jul 29 2010

Pensar y callar

Hay asuntos sobre los que procuro no hablar. Me parece que la prudencia debe estar por encima de opiniones, casi siempre viscerales, acerca de, por ejemplo, el aborto o las creencias religiosas de los otros.
Decir “estoy a favor del aborto” o “el aborto es un crimen” es lo mismo que no decir nada. Decir “Dios existe, lo sé porque tengo fe” o “Dios es una patraña inventada por el hombre para no sentir terror ante la muerte” es hablar por hablar y, seguramente, sin saber bien lo que uno dice. Abortar es una tragedia humana; de Dios no se puede hablar sin saber que hay que hacerlo desde lo más profundo del hombre (de lo humano que tenemos todos). Cada cual que diga lo que quiera, se engañe como quiera, tranquilice su pensar como quiera o acierte si es que eso es posible.
El caso es que me hago preguntas que me llevan a otras mucho más difíciles de contestar.
Una muchacha de dieciséis años, ¿es capaz de decidir (a solas) sobre un asunto tan importante? ¿No será necesario que los padres intervengan? ¿No va siendo hora de tratar este asunto como una tragedia personal y no como un pecado mortal que te arrastra lejos de la ética y la moral? ¿Dónde se encuentra el límite (si es que lo hay) entre lo que es una personita y lo que llamamos feto para evitar referirnos a un ser vivo de forma clara? ¿Es este el camino correcto para evitar que una mujer joven tenga que pasar un calvario de esa magnitud? ¿Nos estamos haciendo los muertos y nos dedicamos (sólo) a opinar después de cenar con los amigos o estamos realmente involucrados en el asunto?
Todas estas preguntas llevan a otras mucho más difíciles. Yo no sabría contestar ni una sola de ellas sin que, al mismo tiempo, me asaltaran dudas sobre lo dicho. Los políticos me temo que tampoco. Ni los curas que agarran la teología para convertirla en derecho canónico (eso es matar una religión).
Por esa misma razón, me irrita la contestación que se ha puesto de moda. Cada uno que haga lo que quiera. Eso es una idiotez. Es como si discutiéramos sobre los timos, la piratería informática, la pena de muerte o un crimen y dijéramos “nada, nada, cada cual que haga lo que crea que debe hacer”. Las cosas nunca funcionaron así.
Cuando me preguntan si puedo explicar lo que es Dios suelo contestar que eso es imposible, y que si alguien lo intenta es que no lo sabe ni lo que dice, y que si te crees a Dios porque alguien te lo ha explicado mal asunto. Es decir, no contesto. Creo que es lo mejor. Y les garantizo que tengo bastante claro el tema. No hace falta decir que imponer a Dios me parece lo más lamentable que le puede ocurrir a cualquiera de nosotros. Tanto como negarle la posibilidad de acercarse a la religión.
Quizás ha llegado el momento de pensar y escuchar a los que saben, a los de un lado y a los del otro, aunque sea poco lo que digan o se limiten a no contestar salvo con una pregunta (que, por otra parte, es una muy buena forma de hacerlo). Pensar y escuchar. Dejar de buscar votos con asuntos tan serios o de negar la posibilidad de salvaciones eternas con la vida resuelta a base de potenciar el miedo de los demás.


