jun 4 2010

La verdad y el escribir

Las verdades incuestionables existieron alguna vez. No recuerdo cómo aparecieron aunque sí cómo se fueron deshaciendo. Construí un monumento a la duda, a la decepción y a la edad en el que fueron colocándose casi todas las cosas. Todo aquello que estaba arraigado en el pensamiento se convirtió en papeles llenos de notas que se fueron acumulando en una vieja carpeta azul. Por inservibles. Ni siquiera Dios se libró de los golpes. Ni yo, claro.
Los años te enseñan que son pocos los que te quieren, pocos los que te odian y muchos para los que no existes. Así de simple. El mundo se hace muy pequeño porque se reduce a cuatro cositas. Y a medida que vas cometiendo errores la cosa se pone más dura. El refugio es difícil de encontrar. Mientras, poco a poco, me iba haciendo escritor.
No hace mucho, alguien me preguntaba sobre esas verdades incuestionables. No contesté. Es otra de las cosas que te enseña el tiempo. Todo lo que dices se puede volver contra ti. Con lo que callas pasa lo mismo. Y todo lo que escuchas puede pasar de ser una cosa a otra. Hoy es blanco y mañana no. Recordé, a la vez que intentaba hablar de cualquier otro asunto, parte de un poema de Pepe Hierro tantas veces escuchado y leído.

Si yo te dijera estas cosas, amigo,
¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,
qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?
Y ¿cómo saber si me entiendes?
¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?
¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?
¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna,
poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?
Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.

Siendo joven quería tener razón. Incluso llegué a pensar que la verdad me acompañaba siempre. Defendía lo pensado pasara lo que pasara. Ahora no. Ni tengo que revisar verdades absolutas, de esas que te mueven durante toda la vida, ni quiero tenerlas, ni quiero explicar porqué las tuve o las abandoné. Me conformo con vivir así. Con lo poco que tengo, intentando disfrutar de mi mujer y mis hijos, de la escritura y de poder seguir sentándome para pensar en lo que me apetezca, sin dar explicaciones a nadie, sin tener que excusarme por esto o aquello, mirando a otro sitio cuando alguien decide hacerme su enemigo. O su amigo. Ya no me quedan ganas para disputas, ni para amistades efímeras. Porque a los cuarenta y dos años las tengo bajo sospecha. Sólo las que vienen de lejos me sirven.
El problema es que ya soy escritor. Y me leen. Unos por diversión, otros con curiosidad, algunos intentando encontrar lo que no está aunque lo encuentran a base de dar vueltas a las cosas; incluso los hay que leen lo que escribo creyendo que me quedan verdades absolutas con las que nutrir mi escritura. Y muchos más ni me leen, ni me leerán jamás.
No trato de instruir a nadie, ni de convencer, ni de dictar una verdad tras otra. Trato de vivir tal y como sé. Pensando. Escribiendo. Amando lo que tengo y lo que hago. Sin verdades que me anclen al pasado o al futuro.
Por eso me extraño cuando alguien busca verdades maravillosas en un texto literario. Está cometiendo un error. Desde luego, si las encuentra se está matando. Y el escritor que trata de contarlas en un relato es un idiota.
La literatura es lo más alejado a la verdad que el ser humano puede llegar a estar. O lo más próximo. Cada lector elige. Pero nunca será verdad o mentira. Es ficción. Quizás como la vida misma. La vida que no deja de ser una gran estupidez si nos la tomamos más en serio de lo debido.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


