sep 27 2014

Yo no soy funcionario

No soy funcionario. Me pareció que hacer otras cosas era más interesante. Además, eso de encerrarme durante meses para estudiar y conseguir plaza en un ayuntamiento o en el cuerpo de bomberos era demasiado. Nunca he entendido cómo alguien estudia y se esfuerza para terminar jugándose la vida vigilando la ciudad o en otro país. Miren como se lo pasan nuestros militares destacados en Afganistán. No sé, nunca lo tuve claro. Por ejemplo, estudiar medicina para terminar en un hospital del Estado y no en una clínica privada ganando dinero a sacos me pareció un atraso. En la administración pública no se hace nadie millonario salvo los que roban. Y me temo que los funcionarios no lo hacen. Ya sé, ya sé. También son funcionarios algunos de los que roban. Pero estoy hablando de la gran masa trabajadora que forma este colectivo. De los pocos que han encontrado una mina en la que expoliar a diario, hoy, no hablaré. Sencillamente, me aburre.
No soy funcionario. No lo soy. Soy un tipo normal y corriente. Un tipo que se toma un café en horas de trabajo para despejar la mente, un tipo que si tiene la posibilidad de tomarse un día libre (porque tengo derecho a ello) lo hago sin pestañear. No soy funcionario y cada mañana salgo a la calle sabiendo que no habrá basura acumulada junto a los árboles, que los cacos estarán en prisión vigilados por guardias civiles, policías y funcionarios de prisiones. De camino al trabajo (lo hago andando) veo entrar a cientos de niños en un colegio público del barrio. Lo hacen contentos porque allí les cuidan y aprenden y hacen lo que un niño debe hacer. Los encargados de algo tan fundamental sí son funcionarios. Yo no lo soy.
Empieza a ser preocupante que las cosas se vean de diferente manera. Es muy injusto criminalizar a padres y madres de familia que acuden a su puesto de trabajo con normalidad. No son los malos. No. Son personas normales y corrientes que se ganan la vida como cualquiera que no sea funcionario. Sí hay una diferencia, le guste o no le guste a la gente: trabajan al servicio de toda la sociedad. Piensen, por ejemplo, en la cantidad de personas se han quedado sin dormir esta noche para que todo funcione bien. Piensen (ya sé que es un engorro y las gestiones son pesadas) en cómo sería el mundo si no hubiera trabajadores en los centros oficiales ordenando el mundo. No son delincuentes. Eligieron un camino lleno de grandes esfuerzos para llegar al final. Esa es la diferencia. Muchas horas de estudio para acceder a un puesto de trabajo.
¿No serán los cargos políticos los que convierten todo esto en un desastre? Llegan con los que mandan cada cuatro años, con un sueldo estupendo, hacen lo que hacen y se van. Si es verdad que hay un problema de distribución del trabajo en la administración pública deben ser esos cargos los que lo resuelvan. No lo hacen y los funcionarios obedecen, mientras, órdenes estúpidas que no tienen ni pies ni cabeza, cambian sus puestos de trabajo porque a no sé quién se le ocurre que el edifico de enfrente es más bonito o lo que se les pase por la cabeza (siempre pensando en disparates, claro, porque hablamos de políticos y no de funcionarios). Si alguien cree (de esos que ponen a mandar en las administraciones) que la cosa no funciona que lo cambien; si existe un exceso de personal que no se convoquen oposiciones. Los funcionarios no tienen la culpa de todo esto. Sin embargo, llegan los nuevos y colocan a un montón de interinos, de personas señaladas con el dedo. Eso es lo que hacen. Gastar y gastar de mala manera lo que no es suyo. Es decir, robar.
Ser funcionario no debe convertirse en un estigma. Desayunar con los compañeros es algo que hacemos todos, hablar de fútbol lo mismo. Todos somos lo mismo. No entiendo por qué cuando hablamos de funcionarios nos la agarramos con papel de fumar. De verdad que no. Cada trabajador tiene un puesto en la sociedad y la sirve de un modo u otro.
Como sé que la frase estrella cuando se habla de esto es “sí, pero a ellos les pagamos entre todos” les pido que (si han pensado en formular la preguntita dichosa) piensen en esta respuesta: Todos estamos mejor gracias al esfuerzo que hacen y ellos, todos, trabajan por nosotros. Los demás tenemos intereses más particulares y por esa razón el sueldo llega de otro lugar.
No soy funcionario. Pero me parece angustioso e injusto lo que les están haciendo con este colectivo. Criminalizar su labor y, acto seguido, robarles sus derechos.
Este gobierno ha elegido la vía sencilla. Subir los impuestos, favorecer a la banca, esquilmar a los empleados públicos y aprovechar para (el colapso del miedo lo tapa todo) arrasar con todo. Parece que piensan: devolved lo que os dimos, desgraciados; que os estáis poniendo muy chulitos.
Es verdad que cada sector se ha llevado lo suyo en forma de recorte, abusos y demolición. No hay más que ver el número de parados y la vida a diario en la empresa privada. Es verdad que todos hemos ido calientes a la cama. Pero a mí no me insultan por trabajar. Y a los funcionarios tampoco, pero casi. A eso no hay derecho.
No cometamos más injusticias con este colectivo. Piensen que es fundamental para que las cosas funcionen. Son como usted y como yo.


