jun 28 2014

Yo no soy aforado

Pues ya lo ven ustedes. Aquí estoy como cada sábado. Y ni estoy aforado ni nada de nada.
En realidad, esto no debería ser motivo de comentario, pero me siento extraño, me da la sensación de estar rodeado por ellos. Allá donde miro encuentro hombres y mujeres que son o serán aforados. Esto es algo extraordinario.
Yo no lo soy, ni lo seré, ni siento el más mínimo interés por llegar a serlo. Ni me dedico a la política, ni soy juez, ni creo que me nombren rey. Debe ser que no tengo nada que ocultar y ningún miedo a que me juzgue (en el caso que sea necesario) un juez sea cual sea. Debe ser que ando por el mundo sin problemas que tengan que ver con la evasión de capitales, que pago mis impuestos religiosamente y no tengo previsto cometer delito alguno. Soy de los que creen que los malos ingresan en prisión y los buenos podemos tener una vida normal. Es más, si algún día cometo un delito por el que tenga que pagar con la prisión, con una buena cantidad de euros o con lo que sea, quiero poderlo hacer con la misma tranquilidad con la que vivo. Lo de vestirse por los pies es algo que llevo a gala y no me pienso apear del burro. Digo esto porque no dejo de ver aforados, pero, al mismo tiempo, veo imputados (eternos o algo así, dado el tiempo que lo están) e indultados.
No, no entiendo tanto alboroto en algunos casos porque fulano o mengano no estén aforados. Y me inquieta, y me hace sospechar, y me irrita; y, sobre todo, me aburre que es un primor. Tampoco entiendo la razón por la que algunos imputados no pisan la cárcel de una vez por todas (a algunos se les permite vivir en países extranjeros) ni la razón por la que se indulta a verdaderos sinvergüenzas.
Cada día la misma canción. Una lata.
Hagamos una pausa. Ya he dicho que esto me divierte poco. Una breve interrupción para aclarar que no soy de los que piensa que esta época que vivimos es la peor de la historia y que tenemos corruptos en cada rincón. Eso era antes. Lo que sucede es que, primero, ahora se saben muchas cosas que antes no (los medios de comunicación sirven para que esto sea así) y, segundo, no queremos que suceda (antes estaba tan instalada la corrupción en determinadas clases sociales que parecía parte del juego). Esta época es menos oscura y, afortunadamente, la gente sabe qué derechos tiene y qué deberes no hay que dejar de cumplir. Vamos a seguir con el tostón que les estaba comentando.
No soy aforado. Por suerte no tengo que soportar una carga que otros se apresuran a echarse sobre la espalda. Porque esto es muy gracioso. Ahora resulta que no lo ven como un privilegio sino como algo que supone una losa que llevan a cuestas sin que valoremos que nos hacen un favor con el servicio público que realizan. Habría que recordar a todos que son voluntarios, que ni uno solo ocupa su cargo por imposición. No soy aforado y voy por la vida sin temor alguno a que me denuncien o me salgan hijos en distintas provincias españolas. Será por eso por lo que me pregunto a qué vienen tantas prisas y tanto cerrar filas alrededor de los aforados. No sé. A mí me resulta extraño y me provoca (su actitud) que haga preguntas. Por ejemplo ¿a qué temen, a quién temen? Si no es un privilegio ¿por qué tantas carreras para aforar a unos y a otros? ¿Por qué aforar a alguien por lo que fue? Me dice uno de ellos que la idea no es proteger a las personas y sí a las instituciones, que las presiones que se podrían llegar a ejercer sobre los magistrados en el caso de juzgar a cargos públicos de responsabilidad sería nefasta. Claro, claro. Presiones. Y le contesto que esto se podría arreglar utilizando alguna fórmula diferente a la de aforar a medio país. No sé, se me ocurre una cosa muy sencilla: dejar de presionar. Ahora, él ríe poniendo cara de eres un ignorante, no sabes el país en el que vives. Yo no he presionado a nadie nunca jamás, le digo. Mira, hoy he llamado a una compañía de seguros y antes de hablar con uno de los agentes, me he tenido que tragar un mensajito grabado que decía: para proporcionarle un mejor servicio esta conversación podría ser grabada. Se me ocurre que, por ejemplo, los jueces en sus teléfonos tengan grabado un mensaje que diga: si tiene usted intención de presionarme por alguna razón no lo haga porque esta conversación va a ser grabada y el trallazo que le puedo meter es importante. Insisto en que no conozco a nadie que presione a los jueces o a los reyes o a los políticos. Ni siquiera conozco a nadie que tenga su teléfono. Supongo que ellos si tienen los de unos y los de otros. Anda, igual se presionan entre los aforados. Qué cosas. No, pero no voy a pensar mal. Comprenderás que es sorprendente que problemas tan sencillos se nos vendan como irresolubles. Tan sorprendente como ver las distintas velocidades que llevan para unas cosas u otras. ¿Te imaginas a un fiscal contestando un auto al día siguiente? A mí me habían dicho que eso era imposible, que escribir más de setenta folios lleva su tiempo. Pues es posible. Te lo digo yo. Igual la justicia es igual para todos y lo que cambian son las velocidades. Bueno, que ha sido un placer. De verdad. Me he ido a pasear por el parque de El Retiro para olvidar una conversación completamente absurda.
En España hay 10.000 sujetos aforados. ¡10.000! Imaginemos que hubiera media docena. Si alguien dijera quiero ser aforado, quiero ser aforado, es muy posible que le dieran una palmadita en la espalda y le mandasen a un centro de salud mental. Porque en ese caso, ser aforado sería una cosa rara y reservada a unos pocos o, como en el caso de Estados Unidos, no reservado a nadie porque no hay aforados de ninguna clase. Pero en España son 10.000. Madre mía. Más son, más fuerza tienen. Ya se sabe que la unión hace la fuerza. A ver quién mete mano a 10.000 personas sin que te líen la marimorena. Cosa rara por otra parte puesto que si no es un privilegio les debería dar igual ser aforados que no serlo.
En fin, que esto me sigue aburriendo. Les confesaré que incluso me molesta. Más que nada porque ellos son 10.000 y nosotros millones. Pero no movemos un dedo. Ni con esto ni con nada. Ahora te despiden y de la indemnización hay que descontar un porcentaje para que al ministro le salgan los números. Y no movemos un dedo. No sigo para evitar depresiones entre ustedes y la mía propia.
La parte buena de todo esto es que usted y yo podemos vivir sin plantearnos nuestro aforamiento. Con el mundial de fútbol tenemos bastante.


