Las redes sociales son fascinantes. En su interior ocurren algunas cosas inexplicables en las que pienso regularmente.
Por ejemplo, no me explico los grandes amores que se prometen eternamente los usuarios. Me refiero a la cantidad de veces que uno puede leer te quiero mucho, eres lo mejor que me ha pasado en mi vida o sin vosotros el mundo no tendría sentido. Los amores más convencionales son otra cosa y no estoy al corriente de ellos aunque se producen con frecuencia hasta donde yo sé. Ni, por supuesto, del cibersexo que mantienen unos y otros. El caso es que gentes totalmente desconocidas entre sí se aman o follan a través de la red. Me temo que nunca en la historia de la humanidad la carencia afectiva con la que el ser humano se mueve por el mundo fue tan patente. Ya les digo yo que si esto de las redes sociales hubiera estado al alcance de los hombres de la edad de piedra el resultado hubiera sido idéntico. Las cavernas se hubieran llenado de rincones iluminados por el reflejo de las pantallas, los cuarenta habitantes de quinientos kilómetros a la redonda se hubieran gustado mucho más a través de un ordenador que mirándose a la cara. ¿Qué pasa en el mundo para que encontremos algo donde no hay nada o una gran mentira o un sueño completamente imposible? ¿Cómo es posible que frente a un ordenador se ame, se sufra, se lleguen a tener ganas de tirar todo por la borda por algo que no podemos tocar? Creo yo que la cosa es seria. Mucho más de lo que los usuarios de estas redes sociales estarían dispuestos a admitir.
Un hombre llega a casa y está deseando contar a sus amiguitos virtuales cómo le ha ido en el trabajo. Pues vale. Pero ya no vale tanto si en la habitación de al lado, su mujer hace lo mismo con los suyos. Un hombre es capaz de escribir cosas en la pantalla que nunca sería capaz de decir a una persona mientras tomase una copa. Una mujer muestra ese amor que siente por las cosas sólo a través de una red social. ¿Tan sólos nos sentimos, tan desgraciada es la vida que nos toca vivir, tanto nos gustan las fotografías de otros y tan poco la imperfección de lo cotidiano? Fascinante. Desde luego, si mañana llegase a mi oficina y me recibieran con te quieros, con lisonja a espuertas, con retratos de mis compañeros en la playa tomándose un aperitivo o con notas en la mesa anunciando lo que cada uno estuviera haciendo en ese momento (voy al baño, pienso en la grave situación de la economía mundial, he encontrado novio o la vida es una mierda aunque contigo cerca lo es menos) me preocuparía enormemente. Sin embargo, en estos lugares de encuentro virtuales, lo miramos con toda la naturalidad del mundo. Incluso tomamos partido (voy al baño, amiguitos; y todos contestan… que te vaya bien o si tienes problemas conozco el remedio para el estreñimiento o si estuvieras cerca iría contigo). No me digan que no es fascinante del todo.
También los amores se rompen y los conflictos son monumentales. Eso es verdad. Los guantazos pueden oírse en Moscú (nunca mejor dicho porque en esto de las redes sociales no hay distancias). Pero no pasa nada. Igual que declarar un amor eterno o una amistad a prueba de bomba es sencillo, es muy fácil pedir perdón. Total, sólo lo escribes y no hay que mirar a la cara de nadie. Las emociones se disparan, se hacen enormes. Los problemas de relación interpersonales se convierten en cosa enana y sin importancia.
¿Nos hemos vuelto seres extraños o ya lo éramos? ¿Se convertirá el mundo en una enorme masa de bits del que nos podremos enamorar sin ruborizarnos? ¿Ya no es necesario escuchar la voz de otros, ya no es necesario oler el pelo a la mujer que amas?
Nos estamos haciendo un lío de los grandes. Se lo digo yo. Es mucho mejor discutir con la esposa y poder enseñarle los dientes, echar un polvo como Dios manda; decir te quiero y que sepan que es verdad, que es auténtico; rozar a la chica que te gusta para que se estremezca porque tú le gustas a ella. Más que nada porque estas cositas son de verdad. Porque estas cositas somos nosotros por muy infelices que nos hagan sentir de vez en cuando. Un lío de cojones. Ya lo verán.
Nos estamos acostumbrando a charlar con una pantalla. Escribimos lo que queremos decir sabiendo que alguien lo leerá y nos contestará. O no. Pero decimos sin descanso y sin pararnos a pensar sobre lo que tenemos enfrente.