ago 27 2014

ME GUSTAN CHÉJOV Y BRITTEN. Y NO SOY UN FINOLIS

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Viene bien recordar un momento de mi actividad docente que me marcó de forma definitiva. Aunque esto ocurrió hace ya muchos años, lo tengo presente siempre que hablo de literatura, ópera, pintura o escultura. Fue una de esas cosas inesperadas que te enseñan más que cualquier manual. Fue uno de esos momentos emocionantes que te hacen modificar el punto de vista. En cualquier caso, es algo que he llevado conmigo durante todos estos años.
El muchacho se llamaba Javier. Era jugador de rugby. Compartimos aula durante un año en la Escuela de Letras de Madrid. Desde el primer día, presumió de estar allí para perder el tiempo y el dinero, de estar allí obligado puesto que era un lugar ajeno que no le correspondía. Todo lo que leíamos, todo lo que escribían sus compañeros o él mismo, le producía una risita incontrolable. Porque todo lo que se hacía allí le parecía ridículo, hortera y prescindible; cosas de gente extravagante que no tenía otra cosa en la que gastar su tiempo.
Sin embargo, en un par de textos que escribió y que, lógicamente, tuve que valorar, me pareció encontrar algo inusual, algo que permanecía escondido tras la camiseta a rayas verdes y blancas y un balón con forma de melón. El jugador de rugby procuraba escribir como si estuviera disputando una melé. Era brusco, utilizaba términos ásperos, casi violentos. Pero ocultaba una sensibilidad y una intuición con el lenguaje que, afortunadamente, asomaba en lo que escribía sin que él lo pudiese controlar. Ya les adelanto que ser leído con atención es, a menudo, muy peligroso si el lector sabe interpretar un texto.
Pues bien, aunque me dedicaba a la narrativa, una tarde sorprendí a mis alumnos con una clase de poesía. Dejé sobre la mesa siete u ocho libros de poemas y les hablé de las diferencias que había entre un relato y un poema, de los códigos tan distintos que se utilizaban en cada caso y de esas cosas que se manejan en un aula de literatura. Tenía por costumbre leer yo mismo los textos que usaba como ejemplo en cada clase, pero, ese día, pedí que alguien lo hiciera por mí. Naturalmente, nadie levantó la mano dado que las exigencias solían ser extraordinarias y, supongo, que nadie quiso arriesgar sin ton ni son. Pedí a Javier que fuera él quien lo hiciera. Con su media sonrisa burlona bien visible para todos, con cierta prepotencia en el gesto, se levantó y se acercó hasta mi mesa. Le entregué uno de los libros, señalé el poema que debía leer, me retiré unos pasos y le pedí que comenzase. No había terminado el primer verso y le interrumpí para pedirle que dejase de leer como si aquello fuesen las instrucciones de una batidora. Haz un esfuerzo y cuéntanos lo que dice el poeta. Intenta gustar, querido. Comenzó de nuevo. El poema era de César Vallejo. Decía así:
Se acabó el extraño, con quien, tarde / la noche, regresabas parla y parla. / Ya no habrá quien me aguarde,/ dispuesto mi lugar, bueno lo malo. / Se acabó la calurosa tarde; / tu gran bahía y tu clamor; la charla / con tu madre acabada / que nos brindaba un té lleno de tarde. / Se acabó todo al fin: las vacaciones / tu obediencia de pechos, tu manera / de pedirme que no me vaya fuera. / Y se acabó el diminutivo, para / mi mayoría en el dolor sin fin, / y nuestro haber nacido así sin causa.
Acabó como buenamente pudo. Cerró el libro, se sentó en mi silla y no pudo contener un llanto desconsolado, tremendo; que dejó a todos paralizados. Nadie se atrevía a decir ni pío. Fue él quien dijo que lo sentía mucho, que el poema le había recordado a su único y verdadero amor. Que se iba a dar una vuelta si no nos importaba.
Desde aquel día, Javier dejó su tontería en algún lugar alejado y se convirtió en uno de los mejores alumnos que jamás he tenido. Nunca me preguntó por los encabalgamientos que presenta el poema o por la estructura cercana al soneto o por la prosodia. Eso era lo de menos. Javier había descubierto la emoción, su propia sensibilidad, la utilidad de lo escrito, la importancia de la experiencia propia y vicaria, y lo demoledor que resulta la unión de ambas.
Cuento todo esto porque me encuentro, de forma habitual, con personas que tachan las obras de arte (por sistema) de inservibles, de estafas y de insultos a la inteligencia. Es posible que, en algunos casos, sea así; que la obra sea una mala muestra de lo que debe considerarse como obra de arte. Es posible. Pero lo que es seguro es que, a muchos de los que opinan de este modo, les puede lo que llamamos ignorancia. Por favor, no apliquen un sentido peyorativo al término; todos nosotros somos ignorantes respecto a alguna faceta de la realidad.
No saber, no comprender, es motivo de rechazo. Y es esto algo muy normal en todas las parcelas que tienen que ver con el arte. Leer una novela en la que el autor utiliza un vocabulario extraño para el lector y estructuras gramaticales nunca enfrentadas para este, es incómodo y molesto. Pero no hace que esa molestia convierta la novela en un relato mejor o peor. Mirar un cuadro que no tiene sentido alguno para el observador puede llegar a resultar un tostón aunque podría ser que ese cuadro fuera técnicamente una joya con un sentido admirable. Sentarse por primera vez en el patio de butacas de un teatro para asistir a la representación de una obra de Benjamin Britten puede acabar en aburrimiento si es un primer contacto del espectador con la ópera. Porque esto del arte requiere un aprendizaje como cualquier otra cosa de este mundo. Construir un criterio sólido para poder valorar, entender y disfrutar una obra de arte no es algo que se pueda hacer sin esfuerzo, sin quemar etapas (largas y numerosas).
Lo que ya no parece tan complicado ni tan difícil (de hecho es algo más que habitual) es negar la importancia de la cultura, de las obras de arte o creer que eso es cosa de finolis, de estirados y de snobs. No deja de ser sorprendente, porque el arte tiene mucho que ver con lo que somos, con lo que es el mundo entero; porque el arte es la representación de la consciencia colectiva del ser humano desde que este lo es; porque el arte es la única forma que el hombre ha encontrado para explicarse y explicar su entorno. Unas veces con gran acierto, otras con menos; algunas con forma de estafa; pero siempre con la intención de aprehender eso que es imposible de agarrar, con la intención de aportar el sentido necesario a nuestra existencia. El hombre tiene la vocación de ser infinito y el arte es la materialización de ese afán universal.
También me encuentro con personas empeñadas en colgar la etiqueta de elitista al arte. Estos son peores y suelen coincidir con los que conocemos como snobs. Creen que es cosa privada de los entendidos. Eso es un error porque el arte se nutre de las personas, deja de tener sentido sin ellas. Aunque, creo yo, lo mejor es no hacer mucho caso. Por ejemplo, un snob no es otra cosa que un idiota disfrazado de snob.
El arte es de todos. Por ello, es difícil entender cómo algunos lo maltratan, cómo los políticos lo utilizan como moneda de cambio o, sencillamente, lo ignoran. Es inexplicable que las leyes de educación españolas, una tras otras, ninguneen las humanidades, todo lo que tenga que ver con el arte.
El arte es elitista para los que creen que son la élite. El arte es universal para el que quiere entender qué demonios pinta en todo esto que llamamos vida; para el que descubre, no ya su mundo, sino el mundo entero, contemplando una escultura o escuchando la novena sinfonía de Ludwig van Beethoven. El arte es el cosmos y, desde luego, no es propiedad de nadie.


