sep 25 2009

Tirando muros

Art Tatum está considerado el pianista más influyente de la historia del jazz. Es posible que sea cierto aunque a mí me sigue gustando Bill Evans de forma especial. Ben Webster no está considerado el saxofonista más influyente del jazz. Es posible; es posible aunque a mí es el que más me gusta de todos. Incluyendo a Charly Parker. Escucho ahora My one and only love. Tatum y Webster juntos.
El Quijote de Cervantes es la novela que más ruido ha hecho durante toda la historia de la literatura. Sin duda. Pero prefiero a Chéjov, a Faulkner o a Vargas Llosa. Les siento más cercanos. Lo que tratan de expresar es lo que veo cada día. Pertenecen a mi mundo. O yo al de ellos. Depende de mi estado de ánimo.
Lo ajeno no suele gustar. La distancia hace incomprensible lo observado. Eso se rodea con cierta indiferencia llena de soberbia. Se procura olvidar, borrar de un recuerdo incómodo que nos hace pequeños ante lo que sabemos grande y no hemos sabido valorar. Porque llamamos ajeno a lo que no alcanzamos. Convertidos en galgos más lentos que el conejo que salta entre la retama terminamos negando para poder afirmar que somos, que el resto no sirve. Todo lo ajeno es estafa. Con un poco de suerte nos vemos persiguiendo de nuevo la presa, con un poco de suerte alguien nos indica un atajo por el que llegaremos al punto exacto en el que cobraremos la pieza. Y disfrutaremos más que nunca. Pero sin suerte llegaremos a creer que no merece la pena seguir persiguiendo, renunciaremos a eso que se convierte en obstáculo entre nuestra ignorancia y el saber.
Mis hijos solían protestar cuando, al entrar en el coche, descubrían horrorizados que sonaba alguna ópera. Hace algún tiempo decidí llevarme una copia de “Madama Butterfly”. Recordé que fue la primera ópera que escuché en casa y, por arte de magia, decidí comenzar a escuchar un tipo de música hasta ese momento odiada. Siguen con sus protestas. Prefieren escuchar otras cosas aunque desde ese día están aprendiendo a disfrutar con Puccini o Alban Berg. Tiempo al tiempo.
Los cambios nos provocan angustia, inseguridad. Lo incomprensible nos hace sentir más insignificantes de lo que somos. No nos deja ver más allá del ridículo que sentimos por ignorar. Y no somos capaces de ver que la única forma de avanzar es acercarse; de frente o por los costados, eso es igual; chocar contra un muro que termina desapareciendo si nos empeñamos en hacerlo añicos.
Tengo aprendido que los gustos personales sólo sirven para enterrar carencias. Y lo tengo aprendido porque descubrí hace mucho tiempo que esos gustos no son mostrencos, que lo ajeno se vuelve familiar en cuanto hacemos un esfuerzo, en cuanto nos dan las pistas necesarias para que no nos sintamos ridículos frente a mundos recién descubiertos.
Conocemos y evolucionamos. Y cuanto más lejos queda esa parte de la realidad que negamos miedosos más crecemos como individuos una vez que alcanzamos a tocar lo que negamos u odiamos por miedo a dejar de ser, por miedo a no ser capaces de ejercer nuestro poder en la pequeña parcela de nuestro cosmos. Es cuando descubrimos que siempre hay algo más allá, que los gustos se trasforman, que si no es así estamos muertos.
Sigo prefiriendo “La Galatea”. Mejor novela que “El Quijote”. Sigo escuchando con más agrado el piano de Evans que el de Tatum. Con Parker nunca disfruté tanto como con Webster. Sigo teniendo mis carencias al enfrentarme a los genios, mis complejos frente a lo grande. Quizás por ser consciente los estoy perdiendo poco a poco. Complejos y miserias. Quizás sé que estoy condenado a desdecirme pasado algún tiempo. Es posible que un buen día eso que no me termina de convencer se convierta en parte de mi realidad. O yo de la suya. Dependerá de mi estado de ánimo.