mar 17 2010

Peligro: se escribe

Llega la primavera. Y, con ella, mi alergia. Ya están aquí.
Cojo un vaso. Me fatigo. Voy a la nevera. Me fatigo. Un asco. Nunca en mi vida había tomado medicinas para sobrellevar algo tan incómodo. Esta vez, sí. En dos días me ha dejado (la alergia) completamente destruido. Hay cosas que no perdonan, que no saben hacerlo.
Entre estornudo y estornudo, entre picor de nariz y carraspeo de garganta, entre lágrima (sin emoción alguna, llena de polen) y un movimiento cansado, leo un ensayo de Baricco. Los bárbaros. No es nada del otro mundo, pero me entretiene lo suficiente. Ligero, muy adecuado para el trasporte urbano o para un jovencito que quiere descubrir el mundo o para alguien con una alergia asesina sobre él.
Baricco es un autor engañoso. Muy maltratado a veces. Parece que lo que escribe (me refiero a la narrativa) es facilón, carente de una calidad definitiva que algunos enseñan dictando la primera frase aunque creo –de verdad lo creo- que no es así. Ni mucho menos. Detrás esa literatura tan aparentemente ligera quedan cosas sin decir aunque están; sus libros son, técnicamente, exquisitos (alguien con ganas de aprender el oficio debe echar un vistazo a novelas de ese estilo). Podría parecer que la literatura de Baricco es la oficial de peluquerías y talleres literarios baratuchos, podría parecer un autor menor dedicado a los best sellers apañados. Sí podría parecerlo. Y ver así lo que escribe sería una injusticia colosal.
Trabaja con un vocabulario muy reducido y, al mismo tiempo, muy contenido; evita las imágenes salvo que sean estrictamente necesarias, huye de los recursos estilísticos que en otras novelas aparecen tras el escaparate de la horterada (un recurso utilizado sin ton ni son es lo más penoso que se me ocurre si hablamos de literatura). Y esto no es otra cosa que narrar lo complejo de forma fácil. Muy distinto a escribir de forma facilota y ventajista. Es más, conseguirlo es muy costoso.
Me agrada leer a Baricco por muchas razones. Sobre todo por su honestidad al escribir. Ni quiere parecer lo que no es ni lo pretende. Sabe cuál es su sitio y se encuentra muy a gusto en él. Creo yo que le encanta.
Estornudo, toso, me agoto. Escribo sin ganas, dejo de hacerlo del mismo modo. La primavera llega. La alergia. No perdonan. Como tampoco lo hacen con Baricco (algunos). Ya se sabe que el gran mal del escritor actual es la envidia insana. Si ve algo que funciona arremete con intención de derribarlo, aludiendo a que él sería capaz de hacerlo mucho mejor, que todo es una injusticia, un gran error. Arremete en nombre de los grandes de todos los tiempos aunque no escriba ni postales (este se suele dedicar a la crítica literaria siendo joven y luego escribe cualquier cosita y pasa al grupo anterior). Ni un minuto para escribir. Todo el tiempo del mundo para envidiar destruyendo. Es esto de escribir una profesión que alguien sensato debería declarar de alto riesgo. Entre los destructores y los advenedizos y los escritores que no escriben y los que dicen que son escritores sin serlo, esto se ha convertido en un lugar insoportable.
Voy a seguir estornudando. Un rato nada más. Hoy toca descansar pronto.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