jun 28 2014

Yo no soy aforado

Pues ya lo ven ustedes. Aquí estoy como cada sábado. Y ni estoy aforado ni nada de nada.
En realidad, esto no debería ser motivo de comentario, pero me siento extraño, me da la sensación de estar rodeado por ellos. Allá donde miro encuentro hombres y mujeres que son o serán aforados. Esto es algo extraordinario.
Yo no lo soy, ni lo seré, ni siento el más mínimo interés por llegar a serlo. Ni me dedico a la política, ni soy juez, ni creo que me nombren rey. Debe ser que no tengo nada que ocultar y ningún miedo a que me juzgue (en el caso que sea necesario) un juez sea cual sea. Debe ser que ando por el mundo sin problemas que tengan que ver con la evasión de capitales, que pago mis impuestos religiosamente y no tengo previsto cometer delito alguno. Soy de los que creen que los malos ingresan en prisión y los buenos podemos tener una vida normal. Es más, si algún día cometo un delito por el que tenga que pagar con la prisión, con una buena cantidad de euros o con lo que sea, quiero poderlo hacer con la misma tranquilidad con la que vivo. Lo de vestirse por los pies es algo que llevo a gala y no me pienso apear del burro. Digo esto porque no dejo de ver aforados, pero, al mismo tiempo, veo imputados (eternos o algo así, dado el tiempo que lo están) e indultados.
No, no entiendo tanto alboroto en algunos casos porque fulano o mengano no estén aforados. Y me inquieta, y me hace sospechar, y me irrita; y, sobre todo, me aburre que es un primor. Tampoco entiendo la razón por la que algunos imputados no pisan la cárcel de una vez por todas (a algunos se les permite vivir en países extranjeros) ni la razón por la que se indulta a verdaderos sinvergüenzas.
Cada día la misma canción. Una lata.
Hagamos una pausa. Ya he dicho que esto me divierte poco. Una breve interrupción para aclarar que no soy de los que piensa que esta época que vivimos es la peor de la historia y que tenemos corruptos en cada rincón. Eso era antes. Lo que sucede es que, primero, ahora se saben muchas cosas que antes no (los medios de comunicación sirven para que esto sea así) y, segundo, no queremos que suceda (antes estaba tan instalada la corrupción en determinadas clases sociales que parecía parte del juego). Esta época es menos oscura y, afortunadamente, la gente sabe qué derechos tiene y qué deberes no hay que dejar de cumplir. Vamos a seguir con el tostón que les estaba comentando.
No soy aforado. Por suerte no tengo que soportar una carga que otros se apresuran a echarse sobre la espalda. Porque esto es muy gracioso. Ahora resulta que no lo ven como un privilegio sino como algo que supone una losa que llevan a cuestas sin que valoremos que nos hacen un favor con el servicio público que realizan. Habría que recordar a todos que son voluntarios, que ni uno solo ocupa su cargo por imposición. No soy aforado y voy por la vida sin temor alguno a que me denuncien o me salgan hijos en distintas provincias españolas. Será por eso por lo que me pregunto a qué vienen tantas prisas y tanto cerrar filas alrededor de los aforados. No sé. A mí me resulta extraño y me provoca (su actitud) que haga preguntas. Por ejemplo ¿a qué temen, a quién temen? Si no es un privilegio ¿por qué tantas carreras para aforar a unos y a otros? ¿Por qué aforar a alguien por lo que fue? Me dice uno de ellos que la idea no es proteger a las personas y sí a las instituciones, que las presiones que se podrían llegar a ejercer sobre los magistrados en el caso de juzgar a cargos públicos de responsabilidad sería nefasta. Claro, claro. Presiones. Y le contesto que esto se podría arreglar utilizando alguna fórmula diferente a la de aforar a medio país. No sé, se me ocurre una cosa muy sencilla: dejar de presionar. Ahora, él ríe poniendo cara de eres un ignorante, no sabes el país en el que vives. Yo no he presionado a nadie nunca jamás, le digo. Mira, hoy he llamado a una compañía de seguros y antes de hablar con uno de los agentes, me he tenido que tragar un mensajito grabado que decía: para proporcionarle un mejor servicio esta conversación podría ser grabada. Se me ocurre que, por ejemplo, los jueces en sus teléfonos tengan grabado un mensaje que diga: si tiene usted intención de presionarme por alguna razón no lo haga porque esta conversación va a ser grabada y el trallazo que le puedo meter es importante. Insisto en que no conozco a nadie que presione a los jueces o a los reyes o a los políticos. Ni siquiera conozco a nadie que tenga su teléfono. Supongo que ellos si tienen los de unos y los de otros. Anda, igual se presionan entre los aforados. Qué cosas. No, pero no voy a pensar mal. Comprenderás que es sorprendente que problemas tan sencillos se nos vendan como irresolubles. Tan sorprendente como ver las distintas velocidades que llevan para unas cosas u otras. ¿Te imaginas a un fiscal contestando un auto al día siguiente? A mí me habían dicho que eso era imposible, que escribir más de setenta folios lleva su tiempo. Pues es posible. Te lo digo yo. Igual la justicia es igual para todos y lo que cambian son las velocidades. Bueno, que ha sido un placer. De verdad. Me he ido a pasear por el parque de El Retiro para olvidar una conversación completamente absurda.
En España hay 10.000 sujetos aforados. ¡10.000! Imaginemos que hubiera media docena. Si alguien dijera quiero ser aforado, quiero ser aforado, es muy posible que le dieran una palmadita en la espalda y le mandasen a un centro de salud mental. Porque en ese caso, ser aforado sería una cosa rara y reservada a unos pocos o, como en el caso de Estados Unidos, no reservado a nadie porque no hay aforados de ninguna clase. Pero en España son 10.000. Madre mía. Más son, más fuerza tienen. Ya se sabe que la unión hace la fuerza. A ver quién mete mano a 10.000 personas sin que te líen la marimorena. Cosa rara por otra parte puesto que si no es un privilegio les debería dar igual ser aforados que no serlo.
En fin, que esto me sigue aburriendo. Les confesaré que incluso me molesta. Más que nada porque ellos son 10.000 y nosotros millones. Pero no movemos un dedo. Ni con esto ni con nada. Ahora te despiden y de la indemnización hay que descontar un porcentaje para que al ministro le salgan los números. Y no movemos un dedo. No sigo para evitar depresiones entre ustedes y la mía propia.
La parte buena de todo esto es que usted y yo podemos vivir sin plantearnos nuestro aforamiento. Con el mundial de fútbol tenemos bastante.


abr 26 2014

Nuevo diccionario económico 2011-2015

Alemania: País europeo que tiene agarrado por los huevos al resto del mundo.
Bancarrota: Economía familiar.
Caín: Nuevo ídolo mundial de los trabajadores puesto que todos ellos pasarán los mismos apuros que él.
Defraudador: En España, amnistiado. En algunos países, como Islandia, siguen siendo ladrones, delincuentes o sinvergüenzas dependiendo de si viven en el norte, sur o centro del país.
Esfumarse: Lo que hace el dinero virtual para llegar hasta paraísos fiscales.
Fiables: Antes eran personas de las que se podía responder o cosas que ofrecían seguridad. Como ya no existen se le ha buscado un acomodo (a la palabra): ahora son acciones que se compran para obtener beneficios fáciles y rápidos.
Galimatías: Telediario o especial informativo dedicado a la situación económica.
Hucha: Recipiente vacío.
Inversor: El que arriesga dinero en un negocio y lo pierde salvo que sea un chorizo.
Justicia: Palabra sin contenido en el ámbito económico.
Káiser: Cualquier alemán comparado con griegos, italianos, portugueses o españoles.
Lúgubre: Futuro.
Mercados: no se sabe lo que es esto aunque gobiernan el mundo entero. Deben ser una banda de chorizos o algo así.
Nada: Lo que el 95% de la población tiene en el banco.
Ñuto: En Perú, añicos. Es decir, en lo que nos van a convertir antes de acabar la crisis.
Oro: Metal precioso que se empeña y no se recupera nunca.
Prima: (de riesgo) Índice que mide lo mierdas que somos con respecto a Alemania.
Quebrado: Pensamiento tras leer la prensa económica.
Rajoy: Uno que no será premio Nobel de economía.
Sacrificio: Nueva forma de vida exigida por políticos y banqueros a los que no lo son.
Trituradoras: Reformas y recortes de los diferentes gobiernos del mundo.
Urtar: (Sin h) Es lo mismo que hurtar. Se puede hacer con h o sin ella mientras que el infractor sea rico.
Vivir: Paso por el mundo de las personas con un trabajo en precario, una nómina de mierda, ni una sola posibilidad para prosperar y mucho miedo a que las cosas vayan a peor.
X: Signo quinielístico que puede hacerte millonario si empatan, por ejemplo, Real Madrid y Conquense. Eso sí, hay que jugar a la quiniela puesto que, junto a cualquier forma de lotería, es la única opción de hacer dinero sin robar.
Yo: Ente el que piensan empresarios, políticos y banqueros; de forma exclusiva y por siempre jamás. Cualquier otro yo ha perdido todo tipo de interés e importancia.
Zapatero: Otro que no será premio Nobel. Ni de economía ni de nada.