oct 2 2007

El final del tiempo

Al igual que podemos recorrer un espacio o revivir un momento parecido a otro, el tiempo no podemos recuperarlo. Ya sé que no descubro nada nuevo. Lo sé. Pero eso y no otra cosa es lo que nos separa de las personas. Lo que provoca el recuerdo, eso que estamos obligados a guardar en caja de plata o en papel de estraza. Lo que queremos conservar con cuidado o destruir con la violencia de la cordura.
El tiempo se acaba mientras desgrana lo que queda de nosotros. Día a día o minuto a minuto. Depende de lo vivos que creemos estar. Y cada pedazo, cada pequeña partícula de un cuerpo que no sabe disimular la pérdida, cae provocando un ruido sordo en nuestra sombra. Una mancha que se alarga cuando tenemos que mirar la vida igual que hacemos con un atardecer, como si fuera un fin del mundo imaginado.
El tiempo se acaba y con él las personas. Olvidados unos, desaparecidos otros, algunos ignorados e, incluso, ignorantes de lo poco que ahora son. Igual que yo mismo para unos y otros, ignorante de lo que soy. Quizás ese sea el gran problema del ser humano. Nunca llegamos a comprender que pintamos muy poco. Para el resto y para nosotros mismos. No queremos asumir que es eso lo que somos. Recuerdos. Nada más.
Leo la novela de Grossman “Vida y destino”. Me he tomado un descanso para escribir estas líneas. Escucho la música de Satie. Suelo recurrir a él cuando necesito reposar las ideas. En la pantalla del ordenador puedo ver una página de la novela que escribo con lentitud. Tan despacio como me permite el rápido paso del tiempo. Un recuerdo fingido.
Uno de los niños se queja. Llueve y las gotas estallan contra los cristales. Lo mismo que la realidad que se abre desde un ruido. Aunque sigo separado por siglos de algunas cosas. De lo que puedo recordar.


jul 20 2007

Soportar algo más

Gonzalo y Guzmán disfrutan de su campamento de verano. Ni llaman, ni se ponen al teléfono. Buena señal. Guzmán y Gimena han descubierto que sus padres son capaces de hacerles caso. Si lloran o se quejan les preguntamos qué pasa, les cogemos en brazos. Estando los mayores la cosa se complica por la carga de trabajo. Así que todos contentos.
Ayer estuvimos en el cine gracias a que los tíos Mónica y Héctor (con sus niños facturados a diferentes lugares) se ofrecieron a cuidar de ellos.
La vida de los otros. Espléndida. Me quedo con el momento en el que un agente de la Stasi descubre que el mundo que conoce no corresponde con la realidad. Ni siquiera con la suya, con la única que ha tenido oportunidad de sobrevivir. Le vemos leyendo un poema de Brecht.

Fue un día del azul septiembre cuando

bajo la sombra de un ciruelo joven

tuve a mi pálido amor entre los brazos,

como se tiene a un sueño calmo y dulce.

Y en el hermoso cielo de verano,

sobre nosotros, contemplé una nube.

Era una nube altísima, muy blanca.

Cuando volví a mirarla ya no estaba.

Y a partir de ese momento el personaje comienza a evolucionar, a comprender un entorno que hasta ese momento se limitaba a la cara menos simpática de sí mismo. Sólo existe un camino posible. Agarrar lo bello para sortear la violencia, la destrucción gratuita del hombre. Hacer lo que toca pase lo que pase. Es necesario renunciar a casi todo para ser fiel a ti mismo, tal y como dijo el director de la película “sin que importe lo lejos que se hayan adentrado por el sendero equivocado”. Hay momentos en la vida en los que uno siente la llamada de aquello contra lo que ha luchado por desconocimiento, por odio o por obligación, siente la necesidad de convertirse en uno de los otros. Miramos la muerte cara a cara sabiendo que efectivamente existe, asumiendo que eso, sólo eso, nos mantendrá vivos mientras soportemos un poco más. Siempre hay que soportar un poco más. El dolor ante la conciencia de nuestros errores, nuestra incapacidad, nuestra fragilidad, nos avisan y nos dan una segunda oportunidad para morir habiendo llegado a ser lo que olvidamos ese día que ya no quisimos jugar con muñecas.
Al regresar nos encontramos con Gimena en huelga de hambre (se negó a tomar su último biberón porque para eso tiene padres que le hacen caso, supongo) y con Guzmán convertido en inventor de cuentos delirantes. Le preguntaron que si quería cenar y contestó que en casa lo único que se toma es agua, por ejemplo. O sea, Guzmán en huelga de hambre, también. Los niños hacen siempre lo que deben, sin esfuerzo alguno. Eso es lo que diferencia al adulto de un crío. Por eso ellos no tienen problemas de conciencia. Por eso y no por otra cosa.
Si alguien lo desea puede disfrutar de este video. Peace Piece. Niño Josele. Antes hay que mirar al cielo y buscar una nube altísima y blanca. Al terminar comprobar si está o no. Quizás no tenga más remedio que reflexionar sobre ello.


jul 17 2007

El horizonte y vallejo

Para S.