sep 25 2009

Tirando muros

Art Tatum está considerado el pianista más influyente de la historia del jazz. Es posible que sea cierto aunque a mí me sigue gustando Bill Evans de forma especial. Ben Webster no está considerado el saxofonista más influyente del jazz. Es posible; es posible aunque a mí es el que más me gusta de todos. Incluyendo a Charly Parker. Escucho ahora My one and only love. Tatum y Webster juntos.
El Quijote de Cervantes es la novela que más ruido ha hecho durante toda la historia de la literatura. Sin duda. Pero prefiero a Chéjov, a Faulkner o a Vargas Llosa. Les siento más cercanos. Lo que tratan de expresar es lo que veo cada día. Pertenecen a mi mundo. O yo al de ellos. Depende de mi estado de ánimo.
Lo ajeno no suele gustar. La distancia hace incomprensible lo observado. Eso se rodea con cierta indiferencia llena de soberbia. Se procura olvidar, borrar de un recuerdo incómodo que nos hace pequeños ante lo que sabemos grande y no hemos sabido valorar. Porque llamamos ajeno a lo que no alcanzamos. Convertidos en galgos más lentos que el conejo que salta entre la retama terminamos negando para poder afirmar que somos, que el resto no sirve. Todo lo ajeno es estafa. Con un poco de suerte nos vemos persiguiendo de nuevo la presa, con un poco de suerte alguien nos indica un atajo por el que llegaremos al punto exacto en el que cobraremos la pieza. Y disfrutaremos más que nunca. Pero sin suerte llegaremos a creer que no merece la pena seguir persiguiendo, renunciaremos a eso que se convierte en obstáculo entre nuestra ignorancia y el saber.
Mis hijos solían protestar cuando, al entrar en el coche, descubrían horrorizados que sonaba alguna ópera. Hace algún tiempo decidí llevarme una copia de “Madama Butterfly”. Recordé que fue la primera ópera que escuché en casa y, por arte de magia, decidí comenzar a escuchar un tipo de música hasta ese momento odiada. Siguen con sus protestas. Prefieren escuchar otras cosas aunque desde ese día están aprendiendo a disfrutar con Puccini o Alban Berg. Tiempo al tiempo.
Los cambios nos provocan angustia, inseguridad. Lo incomprensible nos hace sentir más insignificantes de lo que somos. No nos deja ver más allá del ridículo que sentimos por ignorar. Y no somos capaces de ver que la única forma de avanzar es acercarse; de frente o por los costados, eso es igual; chocar contra un muro que termina desapareciendo si nos empeñamos en hacerlo añicos.
Tengo aprendido que los gustos personales sólo sirven para enterrar carencias. Y lo tengo aprendido porque descubrí hace mucho tiempo que esos gustos no son mostrencos, que lo ajeno se vuelve familiar en cuanto hacemos un esfuerzo, en cuanto nos dan las pistas necesarias para que no nos sintamos ridículos frente a mundos recién descubiertos.
Conocemos y evolucionamos. Y cuanto más lejos queda esa parte de la realidad que negamos miedosos más crecemos como individuos una vez que alcanzamos a tocar lo que negamos u odiamos por miedo a dejar de ser, por miedo a no ser capaces de ejercer nuestro poder en la pequeña parcela de nuestro cosmos. Es cuando descubrimos que siempre hay algo más allá, que los gustos se trasforman, que si no es así estamos muertos.
Sigo prefiriendo “La Galatea”. Mejor novela que “El Quijote”. Sigo escuchando con más agrado el piano de Evans que el de Tatum. Con Parker nunca disfruté tanto como con Webster. Sigo teniendo mis carencias al enfrentarme a los genios, mis complejos frente a lo grande. Quizás por ser consciente los estoy perdiendo poco a poco. Complejos y miserias. Quizás sé que estoy condenado a desdecirme pasado algún tiempo. Es posible que un buen día eso que no me termina de convencer se convierta en parte de mi realidad. O yo de la suya. Dependerá de mi estado de ánimo.



oct 2 2007

El final del tiempo

Al igual que podemos recorrer un espacio o revivir un momento parecido a otro, el tiempo no podemos recuperarlo. Ya sé que no descubro nada nuevo. Lo sé. Pero eso y no otra cosa es lo que nos separa de las personas. Lo que provoca el recuerdo, eso que estamos obligados a guardar en caja de plata o en papel de estraza. Lo que queremos conservar con cuidado o destruir con la violencia de la cordura.
El tiempo se acaba mientras desgrana lo que queda de nosotros. Día a día o minuto a minuto. Depende de lo vivos que creemos estar. Y cada pedazo, cada pequeña partícula de un cuerpo que no sabe disimular la pérdida, cae provocando un ruido sordo en nuestra sombra. Una mancha que se alarga cuando tenemos que mirar la vida igual que hacemos con un atardecer, como si fuera un fin del mundo imaginado.
El tiempo se acaba y con él las personas. Olvidados unos, desaparecidos otros, algunos ignorados e, incluso, ignorantes de lo poco que ahora son. Igual que yo mismo para unos y otros, ignorante de lo que soy. Quizás ese sea el gran problema del ser humano. Nunca llegamos a comprender que pintamos muy poco. Para el resto y para nosotros mismos. No queremos asumir que es eso lo que somos. Recuerdos. Nada más.
Leo la novela de Grossman “Vida y destino”. Me he tomado un descanso para escribir estas líneas. Escucho la música de Satie. Suelo recurrir a él cuando necesito reposar las ideas. En la pantalla del ordenador puedo ver una página de la novela que escribo con lentitud. Tan despacio como me permite el rápido paso del tiempo. Un recuerdo fingido.
Uno de los niños se queja. Llueve y las gotas estallan contra los cristales. Lo mismo que la realidad que se abre desde un ruido. Aunque sigo separado por siglos de algunas cosas. De lo que puedo recordar.