jul 25 2010

NI Generation

Es extraño que nadie haya puesto nombre a la generación actual de niños y jovencitos. Me refiero a los que tienen entre cero y veinte años. O más. Somos muy aficionados a etiquetar cualquier cosa que tenemos a nuestro alcance, pero (que yo sepa) no tenemos un nombre definitivo para esa generación que se mueve en las guarderías, colegios y universidades. O en la calle después de haber sufrido un enorme fracaso escolar.
Esta masa de muchachos y señoritas se caracterizan por su falta de ideología (en el sentido más amplio del término), no tienen otro objetivo en la vida que no sea el dinero contante y sonante, generalmente son maleducados y confunden la falta de respeto con ser modernos y graciosos, escriben eliminando todas las vocales (a veces consonantes) que pueden y muchos de ellos creen que occidente está siendo invadido por pueblos extraños llegados de países bárbaros.
Tengo cuatro hijos que estudian en tres colegios diferentes y creo saber lo que digo. Además me enfrento como profesor a un buen número de individuos cada semana.
Este es el resultado de lo que hacemos los de la generación anterior. Es decir, de los padres y madres que andamos sueltos por el mundo intentando proteger a los niños de forma irracional y estúpida. Es decir, de los políticos que confunden la cultura con leer un par de libros al año o modifican leyes educativas dependiendo de la variación que se producirá en el recuento de votos. Es decir, de los medios de comunicación maniatados por el poder del dinero que se convirtieron hace años en herramientas útiles para aborregar al que se pone por delante.
Hemos logrado entre todos que el futuro tenga la forma de un billete de cien euros. En eso y no en otra cosa.
Ya sé que hay excepciones, que es injusto meter a todo el mundo en el mismo saco, pero, guste o no, esto es lo que hay.
Ya que nadie le pone nombre a nuestros niños y jóvenes indefensos, me voy a atrever yo. Los Nuevos Hiperactivos. Actualmente, el noventa por ciento de niños y niñas, de jóvenes, lo son. Eso es lo que dicen sus padres. Se acerca uno de ellos a tu mesa mientras comes y tira el vaso de agua. El padre corre para agarrar de la mano al angelito, te mira y dice “es que es hiperactivo”. Un crío se pasa la tarde dando el coñazo y a su papá sólo se le ocurre decir que su hijito es hiperactivo. A las criaturas no se les puede decir ni pío en el colegio porque se traumatizan dada su hiperactividad. Los padres no parecen enterarse que en el colegio se enseñan cosas (muchas) y es en casa donde se educa (a hiperactivos incluidos). Todos somos hiperactivos y eso nos convierte en intocables. Queremos que nuestros pequeños hiperactivos triunfen en sus vidas, que ganen dinero (mucho). Y ya.
Ya veremos como acaba esto.
Pues eso. Nuevos Hiperactivos. NH. O mejor NI. Más que nada para que las criaturas no se confundan con la cadena de hoteles. Y total, sólo falta una h. Qué más da.


jul 19 2010

Paso obligado

Hace mucho tiempo comprendí que el conocimiento es doloroso. Una vez que alguien intenta saber sobre un asunto, sea cual sea, aparecen dudas aquí y allá, el tiempo se agota a gran velocidad, las lagunas del conocimiento personal se ensanchan, la mente se hace enana e incapaz. Conoces y constatas que el tiempo perdido nunca se recupera, que el tiempo que resta no es suficiente. Cosas de la juventud. Todo eso no es cierto. Conocer no consiste en saberlo todo, la sabiduría no la construye la exactitud de un mundo inabarcable. No. La importancia está en el recorrido. Si hay camino puede haber sabiduría. Avanzas y conoces, conoces y aportas, aportas y eres útil. Y, para recorrer un camino entero, unos pocos metros o un centímetro, hay que empezar por saberse. Son muchos los que olvidan el yo, son muchos los que quieren construir desde la nada que representa acumular datos sin saber qué representan íntimamente. Del mismo modo que podemos encontrar personas que contestan a todo con un refrán que se refiere al asunto que se trata en un momento determinado, encontramos personas que acumulan conocimientos muertos, datos que sólo sirven para ganar juegos de preguntas y respuestas. Refranes inexactos que intentan zanjar un futuro incierto con la cicatería de un lenguaje tramposo, preguntas que no llevan a otras más inquietantes o profundas sino a una respuesta muerta. Todo esto deja al margen lo más importante. El yo desaparece. Desaparece la intranquilidad del que quiere saber, esa labor detectivesca que necesitamos los seres humanos, nuestra capacidad para crecer. Dejamos de ser los niños que nunca deberían desaparecer.
El pensamiento debe estar en funcionamiento para lograr aclarar la mirada de cada uno de nosotros. Eso no es lo mismo que fingir ideas profundas que nadie entiende (esto es muy habitual entre los papanatas que defienden sus ideas (enanas y estúpidas) desde un lenguaje oscuro, desde la parcela de lo inexplicable), pensar no tiene porqué convertirse en cosa de pocos. Es verdad que existen grandes pensadores (muy distintos a estos que decoran su vida con bobadas enrevesadas) y son ellos los que hacen avanzar el mundo. Pero el resto de la humanidad, casi todos, dedican su vida a sobrevivir sin demasiado tiempo para pensar con tranquilidad y tienen todo el derecho a pensar sobre las cosas que están a su alcance, sobre las que explican su existencia en mayor o menor medida. ¿De qué le sirve a un campesino saber que Kant afirma el determinismo en relación al mundo de los fenómenos y no respecto de la libertad? ¿De qué le sirve? Lo importante es que desde Kant el mundo es otro. Lo importante es que el campesino piense su universo desde el yo para que el cosmos sea otro, para que el mundo se pueda entender.
Una de las grandes injusticias que se han cometido desde que el hombre es hombre ha sido la de limitar las posibilidades de la gente. En las cavernas, el brujo sabía cosas que sólo llegaría a conocer su sucesor. El resto de la tribu dependía de él. Hoy pasa lo mismo. Echen un vistazo a su alrededor. Da miedo. Nos obligan a estar anclados en lugares comunes y vacíos, nos dicen que eso de pensar sólo lo pueden hacer unos pocos, que esperemos a que den una solución salvadora para la humanidad. Mentira. La salvación es la que busca cada cual, la que se encuentra en cada uno de nosotros, la que hace de lo doméstico un lugar habitable porque esa salvación es ser uno mismo (curiosamente las religiones, todas sin excepción, es lo que defienden aunque lo estropean las iglesias enviando mensajes confusos y desteñidos). Eso de la aldea global queda muy bonito, pero es el atraso más grande conocido por la humanidad. Los que vivimos bien estamos más tranquilos (sin pensar), los que viven peor que hagan lo que puedan. Eso es la globalización. Hacer del individuo un cero a la izquierda. Eso es y no otra cosa.
No deberíamos perder nuestra capacidad al pensar, nuestra libertad al decidir sobre lo poco que podemos manejar. Aquí estamos para ser personas y eso significa que estamos obligados a pensar, a conocer, a amar, a todo lo que una persona puede acceder por su condición. Y nos estamos dejando arrastrar porque eso es cosa de pocos, porque una pandilla de memos lo han convertido en su coto particular para ganarle unos euros a lo que dicen. Conocer es doloroso aunque más doloroso es pasar por el mundo sin pena ni gloria, sin llegar a ser uno mismo.
No recorrer ese centímetro, ese metro, que toca es absurdo. El camino es obligado. Pensar y pensarlo también. Al fin y al cabo es lo mismo. Y nadie en la aldea global esa lo hará por otro. Cada tiene el suyo. Por pequeño que sea, por insignificante que parezca o le parezca a otros.