abr 26 2014

Nuevo diccionario económico 2011-2015

Alemania: País europeo que tiene agarrado por los huevos al resto del mundo.
Bancarrota: Economía familiar.
Caín: Nuevo ídolo mundial de los trabajadores puesto que todos ellos pasarán los mismos apuros que él.
Defraudador: En España, amnistiado. En algunos países, como Islandia, siguen siendo ladrones, delincuentes o sinvergüenzas dependiendo de si viven en el norte, sur o centro del país.
Esfumarse: Lo que hace el dinero virtual para llegar hasta paraísos fiscales.
Fiables: Antes eran personas de las que se podía responder o cosas que ofrecían seguridad. Como ya no existen se le ha buscado un acomodo (a la palabra): ahora son acciones que se compran para obtener beneficios fáciles y rápidos.
Galimatías: Telediario o especial informativo dedicado a la situación económica.
Hucha: Recipiente vacío.
Inversor: El que arriesga dinero en un negocio y lo pierde salvo que sea un chorizo.
Justicia: Palabra sin contenido en el ámbito económico.
Káiser: Cualquier alemán comparado con griegos, italianos, portugueses o españoles.
Lúgubre: Futuro.
Mercados: no se sabe lo que es esto aunque gobiernan el mundo entero. Deben ser una banda de chorizos o algo así.
Nada: Lo que el 95% de la población tiene en el banco.
Ñuto: En Perú, añicos. Es decir, en lo que nos van a convertir antes de acabar la crisis.
Oro: Metal precioso que se empeña y no se recupera nunca.
Prima: (de riesgo) Índice que mide lo mierdas que somos con respecto a Alemania.
Quebrado: Pensamiento tras leer la prensa económica.
Rajoy: Uno que no será premio Nobel de economía.
Sacrificio: Nueva forma de vida exigida por políticos y banqueros a los que no lo son.
Trituradoras: Reformas y recortes de los diferentes gobiernos del mundo.
Urtar: (Sin h) Es lo mismo que hurtar. Se puede hacer con h o sin ella mientras que el infractor sea rico.
Vivir: Paso por el mundo de las personas con un trabajo en precario, una nómina de mierda, ni una sola posibilidad para prosperar y mucho miedo a que las cosas vayan a peor.
X: Signo quinielístico que puede hacerte millonario si empatan, por ejemplo, Real Madrid y Conquense. Eso sí, hay que jugar a la quiniela puesto que, junto a cualquier forma de lotería, es la única opción de hacer dinero sin robar.
Yo: Ente el que piensan empresarios, políticos y banqueros; de forma exclusiva y por siempre jamás. Cualquier otro yo ha perdido todo tipo de interés e importancia.
Zapatero: Otro que no será premio Nobel. Ni de economía ni de nada.