feb 20 2014

Un lugar extraordinario

El mundo está por inventar. Del mismo modo que la codicia de algunos hombres y mujeres reducen las sociedades a lugares de sufrimiento y a un territorio de pastoreo en los que los seres humanos son arrinconados en una falsa felicidad (esa que consiste en poseer aquello que no se necesita y otros te lo han colocado como una necesidad absoluta); todos tenemos la obligación de convertir nuestro entorno en algo amable, en un lugar extraordinario. El gran reto del hombre actual es dar la espalda a un sistema económico injusto y que se ha convertido en una trituradora de personas; el gran reto es diseñar lugares en los que las personas de todo el mundo se sientan orgullosas de estar, de ser.
Alguno estará pensando que sí, que esto es muy bonito, pero que resulta imposible. Otros pensarán que resulta imposible dar la espalda a ese sistema económico sin que se produzca un colapso total que convertiría en un infierno el planeta entero y provocaría sufrimiento a muchas más personas que las que en este momento carecen de esperanza. Pero ¿no estamos ya colapsados desde una perspectiva humanística? ¿No es un caos absoluto que millones de personas mueran de hambre mientras muchos menos acumulan riqueza y bienestar? Aquí lo que sucede es que nuestro sentido solidario es insignificante y tramposo; aquí lo que pasa es que nuestra libertad personal la hemos reducido a tener luz en casa (eléctrica) y agua caliente, a poder gastar dinero en gilipolleces. Aquí la única verdad es que somos miedosos, que no estamos dispuestos a sacrificar nada de lo que tenemos. Claro que podría cambiarse el mundo. Claro que sí. Aún me emociona ver cuadros y fotografías de aquellos que agarraban una bandera y no daban un paso atrás si les rozaban su libertad o sus ideales.
¿Qué le ha pasado al ser humano? ¿Tanto esfuerzo para quedar reducidos a esto? ¿Tanto ha cambiado nuestra condición? No quiero creerlo. El hombre nunca tuvo vocación de avanzar formando dóciles rebaños. El hombre lo que siempre tuvo fue vocación de ser inmortal siendo mortal. Y así demostramos ser mortales como cualquier otra especie conocida. El poder de los medios es tan poderoso que nos está dejando reducidos a la mínima expresión.
El mundo está por inventar. El mundo debemos rediseñarlo. Desde luego, nunca delante de un televisor o mirando con cara de lelos lo que sucede. Hace poco asistimos a unas jornadas en Gamonal que dan mucho que pensar. Lo de Ucrania es otra cosa aunque no se aleja de esa rebeldía que caracteriza a cualquiera que se siente pisoteado (lo digo con todas las reservas asistiendo en directo a una batalla campal inadmisible y no seré yo el que defienda un solo gesto violento).
¿Hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar si, a cambio, tuviéramos la certeza de un mundo mejor para todos los hombres y mujeres del mundo? Me temo que no muy lejos. Nos han llevado a la renuncia personal, al abandono de ideales, a una renuncia impresentable frente a lo que pintamos en este lío que es la vida. Todos sentimos vergüenza aunque no nos movemos.
Sin embargo, esto cambiará porque el ser humano necesita sentir que lo es. En nuestras manos está la posibilidad de pasar a la historia como una página oscura (otra más) o como aquellos que tomaron una decisión crucial; la de ser personas y luchar por su condición más íntima.
No estaría mal pensar en ello. Ya lo han hecho durante demasiado tiempo por nosotros. Es nuestro turno.


ene 27 2014

El cambio de todos

Nuestra civilización está en plena decadencia. Y la razón fundamental por la que nos encontramos en esa situación es que hemos intentado cambiar el mundo, hemos querido modificar el universo entero, sin sentir la necesidad de cambiar nosotros mismos. Esto ya lo intentaron los romanos, los griegos o los faraones. El resultado, en aquellas ocasiones, fue nefasto. Igual de malo que el que nos espera a nosotros.
En occidente, concrétamente en Europa, está sucediendo algo que parece no preocupar a nadie y que, sin embargo, es lo único con lo que nadie contaba hace algunos años –cuando la idea de una Europa unida además de fortachona se iba moldeando- y se ha presentado sin invitación previa. La periferia. Está acomodándose y tiñendo todo lo que encuentra en su camino en el viejo y maltratado continente. Ya somos parte de su familia.
Todos aquellos países que esquilmamos en su momento, todas las naciones que pasaron largos años sometidas por los europeos; se han convertido en auténtico motores de la economía, en almacenes de nuevas espiritualidades (un valor bastante despreciado en occidente), en sociedades modernas. Porque aunque sean distintas a la nuestra, son modernas. En Europa todo lo que es distinto a lo nuestro se toma por atrasado y cosa de locos, por producto del fundamentalismo más canalla. Tal vez, sería conveniente revisar nuestra percepción del mundo porque ¿quién dice que la modernidad está representada por nosotros y no por ellos? Nuestra maldita soberbia no nos deja ver más allá de nuestras propias narices. Sea como sea, igual que a los romanos les invadieron y les vencieron; los países que eran periféricos y pobres, nos han invadido, nos están comprando a poquitos. Y lo peor de ese tsunami está por llegar. Eso sí, nosotros seguimos eligiendo traje de baño para estar guapos el día que la ola enorme llegue. Naturalmente, esa invasión a la que me refiero no es militar. Se trata de algo más pacífico aunque igual de demoledor. Se compran unos miles de millones de deuda soberana de los países a invadir, se ofrece a las empresas más poderosas que se instalen en los países invasores (eso sí, a precio de ganga para que allí trabajen cobrando una miseria y aquí juguemos al mus o algo) dejando la industria europea patas arriba y, como colofón, nos mandan unos millones de personas para que trabajen aquí (a precio de ganga, también) e instalen sus negocios en los que puedan vender toda clase de producto a precio de ganga y dejando sin opciones a los fabricados en Europa. La palabra clave es ganga. Supongo que ya estarán preparando grupos específicos expertos en mus para no dejarnos ganar ni a eso. Pero nosotros no nos preocupamos; nosotros a lo nuestro; nada de cambios porque somos lo más de lo más. ¿No hubiera sido más adecuado y más justo instalar nuestras fábricas en otros países para que la calidad de vida de allí se pareciese a la nuestra? ¿No sería más humano y más apropiado pagar lo mismo a un inmigrante que a un trabajador local para igualar las condiciones por arriba?
Quisimos cambiar el mundo desde la prepotencia, desde la desigualdad social, desde nuestras creencias religiosas (tan fanáticas como las lejanas, todo hay que decirlo); despreciando lo de otros, sin respeto alguno por lo que diferencia aparentemente a los seres humanos, pero que, sin embargo, nos hace iguales en lo profundo, en la esencia. Es curioso que, ahora, queramos mantener nuestros privilegios con los mismos argumentos y con la misma actitud. Por no cambiar, no hemos cambiado ni eso. Quisimos cambiar el mundo sin evolucionar nosotros mismos o haciendo evolucionar todo hacia nosotros para que fuese a nuestra imagen y semejanza. Nos dijeron que eran más salvajes, que sus dioses eran pequeños ídolos sin importancia, que estaban lejos, que nunca podrían salir adelante sin nuestra tecnología, sin nuestro dinero, sin nuestro talento para hacer o deshacer. Nos dijeron que éramos intocables. Y, por supuesto, nos creímos el engaño.
Sin embargo, ahora, siendo como siempre fuimos y sin ánimos de cambio, nos encontramos en la cola del pelotón. En la periferia. Ya sé que un buen número de países quisieran estar la mitad de bien que nosotros, que tienen un índice de pobreza que debería hacernos sentir vergüenza, unos niveles de analfabetismo exagerados y que sus dirigentes son corruptos y opresores. Eso ya lo sé. Pero me temo que las diferencias se acortan. Ya veremos si, de aquí a unos años, no prefieren quedarse como estén en lugar de parecerse a nosotros. Nuestros pobres son, cada día más pobres; nuestras clases medias tienden a desaparecer; estudiamos aunque nos enseñan cosas que nos impiden ver el mundo con claridad; nuestros políticos son tan corruptos como los de las repúblicas bananeras (la diferencia es que visten algo más formales).
Hemos confundido la evolución de las personas con los avances técnicos, hemos olvidado lo importante del ser humano para centrarnos en las máquinas, en el dinero y en la posesión de cualquier bien material. Hemos olvidado la felicidad, la solidaridad. Lo fundamental. Y estamos en la periferia por ser tan zoquetes. Cuando en una sociedad los ancianos mueren en las residencias más solos que la una es que algo no va bien. Cuando una sociedad se conforma con imitarse a sí misma todo termina siendo una caricatura. Olvidar los orígenes es mortal para cualquier civilización. Lo mismo ocurre perdiendo esa capacidad de búsqueda del sentido de nuestra existencia. No recordamos que nuestra función en este mundo es lograr que el ser humano sea más y mejor. Pero, sobre todo, nos hemos olvidado de cambiar, de buscar y buscarnos como personas. Ese es el cambio importante y no el del dólar.