Vallejo es uno de los poetas que me pueden. Leo sus libros siempre que siento la hostilidad de estar vivo. Leo sus poemas y miro alrededor viendo un trozo de tierra que no acaba, por ninguno de los cuatro costados, amarilla la cosecha que se mueve de un lado a otro nerviosa como yo mismo. Cualquier camino lleva al mismo lugar, a esa línea que traza el horizonte cortando con precisión el color. El resto azul. Lo mismo que nada. Porque el cielo azul siempre ha sido y será inservible. Leo a Vallejo porque hace coincidir la vida con su falta. Los Heraldos Negros.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé.
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé.
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes … Yo no sé!

Sopla el aire en el escenario imaginado. Panes alrededor. Crepitación. ¿Cuál es el precio que hay que pagar? ¿Tiene fin? Vallejo mira desde más allá del horizonte, nunca desde el azul que se eleva. Y dice: “Yo no sé”. ¿Lo sabes tú, mi amor?


may 11 2007

Hablando de Jordania

Me sigo resistiendo. Me dice uno que el otro ha dicho tal cosa, que la historia está muy clara y que es mejor adoptar una postura apoyada en la zona dura. He llegado a tener la figura de perfil, los músculos tensos por la duda de continuar con el gesto hasta el final. Del derecho para siempre o del revés pase lo que pase. Y no, la trasera, eso que siempre estuvo, que todo el que miraba podría haber visto y no quiso, esa zona oscura que hace correr a unos cuantos camino de una salvación estúpida, esa, se queda donde toca. Tapada por siempre jamás.
Es ahora cuando hay que acordarse de unas cuantas cosas que estuvieron bien a la vista cuando interesó. Es ahora cuando hay que conocer el precio de lealtades que se desmoronan o de amistades que sirvieron para poco más que añadir un par de líneas en el historial minúsculo como artista. ¿Dónde han quedado los favores del maldito que anda intentando librar lo que puede menos mi patrimonio? ¿Se esfumaron las ilusiones colosales que aparecían cuando crecíamos algunos mientras el gigante miraba socarrón desde su mesa sabiendo que el tiempo no perdona? Y unos quieren arrastrar a todos para que parezca una cosa justa, si hay coincidencia no puede haber error. Pues no. Me resisto. Me prometí hace años que así tenía que ser y así será.
Como de costumbre la poesía viene y va en un pensamiento que se ocupa del constipado de Gimena, de la primera comunión de Guille o del progreso académico de Gonzalo. De lo verdaderamente importante. Celaya.
Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
«Estaba justamente pensando en ir a verte».
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?
Esto es lo que hay. Algunos pueden pensar que la actitud es sólo digna de un imbécil, pero me pueden otras cosas. Saber que en la siguiente esquina me encontraré peleando (otra vez, como siempre fue) por algo que ni siquiera me pertenece; que alguien puede estar pensando que, a pesar de todo, tuve los arrestos de llegar hasta un final desolador.
Me pregunto si merece la pena ser feliz y hablar de Jordania cuando alrededor se habla del parné que mueve todo. Y no quiero contestar. Me basta saber que esta noche podré charlar con Silvia de nuestras cosas o de las mías sin que se me caiga la cara de vergüenza.