dic 30 2013

Pequeña reflexión sobre el aborto

Hablar del aborto es difícil. Generalmente, incluso el que pretende aportar un punto de cordura en; por ejemplo, un debate, una charla entre amigos o un blog como este; suele poner enfrente a casi todos. Ya sea por una cosa o por la contraria; el aborto es un problema con el que no es fácil manejarse bien sin crear polémica. Primero porque el aborto tiene mucho que ver; en unos casos con cuestiones íntimas, creencias, con el mismísimo Dios; y en otros con la libertad individual, con los derechos de las personas. Claro, todo esto es sagrado; y, cuando digo todo, me refiero a todo sin excepción. Por otra parte, son muchos los que pretenden pontificar en cuanto abren la boca. No parece que este asunto acepte bien las imposiciones, ni los desaires, ni los argumentos torticeros o manipuladores, ni los insultos o, peor aún, las acusaciones gravísimas que suelen producirse. Si a esto le sumamos que la opinión masculina aparece siempre en charlas, discusiones o debates y que nunca fue bien aceptada por las mujeres o por buena parte de ellas, tenemos un cóctel peligrosísimo que conviene manejar con sumo cuidado. Sobre esto último que digo, sobre la opinión de los hombres, quiero hacer algún matiz. Es verdad que los varones nunca podremos entender totalmente qué sucede cuando una mujer queda embarazada, qué le lleva a querer interrumpir ese embarazo, qué se siente en un caso u otro. Eso es verdad. Tan verdad como que las opiniones sensatas que buscan caminos más fáciles de transitar deben ser bien recibidas. No hay que olvidar que la tragedia del aborto toca, si quieren de forma tangencial, a los dos que forman la pareja. Si quieren a familias enteras. Otra cosa bien distinta es que, desde las cavernas, el hombre ha tratado de imponer su criterio, por las buenas o por las malas, en este asunto y en todos los demás. Eso no puede consentirse. Una opinión que busca soluciones, sí.
Alguna vez he dicho que debemos ser especialmente cuidadosos con el lenguaje. Expresar una idea sobre el aborto debe producirse desde la delicadeza más absoluta, desde la tolerancia y desde el querer mejorar nuestra condición humana. Pienso en esos a los que se les llena la boca al decir que están en contra del aborto, despreciando a los que, según ellos, están a favor. Hay que ser muy cretino para pensar que alguien está a favor de algo así. Todos, todos sin excepción, estamos en contra del aborto. ¿Hay alguien en este mundo que esté a favor de crear un trauma, una tragedia o un problema que, sin duda, deja secuelas? Todos estamos en contra. Claro que sí. Del mismo modo, por la misma razón, los que gritan que están a favor, lo que hacen es dar un espectáculo patético. No saben ni lo que dicen. Habrá que suponer que reclaman una regulación, la libertad para decidir por parte de las mujeres o cualquier otra cosa que tenga sentido. Pero ya les digo que no están a favor de nada. Pues bien ya tenemos un punto de encuentro en el que nos encontramos todos. Sin saberlo, sin desearlo (los hay que están atrincherados y no hay forma de moverles), estamos todos en el mismo lugar. Qué cosas.
Lo que escuchamos sobre el aborto en algunos ámbitos resulta doloroso, irritante. Acusaciones de ida y vuelta, casquería y truculencia al referirse al feto, insultos. Esto, cuando se produce en un plató de televisión, es una irresponsabilidad desproporcionada. Son millones de personas los que asisten al espectáculo y eso supone que las ideas, de unos y otros, pueden radicalizarse de forma violenta. ¿Cómo alguien puede acusar a las mujeres que abortan de frívolas? ¿Cómo puede alguien pensar que las mujeres abortan por capricho, sin razón alguna? Pues estas cosas se escucharon en un debate televisado hace unos días. Que en el mundo hay idiotas ya lo sabemos. Que las mujeres, en general, no lo son es otra cosa que tenemos como certeza. En ese mismo programa, intervino una mujer que afirmaba que la gran víctima era el feto hecho trozos, pedazos. No sé las veces que pudo repetirlo haciendo hincapié en el detalle macabro. Sangre, sangre y casquería para dar fuerza a un argumento que debería sostenerse sin adornos ni envoltorios. Esto es un pequeño ejemplo aunque hay muchos más. Tal vez lo más extravagante que he leído en los últimos días son las declaraciones de doña Alicia Latorre (Presidenta Nacional de Asociaciones Provida de España) que dijo que la masturbación es una forma de aborto, también. Muy aristotélica ella, hablaba de la vida en potencia que traslada un espermatozoide en busca del óvulo. Chocante. Es como decir que talar un árbol es abortar porque el árbol generará oxígeno para que podamos vivir y sin ese árbol no daremos la opción a todas las personas que podrían poblar el planeta. En fin.
¿Dónde estamos colocados cuando hablamos del aborto? Me temo que no hay posturas intermedias. No cabe coger esto de un lado y esto del otro para instalarse en un lugar cómodo y coherente. Los que creen estar en estas circunstancias suelen ser los que no se han planteado el problema con seriedad, bien por miedo, bien por pereza, bien por creer que este asunto no va con ellos.
Una de las aristas que nos sitúa en un lugar u otro –al menos eso creen muchos- es determinar en qué momento hay vida o no la hay. Los científicos no logran ponerse de acuerdo. Esto ya dice mucho. Existen cientos de documentos en los que afirman no poder saber algo así, el momento en el que el feto es humano en plenitud. Por supuesto, los científicos católicos más radicales dicen que sí, que ellos lo saben, que en el momento en que se fecunda el óvulo ya hay vida humana. Porque tiene alma, porque lo dice el magisterio en varias encíclicas. Pero esto es suponer, creer, querer creer, desear que así sea. Es posible que también afirmen que Dios existe con rotundidad pasmosa, que María fue virgen sin lugar a dudas, que resucitaremos y alguna cosa más por el estilo. Todo afirmado desde la religión, desde la fe. De ciencia, nada. Nada criticable, por cierto. Además, no todos los científicos católicos dicen lo mismo. Estos sí presentan dudas. Es decir, que entre los que no saben, los que no están seguros y los que afirman sin una sola prueba objetiva, se forma un grupo muy homogéneo. Nadie es capaz de dar respuesta a la pregunta. Otra curiosa coincidencia. Van dos.
Gran parte de la batalla dialéctica se libra en este territorio. Cuándo hay vida humana. Desde el principio. Más tarde. Menos. La Iglesia está encantada, claro. Si alguien pudiera demostrar que la unión de cuatro o cinco células representa vida humana, el discurso de casi todos tendría que modificarse. Si fuera al revés sucedería lo mismo. Pero, como de momento, eso no parece que vaya a pasar, discutir sobre estos supuestos desgasta mucho y nadie puede demostrar que no tengan razón. Pero, claro, la pregunta es si los niños que mueren de hambre a diario en el mundo entero son personas humanas. La respuesta es sí. Pero aquí la batalla se presenta de otro modo. La doble moral con la que funcionamos es insólita y vergonzante. Peleamos la vida sin saber que lo es y dejamos que mueran los niños mientras nos excusamos con el dichoso no puedo hacer más.
Otra arista que coloca a cada uno en un lugar u otro –ya veremos si es así o no- es el derecho a decidir de las mujeres, la libertad personal de cada mujer. Ese derecho podría chocar frontalmente con el del feto. Pero, desde luego, la mujer es persona y, por lo que parece, ni siquiera sabemos si el feto lo es (otra cosa es que lo creamos). Esto elimina cualquier duda sobre una posible fricción de esos derechos. Por todo esto, la ley de plazos del año 1985 parecía que atinaba y aliviaba mucho el problema. ¿Y las libertades? Nunca fuimos justos (los hombres) con las mujeres respecto a sus libertades. Los curas tampoco (son hombres aunque algunos quieran ser divinos). Les recuerdo que hace unos días el Arzobispado de Granada (una empresa vinculada con él) ha editado un libro titulado Cásate y sé sumisa. No hacen falta comentarios. Sin embargo, unos dicen que regulando el aborto quieren dar la opción a la mujer a elegir y otros que prohibiéndolo quieren ayudar a todas las mujeres de este mundo. Al final, todos quieren ayudar a la mujer. Lugar común. Otra vez muy juntitos.
¿Puede, debe, el Estado formar las conciencias de los sujetos? ¿Puede, debe, el Estado decidir si un feto con malformaciones incompatibles con la vida o que convierta esa vida del niño y su familia en un infierno, debe nacer? Aquí soy tajante. No, no y mil veces no. Nunca. Entre otras cosas porque la mujer no es un recipiente de fetos que suministre mano de obra al país y sí una persona libre con todo el derecho a decidir. Y entre otras cosas porque el Estado no puede formar conciencias ya que esto supondría llegar al pensamiento único, al desastre cultural e ideológico. Las conciencias son de cada cual. Por cierto ¿cómo es posible que un gobierno se lleve por delante las ayudas a la dependencia y que, al mismo tiempo, nos cuenten que hay que hacerse cargo de una nueva vida condenada al sufrimiento propio y ajeno? Los políticos no quieren ver que, al final, convierten todo en cosa de ricos o en cosa de pobres.
Ya sé que todo esto es poca cosa y que hay cientos de especialistas que podrían profundizar mucho más en cada aspecto. Lo sé. Pero me parecía interesante buscar y encontrar puntos en común para avanzar en el debate sin lanzar los trastos a la cabeza de nadie. Es vergonzoso lo que sucede en los medios de comunicación. En un plató de televisión se puede sentar cualquiera y vomitar cuatro ideas mal estructuradas. No hay derecho. Algunas cosas no pueden escucharse sin sentir la necesidad de agarrar la estilográfica y escribir algo que sirva para ordenar ideas. Aunque sólo sean las propias.
Podría seguir escribiendo, pero no quiero aburrir a nadie. Supongo que con sus comentarios se irán completando y complementando las reflexiones que he iniciado.
Feliz Navidad.


sep 5 2013

Bits molotov

Ya comienzan a llegar los mensajes alentadores sobre la recuperación económica en España. Los periodos electorales se acercan y los discursos se modifican para dulcificar un auténtico desastre económico, social, moral y humano. Llegan los mensajes que hablan de economías enormes que nada tienen que ver con las domésticas, que nadie entiende aunque convivamos con ellas a diario. El color rosado se instala allá donde encontramos un político con cara de no haber roto un plato.

Pero la vajilla está hecha añicos. Por mucha sonrisa (forzada), por muchas palabras bien colocadas (vacías), por mucha noticia amable (manipulada hasta el insulto); por mucho esfuerzo que hagan algunos, muchos esperamos que la fragilidad de memoria -tan española de un tiempo a esta parte- no se alimente en los medios de comunicación y sí en las consciencias para cada uno de nosotros.