dic 30 2013

Pequeña reflexión sobre el aborto

Hablar del aborto es difícil. Generalmente, incluso el que pretende aportar un punto de cordura en; por ejemplo, un debate, una charla entre amigos o un blog como este; suele poner enfrente a casi todos. Ya sea por una cosa o por la contraria; el aborto es un problema con el que no es fácil manejarse bien sin crear polémica. Primero porque el aborto tiene mucho que ver; en unos casos con cuestiones íntimas, creencias, con el mismísimo Dios; y en otros con la libertad individual, con los derechos de las personas. Claro, todo esto es sagrado; y, cuando digo todo, me refiero a todo sin excepción. Por otra parte, son muchos los que pretenden pontificar en cuanto abren la boca. No parece que este asunto acepte bien las imposiciones, ni los desaires, ni los argumentos torticeros o manipuladores, ni los insultos o, peor aún, las acusaciones gravísimas que suelen producirse. Si a esto le sumamos que la opinión masculina aparece siempre en charlas, discusiones o debates y que nunca fue bien aceptada por las mujeres o por buena parte de ellas, tenemos un cóctel peligrosísimo que conviene manejar con sumo cuidado. Sobre esto último que digo, sobre la opinión de los hombres, quiero hacer algún matiz. Es verdad que los varones nunca podremos entender totalmente qué sucede cuando una mujer queda embarazada, qué le lleva a querer interrumpir ese embarazo, qué se siente en un caso u otro. Eso es verdad. Tan verdad como que las opiniones sensatas que buscan caminos más fáciles de transitar deben ser bien recibidas. No hay que olvidar que la tragedia del aborto toca, si quieren de forma tangencial, a los dos que forman la pareja. Si quieren a familias enteras. Otra cosa bien distinta es que, desde las cavernas, el hombre ha tratado de imponer su criterio, por las buenas o por las malas, en este asunto y en todos los demás. Eso no puede consentirse. Una opinión que busca soluciones, sí.
Alguna vez he dicho que debemos ser especialmente cuidadosos con el lenguaje. Expresar una idea sobre el aborto debe producirse desde la delicadeza más absoluta, desde la tolerancia y desde el querer mejorar nuestra condición humana. Pienso en esos a los que se les llena la boca al decir que están en contra del aborto, despreciando a los que, según ellos, están a favor. Hay que ser muy cretino para pensar que alguien está a favor de algo así. Todos, todos sin excepción, estamos en contra del aborto. ¿Hay alguien en este mundo que esté a favor de crear un trauma, una tragedia o un problema que, sin duda, deja secuelas? Todos estamos en contra. Claro que sí. Del mismo modo, por la misma razón, los que gritan que están a favor, lo que hacen es dar un espectáculo patético. No saben ni lo que dicen. Habrá que suponer que reclaman una regulación, la libertad para decidir por parte de las mujeres o cualquier otra cosa que tenga sentido. Pero ya les digo que no están a favor de nada. Pues bien ya tenemos un punto de encuentro en el que nos encontramos todos. Sin saberlo, sin desearlo (los hay que están atrincherados y no hay forma de moverles), estamos todos en el mismo lugar. Qué cosas.
Lo que escuchamos sobre el aborto en algunos ámbitos resulta doloroso, irritante. Acusaciones de ida y vuelta, casquería y truculencia al referirse al feto, insultos. Esto, cuando se produce en un plató de televisión, es una irresponsabilidad desproporcionada. Son millones de personas los que asisten al espectáculo y eso supone que las ideas, de unos y otros, pueden radicalizarse de forma violenta. ¿Cómo alguien puede acusar a las mujeres que abortan de frívolas? ¿Cómo puede alguien pensar que las mujeres abortan por capricho, sin razón alguna? Pues estas cosas se escucharon en un debate televisado hace unos días. Que en el mundo hay idiotas ya lo sabemos. Que las mujeres, en general, no lo son es otra cosa que tenemos como certeza. En ese mismo programa, intervino una mujer que afirmaba que la gran víctima era el feto hecho trozos, pedazos. No sé las veces que pudo repetirlo haciendo hincapié en el detalle macabro. Sangre, sangre y casquería para dar fuerza a un argumento que debería sostenerse sin adornos ni envoltorios. Esto es un pequeño ejemplo aunque hay muchos más. Tal vez lo más extravagante que he leído en los últimos días son las declaraciones de doña Alicia Latorre (Presidenta Nacional de Asociaciones Provida de España) que dijo que la masturbación es una forma de aborto, también. Muy aristotélica ella, hablaba de la vida en potencia que traslada un espermatozoide en busca del óvulo. Chocante. Es como decir que talar un árbol es abortar porque el árbol generará oxígeno para que podamos vivir y sin ese árbol no daremos la opción a todas las personas que podrían poblar el planeta. En fin.
¿Dónde estamos colocados cuando hablamos del aborto? Me temo que no hay posturas intermedias. No cabe coger esto de un lado y esto del otro para instalarse en un lugar cómodo y coherente. Los que creen estar en estas circunstancias suelen ser los que no se han planteado el problema con seriedad, bien por miedo, bien por pereza, bien por creer que este asunto no va con ellos.
Una de las aristas que nos sitúa en un lugar u otro –al menos eso creen muchos- es determinar en qué momento hay vida o no la hay. Los científicos no logran ponerse de acuerdo. Esto ya dice mucho. Existen cientos de documentos en los que afirman no poder saber algo así, el momento en el que el feto es humano en plenitud. Por supuesto, los científicos católicos más radicales dicen que sí, que ellos lo saben, que en el momento en que se fecunda el óvulo ya hay vida humana. Porque tiene alma, porque lo dice el magisterio en varias encíclicas. Pero esto es suponer, creer, querer creer, desear que así sea. Es posible que también afirmen que Dios existe con rotundidad pasmosa, que María fue virgen sin lugar a dudas, que resucitaremos y alguna cosa más por el estilo. Todo afirmado desde la religión, desde la fe. De ciencia, nada. Nada criticable, por cierto. Además, no todos los científicos católicos dicen lo mismo. Estos sí presentan dudas. Es decir, que entre los que no saben, los que no están seguros y los que afirman sin una sola prueba objetiva, se forma un grupo muy homogéneo. Nadie es capaz de dar respuesta a la pregunta. Otra curiosa coincidencia. Van dos.
Gran parte de la batalla dialéctica se libra en este territorio. Cuándo hay vida humana. Desde el principio. Más tarde. Menos. La Iglesia está encantada, claro. Si alguien pudiera demostrar que la unión de cuatro o cinco células representa vida humana, el discurso de casi todos tendría que modificarse. Si fuera al revés sucedería lo mismo. Pero, como de momento, eso no parece que vaya a pasar, discutir sobre estos supuestos desgasta mucho y nadie puede demostrar que no tengan razón. Pero, claro, la pregunta es si los niños que mueren de hambre a diario en el mundo entero son personas humanas. La respuesta es sí. Pero aquí la batalla se presenta de otro modo. La doble moral con la que funcionamos es insólita y vergonzante. Peleamos la vida sin saber que lo es y dejamos que mueran los niños mientras nos excusamos con el dichoso no puedo hacer más.
Otra arista que coloca a cada uno en un lugar u otro –ya veremos si es así o no- es el derecho a decidir de las mujeres, la libertad personal de cada mujer. Ese derecho podría chocar frontalmente con el del feto. Pero, desde luego, la mujer es persona y, por lo que parece, ni siquiera sabemos si el feto lo es (otra cosa es que lo creamos). Esto elimina cualquier duda sobre una posible fricción de esos derechos. Por todo esto, la ley de plazos del año 1985 parecía que atinaba y aliviaba mucho el problema. ¿Y las libertades? Nunca fuimos justos (los hombres) con las mujeres respecto a sus libertades. Los curas tampoco (son hombres aunque algunos quieran ser divinos). Les recuerdo que hace unos días el Arzobispado de Granada (una empresa vinculada con él) ha editado un libro titulado Cásate y sé sumisa. No hacen falta comentarios. Sin embargo, unos dicen que regulando el aborto quieren dar la opción a la mujer a elegir y otros que prohibiéndolo quieren ayudar a todas las mujeres de este mundo. Al final, todos quieren ayudar a la mujer. Lugar común. Otra vez muy juntitos.
¿Puede, debe, el Estado formar las conciencias de los sujetos? ¿Puede, debe, el Estado decidir si un feto con malformaciones incompatibles con la vida o que convierta esa vida del niño y su familia en un infierno, debe nacer? Aquí soy tajante. No, no y mil veces no. Nunca. Entre otras cosas porque la mujer no es un recipiente de fetos que suministre mano de obra al país y sí una persona libre con todo el derecho a decidir. Y entre otras cosas porque el Estado no puede formar conciencias ya que esto supondría llegar al pensamiento único, al desastre cultural e ideológico. Las conciencias son de cada cual. Por cierto ¿cómo es posible que un gobierno se lleve por delante las ayudas a la dependencia y que, al mismo tiempo, nos cuenten que hay que hacerse cargo de una nueva vida condenada al sufrimiento propio y ajeno? Los políticos no quieren ver que, al final, convierten todo en cosa de ricos o en cosa de pobres.
Ya sé que todo esto es poca cosa y que hay cientos de especialistas que podrían profundizar mucho más en cada aspecto. Lo sé. Pero me parecía interesante buscar y encontrar puntos en común para avanzar en el debate sin lanzar los trastos a la cabeza de nadie. Es vergonzoso lo que sucede en los medios de comunicación. En un plató de televisión se puede sentar cualquiera y vomitar cuatro ideas mal estructuradas. No hay derecho. Algunas cosas no pueden escucharse sin sentir la necesidad de agarrar la estilográfica y escribir algo que sirva para ordenar ideas. Aunque sólo sean las propias.
Podría seguir escribiendo, pero no quiero aburrir a nadie. Supongo que con sus comentarios se irán completando y complementando las reflexiones que he iniciado.
Feliz Navidad.


