tanto nos gustan las fotografías de otros y tan poco la imperfección de lo cotidiano? Fascinante. Desde luego, si mañana llegase a mi oficina y me recibieran con te quieros, con lisonja a espuertas, con retratos de mis compañeros en la playa tomándose un aperitivo o con notas en la mesa anunciando lo que cada uno estuviera haciendo en ese momento (voy al baño, pienso en la grave situación de la economía mundial, he encontrado novio o la vida es una mierda aunque contigo cerca lo es menos) me preocuparía enormemente. Sin embargo, en estos lugares de encuentro virtuales, lo miramos con toda la naturalidad del mundo. Incluso tomamos partido (voy al baño, amiguitos; y todos contestan… que te vaya bien o si tienes problemas conozco el remedio para el estreñimiento o si estuvieras cerca iría contigo). No me digan que no es fascinante del todo.
También los amores se rompen y los conflictos son monumentales. Eso es verdad. Los guantazos pueden oírse en Moscú (nunca mejor dicho porque en esto de las redes sociales no hay distancias). Pero no pasa nada. Igual que declarar un amor eterno o una amistad a prueba de bomba es sencillo, es muy fácil pedir perdón. Total, sólo lo escribes y no hay que mirar a la cara de nadie. Las emociones se disparan, se hacen enormes. Los problemas de relación interpersonales se convierten en cosa enana y sin importancia.
¿Nos hemos vuelto seres extraños o ya lo éramos? ¿Se convertirá el mundo en una enorme masa de bits del que nos podremos enamorar sin ruborizarnos? ¿Ya no es necesario escuchar la voz de otros, ya no es necesario oler el pelo a la mujer que amas?
Nos estamos haciendo un lío de los grandes. Se lo digo yo. Es mucho mejor discutir con la esposa y poder enseñarle los dientes, echar un polvo como Dios manda; decir te quiero y que sepan que es verdad, que es auténtico; rozar a la chica que te gusta para que se estremezca porque tú le gustas a ella. Más que nada porque estas cositas son de verdad. Porque estas cositas somos nosotros por muy infelices que nos hagan sentir de vez en cuando. Un lío de cojones. Ya lo verán.