jun 25 2013

Carta abierta al Señor Wert

Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte:
Me dicen que anda usted molesto porque, allá donde va, le reciben con un abucheo, con peticiones de dimisión o desplantes por doquier. Además, se queja porque, según usted, no hizo un desplante nunca a nadie.
Y digo yo que usted lleva desplantando a la sociedad española desde que le sacaron de las tertulias televisivas para formar parte del gobierno. Señor Ministro, aunque crea usted que los españoles son un grupo enorme de catetos y borricos (que no merecen nada que no sea un trozo de pan y algo de televisión basura cada día), aunque desprecie a sus paisanos en cada declaración pública que realiza (un insulto a la inteligencia de todos cada vez que abre la boca); aunque dibuje la sociedad española como si se tratase de un rebaño del que cuidan cuatro señoritos muy estudiados (o que han pasado por la universidad y siguen siendo más tontos que pichote con título universitario y todo); aunque crea que todo esto es verdad, le tengo que aclarar algunas cosillas que le vendrán muy bien cuando le destituyan o tenga que dimitir a toda prisa.
Los desplantes que recibe son el resultado de lo que usted mismo viene haciendo durante estos meses que nos ha tocado soportar su gestión. Le recuerdo que según el diccionario de la lengua española, desplante en un dicho o acto lleno de arrogancia, descaro o desabrimiento (dureza de genio, aspereza en el trato). ¿No está usted siendo arrogante en su gestión como ministro? ¿Cómo es posible que alguien ponga en su contra a todos los demás (sí, sí; a todos los demás) si no es por su arrogancia, su trato distante e indiferente o su falta de sensibilidad ante los problemas comunes? ¿Es arrogante dictar una ley de espaldas al conjunto de la sociedad escudándose en un puñado de votos? ¿No le parece arrogante mirar la cultura como si fuera cosa de progres o la educación como cosa exclusiva de idealistas descerebrados?
Me dicen que el problema se centra en que no puede pagarse en parte la formación de aquellos que no lleguen a una nota media de 6,5 en su expediente académico universitario. Podría parecer que usted con esto intenta llegar a una excelencia maravillosa en la enseñanza. Podría parecer que usted intenta con esto dirigir los estudios de muchos hacia territorios más adecuados. No todo el mundo debería estudiar una carrera; la universidad debe ser el referente de la enseñanza y no se puede llenar de vagos y mediocres. Es insostenible pagar la formación de flojos; el Estado debe proteger a los que se esfuerzan. Cosas así, ¿verdad? Podría parecer que usted defiende esto. Pero no. No cuela, querido señor Wert.
La excelencia en la enseñanza no se consigue eliminando becas que permitan estudiar a los más desfavorecidos económicamente. ¿Cuántos son los que terminan su carrera sin grandes notas medias y terminan siendo magníficos profesionales? Muchos, señor Wert. Un expediente no resulta definitivo. Los hay que tiran de espaldas y han sido conseguidos por idiotas que no saben relacionarse con los demás o que, lejos de un aula, tienen ataques de pánico. ¿Cuántos expedientes magníficos se quedan reducidos a la nada en el ámbito laboral? Unos cuantos, señor Wert, unos cuantos. Cosechar sobresalientes puede hacerlo alguien con una inteligencia mediocre. O lo pueden conseguir tontos de baba con padres adinerados que matriculan a sus hijos en centros de enseñanza privada con manga ancha y tragaderas amplias. El poder del dinero no tiene límites.