jul 17 2010

La otra parte

El día se ha puesto extraño. Amaneció soleado y, ahora, amenaza tormenta. Bochorno de verano.
Buscar profundo es lo que toca casi siempre en la vida. Lo superficial apenas deja poso. Es tan cómodo como inútil. Los tesoros, siempre, se encontraron mucho más allá. Detrás de una gran roca que nadie pudo levantar antes, en el fondo del mar, en los momentos más difíciles. Y siempre fueron hallados por hombres y mujeres dispuestos a cualquier cosa antes que a pasar por el mundo de puntillas, sin hacer un solo ruido.
El sentido de la vida, eso que nadie encuentra porque no se busca, existe. No está en un bosque, ni en una iglesia. No. Está en nosotros mismos, forma parte de lo más íntimo de nuestra existencia. Es la propia eternidad. Será extraño que alguien que no lo buscó en vida lo encuentre después de morir. Quien busca la nada encuentra la nada.
La antropología, la religión (no una religión sino la religión), la mitología que llega desde un mundo simbólico que despreciamos a costa de un materialismo estúpido, la razón, todo invita a buscar la respuesta a una pregunta que nos formulamos desde niños. ¿Qué hago yo aquí? Nos empeñamos en jugar con el agua de la superficie sin querer meter el brazo y, luego, tirarnos sin miedo a un mar que se llama yo. Queremos tener olvidando ser. Y eso es tremendo. Perdemos la perspectiva del futuro a cambio de anclarnos a un pasado que debería ayudarnos a continuar, pero que se convierte en lastre. Perdemos nuestra condición de personas queriendo dejar la parte que no tocamos, la que nos asusta.
Lo que vemos creemos dominarlo, nos hace creer que nuestro poder es ilimitado, pero al aparecer el primer problema eso se derrumba. Porque lo indecible, lo inmaterial habita en nosotros mismos. Eso que sabemos que no sabemos nos martiriza y huimos asustados si lo percibimos cerca. Pero lo necesitamos en los momentos más difíciles porque sabemos que ahí se encuentra el sentido de todo.
Necesitamos buscar aunque no se encuentre. No sabemos qué intentamos asir, pero eso es igual. No hay explicación salvo que nos convirtamos en intrépidos exploradores de nosotros mismos. Explicación. ¿Por qué queremos explicaciones si nos llevan, a veces, hasta donde no queremos? ¿Pudo algún enamorado explicar por qué llegó a enamorarse de esa forma? Si alguien lo hizo es que no lo estaba. Lo que es necesario es buscar. Estar en movimiento para llegar, tan cerca como sea posible, a nuestro límite. Pero sabiendo que el hombre es finito con vocación de infinito, gracias a eso que no sabemos decir ni explicar aunque lo llevamos dentro.
Amenaza tormenta. Aquí. Y en lo profundo. Es hora de zambullirse sin miedo. Como tantas otras veces. Hoy necesito continuar con mi novela.