feb 1 2007

Quedar en otro

El límite de la persona no está en ella misma. Ni el espiritual, ni el material. El ser humano deja un rastro, por pequeño que sea, al ser; pistas de nuestra propiedad en un camino lleno de millones de objetos, repleto de hombres y mujeres que se quedan en propiedad lo que fue tuyo.
Si amamos, buena parte de nosotros se convierte en otro. Si odiamos pasa lo mismo. Escribimos en una hoja de papel una frase que otro lee y ese otro se transforma; hacemos un gesto para que lo reciba y lo haga suyo, o lo desprecie, sabiendo que algo se arruga o se estira un instante después. Cambia. Aunque sólo sea un poco, pero cambia. Cualquier cosa que hagamos tendrá respuesta. Somos nosotros en otro. Somos otro por lo ajeno.
Podemos hacer de alguien un ser feliz o desgraciado con una frase. Y podemos hablar horas y horas causando un efecto ridículo en el que escucha. Recibimos un abrazo como si fuera lo único que el universo nos pudiera regalar aunque podemos recibir lo que envidia medio mundo apenas sin un ademán vacío.
No es importante lo grande o chico que nos ofrecen o lo colosal o enano de lo que damos. No. Lo que cuenta es lo que deja en otro, en mí.
Hoy, en el autobús, camino de la oficina, una niña me miraba con insistencia. Después de sentirme observado un par de minutos, he cerrado el libro despacio y he alzado la vista. Sonreía. Yo también.
– ¿Por qué lees? ha preguntado mientras su madre le empezaba a recriminar la conducta (deja al señor, creo que ha dicho).
– A los mayores también nos gustan los cuentos, respondí haciendo un gesto con la mano a la madre para que dejase que la niña pudiera hablar.
– ¿Me lees un poco? Es que me aburro.
– Pues mañana no olvides traer un cuento. Venga te leo un poquito aunque te advierto que me tendré que bajar pronto.
Lo único que tenía a mano era el libro que estaba leyendo. Un poemario de Gamoneda. Lo he abierto al azar. Se titula “Amor”.

Mi manera de amarte es sencilla:
te aprieto a mí
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón
y yo te la pudiese dar con el cuerpo.

Cuando revuelvo tus cabellos
algo hermoso se forma entre mis manos.

Y casi no sé más. Yo sólo aspiro
a estar contigo en paz y a estar en paz
con un deber desconocido
que a veces pesa también en mi corazón.

– Me gustas.
– Tú a mí más, le he contestado.

Hemos llegado a mi parada sin tiempo para más. Le he regalado el libro y le he pedido que lo lea cuando sea un poco más mayor. He esperado hasta que se han cerrado las puertas y nos hemos despedido sin hacer un solo gesto.
Una marca en el camino que no cambia apenas nada, que no creo que quede en el recuerdo habiendo pasado un tiempo corto aunque ahora esa niña es un poco en mí. Espero que yo en ella.


ene 29 2007

La mancha en la nieve

El campo se veía blanco. Y las motas oscuras se han ido convirtiendo en lo que eran según avanzaba por la carretera. Un punto pequeño resultó ser un montón de heno, un árbol sin hojas o algún automóvil abandonado tras el accidente. Sólo uno de ellos se convirtió en una persona que caminaba con la nieve hasta las rodillas. El termómetro marcaba cinco grados bajo cero. Y el hombre caminando . Una mancha que iba rayando el blanco hasta que se ha convertido en un hombre caminando.
Escuchaba “Salt Peanuts” de Dizzy Gillespie acompañado por Charlie Parker. Una grabación de mil novecientos cuarenta y cinco. Música con la que perderé los puntos del carné de conducir según dice mi esposa. Hoy era imposible perder casi nada entre tanto blanco. Nieve, niebla, después las nubes, más nieve. Sólo ese hombre caminando, dejando el rastro de cada esfuerzo.
He llegado pronto y he aprovechado para leer mientras tomaba un café. Sigo con la segunda novela de la trilogía “Claus y Lucas”. El narrador presenta algunos problemas técnicos y el tiempo narrativo está confundido. No el tempo. Y perdonando esas pequeñas cosas me sigue fascinando la forma de ver el mundo de la autora. Eso sí, si la primera es dura esta lo es tanto o más.
No acostumbro a leer en lugares públicos. Tiendo a levantar la vista más veces de las que quisiera. Sin embargo, hoy no ha sucedido. Si me descuido llego tarde a la reunión.
Me pregunto por qué algunos escritores insistimos en mostrar la cara menos simpática del mundo en nuestras novelas. Quizás, como dice Agota Kristof, es que nos parecemos mucho a nuestra escritura seca, negativa, desesperanzada. Quizás sabemos que lo poco que queda por contar es lo que no se ve o no se quiere destapar. Quizás es un homenaje a la tragedia que nos hubiera gustado vivir en vez de una vida alegre que no nos deja ser héroes. Quizás vivimos dos mundos paralelos. En uno somos capaces de movernos como cualquier persona. En otro miramos extrañados los pequeños detalles que dibujan una vida llena de fracaso y soledad, cruel e imposible. Quizás sabemos que la vida es el gran fracaso de un Dios que tiró la toalla poco después montar el tablero de juego. O, si no existe Dios, del ser humano. Sin más. Quizás lo que sucede es que tenemos los pies en el suelo y no queremos adornar un árbol decorado por el hambre, por la injusticia o por locos que se envuelven en chalecos cargados de explosivos para matar a un puñado de hombres y mujeres.
Kristof parece acabar cada frase con un aviso al lector. Esto es lo que hay, no haber empezado a leer. A mí me gusta hacer eso mismo.
El viaje de regreso ha sido mucho más largo. Tres horas y cuarenta minutos para ir. Tres horas y cuarenta minutos para volver. Pero ha sido mucho más largo. La nieve ahora gris, la niebla más intensa. Y las manchas inmóviles mientras podían verse. Ya no había nadie que caminara con la nieve cubriéndole hasta las rodillas. El mismo mundo mirado por el mismo hombre más cansado que unas horas antes, por alguien que se hace preguntas que se contestan con un quizás.