La excelencia de la enseñanza no llega de hacerla exclusiva. De hecho, es justo al contrario. Cuando sólo podían estudiar los ricos, el mundo estaba lleno de titulados universitarios con dinero y poco más. Hoy, cualquier talento tiene alguna opción. Los mismos que ahora piensan (ellos, si siguen vivos, o sus hijos que aprendieron la teoría con facilidad) que nunca se debió dar la oportunidad a cualquiera porqué el tiempo ha dejado las cosas claras: cuanto más piensa la gente más peligrosa se hace; cuanto más sabe la gente más justicia desea. Resultó que entre los pobres había un puñado de muchachos y muchachas listas. Un gran problema de difícil solución. Por ejemplo, sus amigos los obispos ya no saben qué hacer. Pobres. Antes el rebaño creía en Dios por narices y aprovechaban la ignorancia para infundir miedos atroces y, de paso, su fe. Ahora, la cosa ha cambiado y sólo cree el que quiere (cosa que, por otro lado, está muy bien), la gente piensa por sí misma y no se deja llevar de la mano así como así. La tolerancia ante actitudes ventajistas es nula (cosa que, por otro lado, está muy bien). Y usted, que es muy bien mandado, se inventa excusas para que estos amigos y otros del mismo pelaje vuelvan a dominar la solución. Se trata de que todos traguen y estudien unos poquitos; de que la selección sea la que usted imponga intentando ganar un hueco en el cielo o cualquier otra cosa inimaginable.
Esta muy bien que un estudiante no se embarque en unos estudios universitarios si sus capacidades no le hacen apto. Eso está muy bien. ¿Hay opción? Claro que sí; la formación profesional. Esto queda muy bonito. Pero esto es España, señor Wert; esto es esa patria que tanto dicen defender algunos y que pisotean sin rubor al mismo tiempo. Los programas de formación profesional son limitados, la imagen de esos estudios está más que deteriorada, la percepción social de esas titulaciones es nefasta. Ningún muchacho se acerca a ese tipo de estudios sin complejos por sentirse el más tonto del barrio. ¿No debería usted planificar programas que diluyeran este problema? No, a usted se le da mucho mejor recortar presupuestos. Da igual si nos estamos jugando el futuro de millones de jóvenes.
Hay algo más que quisiera decirle, señor ministro. No dejo de pensar en lo siguiente: Parece injusto que un tipo con posibilidades económicas y una inteligencia mediocre o una capacidad de trabajo lamentable, pueda estudiar y otro, sin dinero, igual de mediocre y de vago, no lo pueda hacer. Muchos dirán: no, por Dios, no; con el dinero del Estado nunca. Eso es lo que está vendiendo en los medios de comunicación. Sin embargo, hablamos de 6,5 puntos de nota media. ¿En las ingenierías esta nota es muy normal? Conozco a tipos inteligentes y trabajadores que no superaron el 5,5 y son excelentes profesionales. Mire, señor Wert, hay estudiantes con gran capacidad intelectual que se pasan el día jugando al mus y presentan expedientes más que apañados. Otros trabajan, viven a dos horas de la facultad, en ciudad extraña y estudian lo que pueden. Tal vez no lleguen a tener un 6,5 de nota media. ¿A quién prefiere usted, señor ministro? Ha abierto usted un debate interminable porque no ha pensado lo suficiente en lo que ha dicho. Es lo malo de dogmatizar. Pero no se preocupe, le pasa mucho a los ministros.
Podrá usted maquillar todo esto como quiera, pero lo cierto es que la enseñanza primaria y secundaria está en manos de la Iglesia; las universidades públicas pierden terreno frente a las privadas; se está desmantelando una enseñanza que sirve para dar oportunidades a todos los españoles entre tijeretazo y tijeretazo. Y usted centra el problema en las becas y las notas que dan acceso a ellas. Una cortina de humo fabricada con algo que ya va a rectificar y que parece minimizar el gran problema que es la ley que quiere usted aprobar. Lo suyo es un despropósito inmenso. Pero insisto en que no cuela.
Parece mentira y causa gran tristeza que alguien se empeñe en pasar a la historia como el ministro peor valorado, el que más en contra ha tenido a la sociedad, el que se empeñó en convertir la educación y la cultura en algo accesible para unos pocos e imposible para casi todos. Señor Wert, el conocimiento es lo que nos puede hacer libres ¿verdad? Pues procure que lo seamos. No sea usted insensato. Y si quiere hacer rentable su gestión, dedique sus esfuerzos al trafico de armas o al de drogas. Eso sí que da un beneficio especialmente importante. Pero no juegue con algo como lo que tiene entre manos. Por favor.