jul 12 2010

La fiesta de todos

Ayer, la selección española de fútbol ganó la copa del mundo. Hasta aquí, todo es objetivo. Ayer, la selección nacional de fútbol ganó la copa del mundo para un país entero. Otro dato objetivo. Cosa distinta es que a ese carro se suban unos sí y otros no. Cada uno es libre de hacer lo que el cuerpo le pida. Es una alegría nacional. Si alguno no está contento será su problema. Lo que me gusta menos es que alguno se empeñe en amargar la fiesta al resto. Comprobar como un país (entero) se lanza a la calle para festejar un triunfo de esta importancia y tratar de mezclarlo con la política, con problemas de idiomas, o problemas de fronteras me parece, primero muy mezquino y, segundo, un error grande. Deberían saber, los de un lado y los del otro, que su provincianismo es patético y lamentable.
La imagen que más me impactó ayer (lamento que lo del beso de Casillas esté colocado en quinto o sexto lugar), además del gol de Iniesta, fue ver a Xavi y a Puyol corriendo con la copa del mundo en una mano y su bandera (la de Cataluña) en la otra. Eso es lo que hay. Y es muy sano que así sea, guste o no guste. De los Pirineos para abajo, todos somos españoles, pero en España hay muchas banderas. Seguro que alguno ha criticado que esos muchachos mostrasen con orgullo la suya. Necios. Ellos han peleado los colores comunes, pero se sienten catalanes y hay que aplaudirles el esfuerzo y ese sentirse lo que son. Esas cosas no se arrancan con nada conocido. Los mismos necios que en navidad no compran cava catalán. Necios y estúpidos. Que yo sepa el cava catalán es el mejor cava español y del que podemos presumir todos si salimos a dar una vuelta por el mundo. Son tan necios y tan estúpidos como los que quieren convertir esto en un asunto ideológico o fronterizo. El deporte es otra cosa. Los que hemos practicado cualquiera de sus modalidades lo sabemos.
España, enterita, está de fiesta. Si alguno no se apunta es su problema. Yo estaba deseando poder olvidarme de tanta mierda, de tanta factura, de tanta oscuridad, de una falta alarmante de ilusión. Yo quería dimitir de mi puesto de mí mismo hasta que le marcamos el primer gol a la selección de Honduras. Ya sé que esto no arregla nada las cosas. Lo sé. Pero prefiero estar hasta las trancas de deudas, de sinsabores y de pesimismo, envueltos en estos espejismos.
Con respecto al universo, somos (el planeta tierra) menos que un grano de arena en el mundo entero. Somos insignificantes y sólo viviendo cosas así podemos creer que somos el universo que contiene el resto de granitos. Disfrutemos alzando la bandera que nos aporta identidad, la que cada uno sienta como suya; hablemos el idioma que nos haga sentir más vivos; disfrutemos de un triunfo de todos (la selección española huele a fútbol catalán -eso es cierto y me encanta- pero sin los demás no habría ese equipo). Y sobre todo, no mezclemos chorradas ideológicas (sí, cualquier ideología manejada para estas cosas se convierte en una enorme chorrada; da la sensación de ser un parásito de lo importante porque no contiene una pizca de nada), y, sobre todo, dejemos a millones de personas que disfruten de su trocito de felicidad. Estamos de fiesta y aquí se hablan tantos idiomas como se hablan en España, lucimos tantas banderas como existen en España y bebemos el mejor cava de España. El catalán.


jul 5 2010

El paraíso de los idiotas

Dice la Biblia que Dios creó al hombre y a la mujer para que disfrutaran del mundo, de él mismo. Les colocó en medio de un paraíso en la tierra con una sola condición que debía cumplirse o el pacto se rompería. El ser humano presenta una tendencia a cometer errores que, desde el principio de los tiempos, le ha llevado por la calle de la amargura.Y la Biblia dice que Adán y Eva metieron la pata a la primera de cambio. Resultado: fuera de aquí, a sudar y a buscarse la vida, esto de vivir con Dios (un chollo) se acabó.

El paraíso se convirtió en un enorme desierto que cruza la humanidad en busca de sentido. En busca del propio Dios según las Sagradas Escrituras.Y es que Dios, según la Biblia, creó al hombre inteligente y libre. Por eso cometió un error en cuanto tuvo que decidir algo importante. Por ser libre, no por ser inteligente. El ser humano hizo uso de su libertad y no de su inteligencia. Así, el mundo se ha convertido en un auténtico disparate en el que sobrevivir cuesta un riñon. Guerra, injusticias, desastres. La lista es interminable.La inteligencia ha estado al servicio de los más tontos desde que se inauguró el chiringuito para convertir al hombre en esclavo de su propia libertad.