jul 20 2007

Soportar algo más

Gonzalo y Guzmán disfrutan de su campamento de verano. Ni llaman, ni se ponen al teléfono. Buena señal. Guzmán y Gimena han descubierto que sus padres son capaces de hacerles caso. Si lloran o se quejan les preguntamos qué pasa, les cogemos en brazos. Estando los mayores la cosa se complica por la carga de trabajo. Así que todos contentos.
Ayer estuvimos en el cine gracias a que los tíos Mónica y Héctor (con sus niños facturados a diferentes lugares) se ofrecieron a cuidar de ellos.
La vida de los otros. Espléndida. Me quedo con el momento en el que un agente de la Stasi descubre que el mundo que conoce no corresponde con la realidad. Ni siquiera con la suya, con la única que ha tenido oportunidad de sobrevivir. Le vemos leyendo un poema de Brecht.

Fue un día del azul septiembre cuando

bajo la sombra de un ciruelo joven

tuve a mi pálido amor entre los brazos,

como se tiene a un sueño calmo y dulce.

Y en el hermoso cielo de verano,

sobre nosotros, contemplé una nube.

Era una nube altísima, muy blanca.

Cuando volví a mirarla ya no estaba.

Y a partir de ese momento el personaje comienza a evolucionar, a comprender un entorno que hasta ese momento se limitaba a la cara menos simpática de sí mismo. Sólo existe un camino posible. Agarrar lo bello para sortear la violencia, la destrucción gratuita del hombre. Hacer lo que toca pase lo que pase. Es necesario renunciar a casi todo para ser fiel a ti mismo, tal y como dijo el director de la película “sin que importe lo lejos que se hayan adentrado por el sendero equivocado”. Hay momentos en la vida en los que uno siente la llamada de aquello contra lo que ha luchado por desconocimiento, por odio o por obligación, siente la necesidad de convertirse en uno de los otros. Miramos la muerte cara a cara sabiendo que efectivamente existe, asumiendo que eso, sólo eso, nos mantendrá vivos mientras soportemos un poco más. Siempre hay que soportar un poco más. El dolor ante la conciencia de nuestros errores, nuestra incapacidad, nuestra fragilidad, nos avisan y nos dan una segunda oportunidad para morir habiendo llegado a ser lo que olvidamos ese día que ya no quisimos jugar con muñecas.
Al regresar nos encontramos con Gimena en huelga de hambre (se negó a tomar su último biberón porque para eso tiene padres que le hacen caso, supongo) y con Guzmán convertido en inventor de cuentos delirantes. Le preguntaron que si quería cenar y contestó que en casa lo único que se toma es agua, por ejemplo. O sea, Guzmán en huelga de hambre, también. Los niños hacen siempre lo que deben, sin esfuerzo alguno. Eso es lo que diferencia al adulto de un crío. Por eso ellos no tienen problemas de conciencia. Por eso y no por otra cosa.
Si alguien lo desea puede disfrutar de este video. Peace Piece. Niño Josele. Antes hay que mirar al cielo y buscar una nube altísima y blanca. Al terminar comprobar si está o no. Quizás no tenga más remedio que reflexionar sobre ello.


jul 17 2007

El horizonte y vallejo

Para S.

Vallejo es uno de los poetas que me pueden. Leo sus libros siempre que siento la hostilidad de estar vivo. Leo sus poemas y miro alrededor viendo un trozo de tierra que no acaba, por ninguno de los cuatro costados, amarilla la cosecha que se mueve de un lado a otro nerviosa como yo mismo. Cualquier camino lleva al mismo lugar, a esa línea que traza el horizonte cortando con precisión el color. El resto azul. Lo mismo que nada. Porque el cielo azul siempre ha sido y será inservible. Leo a Vallejo porque hace coincidir la vida con su falta. Los Heraldos Negros.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé.

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… Yo no sé.

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes … Yo no sé!