abr 29 2013

¿Paciencia? (Otra carta más al señor Rajoy)

Señor Rajoy, ¿no le parece que, a estas alturas, pedir paciencia es indecente e insultante? ¿No le parece que ya tenemos agotadas nuestras reservas de paciencia después de aceptar sus mentiras y sus previsiones de opereta? ¿No le parece que se está usted pasando de la raya? Mire, señor presidente, que usted gobierne amparado por una dudosa mayoría absoluta (el número de los que le votaron no se acerca, ni por asomo, a la mitad de los votantes españoles) le otorga gran poder de decisión, pero, en ningún caso, debe tomar a los españoles por  el pito del sereno. Usted no tiene derecho a maltratar, provocar o insultar a nadie por más que le voten. Y esto que hace, cada día, es un atropello manifiesto.

Paciencia. Y se queda usted tan ancho. Pide que nos aborreguemos otro poquito para seguir con su plan de destrucción de derechos y logros de los trabajadores de este país. Sí, de esta España a la que usted dice amar tanto y que, sin embargo, desprecia con cada medida que toma. Nos pide paciencia cuando las calles deberían estar en llamas. No lo están; es asombroso; pero deje usted que pase el tiempo, deje usted que la clase media se aplaste por completo bajo los impuestos; siga usted por este camino hasta conseguirlo. Usted pide paciencia. ¿Con qué debemos tenerla? Con la contabilidad del señor Bárcenas, supongo (en la que usted aparece y le convierte en sospechoso, querido amigo; aunque se haga el loco).

¿Qué más quiere, señor presidente? Si somos un pueblo apagado, estamos perdiendo la chispa y no somos capaces de rechistar. Es lo que usted quería. No venga ahora con cuentos. ¿Cuántas amenazas apocalípticas hemos tenido que soportar? De usted, sí, de usted y los suyos.

Pero, tenga cuidado, nos sigue indignando que la clase política de este país robe con total impunidad. Es tremendo ver cómo algunos son ladrones y no pisarán la cárcel jamás. Es una vergüenza. ¿Con esto debemos tener paciencia? Tal vez se refiere usted a que veamos con tranquilidad cómo nuestros hijos viajan al extranjero para conseguir un puesto de trabajo y, en el mismo avión (en la zona delantera, eso sí), sus amigotes de partido o los empresarios que financian de forma ilegal a partidos políticos de todo tipo, viajan con maletines llenos de dinero. Nuestros hijos se quedan allí. Los otros regresan para seguir esquilmando lo que es de todos.

Pues usted pide paciencia y yo le pido decencia. Porque usted defiende los intereses de unos pocos y eso un presidente de gobierno no puede hacerlo. Se ha olvidado de los que sufren, de los que no saben qué hacer, de los hombres y mujeres que lloran porque no tienen forma de mantener a sus hijos.

Dice usted que si no ganan dinero las grandes corporaciones, nadie ganará dinero. Mentira, señor Rajoy. Miente y sabe que lo hace. Las empresas pueden reducir sus beneficios. Deben reducir sus beneficios en épocas como estas. Y si me apura sería muy rentable para todos. Más trabajadores en activo en esas empresas, más dinero para gastar, mayor producción. Pero no, el caso es favorecer la codicia de unos pocos. Es usted el arquetipo de político que pasará a la historia como la lacra más grande sufrida por la humanidad. Pero, claro, de este modo, intentando repartir lo que hay entre todos, Bárcenas no podría entregar sobres repletos de dinero. Sí, hay que quitárselo a los pobres para ser muy rico. Qué indecencia.

Ya pasará usted por caja, señor Rajoy. Ya le llegará el turno. Usted no se ponga nervioso.

Me sorprende que diga usted que es mejor decir la verdad que hacer castillos en el aire. ¡Pero si lleva mintiendo usted meses; pero si los castillos en el aire más colosales fueron los que usted dibujó durante la campaña electoral! Hay que tener caradura para decir lo que usted dice. Deje usted de insultar a los españoles, por favor.

Le recuerdo, señor Rajoy, que es muy fácil pedir paciencia viviendo a cuerpo de rey y teniendo el futuro garantizado. Eso es muy fácil. Pero piense un poco y acérquese a la realidad. ¿Deben tener paciencia los 6.200.000 parados? Pues me temo que estos no tienen ya ni paciencia ni nada. Si tuvieran se la darían de comer a sus hijos. Ya se la han robado usted y los suyos. Y no piense ahora en herencias. Lo suyo es suyo y, querido presidente, este marrón ya es de su propiedad. Le guste a usted o no.