Dios, según la Biblia, creó al hombre y le echó del paraíso por torpe. Sin embargo, ha dejado que el ser más perfecto de la creación (al menos el único inteligente) pueda pensar y desarrollar la ciencia, la técnica y la tecnología. Un Dios demócrata. El hombre se lanzó hacia una búsqueda angustiosa de otro paraíso que sustituyera al escatimado por un dios enfadado. Y esto nos ha llevado hasta, por ejemplo, internet.

Por fin hemos conseguido un lugar común, universal, pensado y desarrollado desde una inteligencia maravillosa, desde la libertad. Tal y como hizo el mismísimo Dios (según la Biblia) hemos colocado todo en ese sitio para uso y disfrute de nosotros mismos. Muy bíblico, muy divino.Un paraíso pensado por los listos, construido por los listos y usado por millones de personas. Listos e idiotas, listillos y sinvergüenzas, gente corriente y personas sin escrúpulos que buscan fotografías o videos en los que aparecen imágenes de niños que están siendo agredidos sexualmente. Y de estos últimos, de esta banda de indeseables, no hay pocos.

Estamos convirtiendo una de las herramientas más asombrosa y útil de la historia en un paraíso para idiotas, idiotas que hablan ocultando su identidad porque ninguno jamás sería escuchado de otro modo; para un ejército de frustrados que arremete contra todo vaciando así el saco de mierda que llevan de un sitio a otro; para terroristas que ofrecen imágenes de las salvajadas que cometen sin que nadie lo impida; en paraíso de la mentira y del lado menos agradable del hombre, ese que siempre ocultó y que ahora airea sin pudor. Hoy, los malnacidos lo pueden ser sin que otros lo sepan.

Es verdad que existen miles de páginas llenas de contenidos estupendos, pero por cada una de ellas encontramos tres de las otras.Nos hemos empeñado en destruir un paraíso construido por nosotros mismos. Somos así de idiotas. Todos. Unos por mezquinos, salvajes injustos, brutos o millonarios; otros por permitirlo.

Más de lo mismo. La inteligencia haciendo el caldo gordo a lo peor de la humanidad.Según la Biblia, Dios creó un paraíso para nosotros que no supimos aprovechar. Ahora, nosotros solitos, construimos otros que, también, nos empeñamos en hacer trizas. Debe ser que Dios, si es que existe, nos hizo poco inteligentes, tan libres como para creer que vale todo y, encima, olvidó dejarnos por escrito un manual de instrucciones que entendiéramos.Qué tristeza.


jun 15 2010

El hombre moderno nació de un bit

Las redes sociales (la que conozco es Facebook y, de momento, me niego a meter la cabeza en ninguna otra que no sea esa) me fascinan tanto como me repugnan. He encontrado cosas de lo más interesante, gente inteligente, textos más que notables que no habría podido leer en ningún otro lugar, incluso, me he reído como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Pero, del mismo modo, he podido comprobar que hay gente dispuesta a dañar a cualquiera que se ponga en su camino, que la red está repleta de tontos de baba que creen ser lumbreras colosales, de literatura barata que tratan de colar como si fuera la quinta esencia de la cultura, disputas, envidias, soledad, miserables que se mueven a sus anchas y muchas miserias.

Fabebook es el gran escaparate de la vanidad, de la idiotez, de la inteligencia, de las filias y las fobias, de la belleza, de la horterada más dramática, del carácter solidario de muchos y de la mala leche de los demás.

Sé que hay millones de razones por las que alguien puede dedicar parte de su tiempo a navegar interesándose por esto o aquello. Sin embargo, la soledad es la reina en las redes sociales. Alguien tiene lo que podría parecer normal. Un trabajito, un marido, una esposa, hijos, perro, gato, una rata y amigos. Todo muy normal. Pero nada le termina de llenar. Descubre Facebook y cree que todos los huecos se llenan en cinco minutos. Uno le dice eso que quiere escuchar, el otro alaba lo que escribe aunque sea una mierda, el de más allá le envía un dibujo lamentable en el que le comunica que se rinde a sus pies. A su vez, él o ella contesta con lo mismo. El mundo se convierte en una nube de algodón dulce y aquí todos felices.