¿Qué sucede en la sociedad española? ¿Cómo es posible que; después de recortes feroces en el área educativa, sanitaria, de investigación y un largo etcétera; no se haya producido una auténtica revolución social? ¿Nos hemos acostumbrado tanto a la corrupción o a que nos tomen por idiotas? ¿Es la sociedad española capaz de aguantar mucho más? Podría seguir formulando preguntas durante horas.

Divide y vencerás, ¿verdad? Es algo que los fascistas del siglo XX sabían manejar a la perfección. Una vez que la sociedad está troceada es mucho más sencillo ir eliminando sectores incómodos tendiendo hacia el pensamiento único. Y con los medios de comunicación actuales (verdaderos rodillos que dejan a las personas casi inservibles) es penosamente fácil hacer algo así. Sirve la mentira, la manipulación más torticera, las rueda de prensa sin opción a preguntar, los discursos ridículos y grandilocuentes para anunciar una noticia fantástica que se convierte (pasadas unas horas) en una estafa. Sirve todo porque no pasa nada. En España ya nunca pasa nada. ¿Recuerdan el 15M? Pues ya se encargaron de reducirlo a un grupo de violentos, a un puñado de jóvenes sin oficio ni beneficio. Y, del mismo modo que nos ilusionamos, nos hemos olvidado de ese movimiento porque la reiteración de las imágenes de la policía atacada por esos locos (¿¿??) han terminado calando. Este es sólo un ejemplo. Si hablamos del caso Bárcenas o de los eres en andalucía, si revisamos lo que se ha dicho y la poca consideración que han tenido con los ciudadanos; una de dos, o reímos o nos liamos a poner bombas.

No somos capaces de organizarnos. Nos han dividido tanto que ya no tenemos el sentimiento de ser un colectivo, de sociedad. Cada uno se salva como puede, el problema de uno no es el de otro. Y ahora llegan los mensajes edulcorados, los comentarios en las barras del bar afirmando que al final nos han sacado de la crisis con todo lo cabrones que han sido, la credulidad idiota. Nos han convertido en lo que querían. Nos han cegado tanto con tanto miedo que somos incapaces de valorar el precio que se está pagando con esta crisis. Por cierto, nadie debe olvidar que esta crisis y los daños que ha causado, son la mayor estafa de la historia de la humanidad, un monumento al codicioso y el pasaporte eterno para todos los que quieran seguir robando a manos llenas. Se pueden contar con los dedos de una mano las personas que han tenido problemas después de provocar un daño irreparable. Es, sencillamente, vergonzoso ver cómo se ríen en nuestra cara.

Mientras todo esto ha sucedido, hemos estado mirando con cara de bobos el panorama, aterrados, sin mover un músculo por si lográbamos salvar el pellejo. Es bajísimo el porcentaje de personas que se han manifestado con frecuencia o que han decidido hacer huelga. Eso sí, hemos inventado una enorme revolución en las redes que, por cierto, no ha servido de nada. Millones de mensajes cada día. La herramienta más potente con la que jamás ha contado el ser humano; eso que llamamos la red; ha servido para que nos dedicáramos a lanzar bits molotov. Porque en las calles no hemos sabido canalizar nuestras energías.

Ahora, el panorama es desolador. Nadie se mueve. Parece que la batalla la hemos dado por perdida desde hace mucho tiempo. No estaría mal que pensáramos sobre ello y cargásemos con la parte de culpa que nos toca. Si quieren, hemos construido una revolución para ponernos estupendos en las redes, para hacer chistes y poco más.

Es posible que volvamos a tener una última oportunidad para evitar que la comunicación sea un arma de manipulación de masas. En la calle no hay pantallas de televisión que nos muestren lo que alguien quiere para formar opiniones que se agarren a lo escuchado y nunca a lo pensado por uno mismo. En la calle encontraremos a personas en circunstancias similares a las nuestras, viviendo las mismas miserias. Personas sin ganas de frivolizar porque ya están agotadas, arruinadas. Serán los funcionarios los que vuelvan a tirar del carro. Seguro. Los sanitarios, los profesores, los bomberos, los administrativos. Los de siempre, los que no han dejado de dar la cara. Sigamos su estela, lancemos nuestros bits molotov después de manifestarnos, después de votar con criterio.

Esta vez no podemos dejar que nos engañen. No lo debemos consentir. Hemos perdido un estado de bienestar que creíamos a salvo, un status social (casi todos) que tardaremos décadas en recuperar si es que alguna vez somos capaces de hacerlo. No pensemos tanto en el futuro y construyámoslo.