Las pantallas no gesticulan, no lloran, no ponen cara de sorpresa (entre otras cosas porque no tienen cara ni nada de nada), son objetos sin vida. Y nosotros, que somos muy listos y que todo lo sabemos porque para eso somos nosotros, lo que hacemos es dibujar gestos, lágrimas, expresiones de todo tipo a esos objetos muertos. Además lo hacemos dependiendo de lo que nos va mejor. Por ejemplo, alguien escribe “vale” con carita de abuela Paz, asumiendo lo que ha leído como bueno, sin ganas de meterse con nadie. El que lee quiere entender que eso es una chulería llena de prepotencia, algo que ha dicho un tipo cuando echaba espuma por la boca y le dice “tú eres un gilipollas”. Y se acaba la conversación. Una charla irreal, absurda y estéril. Eso sí, nos sentimos poderosos, por encima del bien y del mal, llenos de razón, inteligentes y profetas al que todo el mundo debería escuchar y seguir hasta el infinito.
Frente a una pantalla nos atrevemos a cualquier cosa. Al fin y al cabo lo único que nos puede pasar es que aparezcan una palabras replicando lo que dijimos. Poca cosa. Frente a las personas la cosa cambia. Si le dices a cualquiera “eres anormal” puede pasar que te rompa la crisma y eso ya es más peligroso. Si alguien dice “te quiero” se puede encontrarse con que el otro se desmaya del asco cuando, poco antes, decía a través de la pantalla “yo también te quiero como nunca he querido a nadie en este mundo”.
Aunque todo esto tiene grandes ventajas. Si no quieres continuar con una conversación dejas de teclear y no hacen falta explicaciones de ninguna clase. Pasar desapercibido y no tomar partido es fácil. Nadie te puede mirar a la cara intentando que asientas o hagas un gesto de desaprobación. En medio de una trifulca lo que haces es escribir lo que te parece más adecuado para excusarte más tarde y asunto zanjado.
Y, por supuesto, la gran ventaja, lo más grande que ha traído la pantalla al mundo es la posibilidad para millones de personas de, siendo idiotas de pies a cabeza, poder decir lo que les place, sentirse escritores, ingenieros técnicos o sacerdotes de la séptima iglesia evangelista. Es una sensación efímera porque cuando alguien que finge ser lo que no es se levanta y sale a la calle se acaba esa ilusión. Pero mientras dura esa especie de éxtasis el individuo es feliz. Un poco más tonto que ayer, pero feliz.
Con la que está cayendo y estos mequetrefes se siguen gastando miles de euros como si aquí no pasara nada. No me extraña que los jóvenes se dediquen a ocupar inmuebles vacíos, a protestar en la calle y, de paso, a fumarse unos porros. Esto es un desastre monumental y lo raro es que la cosa no vaya a más. No será nada del otro mundo que un día de estos se organice la mundial.
Pero también es una vergüenza que los nuevos escritores (es por llamarlos de alguna manera) que andan sueltos paseándose por las fiestas que organiza la gente del mundo literario (no del de la literatura) fardando de ser snobs, les bailen el agua a esta gentuza porque les parece muy gracioso. Eso les convierte en lo mismo. Ni con toda la arrogancia y el falso ingenio que gastan (eso de jugar con las palabritas es una gilipollez que no tiene ni pizca de gracia) pueden esconder la idiotez y las ganas de ver el mundo desde las fiestas ridículas. Se trata de entender el mundo de una forma que sólo un escritor es capaz de conseguir. Ir de fiesta a presumir de lo que no se es lo hace cualquiera. Los intelectuales tienen su puesto en esta sociedad (al menos así debería ser) y no es ese del que presumen cuatro desgraciaditos que serían capaces de cualquier cosa con tal de publicar.
Y es una vergüenza (qué caro es el puto cuadro) la cantidad de personas que se sienten ajenos a lo que está pasando porque a ellos no les roza una situación dramática para muchos. Estos no fuman porros. Estos se fuman un puro y se meten coca. Es más caro y queda que te cagas. Deberían saber que, cualquier día de estos, pueden estar comiendo mierda del mismo plato del que comen ahora esos a los que desprecian.