Estamos solos, buscamos compañía y nos terminamos creyendo que un gilipollas que se hace llamar Andy García (en realidad es Diodoro Márquez) quiere casarse con nosotros. Nos interesa el mundo en el que podemos reinar. Nada puede gustar más a los usuarios de Facebook que la popularidad. Una popularidad idiota porque si dices la vida es bella y cuarenta solitarios se lanzan a comentar tu gran reflexión diciendo que es lo más bonito que han leído en su vida, acabas de ganar (seré generoso) nada. Pero te hace sentir bien. Luego, a cambio, les dices tú lo mismo si, por ejemplo, afirman que la vida es un asco y todos contentos. Nadie gana nada, pero nos sentimos mejor. Así de simple.

Además, Facebook puede convertirse en un asqueroso patio de vecinas. Broncas, dimes, diretes, cotilleos, calumnias. Una gran confusión ordena el día a día de este mundo virtual tan apasionante y tan repugnante. La mayor parte de las veces la cosa degenera en una paranoia colectiva en la que aparecen relaciones inventadas, héroes, villanos, santos, demonios y gentuza. No hay nada mejor como el Facebook si uno quiere terminar mal de la cabeza. Lo que no tengo tan claro es si son este tipo de relaciones virtuales las que vuelven loco a cualquiera o si, por el contrario, es un gran sanatorio al que llegan todos los tarados del mundo buscando una última solución.

¿Estamos tan mal de la cabeza o es una percepción, la mía, equivocada y exagerada? Quería reflexionar sobre este asunto más de lo que se aprecia en estas líneas, pero lo dejo aquí. En realidad me parece una catástrofe absoluta y no voy a perder más el tiempo. Lamento que usted lo haya perdido leyendo. Además, estoy agotado. El mundo real, el de verdad, no es tan amable como este otro que nos hemos inventado para inventarnos a nosotros mismos.


jun 14 2010

Exámenes finales

Al mismo tiempo que la economía de Estados Unidos se desplomaba el año mil novecientos veintinueve, el cine dejó de ser pura imagen y aparecieron las primeras películas sonoras. Hoy, al mismo tiempo que la economía mundial explota por los cuatro costados (y la moral y la ética y los valores, aquí está explotando todo), los recursos técnicos que se utilizan para hacer cine son grandiosos. Parece que cuando las cosas van fatal necesitamos recrear una realidad alucinante que nos permita tener esperanza. El ser humano siempre intentó salir adelante a base de relatos, de mundos ficticios, en los que pensar para buscar salidas completamente delirantes en el momento de ser pensadas. Si una persona muerta hace veinte años (una insignificancia respecto al tiempo que el hombre lleva habitando el planeta) regresara a la vida no reconocería nada de lo que pasa. Nunca la humanidad avanzo tanto en tan poco tiempo, nunca la humanidad destrozó tanto en tan poco tiempo. Nunca la inteligencia fue tan despreciada, nunca lo superficial sirvió tanto a los ignorantes.
Hoy, después de fallar un premio literario, he tomado un café con David Conte que me acompañaba, entre otros, como miembro del jurado. David es profesor y buen poeta. Entre las risas de ambos, me contaba que una alumna le preguntaba el primer día de clase si el examen final “sería de pensar”. Bonito planteamiento. Y es que me temo que las preguntas que rondan las cabezas son esta o parecidas. ¿Podré pagar la hipoteca? ¿Aseguro el coche a todo riesgo o a terceros? ¿Se llevará el rojo este año? ¿Implante de pelo o mi atractivo físico es arrollador con calva y todo? Es como si el progreso técnico fuera suficiente y pudiéramos dedicar nuestra vida a cultivar gilipollez tras gilipollez. La televisión funciona, todo está bien. Mi automóvil es cojonudo, todo está bien. ¿Y mi cabeza? ¿Cómo está mi cabecita de sana? Bueno, eso es igual, la tengo sobre los hombros, todo va bien. Además, hay unos cuantos artistas que se inventan chorradas para que yo sea feliz. Cuanto más tontas las invenciones, más feliz me siento. Si son un poco profundas paso, no vaya a ser que me dé por pensar.
La verdad es que me hace muy poca gracia todo esto. Nos limitamos a seguir las instrucciones que nos dan desde los medios de comunicación. A cambio, nos prometen el oro y el moro que es lo que cuenta. Si no llegan ni el oro ni el moro (esto último depende de cada país), no pasa nada. Ya nos venden otra borrica para tenernos tranquilos.
Esta vez el crack tiene que ver más con las personas que con la bolsa. Se ha hundido el ser humano. Pero da igual porque nos desplomamos sentados al volante de un bonito automóvil y vestidos a la última. La ficción está en manos de señores que no entienden una mierda qué significa la palabra cultura. Pero da igual porque nos dan cositas fáciles de entender y eso nos hace sentir muy relistos. Y tenemos nuestras cabecitas sobre la cabeza. Sin una puta idea dentro, pero en su sitio.
Y el caso es que el examen final va a ser “de pensar”. Todos suspensos. Qué bien.