ago 29 2013

El problema de trabajar

Se habla mucho, muchísimo, sobre el problema del paro en el mundo entero. Y, además, en España, es una preocupación que trae de cabeza a millones de personas. Ambas cosas, los ríos de tinta vertidos y la preocupación, están más que justificadas. No seré yo quien rebaje un ápice lo que se ha dicho y se sigue diciendo, ni la carga que padecen los que quieren trabajar y no pueden.
Sin embargo, se habla mucho menos del problema del que trabaja. Aunque pudiera parecer una frivolidad lo que voy a decir, creo que es justo echar un vistazo al problema que sufren millones de personas.
Trabajo hace casi veinticinco años. Buena parte de ellos desempeñando funciones directivas y con un grado de responsabilidad importante dentro de las empresas que ha ido creciendo con el tiempo. He vivido más de una crisis económica (no como la actual aunque no fueron fáciles de superar las anteriores). Jamás había vivido un clima tan desasosegador en el conjunto de empresas con las que tengo relación (en la que trabajo o con las que realizo negocios). Jamás había visto desplomarse, no ya empresas, sino seres humanos que no soportan lo que creen que es injusto, indignante y patético. Jamás había observado tanta falta de reacción por parte de los trabajadores. Ahora se sienten desamparados, saben que han perdido buena parte de lo conseguido y que las batallas ya se producen en clara desventaja. No acuden pidiendo auxilio porque no hay donde ir. El desánimo es tan desolador que da miedo. Las empresas se llenan de personas desmotivadas, aturdidas, acobardadas y sin un sólo motivo que les haga seguir por el camino trazado. Ni siquiera saben si hay camino.
Es muy duro trabajar cuando eso, trabajar, se convierte en una carrera de pollos sin cabeza que no dirigen sus esfuerzos a un lugar concreto. Porque muchos de esos empresarios que querían una reforma laboral grandiosa han echado a correr llevando detrás de sí a miles de personas sin saber lo que hacen. Las empresas dirigidas por gente decente no han tenido que modificar sus políticas, ni despedir sin ton ni son. Las empresas dirigidas por buenos profesionales están saliendo adelante agarrando la mano de sus empleados porque de esto se sale en comunión.
Mientras todo iba bien, cuando los malos empresarios podían mover dinero, sus carencias se notaban menos. Pero, ahora, abruman a sus asalariados con órdenes absurdas, carreras alocadas y un palo en alto. Saber que estás en manos de un mediocre es tremendo. Y no hay pocos.
Mientras todo iba bien, hubo empresarios que gastaban sus beneficios en lo que fuera excepto en innovar su empresa, en formar a sus empleados. Saber que trabajas para alguien que ha dilapidado una fortuna y ahora quiere que le saquen las castañas del fuego los demás es indignante. Todos a correr y amenazados. Eso no hay quien lo aguante. Y son pocos los que están dispuestos a trabajar para que otro tenga un cochazo. Porque los que han sacado los pies del tiesto no han sido los que ganan mil doscientos euros. Esos nunca tuvieron la oportunidad. Sin embargo, se les echa la culpa de todo. Son vagos, se ponen malos, quieren tener derechos (algunos siempre hubo, pero la mayoría es gente honesta que se esfuerza lo que debe o más). Lo que no aparece en la prensa es que los empresarios pueden ser tan vagos como sus trabajadores, no se ponen enfermos y no aparecen por la oficina y creen tener el derecho a destrozar la vida de los demás para que la suya propia sea un lujo continuo.
Amenazas de despido, presiones insoportables. Eso es lo que hay. Todo se quiere hacer deprisa y corriendo sin que el plan sea coherente porque, muchas veces, no hay plan. Tal vez el único sea mantener un nivel de vida a costa de rebajas en los sueldos, despidos baratos o modificación de los horarios. ¿Cuándo se van a enterar de que una persona desmotivada puede estar sentada en su silla seis horas más sin rendir? El problema es tener un futuro dibujado o no. Si no existe es imposible sacar un mínimo rendimiento de la persona.
En cualquier organización en la que los empleados miran las sillas de los demás para saber si ha habido más despidos, en la que los veteranos se llevan las manos a la cabeza cuando se rodean de personas sin experiencia que llegan ganando una miseria creyendo que el mundo es suyo, en la que la cultura del miedo se impone; es imposible que las cosas vayan a mejor.
La desolación no es buena compañera de viaje. Ni la amenaza. Ni la prepotencia. Ni la ostentación. ¿Cómo alguien puede pedir esfuerzos estrenando un reloj de seis euros que eran los últimos que había en la caja?
Trabajar es un lujo para muchos. Para muchos una tortura. Es increíble, pero es así. En el momento en que ni los unos ni los otros tienen claro el futuro propio o el de sus hijos, se hace imposible que las cosas sean lo que deberían ser.
Los políticos hablan de grandes problemas. Los curas hablan de grandes problemas. Los empresarios hablan de grandes problemas. Todos hablan de sus problemas que no son otros que tener dinero a mano para gastar. De los pequeños problemas, de los de usted o de los míos, nadie habla salvo usted o yo. Y eso es una carga muy difícil de llevar.
Trabajar debería ser algo bueno. Al menos, algo mejor que no hacerlo. Y, sin embargo, parece la misma cosa tremenda y odiosa. Han conseguido algo que parece increíble. La fuerza de la codicia es tal que no han dejado títere con cabeza. ¿Les puede alguien avisar de que se van a morir igual?


jul 8 2013

La caverna global

Mientras nos escandalizamos con los políticos corruptos que nos ha tocado padecer; mientras asistimos atónitos a golpes de estado que justifican esos políticos sin que sepamos ni imaginemos razón alguna que lo explique; mientras el paro lleva a millones de personas por la senda del hambre en países que eran el mismísimo edén hace unos años; mientras algunos países se desangran a golpe de obús; seguimos ciegos ante algunas realidades tremendas, injustas y salvajes. Escandalizarse por todo esto está muy bien y no seré yo el que diga que no ha de ser así. Pero el mundo es muy grande y es obligación de todos no mirar una pequeña parte.
Los muertos en Egipto se cuentan por centenares. Es una tragedia, un bochorno y motivo de alarma y vergüenza para todos. Es muy importante estar informados y poner el granito de arena que podamos si es que existe. Pero en Egipto, en ese mismo país y al mismo tiempo, además de cientos de muertos hay cientos de mujeres violadas en los últimos días. Acuden a manifestarse, las rodean y las violan. Así de sencillo y de repugnante. En los programas informativos se les dedican cinco o seis segundos (segundos, no minutos) y hasta la próxima.
¿Son más importantes los muertos? Yo no lo sé. Pero, tal vez, sea un asunto que tenga mucho que ver con lo que está pasando. Un país en el que los hombres violan a sus mujeres como si fueran una manada de bestias (es verdad que algunos forman barreras humanas para impedirlo), un país en el que algunos justifican que esto pase diciendo que esas mujeres son prostitutas que van a manifestarse para ser violadas, un país que consiente esto por ser un problema menor, tiene un problema gravísimo. Esa falta de respeto por la mujer puede ser (seguro que lo es) una de las causas por las que se hace imposible una convivencia pacífica. No será el único problema, pero uno de ellos seguro que lo es. Tal vez la violencia se hace dueña y señora de las calles porque los mismos que piden libertad política y claman a su dios pidiendo justicia son los mismos que llaman puta a la mujer que sale a la calle sin compañía masculina. No es normal. Es una salvajada. No debería morir nadie por una idea. Ni ser violada en ningún caso. Ni las cadenas de televisión deberían consentirse pasar de puntillas por noticias como esta.
El mundo se está convirtiendo en la caverna global; en una cloaca que lo ocupa todo.
Y aquí seguimos haciendo el lila para que no nos salpique la mierda ni nos llegue el mal olor.
Espero que los blogs difundan una queja enorme y universal para que ninguna mujer sea violada con total impunidad. Espero que se articule de esta forma algún mecanismo de condena que llegue hasta los gobiernos.
De no ser así, no sólo será repugnante lo que sucede. También lo será nuestra actitud.