Lamentable del todo y obsceno a más no poder (hay que joderse con el cuadrito de los cojones) es todo lo que pasa en este mundo. Pensaba seguir largando. Sobre políticos, banqueros, obispos y ese tipo de gente. Pero he trabajado doce horas, ahora intento avanzar en mi novela y, francamente, el mundo comienza a ser un coñazo. Eso sí, en el senado tenemos los españoles un cuadro por el que se han pagado 417.000 euros. Igual 417 familias hubieran podido evitar que les pusieras de patitas en la calle por no pagar la hipoteca o podrían comer sin problemas este mes. Incluso podrían tener un capricho. Porque todos deberíamos optar a gastar unos euros en nuestro tiempo libre. Dejarse el lomo a todas horas en un asco. Algunos deberían catarlo para que pensaran un poquito sobre lo que pasa y no en tanta fiesta y tanta mierda. Y el cuadro, además de carísimo, es espantoso.
Nos llevan preparando, varios meses, para asumir una catástrofe sin precedentes. Los medios de comunicación anuncian la gran hecatombe; los políticos, los posibles sufrimientos en un futuro inmediato; los religiosos nos dicen que con tanto sexo, tanto condón y tanto gay, el mundo se degrada por momentos y de forma irremediable. Todo parece estar en peligro de extinción. Todo excepto ellos mismos. Todos se apuntan a un fin del mundo que no les toque. A dibujar una especie de inmenso campo de trabajo insoportable que controlarán por y para nuestro bien. Si no obedecemos esto no tiene arreglo. La suerte está echada. Lo que no dicen es que las cartas están en su poder, que hacen trampas y que no son capaces de predecir nada que no sea el pasado. Manejan el sistema económico del mundo entero, eso sí.
Nos dicen que, si no escuchamos, estamos más muertos que vivos. Y, para eso, para que nos quede claro, nos matan a base de volcar miedos de todos los colores que nos paralizan. Están bloqueando a la humanidad entera. Nada nuevo. Ya lo hizo la inquisición en su momento y funcionó. Ya se ha hecho muchas veces y siempre se obtuvo un resultado estupendo. Porque el ser humano que siente miedo es incapaz de sentir cualquier otra cosa.
Pero, como todo el mundo sabe, este miedo que nos van inoculando a diario, es la coraza que unos pocos han colocado a los sistemas financieros que les permiten controlan el mundo. No quieren que nada quede sin control (el suyo, claro) y, por eso, inhabilitan las inteligencias de millones de personas. Bien saben ellos que, cualquiera con una pizca de valor, les puede organizar un cisco importante. El mundo lo puede poner patas arriba cualquiera. Y lo saben.
La cantidad de información diaria que nos llega a través de los medios de comunicación -imposible de procesar- se reduce a un mensaje muy concreto: Siga usted creyendo en nosotros; de otro modo, ni usted ni sus hijos, tendrán futuro; voten para legitimar todo lo que hagamos aunque sean desmanes; sean mansos; ser civilizado es ser un animal doméstico.
Nos quieren acobardados. Saben que con un trozo de pan en la boca y algún capricho comprado a un precio disparatado nos sentimos satisfechos. Así nos lo han enseñado. ¿Alguien me puede decir para qué necesitamos el ochenta por ciento de lo que tenemos?
Hace muy poco tiempo utilizaron el miedo a la muerte. ¿Recuerdan las gripes que llegaban con la guadaña en la mano? Aquello iba a ser un desastre. Y no. Aquello fue un negocio redondo para alguna empresa dedicada a la fabricación de pastillas y vacunas. Medicamentos que terminaron en la basura.
Llevan mucho tiempo usando el miedo al terrorismo. Este no es a la muerte. No, este es el miedo a lo desconocido, a lo que no sabemos cómo es ni cómo llegará. Algo viejo en el hombre y que le causa grandes problemas de estabilidad. Nos convirtieron en objetivos de todo lo que está más allá de las fronteras. Ahora el miedo que nos cae sobre los hombros es el miedo a no tener futuro. En realidad, el ser humano nunca tuvo futuro. Pero eso no lo cuentan. Disfrazan eso que llamamos futuro de productos inútiles y de billetes. No tener futuro es no tener dinero ni la calidad de vida actual. Les funciona de maravilla. Todo el mundo acojonado. Unos pocos toman el control y prometen fabricarnos una vida. El resto tragamos. Un negocio redondo. Otra cosa no sabrán, pero de negocios entienden.