dic 13 2013

Seres humanos y nada más

Nací en 1964. Es decir, viví, hasta finales de los años setenta, recibiendo la información que teníamos disponible. Escasa y poco fiable. Fui a la escuela y me enseñaron, por ejemplo, que la guerra civil española fue una cruzada contra un comunismo demoniaco, que los perdedores eran monstruos peligrosos; que los profesores podían sacudirte una chuleta o un guantazo o una auténtica leche desproporcionada porque algo habrías hecho y era mejor no protestar no fuera a ser que te dieran una docenita más; que Dios existía y punto, que era la única opción posible; en realidad, todo era la única opción posible. Eso era lo que había, era bueno y no se podía discutir. Mucho tiempo escuchando un discurso monolítico, intocable.
A partir del año setenta y cinco, una vez muerto Franco y camino de una adolescencia inquieta, aprendí que esos edificios en los que se guardaban con gran celo las ideologías, las religiones y las órdenes incontestables, no eran para tanto y se podían desmoronar en cuanto les empujaban un poquito. Aprendí a dar vueltas a su alrededor para encontrar puertas que escondían cosas sin brillo. Y descubrí otros edificios; bien cimentados, sin apuntalamientos mentirosos; llenos de ideas nuevas para mí, de otros dioses, de posibilidades que permitían pensar de mil y una formas. Busqué los caminos, los descubrí y los transité.
No soy una persona especialmente inteligente, pero he logrado tener un criterio propio que procuro mantener intacto salvo que la realidad me muestre otra posibilidad mejor.
Poco a poco, descubrí que el mundo no es como algunos lo cuentan; que ni siquiera es como uno piensa que es.
Todo esto lo digo pensando en Cataluña. Hace años que escucho que en las escuelas están descargando ideologías aterradoras y falsas, que la contaminación tramposa en la enseñanza es tan extraordinaria que causa pavor, que es esta una de las razones por la que la sociedad catalana se ha perdido para siempre y por lo que demanda una independencia urgente. Es posible que algo de cierto pueda encontrarse en estas afirmaciones. Es posible. Aunque lo que es una certeza es que los jóvenes catalanes tienen un criterio propio que han formado con el tiempo y que lo habrán hecho bien. Si les han intentado estafar no se lo habrán tragado como pavos. ¿Acaso los niños de mi generación somos (todos) anticomunistas, antirrepublicanos, medio curas y amigos de cruzadas violentas contra la democracia?
Es verdad que los políticos catalanes están manejando un discurso peligrosísimo; es verdad que son torpes y procuran tapar sus carencias ideológicas y su nefasta gestión de los recursos con movimientos estúpidos; es verdad que la manipulación de la historia es vergonzosa si es que se está produciendo. Es chocante que, cuando todo un continente se aferra a la idea de una Europa sólida, los habitantes de una parte del territorio español quieran rehusar. Todo eso puede ser verdad. Pero el pueblo catalán en su conjunto, a pesar de los políticos que sufren a diario, tienen (sin duda alguna) un criterio propio que nadie les puede arrebatar, bien anclado a ideas tan valiosas como la de los andaluces, los gallegos o los murcianos. Por otra parte, me encantaría saber quién quiere esa independencia y quién cree que no se trata de una buena idea.
Pero, también, es verdad que, todos los que cacarean que llega el fin del mundo con esta posible consulta que trata de realizar el gobierno catalán, no han sido capaces de aportar una solución. Por ejemplo, si es verdad que en las escuelas catalanas se manipula la historia, si es verdad que la sociedad catalana está creyendo no sé qué ideas horrorosas, ¿quién está intentando resolver este problema? Volvemos a lo de antes; los políticos españoles son un verdadero desastre y dedican su tiempo a conseguir votos olvidando los intereses generales del país. En lugar de gastas cientos de millones de euros en vender lo bien que hacen cosas menores, en lugar de imponer ideas, los gobiernos deberían pelear por la educación de las personas, por una educación adecuada y lejana a la mentira o la mediocridad.
Mentiría si dijera que todo esto me preocupa terriblemente. Lo justo, se lo aseguro. Creo que otro gallo nos cantaría si aprendiésemos a relativizar los problemas. Ya he dicho otras veces que Cataluña o Galicia o Cantabria o cualquier otra autonomía española son una parte pequeña de España, menores si las comparamos con Europa e insignificantes si la comparación se realiza con el universo entero. ¿Nos tenemos que pelear por una parte tan minúscula de lo que es la realidad? Andar con estas cosas en la cabeza como objetivo fundamental, cuando el mundo entero de desmorona por falta de valores éticos y morales, cuando millones de niños se mueren de hambre en el mundo entero o países se desangran por asuntos estúpidos que les llevaron a una guerra; andar con estas cosas en la cabeza se me hace difícil de entender.
Habrá que contar con que los políticos sean honrados es sus planteamientos (que se vayan a casa y dejen que otros lo intenten desde la decencia y la honradez, claro); que el criterio del pueblo catalán y el de los pueblos del mundo entero esté bien estructurado; que funcionen las inteligencias y se imponga el sentido común y no se lleven las cosas a los extremos (¿recuerdan el conflicto de los Balcanes?). Habrá que confiar en que alguien decida que lo importante es fijar un programa en el que la pedagogía democrática se potencie. Habrá que confiar, pero, sobre todo, habrá que trabajar y mucho para que todo funcione. Unos y otros. Si es que hay unos y otros. Me parece a mí que somos lo mismo. ¿Seres humanos? Sí, ese es el nombre.