jun 13 2010

San Martín para todos

Hoy celebramos con la familia el cumpleaños de Gonzalo Ramírez. Dieciséis años. Los cumplió el pasado día nueve, pero es hoy cuando le visitarán y le regalarán. Él suma dieciséis, yo un millón más o menos. Creo que le pasa a todos los padres del mundo. Cada año de un hijo pesa mucho más que trescientos sesenta y cinco días, mucho más. Te hacen un poco más viejo de lo que toca y bastante más incrédulo al pensar en cómo pasa el tiempo. Pero eso, fiesta, tarta y regalos. Es lo suyo.
El verano quiere llegar aunque las tormentas lo empapan todo. Eso y una temperatura mucho más agradable que otras veces a estas alturas del año. Esta crisis que amenaza con arrasar el sistema capitalista (una pena que no acabe con él para que pudiéramos empezar de nuevo, desde cero, acabando con una clase política patética, un sistema empresarial que se pisotea a sí mismo, reconvirtiendo a las clases medias en personas con una vida razonablemente feliz y dando a los bancos el puesto que les toca y no el de dioses intocables), la crisis, decía, debe ser que afecta a la mismísima naturaleza. Aunque, quizás, lo que está en crisis es el propio mundo e intenta explotar de una vez por todas.
Pero nosotros seguimos a lo nuestro. Nuestro dinerito, nuestro bienestar, nuestro corralito. Este es el mundo que les dejaremos a nuestros hijos. Menuda mierda.
Somos un rebaño que causa estupor. Nos están vendiendo que el mundo corre peligro porque el sistema financiero también lo corre y nadie mueve un dedo. Nos han estafado, muchos se han convertido en millonarios gracias a lo que nos han robado, millones de niños mueren al año de hambre, la desigualdad social en el mundo entero es terrible, y nos dicen que hemos hecho las cosas mal. Pues no. Aquí lo único que pasa es que los que más tienen quieren seguir teniendo y nos cargan con el mochuelo a los demás. Unos jetas. Unos mierdas.
Si hubieran repartido el dinero que han entregado a las entidades financieras y a las empresas mal gestionadas entre los ciudadanos de todo el planeta (sí, sí, africanos, europeos, americanos, oceánicos y asiáticos) seríamos millonarios (hagan cuentas con la información que encuentren en la red sobre esas cantidades). Esto es un asco. Hemos tenido que ayudar a los que nos roban bajo amenaza de ruina total. Hay que joderse. Lo dicho, esto es una mierda.
El nivel cultural de la población es preocupante. Es verdad que nunca hubo más universitarios que ahora, es verdad que la escolarización en algunos países es casi total, pero ¿de qué sirve tener gente en la universidad tragando como un pavo lo que escucha y sin pensar? Y eso es lo que nos convierte en una manada inofensiva. No hay pensamiento y la persona desaparece. No hay pensamiento y los cuatro mediocres que han sido hábiles o han tenido un golpe de suerte o han robado (esto, esto) manejan el mundo a su antojo. Pero nosotros no decimos ni hacemos nada porque no pensamos más que en nuestro bienestar. Un bienestar que significa levantarse todos los días para trabajar, poder tener ropa cara y comer caliente. Una mierda. Que es una mierda, coño.
Ahora bien, a todos los cerdos les llega su San Martín. Todos nos veremos en el puto infierno. Me gusta mucho la idea de cocerme por los siglos de los siglos en una caldera junto a Bush, Aznar, Zapatero y Obama. Y no descarto encontrarme con el Papa, el Dalai Lama y los predicadores televisivos del mundo entero. ¿Para qué querrá tanto dinero la gente, para qué querrán tanto poder? ¿Se les ha olvidado a todos estos que la van a a palmar dentro de un rato?
Pues ya he soltado lo que quería. Ahora voy a cantar el cumpleaños feliz a mi hijo Gonzalo. Y me lo pienso pasar de rechupete. A pesar de todo. Al fin y al cabo, yo duermo muy tranquilo y no tengo ningún miedo al infierno. Son estos mierdas los que creen que antes de llegar podrán negociar con su dinero si les cuecen más o menos. Y, que va, estos van a la cazuela común como está mandado. Ellos por ladrones y desalmados. El resto por pringados.