jun 25 2013

Carta abierta al Señor Wert

Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte:
Me dicen que anda usted molesto porque, allá donde va, le reciben con un abucheo, con peticiones de dimisión o desplantes por doquier. Además, se queja porque, según usted, no hizo un desplante nunca a nadie.
Y digo yo que usted lleva desplantando a la sociedad española desde que le sacaron de las tertulias televisivas para formar parte del gobierno. Señor Ministro, aunque crea usted que los españoles son un grupo enorme de catetos y borricos (que no merecen nada que no sea un trozo de pan y algo de televisión basura cada día), aunque desprecie a sus paisanos en cada declaración pública que realiza (un insulto a la inteligencia de todos cada vez que abre la boca); aunque dibuje la sociedad española como si se tratase de un rebaño del que cuidan cuatro señoritos muy estudiados (o que han pasado por la universidad y siguen siendo más tontos que pichote con título universitario y todo); aunque crea que todo esto es verdad, le tengo que aclarar algunas cosillas que le vendrán muy bien cuando le destituyan o tenga que dimitir a toda prisa.
Los desplantes que recibe son el resultado de lo que usted mismo viene haciendo durante estos meses que nos ha tocado soportar su gestión. Le recuerdo que según el diccionario de la lengua española, desplante en un dicho o acto lleno de arrogancia, descaro o desabrimiento (dureza de genio, aspereza en el trato). ¿No está usted siendo arrogante en su gestión como ministro? ¿Cómo es posible que alguien ponga en su contra a todos los demás (sí, sí; a todos los demás) si no es por su arrogancia, su trato distante e indiferente o su falta de sensibilidad ante los problemas comunes? ¿Es arrogante dictar una ley de espaldas al conjunto de la sociedad escudándose en un puñado de votos? ¿No le parece arrogante mirar la cultura como si fuera cosa de progres o la educación como cosa exclusiva de idealistas descerebrados?
Me dicen que el problema se centra en que no puede pagarse en parte la formación de aquellos que no lleguen a una nota media de 6,5 en su expediente académico universitario. Podría parecer que usted con esto intenta llegar a una excelencia maravillosa en la enseñanza. Podría parecer que usted intenta con esto dirigir los estudios de muchos hacia territorios más adecuados. No todo el mundo debería estudiar una carrera; la universidad debe ser el referente de la enseñanza y no se puede llenar de vagos y mediocres. Es insostenible pagar la formación de flojos; el Estado debe proteger a los que se esfuerzan. Cosas así, ¿verdad? Podría parecer que usted defiende esto. Pero no. No cuela, querido señor Wert.
La excelencia en la enseñanza no se consigue eliminando becas que permitan estudiar a los más desfavorecidos económicamente. ¿Cuántos son los que terminan su carrera sin grandes notas medias y terminan siendo magníficos profesionales? Muchos, señor Wert. Un expediente no resulta definitivo. Los hay que tiran de espaldas y han sido conseguidos por idiotas que no saben relacionarse con los demás o que, lejos de un aula, tienen ataques de pánico. ¿Cuántos expedientes magníficos se quedan reducidos a la nada en el ámbito laboral? Unos cuantos, señor Wert, unos cuantos. Cosechar sobresalientes puede hacerlo alguien con una inteligencia mediocre. O lo pueden conseguir tontos de baba con padres adinerados que matriculan a sus hijos en centros de enseñanza privada con manga ancha y tragaderas amplias. El poder del dinero no tiene límites.
La excelencia de la enseñanza no llega de hacerla exclusiva. De hecho, es justo al contrario. Cuando sólo podían estudiar los ricos, el mundo estaba lleno de titulados universitarios con dinero y poco más. Hoy, cualquier talento tiene alguna opción. Los mismos que ahora piensan (ellos, si siguen vivos, o sus hijos que aprendieron la teoría con facilidad) que nunca se debió dar la oportunidad a cualquiera porqué el tiempo ha dejado las cosas claras: cuanto más piensa la gente más peligrosa se hace; cuanto más sabe la gente más justicia desea. Resultó que entre los pobres había un puñado de muchachos y muchachas listas. Un gran problema de difícil solución. Por ejemplo, sus amigos los obispos ya no saben qué hacer. Pobres. Antes el rebaño creía en Dios por narices y aprovechaban la ignorancia para infundir miedos atroces y, de paso, su fe. Ahora, la cosa ha cambiado y sólo cree el que quiere (cosa que, por otro lado, está muy bien), la gente piensa por sí misma y no se deja llevar de la mano así como así. La tolerancia ante actitudes ventajistas es nula (cosa que, por otro lado, está muy bien). Y usted, que es muy bien mandado, se inventa excusas para que estos amigos y otros del mismo pelaje vuelvan a dominar la solución. Se trata de que todos traguen y estudien unos poquitos; de que la selección sea la que usted imponga intentando ganar un hueco en el cielo o cualquier otra cosa inimaginable.
Esta muy bien que un estudiante no se embarque en unos estudios universitarios si sus capacidades no le hacen apto. Eso está muy bien. ¿Hay opción? Claro que sí; la formación profesional. Esto queda muy bonito. Pero esto es España, señor Wert; esto es esa patria que tanto dicen defender algunos y que pisotean sin rubor al mismo tiempo. Los programas de formación profesional son limitados, la imagen de esos estudios está más que deteriorada, la percepción social de esas titulaciones es nefasta. Ningún muchacho se acerca a ese tipo de estudios sin complejos por sentirse el más tonto del barrio. ¿No debería usted planificar programas que diluyeran este problema? No, a usted se le da mucho mejor recortar presupuestos. Da igual si nos estamos jugando el futuro de millones de jóvenes.
Hay algo más que quisiera decirle, señor ministro. No dejo de pensar en lo siguiente: Parece injusto que un tipo con posibilidades económicas y una inteligencia mediocre o una capacidad de trabajo lamentable, pueda estudiar y otro, sin dinero, igual de mediocre y de vago, no lo pueda hacer. Muchos dirán: no, por Dios, no; con el dinero del Estado nunca. Eso es lo que está vendiendo en los medios de comunicación. Sin embargo, hablamos de 6,5 puntos de nota media. ¿En las ingenierías esta nota es muy normal? Conozco a tipos inteligentes y trabajadores que no superaron el 5,5 y son excelentes profesionales. Mire, señor Wert, hay estudiantes con gran capacidad intelectual que se pasan el día jugando al mus y presentan expedientes más que apañados. Otros trabajan, viven a dos horas de la facultad, en ciudad extraña y estudian lo que pueden. Tal vez no lleguen a tener un 6,5 de nota media. ¿A quién prefiere usted, señor ministro? Ha abierto usted un debate interminable porque no ha pensado lo suficiente en lo que ha dicho. Es lo malo de dogmatizar. Pero no se preocupe, le pasa mucho a los ministros.
Podrá usted maquillar todo esto como quiera, pero lo cierto es que la enseñanza primaria y secundaria está en manos de la Iglesia; las universidades públicas pierden terreno frente a las privadas; se está desmantelando una enseñanza que sirve para dar oportunidades a todos los españoles entre tijeretazo y tijeretazo. Y usted centra el problema en las becas y las notas que dan acceso a ellas. Una cortina de humo fabricada con algo que ya va a rectificar y que parece minimizar el gran problema que es la ley que quiere usted aprobar. Lo suyo es un despropósito inmenso. Pero insisto en que no cuela.
Parece mentira y causa gran tristeza que alguien se empeñe en pasar a la historia como el ministro peor valorado, el que más en contra ha tenido a la sociedad, el que se empeñó en convertir la educación y la cultura en algo accesible para unos pocos e imposible para casi todos. Señor Wert, el conocimiento es lo que nos puede hacer libres ¿verdad? Pues procure que lo seamos. No sea usted insensato. Y si quiere hacer rentable su gestión, dedique sus esfuerzos al trafico de armas o al de drogas. Eso sí que da un beneficio especialmente importante. Pero no juegue con algo como lo que tiene entre manos. Por favor.