ene 27 2007

El mundo a la medida

Guillermo regresó ayer del colegio con un ojo morado. Dice que se dio con una puerta. Vale. Guzmán relató con todo lujo de detalles cómo Arturo se había liado otra vez a guantazos con Lucía. Vale. Gonzalo llegó de clase veinte minutos más tarde de lo normal. Parece ser que la policía no dejaba salir a nadie del colegio. Estaba programada una trifulca con los alumnos de un instituto cercano. Pues vale. Gimena se estuvo pegando con su madre todo el día. Tenía gases. La niña, digo. Vale, también.No falla. Si los medios de comunicación difunden una noticia que tiene que ver con la violencia entre jóvenes, todos quieren imitar lo visto. Los noticieros televisivos funcionan como los anuncios de publicidad. De hecho, existen empresas dedicadas a inventar noticias en las que aparecen productos determinados y las ventas se disparan. Espero que la cosa no se distorsione más de lo que está y nadie decida colgar al presidente de su comunidad por ser un dictador. Tal y como está el mundo, todo puede ocurrir.Pero no hay que alarmarse. Siempre llega la noche y los niños duermen, los padres descansan y los jóvenes toman copas sin ton ni son aunque sin meterse con nadie. El objetivo de la gran mayoría de ellos es ligar con la chica por la que beben los mares o gustar al muchacho más guapo de la fiesta. Sutil diferencia que se aprende a base de fracasos nocturnos. Todos en el micromundo fabricado a su medida.La noche llega para interrumpir el ajetreo que empezó justo cuando acababa la anterior. Para que podamos sentarnos durante unos minutos sin hacer otra cosa que no sea pensar en lo largo que fue el día. Y después el hacer de los adultos, el que no molesta. Un libro que esperaba, una buena película, algo de música o una conversación que hubo que aplazar por un biberón o cualquier otra cosa insignificante aunque suficiente para que las cosas vayan por otro sitio.“Claus y Lucas” de Agota Kristof. Es el libro que estoy leyendo. Un volumen que incluye la trilogía que narra la historia de dos hermanos gemelos durante y después de la segunda guerra mundial. La primera de las novelas -“El gran cuaderno”- es uno de los libros con los que más disfruté siendo joven. Ni una alegría, eso sí. Tremendo y descarnado. Técnicamente muy interesante por ese narrador que es, en realidad, dos (los gemelos Claus y Lucas). Cuando un libro así cae en manos de alguien que quiere dedicarse a escribir suenan todas las alarmas. Descubrir lo que significa arriesgar en literatura provoca vértigo, algo de pánico. Silvia leyó algunas páginas de “Los estados carenciales” de Ángela Vallvey. No lo abandona aunque dice que lo mejor son las citas de Plutarco que encabezan cada capítulo.Y, mientras, escuchábamos un disco de Phil Woods grabado en el año mil novecientos cincuenta y cinco. Get Happy. Formidable.La conversación se aplazó un poco más. Esta vez por el sueño y el frío que no termina de desaparecer de las casas por más gas natural que consumas.Antes de acostarme, me quedé solo un rato. Pensando en él. Le enterramos por la mañana. Cuatro o cinco familiares. Cuatro o cinco amigos. El frío era insoportable. El pequeño cementerio descuidado, decadente. Un buen hombre metido en una caja de madera. Jamás le escuché decir nada malo de nadie y sólo pude oír cosas buenas de él. Y éramos ocho o diez personas aguantando el aire helado. La gente buena ya no gusta. A las chicas les suelen gustar los más graciosos y gamberros del grupo, los más malotes. Los blanditos mejor los dejan para cuando se casen. Las películas que triunfan lo hacen a base de disparos, cañonazos o catástrofes nucleares. Y los héroes que nos enseñan son tipos duros, violentos, que piensan con el culo. Aunque esto último es lo de menos. Sabemos perdonar. Hay algunos ejemplos más, pero me los ahorraré. Sospecho que gustan los buenos que murieron hace años, de los que se habla en alguna película o en algún librito que cuenta anécdotas del pasado. Esos si que molan porque no les hemos tenido que padecer. Los vivos nos parecen algo pesaditos. No se puede ser buena persona sin más. No es rentable por lo que se ve. O eso o es que nos da miedo tenerlos al lado. Imaginamos que podríamos hacer lo mismo que ellos y sabemos que estamos perdidos.Sentimos la necesidad de estar en el lado en el que se reparte. El otro, en el que se llevan los golpes, lo llenamos de pobre gente que de buena es tonta.Un día agotador. Eso no fue noticia para casi nadie. Un día frío, muy frío. Tampoco lo fue. Un día en el que pasé buena parte de la mañana en un cementerio que daba miedo despidiendo a uno de los mejores tipos que he conocido. Nada del otro mundo. Sólo lo fue para ocho o diez personas. La noticia era que cientos de chicos querían matarse unos a otros sin razón aparente. O alguna inventada para que un producto se vendiera mejor. Así que me quedé en mi pequeño mundo, en el que las cosas se ajustan a mí. Leyendo el libro de Kristof. Mucho más duro, más real y más interesante que un noticiario de la televisión. Pasando el frío que deja la ausencia.