¿Tan tontos hemos llegado a ser? ¿Nos conformamos con tan poca cosa ofrecida por los poderosos? Esto es más que preocupante.
Yo, desde luego, he dejado ver telediarios, de leer prensa y no pienso acostarme angustiado por lo que me cuentan sino por lo que vivo día a día. Para eso están los micromundos. De peores, de mucho peores, ha salido la humanidad. Si fuimos capaces de abandonar las cavernas esto parece un juego de niños. No vamos a pasar, ni más frío, ni más hambre que nuestros antepasados.
Ya está bien de tanto miedo y tanta falta de esperanza.
Es verdad que los políticos no nos representan. Es verdad que, cada día que pasa, están más lejos de los votantes y más cerca del jefe de su partido que lo impone a la ciudadanía. Es verdad que vivimos en un mundo indignante en el que la injusticia, la desigualdad y los abusos de unos pocos son una lacra insoportable de aguantar. Todo eso es verdad, pero hay algo tan verdadero como todo ello y que parece que no queremos asumir. La realidad. Esta si que es terca, esta sí que se impone sin miramiento alguno. Y, de momento, es la que es; podrá cambiar hacia un lado u otro, pero hoy es la que nos hemos ganado a pulso entre todos. Todos hemos sido responsables de lo que ha pasado. Unos pocos del desastre financiero y de robar a manos llenas, otros de acomodarnos pensando que aquí no había nada que hacer y muchos creyendo que una banda de sinvergüenzas les sacaría de su pobreza cuando, en realidad, lo que querían era pisotearles sin compasión después de sacarles el poco higadillo que tenían sano.
Desde luego, si queda alguna posibilidad para conseguir que ese cambio tome una dirección propicia es votando con sensatez; desde la convicción y desde el sentido político que, hoy, nos impone este mundo que vivimos. Los sistemas sólo pueden modificarse desde su núcleo. Cualquier otra cosa es asediar un castillo inexpugnable.
No votar a causa de la extenuación a la que nos tienen sometidos desde los poderes públicos es rendirse. No votar a causa del miedo que nos cuelgan del pescuezo desde los medios de comunicación es una señal inequívoca de que nos tienen agarrados sin posibilidad de escapar. Todo se puede convertir en un infierno mucho peor que este que nos ha tocado en suerte. Si alguien deja que se hagan con el poder los que están alejados de su ideología no deja de ser un gesto suicida. Cada uno sabrá donde está colocado y qué es lo que debe defender. Cada uno sabrá qué es lo que quiere dibujar en su futuro. Pero para ello hay que votar y asumir que estamos metidos en una espiral peligrosa que sólo estando dentro podemos destrozar. Hay que hacerlo porque, de otro modo, no valdrán las quejas de ningún tipo. Eso de que no nos representan y eso de que son unos chorizos es verdad y tenemos la obligación de cambiarlo. Desde las urnas. De momento, no tenemos más opciones.
Todo va mal. Esto es un auténtico desastre. No provoquemos males mayores. Al menos, intentemos que no sea así. Ya lo he dicho otras veces: mirar el tren como las vacas en el campo sólo provoca que el tren siga su camino y nos quedemos en tierra sin opciones.
Los jóvenes deben acudir a votar, los que no tienen apenas esperanzas, también. Son miles los que han muerto para que podamos ejercer nuestros derechos, son muchos los que pelearon sin tener nada, sin querer nada más a cambio que su libertad, la de ustedes y la mía. Es la única forma de sacar esto adelante. Primero votamos y luego, si es necesario seguimos peleando nuestros derechos en las plazas o donde corresponda.
Nos piden (los políticos) grandes esfuerzos económicos, laborales y sociales. Pero, qué casualidad, nunca piden el que más falta hace: el intelectual, el ideológico, el que suponga un claro esfuerzo de la razón. Porque ese no les interesa. Quieren llenar salones de actos y plazas de toros con personas que gritan frases hechas. Lo que no desean son cabezas llenas de ideas porque sería su ruina para los intereses que persiguen y la opción de progreso de todos los demás. Seamos coherentes, seamos sensatos y tratemos de convertir el futuro en algo más nuestro.
Esto seguirá siendo lo mismo si dejamos que así sea. Los bancos poderosos, los políticos mentirosos, los ricos más ricos y los demás, cada día, más pobres. Pensemos y votemos en conciencia, votemos pensando en el bien común. No nos queda otra.
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