jun 5 2010

Todos contentos

A finales de los años cincuenta, el trompetista Donald Byrd reunía a su quinteto en cualquier sala de fiestas para interpretar jazz del bueno. No era necesario hacer grandes despliegues. Si había un piano en el local era suficiente. El resto de instrumentos se podían llevar de un sitio a otro con facilidad. Tampoco era necesario que la sala fuera más o menos grande. Si había un techo era suficiente. Y en cualquier sitio eran capaces de mezclar el himno nacional francés con lo más duro del jazz que sonaba por aquel entonces y una buena dosis del swing que se arrastraba de forma inevitable por algunas bandas. El resultado era un enloquecido viaje por las carreteras francesas, lleno de baches al romperse el fraseo de unos instrumentos que no dejaban de dialogar. Un lujo poder escuchar a esta gente. Un lujo porque hacían música disfrutando cada nota permitiendo que el que escuchara pudiera hacer lo mismo.Algo similar a lo que pasa con los libros. Nunca puede ser lo mismo una novela escrita por encargo para ganar un premio (si es que esto ocurre) que otra escrita con el afán de hacer buena literatura. El autor de la primera estará haciendo dinero, sólo eso, cosa, por otra parte envidiable tal y como están las cosas. Confieso que me encantaría poder vivir de la escritura aunque siempre cedo ante una forma de entender el mundo que impedirá a mis hijos ser muchachos adinerados mientras dependan de mí. Es triste que hacer literatura no tenga nada que ver con hacer dinero aunque sea poco.Esa manera de vivir que tantos disgustos me da y que tiene “mosca” al director de la oficina bancaria en la que tengo domiciliados los recibos de la hipoteca, tiene que ver con seguir disfrutando cuando me siento frente a mis folios cuadriculados y empiezo a escribir pensando (sin dejar de hacerlo ni un minuto) que la escritura puede y debe organizar el mundo, que el hombre no puede prescindir del relato, de explicarse a sí mismo. Todo puede faltar excepto una razón de ser. Y eso lo aporta la literatura se pongan como se pongan los que se empeñan en ningunear el mundo de las letras. Ignorantes y bobos. Eso es lo que son. No hay nada parecido a sentarse junto a un par de amigos para charlar de este libro o de aquel otro. Sabes que, en realidad, estás haciendo un ejercicio reflexivo que trata de ti mismo, de tu paso por un mundo hostil que no representa nada salvo que lo llenes de preguntas que te sitúen ante otras y estas ante otro puñado de cuestiones. Quien no se pregunta no vive. Y es que el escritor ha de cuestionarse todo lo que ve. Sin excepción. Este oficio tiene poco que ver con contar historias o ganar premios literarios. De lo que se trata es de construir desde el pensamiento y dejarlo plasmado en un papel. Además, -“más difícil todavía”- en el caso de los novelistas, desde la ficción.Las estadísticas dicen que las profesiones menos deseadas por los padres para sus hijos son la de policía y la de escritor. Me lo decía hace un par de días mi buen amigo Jesús Ferrero. Entre risas y poniendo cara de “la que te espera, amigo, con lo que tienes en casa”. Sin embargo, todo el mundo parece querer ser escritor a toda costa. La pena es que muchos lo que quieren es ganar premios literarios y aparecer en la televisión. Qué equivocación tan estúpida. Los que quieran serlo, pero serlo de verdad, deberían empezar por no pensar en publicar o por olvidar el color de los billetes de quinientos euros, más que nada porque no los iban a ver ni en pintura; porque reflexionar sobre el mundo, sobre uno mismo, no da un duro.Sin embargo, lo que nadie puede rebajar de valor (ni siquiera los que ganan premios sin hacer literatura aunque escriban libros) es el placer que le produce a un escritor de los de verdad, de esos que siempre se llamaron “de raza”, sentarse frente a un papel sabiendo que el mundo va a cambiar poco después.Para los escritores de verdad la cosa es más sencilla de lo que puede parecer. Si hay un techo bajo el que poder escribir no hace falta mucho más. Papel y lápiz, un mundo que necesita ser explicado y uno mismo. Eso y disfrutar de cada frase para que el lector pueda hacerlo cuando llegue su turno. Poco más o menos que lo que les pasaba a los chicos del quinteto que acompañaban a Byrd. Todos contentos, sin un duro y olvidados (salvo el propio Byrd), pero vivitos y coleando hasta después de muertos. ¿Quién se acuerda del contrabajista Dog Watkins, del pianista Walter Davis Jr. o de Art Taylor? Una gozada de la que pocos pueden disfrutar.