ene 10 2007

Viaje al centro de Medea

Medea, la protagonista de la tragedia de Eurípides, después de cargarse a la nueva esposa del que fue su marido, al padre de la nueva esposa; a Jasón, que fue su marido; y a sus hijos (de su marido y de ella, de Medea), después de cargárselos, decía, sale pitando hacia la corte del rey de Atenas. Y lo hace subida en un carro tirado por dragones. No sé si esta obra la ha leído un tipo que se dedica a contar en sus libros la Biblia como si fuera un libro de marcianos y de naves espaciales. J.J. Benítez, se llama. Si alguien conoce a este hombre que le avise. Puede ser un filón para él porque los carros de fuego bíblicos y los tirados por dragones en la Grecia clásica pueden ser convertidos en aparatos interestelares con facilidad. Son más creíbles los motores enormes y, sobre todo, mucho más comerciales.
Ayer terminé de leer la Medea de Eurípides. Dentro de un autobús. Fascinante. Una historia que se ancla en una trama repleta de venganza, pero que trata de la maldad. Todos podemos desear daño a otro después de sentirnos traicionados por él, todos nos dejamos dominar por la ira aunque sólo alguien como el personaje de Eurípides puede llegar a esos extremos. La maldad convierte la venganza en la peor de las armas, en la más letal. Supongo que todo el mundo sabe que, cuando Medea huyó con Jasón y fue perseguida por su padre, ella mató a su hermano y esparció los restos para obligar al padre a dar sepultura, poco a poco, a su hijo y así retrasar esa persecución. Una alhaja de mujer. Mala, malísima.
Estoy pensando que quizás no sea buena idea advertir a Benítez. Lo del carro y los dragones le puede dar juego. Sin embargo, la tripulante es de lo más humana. Es verdad que posee actitudes tendentes a la exageración (matar al marido podría haber sido suficiente, o al suegro, como mucho a un par de personajes), pero humana al fin y al cabo. Y eso, convertirlo en un historia ridícula, tiene su complicación. Y no creo que venda mucho.Mejor, si alguien le conoce, que le avisen de otra cosa. Por ejemplo, que alguien le diga que en Madrid miles de personas viajan en metro y autobús cada mañana. Eso si que es una aventura. Y convertirla en una trama intersideral está chupado. Describes una nave pequeña, con capacidad para, pongamos, veinte personas. A continuación, metes en la nave a quinientas personas. Quince o veinte de ellos no se duchan y huelen a ñu africano. Otros treinta tripulantes quieren sentarse en los asientos que ocupan otros. Media docena embarcan en la nave con muchas bolsas de plástico llenas con sus cositas y se mueven de forma absurda por la nave, doscientos llevan mochilas en la espalda y el resto se juntan mucho intentando evitar olores, golpes y cosas así. Está chupado. Corran, corran a decírselo.