oct 27 2013

Ya basta

Somos muchos los que nos preguntamos qué es lo que tiene que ocurrir para que las sociedades se movilicen ante lo que está ocurriendo en el mundo entero. Es tal la parálisis de las clases medias ancladas al terror por poder desaparecer diluidas en la pobreza; es tal la mediocridad en la que se encuentra instalada la clase política a nivel planetario; es tal el materialismo que gobierna a las personas; todo es tan patético, tan absurdo, que nadie acierta a encontrar una tabla salvadora que no sea el dinero, el enriquecimiento rápido, fácil y tramposo; o el arrimarse a alguien o algo que le proporcione un bienestar sea al precio que sea. El mundo se ha convertido en un altar en el que se idolatra todo aquello que signifique un atajo para el individuo, en el que el sentido solidario es un chiste, en el que el individuo aislado prima sobre el sentido social. El mundo se ha convertido en el vertedero de ideologías, del pensamiento plural, de la justicia o de cualquier otra cosa que haga del ser humano lo que toca.
¿Quién tiene la culpa de todo esto? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué futuro estamos construyendo? ¿Estamos preparados para afrontar lo que está por llegar? Somos muchos los que no sabemos contestar a estas preguntas; somos muchos los que no atinamos a decir nada sin caer en el tópico o en la demagogia espesa y estéril. Seguramente por la falta de reflexión o por el miedo a enfrentarnos con la realidad. Aunque me temo que son muchos más los que no se plantean nada de esto; bien por miedo, bien por desidia o porque pisan ese territorio que parece tan seguro (riqueza, poder político económico, social o religioso) y les aleja de la realidad. Una realidad que se volverá contra ellos antes o después. Siempre pasó. Lo triste es que, mientras les llega su turno, ni se plantean nada de esto ni les interesa nada de lo que pasa allí abajo.
Todos tenemos la culpa de lo que sucede. En mayor o menor medida, pero todos somos responsables. Por acción o por omisión. Mucho o poco. Por estafar o por dejarse estafar a cambio de no sé qué cosa inútil. ¿No era evidente que un trabajador no podía comprar un piso en la ciudad, otro en el pueblo para veranear y un coche que costaba el sueldo de tres años del sujeto? Era más que evidente. Los ricos (apoyados en los medios de comunicación que dominan) hicieron creer a todos que existía una clara posibilidad de prosperar, de llegar a tocar el cielo con las manos. Sin embargo, el resultado fue que ellos son, ahora, mucho más ricos y los que creyeron en su palabra les deben la propia vida. Envolvieron la codicia en normalidad, la entregaron en pequeños paquetes a través de los bancos (que también controlan) y dibujaron posibilidades al gusto de todos. Y la codicia, disfrazada de joven licenciado, de hombre de negocios capaz de todo o de taxista metido a especulador, es mala. La codicia es mala en sí.
Hemos llegado hasta aquí queriendo que nuestros dioses fueran el dinero, la mediocridad y la falta de pensamiento. Sí, lo hemos querido porque lo hemos permitido. Lo hemos hecho mientras nadie se quejaba. En España nos hemos vendido los pisos unos a otros cobrando precios insólitos. La excusa era que ya lo vendería el comprador a un precio mucho mayor. Así evitábamos un ataque de vergüenza. Los bancos concedían créditos a todo el que se asomaba por una oficina llena de ofertas y, después, invitaban a sus empleados a viajar entre grandes lujos para celebrar lo bien que llenaban los bolsillos a los que nunca lo podrían devolver. Los emigrantes nos parecían más europeos teniendo dinero y nadie se planteaba que estaban por aquí para quedarse con nuestros trabajos (luego ya sí, luego ya los vimos como chusma. Lamentable y absurdo). Los políticos festejaban sus inauguraciones y proclamaban que España era una máquina de hacer dinero con frases vacías y sin tener una sola idea en la cabeza. Pero los dioses suelen ser falsos o no entienden de estas cosas si son verdaderos. En cualquier caso, llegado el momento no contestan o están dedicados a otros asuntos desconocidos para los mortales. Así que fueron los hombres (los que controlan el cotarro) los que dijeron que ya estaba bien. Desmontaron el chiringuito y dejaron a millones y millones de personas adorando a peleles. Los que debían dinero no podían pagar, los que habían abandonado los estudios para conseguir dinero fácil no tenían ni una cosa ni otra, miles de personas eran más pobres y más incultas que poco antes. Y los mediocres se asentaban en los lugares cómodos para controlar.
Sin embargo, el ser humano es una criatura extraña. Siempre termina teniendo una idea que lo cambia todo, es capaz de descubrir el camino que le ha de llevar a un lugar en el que se pueda sobrevivir. La adaptación a nuevas situaciones es algo superado en muchas ocasiones por el ser humano. Nunca hubo ninguna que no fuera abordada y sobrepasada. El mundo termina pareciéndose al que queremos en cada ocasión.
Aparecerán hombres y mujeres que aporten soluciones. Los mejores estarán al lado de los más débiles. Tendremos un futuro para vivir. Cabe la posibilidad de que, un buen día, seamos capaces de construir un sistema económico distinto al que ordena el universo conocido. Tal vez, los malos paguen sus culpas. Porque el ser humano es maravilloso. Las redes sociales, pronto, serán una herramienta poderosa y bien gestionada en lugar de un patio de vecinos histéricos que tratan de hacer una revolución diciendo mucho y comprometiéndose poco. Todo sin excepción cambiará. Todo se moldeará para que continúe la fiesta.
Hay que confiar en el ser humano. Pero es imprescindible que digamos que ya basta, que se acabó el privilegio de unos pocos sinvergüenzas. El futuro lo tenemos que dibujar entre todos. Depende de nosotros que el trazo sea más o menos grueso. Desde el compromiso político, desde la solidaridad, desde la honradez y el respeto por las personas. No hay otro camino. El de internet es demasiado estrecho y sólo sirve de apoyo. Busquemos soluciones, dejemos de enredarnos en lógicas enclenques, escuchemos o leamos a los que tienen la mente preparada para encontrar el camino más adecuado. Cambiemos el mundo para que sea lo más parecido a lo que necesitamos. Por las buenas o por las malas. Pero hagamos nuestro trabajo. Cuanto antes mejor.