abr 29 2013

¿Paciencia? (Otra carta más al señor Rajoy)

Señor Rajoy, ¿no le parece que, a estas alturas, pedir paciencia es indecente e insultante? ¿No le parece que ya tenemos agotadas nuestras reservas de paciencia después de aceptar sus mentiras y sus previsiones de opereta? ¿No le parece que se está usted pasando de la raya? Mire, señor presidente, que usted gobierne amparado por una dudosa mayoría absoluta (el número de los que le votaron no se acerca, ni por asomo, a la mitad de los votantes españoles) le otorga gran poder de decisión, pero, en ningún caso, debe tomar a los españoles por  el pito del sereno. Usted no tiene derecho a maltratar, provocar o insultar a nadie por más que le voten. Y esto que hace, cada día, es un atropello manifiesto.

Paciencia. Y se queda usted tan ancho. Pide que nos aborreguemos otro poquito para seguir con su plan de destrucción de derechos y logros de los trabajadores de este país. Sí, de esta España a la que usted dice amar tanto y que, sin embargo, desprecia con cada medida que toma. Nos pide paciencia cuando las calles deberían estar en llamas. No lo están; es asombroso; pero deje usted que pase el tiempo, deje usted que la clase media se aplaste por completo bajo los impuestos; siga usted por este camino hasta conseguirlo. Usted pide paciencia. ¿Con qué debemos tenerla? Con la contabilidad del señor Bárcenas, supongo (en la que usted aparece y le convierte en sospechoso, querido amigo; aunque se haga el loco).

¿Qué más quiere, señor presidente? Si somos un pueblo apagado, estamos perdiendo la chispa y no somos capaces de rechistar. Es lo que usted quería. No venga ahora con cuentos. ¿Cuántas amenazas apocalípticas hemos tenido que soportar? De usted, sí, de usted y los suyos.

Pero, tenga cuidado, nos sigue indignando que la clase política de este país robe con total impunidad. Es tremendo ver cómo algunos son ladrones y no pisarán la cárcel jamás. Es una vergüenza. ¿Con esto debemos tener paciencia? Tal vez se refiere usted a que veamos con tranquilidad cómo nuestros hijos viajan al extranjero para conseguir un puesto de trabajo y, en el mismo avión (en la zona delantera, eso sí), sus amigotes de partido o los empresarios que financian de forma ilegal a partidos políticos de todo tipo, viajan con maletines llenos de dinero. Nuestros hijos se quedan allí. Los otros regresan para seguir esquilmando lo que es de todos.

Pues usted pide paciencia y yo le pido decencia. Porque usted defiende los intereses de unos pocos y eso un presidente de gobierno no puede hacerlo. Se ha olvidado de los que sufren, de los que no saben qué hacer, de los hombres y mujeres que lloran porque no tienen forma de mantener a sus hijos.

Dice usted que si no ganan dinero las grandes corporaciones, nadie ganará dinero. Mentira, señor Rajoy. Miente y sabe que lo hace. Las empresas pueden reducir sus beneficios. Deben reducir sus beneficios en épocas como estas. Y si me apura sería muy rentable para todos. Más trabajadores en activo en esas empresas, más dinero para gastar, mayor producción. Pero no, el caso es favorecer la codicia de unos pocos. Es usted el arquetipo de político que pasará a la historia como la lacra más grande sufrida por la humanidad. Pero, claro, de este modo, intentando repartir lo que hay entre todos, Bárcenas no podría entregar sobres repletos de dinero. Sí, hay que quitárselo a los pobres para ser muy rico. Qué indecencia.

Ya pasará usted por caja, señor Rajoy. Ya le llegará el turno. Usted no se ponga nervioso.

Me sorprende que diga usted que es mejor decir la verdad que hacer castillos en el aire. ¡Pero si lleva mintiendo usted meses; pero si los castillos en el aire más colosales fueron los que usted dibujó durante la campaña electoral! Hay que tener caradura para decir lo que usted dice. Deje usted de insultar a los españoles, por favor.

Le recuerdo, señor Rajoy, que es muy fácil pedir paciencia viviendo a cuerpo de rey y teniendo el futuro garantizado. Eso es muy fácil. Pero piense un poco y acérquese a la realidad. ¿Deben tener paciencia los 6.200.000 parados? Pues me temo que estos no tienen ya ni paciencia ni nada. Si tuvieran se la darían de comer a sus hijos. Ya se la han robado usted y los suyos. Y no piense ahora en herencias. Lo suyo es suyo y, querido presidente, este marrón ya es de su propiedad. Le guste a usted o no.

Se ha pasado usted estos meses haciendo la tarea. Lo que le dicen otros usted lo asume sin rechistar. Lo que le gritamos en las calles se lo pasa por el arco del triunfo. Esta no es tarea de usted ¿verdad? Bonita forma de gobernar. Es usted una vergüenza de presidente. En lugar de ofrecer ruedas de prensa a través de un monitor y sin posibilidad de preguntas, debería usted dar un paseo por las calles de una ciudad cualquiera de España. Igual hasta cambiaba de parecer. Igual hasta dimitía.

Representa usted a una clase política corrupta, ladrona, poco preparada, vacía de ideales. Representa usted lo que es una vergüenza nacional. Y gobierna usted un país manso, sin personalidad, que ha cedido lo que tenía, derrumbado por el miedo que usted se ha encargado de inocular en las consciencias de todos. ¿Esto es lo que quería? ¿Este es el país por el que tanto cacarea cuando le enfoca la cámara? ¡Qué pena!