nov 18 2006

Dioses del viento

Lola me ha devuelto mi ejemplar de “Altazor”. Si no me falla la memoria ese libro lo compré hace quince años. Y lo he leído tantas veces como años lleva en mi biblioteca. Mínimo. Lo dejé en mi mesilla de noche para echarle un vistazo antes de dormir. Otro más. Lola había llegado en el momento en que Silvia tocaba zafarrancho así que no había tiempo de lecturas.Sin embargo, mientras enjabonaba a Guzmán (él dale que te pego al gritar descontrolado y yo dale que te pego al champú y al gel) intenté recordar algunos versos. Una forma, como otra cualquiera, de evitar un ataque de locura entre tanto niño (aquí el que no corre con un balón en los pies, lanza un cojín a otro o grita sin ton ni son como hace Guzmán). Primer verso de Huidobro que viene a la cabeza: “Digo siempre adiós y me quedo”. Muy apropiado para padres y madres que acaban reventados cada día.Pasadas las nueve y media de la noche la cosa comienza a ser más llevadera. Guillermo se desmaya después de elegir un canal que no le gusta a ninguno de sus hermanos. Ya no se quejan porque saben que dos o tres minutos después está dormido como un tronco. Le acompaño a la cama y le pido a Guzmán que me siga para que no se quede solo su hermano. El pobre Guzmán no rechista. Tapo a uno, a otro y entrego su librito al pequeño que me dice adiós sonriendo.Con Gonzalo y Silvia en el salón la cosa ya se puede calificar de manejable. Aunque parezca mentira, cada día llega ese momento.Abrí el libro. Lola ha doblado las esquinas de algunas páginas. Imperdonable. El próximo préstamo irá acompañado de un marcapáginas. Conecté el reproductor que Gonzalo me presta y me puse a leer. Bill Evans y Huidobro. Segundo verso que recordé y luego leí: “Vaciar una música como un saco”. Si algo me gusta es eso. Leer y escuchar música al mismo tiempo. Spartacus y Altazor. Jazz y poesía. “La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer”. Hace quince años que lo pienso con frecuencia. Después del salto puedes intentar ir hacia un lado u otro, pero una corriente de viento te lleva donde no quieres. Intentas ir más a la derecha y terminas en un punto distante de la cruz amarilla que tenías por último destino, que es la vida en la que creías. Pasa durante la niñez en la que los demás soplan por ti sin preguntar, durante la adolescencia cuando quieres tomar el mando y equivocas los movimientos por falta de experiencia; durante la madurez porque tienes que soplar por otros o porque intentas que las equivocaciones sean mínimas (las de otros) y eso hace que descuides tu propia caída perdiendo de vista el punto de llegada, teniendo que hacer un esfuerzo titánico para corregir el rumbo; y en la vejez porque ya no entiendes de viajes, porque te da exactamente igual. Quizás sea al final de la vida cuando descubramos, con amargura y temor, que esto es un viaje en paracaídas sin grandes esperanzas por cumplir, que iremos a parar a un lugar llenos de marcas de color. Millones de cruces amarillas con las que no contabas y que, ni siquiera, alcanzaste a ver. Sólo a última hora sabemos cual nos correspondía. Es posible que sea así. Yo, de momento, sigo en la tercera fase, en esa en la que los adolescentes comienzan a rodearme, en la que me paso el día fingiendo ser una corriente de aire para los más pequeños (Gimena ya empieza a contar aunque no ha llegado), la fase que te hace mirar a los ancianos con prudencia porque tú eres el siguiente y conviene aprender. Sigo en el aire escuchando a Evans y leyendo a Huidobro. De viaje hacia donde sólo el dios del viento sabe.