Sopla el aire en el escenario imaginado. Panes alrededor. Crepitación. ¿Cuál es el precio que hay que pagar? ¿Tiene fin? Vallejo mira desde más allá del horizonte, nunca desde el azul que se eleva. Y dice: “Yo no sé”. ¿Lo sabes tú, mi amor?


jul 11 2007

Zona de recreo

Flores para Algernon. Es el título de una novela de Daniel Keyes. Ciencia ficción. Lo leí, por primera vez, hace nueve o diez años. Me lo recomendó un hombre muy aficionado a este tipo de literatura. Recuerdo que entró en mi despacho y dejó el ejemplar sobre mi mesa sin decir nada. Tengo mucha lectura atrasada, le dije. Seguro que inventas un rato entre biberón y biberón, contestó. Charlamos de algunas cosas antes de irse. Fumábamos porque aún no se había producido el efecto histeria contra el humo (el de los cigarros porque el de los camiones no puede dejar estéril a nadie, supongo). No sabría decir qué fue lo que nos hizo reír, pero recuerdo las carcajadas de ambos. Un rato divertido. Al llegar a casa, abrí aquel viejo ejemplar. Las esquinas de las páginas desgastadas por el uso, la cubierta amarillenta, el lomo dibujado por pliegues profundos. En las primeras páginas, anotados en los márgenes, símbolos que no podía entender. Inventé un rato largo, tanto que pude leer la mitad de la novela. Me interesó desde el comienzo. Una trama original, un personaje narrativamente muy limitado que va creciendo hasta perfilarse con solidez, un ratón de laboratorio que apunta hacia la tragedia inevitable. El ser humano convertido en el producto de un experimento, el ratón fabricando un fututo que no se puede evitar.
Charlie Gordon se convierte en un ser inteligente. Le convierten con un bisturí. Las primeras pruebas ya las pasó el ratón Algernon. Ambos progresan y ambos retroceden.
Devolví aquel libro sabiendo que ya no se encontraba en las librerías. Año tras año he ido preguntando por aquí, por allí, y lo encontré en una caseta de la pasada feria del libro. Lo han vuelto a editar. Me ha vuelto a interesar.
Mientras leo las últimas páginas escucho a DeFranco acompañado por el trío de Peterson. O al trío de Peterson acompañado por DeFranco. Da igual. Suena igual de bien. The man I Love.
¿Hasta dónde puede llegar el hombre en su intento por mejorase a sí mismo? ¿Hasta dónde debe intentarlo?
Siempre que pienso en este tipo de cosas recuerdo alguna de las tragedias que se producen en los territorios robados a ríos o mares. Decenas de muertos que descansaban en sus tiendas de campaña invadiendo lo que fue el cauce de un río que un buen día protesta y arrasa lo que encuentra a su paso por el camino natural que alguien convirtió en zona de recreo.
Podemos ser listos, tontos, gays, machos, hembras, morenos, negros, relistos o tontos como cubos. Incluso podemos ser lo que entendemos por normales, por personas del montón. Es más, algunos son suizos o belgas. Nos toca interpretar un papel y lo hacemos lo mejor que podemos. Y eso no causa mayor problema. El conflicto aparece cuando le robamos parte del cauce a nuestro propio destino, cuando siendo tal cosa queremos ser tal otra.
La ciencia avanza a buen ritmo. La técnica a un ritmo asombroso. Y nosotros siempre estamos un poco más allá. Más atrás. Intentando ganarle terreno a una existencia efímera y confusa de la que no sabemos apenas nada hasta que nos morimos.
Quizás Platón fue el Algernon de nuestra civilización. Quizás nosotros seamos ratoncillos intentando descubrir caminos que nos lleven al final del laberinto que servirá para que otras generaciones crean ser los más relistos de la historia de la humanidad. Quizás. Lo único seguro es que, sea como sea, el hombre estará un poco más allá, más atrás, siempre a punto de ser arrasado por la fuerza de la naturaleza a la que intentamos afanar su condición.
La pregunta es: ahora ¿progresamos o retrocedemos, somos Platón o Algernon?