Sepa que es usted un títere en manos de otros con más dinero. No es usted nada, querido presidente. Nada de nada. Y, encima, tiene la poca vergüenza de pedir paciencia.


abr 25 2013

Bacon, bacon, bacon

La imagen de España en el extranjero es un desastre. Ya lo sabíamos. Que los alemanes piensen que somos vagos y corruptos no es nada nuevo. Que las imágenes de las cabras lanzadas desde un campanario den la vuelta al mundo es natural. Lo del toro de Tordesillas no puede dejar de ser noticia aquí y allá porque la cosa tiene delito. Vale. Todo esto está muy bien. Y un punto de razón hay en las críticas. Lo que ya no es tan normal, ni tan gracioso, es que se nos tache de flojos, de ineptos, de chorizos (sí, todos en el mismo saco como si todos fuéramos políticos) y que tengamos que sonreír cuando, por ejemplo, asistimos al festival del bacon en Estados Unidos. Pues no. Un festival del bacon es, entre otras cosas, una majadería como lo de lanzar cabras desde un campanario. La cabra, por cierto, cae sobre una red. El bacon eleva el nivel de colesterol hasta límites peligrosos. Y escuchar a cuatro majaderos gritar bacon, bacon, bacon, como si hubieran encontrado el dorado es completamente lamentable. Lo mismo que asistir a las disputas en Tordesillas porque unos quieren seguir haciendo salvajadas a un animal y otros lo defienden como si de su propio hijo se tratara.
El choque de culturas siempre se ha producido. Y esos encuentros han acabado, por regla general, como el rosario de la aurora. Esto del bacon y de la cabra no deja de ser una manifestación de lo más arcaico de esas culturas. Es decir, a los que comen bacon como para explotar, les parece que los españoles son unos salvajes. A los lanzadores de cabra eso de comer bacon a manos llenas les parece cosa de gilipollas. Eso es así y nunca cambiará. Porque aunque parezca que se defiende una cosa bastante tonta lo que se está haciendo es defender lo más íntimo de las personas. Los orígenes son sagrados e intocables.
Por tanto que nadie se asuste. Nos ven en el exterior como bichos raros, como maleantes, como mendigos, como lo que sea. Vale. Nosotros les vemos como puritanos, como tacaños, como gente que no saben aprovechar lo divertido de la vida, sin alegría. Y el mundo sigue. Unos engordando una cabra para que luzca bonita desde lo alto de la iglesia y otros engordando entre lonchas de panceta y refrescos de tres litros. Al fin y al cabo somos lo que somos.
Ay, si fuera cierto que nos levantamos a las tantas, que luego vamos tomar unas tapas sin aparecer por el trabajo, más tarde a dormir la siesta y para rematar el día nos volvemos a poner hasta las trancas de cañas y aperitivos; ay, qué bonita resultaría la vida. Y qué envidia nos tendrían con razón (ahora, nos envidian sin ella).


abr 15 2013

Hay que hacer cosas

Aprendemos y hacemos. Es sencillo y, a la vez, terrible. Porque, si el aprendizaje es un desastre, lo que hagamos lo será necesariamente.
Me van a permitir que ponga un ejemplo taurino. Cuando el torero decide dar un muletazo cambiado por la espalda al toro; es decir, en lugar de pasarle por delante hacerlo por detrás; está enseñando al toro un camino que no va a ser el habitual. Si el torero repite el pase por la espalda la cosa se complica y debe estar atento para no terminar en la enfermería cuando quiera dar un pase por delante. El toro aprende lo que le enseñan y, sin querer coger al torero, irá a la espalda y se lo puede echar a los lomos.
Pues bien, eso es lo que está pasando en nuestro mundo. Nos han enseñado que hay que competir; que esto es cosa de cada uno y que los demás son algo parecido al enemigo; que no se trata de ser felices sino de comprar mucho para parecer más; que los estudios válidos son los que nos proporcionan dinero; que las matemáticas son más importantes que la filosofía; que los árabes son fundamentalistas; que los cristianos son fundamentalistas; que las otras religiones son propias de iluminados que están, de paso medio tarados; que cada ser humano va por libre y eso de la sociedad consiste en que vivimos en colmenas y poco más. Nos están machacando a través de los medios de comunicación con mensajes falsos, erróneos, destructivos. Las ideologías han desaparecido para que sea la economía la que mande cuando casi nadie sabe qué es eso y para que sirve. Que las cosas se arreglan cuando el mundo entero se mueve y, si no es así, no hay nada que hacer.
Mentiras, enormes mentiras que nos están dejando reducidos a marionetas sin futuro, sin ideas y sin esperanza. Mentiras que nos tragamos sin parpadear. Mentiras que nos introducen en una espiral que no dejamos ya nunca más.
No hay que competir. De eso nada. Lo que hay que hacer es pensar en cómo podemos colaborar para conseguir un mundo mejor. Lo de competir es lo que se han inventado algunos para ganar más y más dinero. Los mismos que nos han convencido de que el enemigo es cualquiera que no seamos nosotros mismos. Que no, que no. Que nuestros compañeros de trabajo son eso y no otra cosa, que una persona es un igual y si lo olvidamos estamos perdiendo nuestra propia esencia, que la competición consiste en sobrevivir haciendo que todo vaya mejor. Es falso que seamos más felices teniendo más. Absolutamente falso. Lo que nos hace felices es ser amados, ser apreciados, ayudar a los demás. Joder, si damos una limosna a un pobre y creemos ser los reyes del mundo al creer que hemos hecho un favor a alguien que las está pasando canutas. Y las matemáticas son buenas si nos permiten sentirnos realizados. Y la filosofía o la mecánica o la fontanería. Es absurdo sentirse menos por elegir el futuro que creemos mejor. Es absurdo y lesivo. El que cree en Dios está en su derecho y es algo más que saludable si le va bien al individuo. Lo que es indecente es que nos presenten a esos individuos como locos o como seres extraños. Lo que es de locos es utilizar lo más íntimo de las personas -sus creencias, sus mitos- para atacarles o para conseguir que ataquen sin piedad a otros. Es falso que el mundo sea cosa de cada uno de nosotros. Que va. Somos un todo. Y, por supuesto, todo lo que hagamos influirá en otros. Usted que lee este texto, por poco que sea, está cambiando. El mundo se mueve porque todos nos movemos, porque hacemos cosas enanitas. Pero, sobre todo, porque somos una sola cosa. Y esa cosa (permitan que me ponga algo cursi) está unida por nuestra solidaridad y nuestra capacidad para amar y sentirnos amados. La gran diosa economía es una patraña que sirve a unos pocos. A los que idolatran el dinero.
Hay que hacer cosas. Por pequeñas que sean. Esa es la forma de cambiar el mundo. Eso de ampararse en el qué hago si no va a servir de nada es una postura antinatural y lejana a lo que el ser humano necesita. Hay que hacer algo. Lo que sea. Ya está bien de mirar con cara de pánfilos. Ya esta bien de tragarnos lo que nos dicen cuatro papanatas que tienen la posibilidad de hablar frente a un micrófono. Hay que hacer algo tan sencillo como pensar en los demás, en ayudar a los que podamos y con lo que podamos. Eso no es una utopía, no es algo inalcanzable. Lo podemos hacer. Aunque nos parezca muy poca cosa lo que esté a nuestro alcance. Hay que hacer cosas y hay que hacerlas ya mismo. Se lo pido, por favor, a todos ustedes.