sep 8 2013

Banderas e himnos

La bandera de un país cualquiera debería ser un símbolo que representara a todos los ciudadanos de ese trocito de universo (minúsculo e insignificante comparado con el probable infinito, todo hay que decirlo); un símbolo que representase los valores, las tradiciones, el carácter de ese país, su futuro; un símbolo capaz de reunir, a su alrededor, a todos y cada uno de los individuos nacidos, criados y muertos, en ese territorio. Algo así. Por ello, no resulta extraño que un muchacho británico o estadounidense tome el sol luciendo un bañador decorado con la bandera de su país. Los franceses, los italianos, los belgas o los argentinos lo hacen del mismo modo. Sucede algo similar con el himno nacional de los distintos países. En cualquier evento de importancia, ciudadanos de todo el mundo escuchan con emoción y cantan con devoción la letra correspondiente de un himno que les hace sentir que sus raíces les sujetan al suelo. Esto ocurre en todos los rincones del mundo. Excepto en España y cuatro lugares más que, bien están inmersos en una guerra civil, bien no tienen conciencia de lo que son por ser nuevos en esto de las fronteras. España y cuatro naciones más.

Es algo con lo que vivimos hace años (muchos, muchísimos) y que, finalmente, no parece importar demasiado. La costumbre hace que cualquier cosa se reduzca y se pueda arrinconar como si no existiera. Pero no, el caso es que este problema existe. Que nadie quiera enfrentarse a él (me refiero a nuestra clase política) no lo convierte en algo irreal. No, no, no. En España la bandera representa a unos pocos (al menos eso creen muchos); en España el himno no tiene letra porque nadie es capaz de pensar en algo común; en España tenemos un problema con este asunto gravísimo. Porque esto es el reflejo de la falta de identidad, de una fractura enorme que arrastramos desde hace años; de la debilidad de una unidad impuesta que algunos se niegan a asumir. Un asunto gravísimo que ha llevado a muchos países a tener conflictos más que serios.

¿Qué ocurre con la bandera de España en España? Algún famoso ha dicho que es fea (creo que fue Miguel Bosé). Si ese fuera el problema no habría razón para preocuparse. Se le pone un lazo a gusto de todos y arreglado. Tratar de reducir el problema de este modo es una estupidez. Por tanto, descartaré la cuestión estética. Son muchos los que dicen que no se ven representados en ella. Aquí ya topamos con problemas mucho más profundos. Por un lado, la España quebrada, partida en dos; en la que unos quedaron del lado de los vencedores y otros de los vencidos; en la que todos tienen razones de peso para acusar al de enfrente de ser un asesino, de provocar una guerra. No hay que olvidar que todos esgrimen sus razones y las esgrimen con toda la fuerza que pueden. La bandera actual nos lleva hasta la dictadura (modificar el escudo para aliviar el problema fue un intento fallido puesto que no se consiguió el efecto buscado); hasta el recuerdo de una guerra terrible y sus consecuencias desoladoras. Pero, también, hay muchos que esto lo interpretan justo al revés. Es la bandera republicana la que representa la matanza de sacerdotes y de inocentes. Esto es lo que hay. Dos Españas. Una fractura que parece irreparable. Por si era poco, unos se apoderan de la bandera y hacen que otros se llenen de razón. Lucir una pulsera con los colores rojo y amarillo es señal de ser un facha. No patriota o español o, simplemente, un individuo de ideología colocada en la derecha política. No. Facha. Es este un término despectivo a más no poder. Pero no lucir eso mismo te convierte en un rojo. Esto significa que, por extrañas razones, la bandera se utiliza para algo más torticero que otra cosa. En España tenemos fachas y rojos. Como suena. Algo inaudito y asombroso. Unos llegan al poder y plantan una bandera enorme en la plaza de Colón (cosa, por otra parte, maravillosa). Pero lo hacen para marcar diferencias con los de enfrente, con los de la otra España (cosa lamentable e irritante). ¿Qué conseguimos con esto? Ahondar en la herida. Cosas de nuestra clase política. Una muestra -otra- de lo poco preparados que están para gobernar un país. Pero la cosa no queda ahí. Muchos españoles dicen que su bandera es otra porque no se sienten españoles. Catalanes y vascos sobre todo. Los que lucen la bandera española ya no son fachas. Son españoles (termino despectivo en algún territorio de nuestro país). Es decir, nuestra bandera, al final, o no es de nadie o es de unos que la han secuestrado sin pudor.

Ya sé que este análisis no es profundo en exceso. Que nadie lo tome como un estudio serio que quiere sentar cátedra. Tan sólo es una reflexión que toma la experiencia personal como base y queda por escrito. Pero les aseguro que algo de esto hay. Por supuesto, el que escribe cree que salir a la calle con una bandera en el reloj es una cosa normal y muy saludable. Pero con cualquier bandera; con la que sientas como propia.

Con el himno pasa algo similar. Y con la letra más de lo mismo. Pero como esto es España, el humor se deja caer por aquí y convertimos un problema de identidad nacional en una juerga en la que gritamos lolorololorolorololoro cuando suena nuestro himno. Y aquí todos amigos. Mientras no nos liemos a guantazos no pasa nada. En algunos lugares, se pita y se grita para que no se pueda escuchar, como signo de rechazo. Pero se les pasa enseguida. El fútbol acaba con nacionalismos o con lo que sea.

El problema es que algún día eso no funcionará. Porque la cosa es seria. ¿Recuerdan ustedes la que se lío en la antigua Yugoslavia? Pues no lo pierdan de vista. Mientras utilicemos un símbolo como la bandera para hacer política, para ganar votos (esto es peor aún) o para generar odios y rencillas entre nosotros, estaremos en peligro. Hay cosas que no se pueden tocar. La persona vive su religión, su ideología, su filosofía, sus amores y sus fobias, en la intimidad. Y en España no queremos asumir algo tan sencillo. Por ejemplo, que los catalanes amenacen con una independencia inmediata no todos lo tienen que entender. Que se quemen banderas de España en las plazas de no sé dónde, tampoco. De mismo modo que no se puede obligar a un pueblo entero a tragar con ruedas de molino.

Un país (el más grande del planeta Tierra) representa lo que un grano de arena a una playa inmensa si lo comparamos con el universo. Muy, muy, poco. Aunque algunos quieran disfrazar de grandiosidad sus fronteras. ¿Merece la pena derramar una gota de sangre por ello; merece la pena plantearse algo así ante nuestra finitud? Cada uno sabrá qué contestar llegado el caso.

De momento, no estaría mal que llegásemos a un acuerdo entre todos que nos permitiera vivir en paz. Y dejarnos de creer que somos importantísimos cuando somos lo que somos. Muy poca cosa. Casi nada, diría yo.