may 11 2007

Hablando de Jordania

Me sigo resistiendo. Me dice uno que el otro ha dicho tal cosa, que la historia está muy clara y que es mejor adoptar una postura apoyada en la zona dura. He llegado a tener la figura de perfil, los músculos tensos por la duda de continuar con el gesto hasta el final. Del derecho para siempre o del revés pase lo que pase. Y no, la trasera, eso que siempre estuvo, que todo el que miraba podría haber visto y no quiso, esa zona oscura que hace correr a unos cuantos camino de una salvación estúpida, esa, se queda donde toca. Tapada por siempre jamás.
Es ahora cuando hay que acordarse de unas cuantas cosas que estuvieron bien a la vista cuando interesó. Es ahora cuando hay que conocer el precio de lealtades que se desmoronan o de amistades que sirvieron para poco más que añadir un par de líneas en el historial minúsculo como artista. ¿Dónde han quedado los favores del maldito que anda intentando librar lo que puede menos mi patrimonio? ¿Se esfumaron las ilusiones colosales que aparecían cuando crecíamos algunos mientras el gigante miraba socarrón desde su mesa sabiendo que el tiempo no perdona? Y unos quieren arrastrar a todos para que parezca una cosa justa, si hay coincidencia no puede haber error. Pues no. Me resisto. Me prometí hace años que así tenía que ser y así será.
Como de costumbre la poesía viene y va en un pensamiento que se ocupa del constipado de Gimena, de la primera comunión de Guille o del progreso académico de Gonzalo. De lo verdaderamente importante. Celaya.
Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
«Estaba justamente pensando en ir a verte».
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?
Esto es lo que hay. Algunos pueden pensar que la actitud es sólo digna de un imbécil, pero me pueden otras cosas. Saber que en la siguiente esquina me encontraré peleando (otra vez, como siempre fue) por algo que ni siquiera me pertenece; que alguien puede estar pensando que, a pesar de todo, tuve los arrestos de llegar hasta un final desolador.
Me pregunto si merece la pena ser feliz y hablar de Jordania cuando alrededor se habla del parné que mueve todo. Y no quiero contestar. Me basta saber que esta noche podré charlar con Silvia de nuestras cosas o de las mías sin que se me caiga la cara de vergüenza.


feb 1 2007

Quedar en otro

El límite de la persona no está en ella misma. Ni el espiritual, ni el material. El ser humano deja un rastro, por pequeño que sea, al ser; pistas de nuestra propiedad en un camino lleno de millones de objetos, repleto de hombres y mujeres que se quedan en propiedad lo que fue tuyo.
Si amamos, buena parte de nosotros se convierte en otro. Si odiamos pasa lo mismo. Escribimos en una hoja de papel una frase que otro lee y ese otro se transforma; hacemos un gesto para que lo reciba y lo haga suyo, o lo desprecie, sabiendo que algo se arruga o se estira un instante después. Cambia. Aunque sólo sea un poco, pero cambia. Cualquier cosa que hagamos tendrá respuesta. Somos nosotros en otro. Somos otro por lo ajeno.
Podemos hacer de alguien un ser feliz o desgraciado con una frase. Y podemos hablar horas y horas causando un efecto ridículo en el que escucha. Recibimos un abrazo como si fuera lo único que el universo nos pudiera regalar aunque podemos recibir lo que envidia medio mundo apenas sin un ademán vacío.
No es importante lo grande o chico que nos ofrecen o lo colosal o enano de lo que damos. No. Lo que cuenta es lo que deja en otro, en mí.
Hoy, en el autobús, camino de la oficina, una niña me miraba con insistencia. Después de sentirme observado un par de minutos, he cerrado el libro despacio y he alzado la vista. Sonreía. Yo también.
- ¿Por qué lees? ha preguntado mientras su madre le empezaba a recriminar la conducta (deja al señor, creo que ha dicho).
- A los mayores también nos gustan los cuentos, respondí haciendo un gesto con la mano a la madre para que dejase que la niña pudiera hablar.
- ¿Me lees un poco? Es que me aburro.
- Pues mañana no olvides traer un cuento. Venga te leo un poquito aunque te advierto que me tendré que bajar pronto.
Lo único que tenía a mano era el libro que estaba leyendo. Un poemario de Gamoneda. Lo he abierto al azar. Se titula “Amor”.

Mi manera de amarte es sencilla:
te aprieto a mí
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón
y yo te la pudiese dar con el cuerpo.

Cuando revuelvo tus cabellos
algo hermoso se forma entre mis manos.

Y casi no sé más. Yo sólo aspiro
a estar contigo en paz y a estar en paz
con un deber desconocido
que a veces pesa también en mi corazón.

- Me gustas.
- Tú a mí más, le he contestado.

Hemos llegado a mi parada sin tiempo para más. Le he regalado el libro y le he pedido que lo lea cuando sea un poco más mayor. He esperado hasta que se han cerrado las puertas y nos hemos despedido sin hacer un solo gesto.
Una marca en el camino que no cambia apenas nada, que no creo que quede en el recuerdo habiendo pasado un tiempo corto aunque ahora esa niña es un poco en mí. Espero que yo en ella.


ene 29 2007

La mancha en la nieve

El campo se veía blanco. Y las motas oscuras se han ido convirtiendo en lo que eran según avanzaba por la carretera. Un punto pequeño resultó ser un montón de heno, un árbol sin hojas o algún automóvil abandonado tras el accidente. Sólo uno de ellos se convirtió en una persona que caminaba con la nieve hasta las rodillas. El termómetro marcaba cinco grados bajo cero. Y el hombre caminando . Una mancha que iba rayando el blanco hasta que se ha convertido en un hombre caminando.
Escuchaba “Salt Peanuts” de Dizzy Gillespie acompañado por Charlie Parker. Una grabación de mil novecientos cuarenta y cinco. Música con la que perderé los puntos del carné de conducir según dice mi esposa. Hoy era imposible perder casi nada entre tanto blanco. Nieve, niebla, después las nubes, más nieve. Sólo ese hombre caminando, dejando el rastro de cada esfuerzo.
He llegado pronto y he aprovechado para leer mientras tomaba un café. Sigo con la segunda novela de la trilogía “Claus y Lucas”. El narrador presenta algunos problemas técnicos y el tiempo narrativo está confundido. No el tempo. Y perdonando esas pequeñas cosas me sigue fascinando la forma de ver el mundo de la autora. Eso sí, si la primera es dura esta lo es tanto o más.
No acostumbro a leer en lugares públicos. Tiendo a levantar la vista más veces de las que quisiera. Sin embargo, hoy no ha sucedido. Si me descuido llego tarde a la reunión.
Me pregunto por qué algunos escritores insistimos en mostrar la cara menos simpática del mundo en nuestras novelas. Quizás, como dice Agota Kristof, es que nos parecemos mucho a nuestra escritura seca, negativa, desesperanzada. Quizás sabemos que lo poco que queda por contar es lo que no se ve o no se quiere destapar. Quizás es un homenaje a la tragedia que nos hubiera gustado vivir en vez de una vida alegre que no nos deja ser héroes. Quizás vivimos dos mundos paralelos. En uno somos capaces de movernos como cualquier persona. En otro miramos extrañados los pequeños detalles que dibujan una vida llena de fracaso y soledad, cruel e imposible. Quizás sabemos que la vida es el gran fracaso de un Dios que tiró la toalla poco después montar el tablero de juego. O, si no existe Dios, del ser humano. Sin más. Quizás lo que sucede es que tenemos los pies en el suelo y no queremos adornar un árbol decorado por el hambre, por la injusticia o por locos que se envuelven en chalecos cargados de explosivos para matar a un puñado de hombres y mujeres.
Kristof parece acabar cada frase con un aviso al lector. Esto es lo que hay, no haber empezado a leer. A mí me gusta hacer eso mismo.
El viaje de regreso ha sido mucho más largo. Tres horas y cuarenta minutos para ir. Tres horas y cuarenta minutos para volver. Pero ha sido mucho más largo. La nieve ahora gris, la niebla más intensa. Y las manchas inmóviles mientras podían verse. Ya no había nadie que caminara con la nieve cubriéndole hasta las rodillas. El mismo mundo mirado por el mismo hombre más cansado que unas horas antes, por alguien que se hace preguntas que se contestan con un quizás.