Se ha pasado usted estos meses haciendo la tarea. Lo que le dicen otros usted lo asume sin rechistar. Lo que le gritamos en las calles se lo pasa por el arco del triunfo. Esta no es tarea de usted ¿verdad? Bonita forma de gobernar. Es usted una vergüenza de presidente. En lugar de ofrecer ruedas de prensa a través de un monitor y sin posibilidad de preguntas, debería usted dar un paseo por las calles de una ciudad cualquiera de España. Igual hasta cambiaba de parecer. Igual hasta dimitía.

Representa usted a una clase política corrupta, ladrona, poco preparada, vacía de ideales. Representa usted lo que es una vergüenza nacional. Y gobierna usted un país manso, sin personalidad, que ha cedido lo que tenía, derrumbado por el miedo que usted se ha encargado de inocular en las consciencias de todos. ¿Esto es lo que quería? ¿Este es el país por el que tanto cacarea cuando le enfoca la cámara? ¡Qué pena!

Sepa que es usted un títere en manos de otros con más dinero. No es usted nada, querido presidente. Nada de nada. Y, encima, tiene la poca vergüenza de pedir paciencia.


abr 25 2013

Bacon, bacon, bacon

La imagen de España en el extranjero es un desastre. Ya lo sabíamos. Que los alemanes piensen que somos vagos y corruptos no es nada nuevo. Que las imágenes de las cabras lanzadas desde un campanario den la vuelta al mundo es natural. Lo del toro de Tordesillas no puede dejar de ser noticia aquí y allá porque la cosa tiene delito. Vale. Todo esto está muy bien. Y un punto de razón hay en las críticas. Lo que ya no es tan normal, ni tan gracioso, es que se nos tache de flojos, de ineptos, de chorizos (sí, todos en el mismo saco como si todos fuéramos políticos) y que tengamos que sonreír cuando, por ejemplo, asistimos al festival del bacon en Estados Unidos. Pues no. Un festival del bacon es, entre otras cosas, una majadería como lo de lanzar cabras desde un campanario. La cabra, por cierto, cae sobre una red. El bacon eleva el nivel de colesterol hasta límites peligrosos. Y escuchar a cuatro majaderos gritar bacon, bacon, bacon, como si hubieran encontrado el dorado es completamente lamentable. Lo mismo que asistir a las disputas en Tordesillas porque unos quieren seguir haciendo salvajadas a un animal y otros lo defienden como si de su propio hijo se tratara.
El choque de culturas siempre se ha producido. Y esos encuentros han acabado, por regla general, como el rosario de la aurora. Esto del bacon y de la cabra no deja de ser una manifestación de lo más arcaico de esas culturas. Es decir, a los que comen bacon como para explotar, les parece que los españoles son unos salvajes. A los lanzadores de cabra eso de comer bacon a manos llenas les parece cosa de gilipollas. Eso es así y nunca cambiará. Porque aunque parezca que se defiende una cosa bastante tonta lo que se está haciendo es defender lo más íntimo de las personas. Los orígenes son sagrados e intocables.
Por tanto que nadie se asuste. Nos ven en el exterior como bichos raros, como maleantes, como mendigos, como lo que sea. Vale. Nosotros les vemos como puritanos, como tacaños, como gente que no saben aprovechar lo divertido de la vida, sin alegría. Y el mundo sigue. Unos engordando una cabra para que luzca bonita desde lo alto de la iglesia y otros engordando entre lonchas de panceta y refrescos de tres litros. Al fin y al cabo somos lo que somos.
Ay, si fuera cierto que nos levantamos a las tantas, que luego vamos tomar unas tapas sin aparecer por el trabajo, más tarde a dormir la siesta y para rematar el día nos volvemos a poner hasta las trancas de cañas y aperitivos; ay, qué bonita resultaría la vida. Y qué envidia nos tendrían con razón (ahora, nos envidian sin ella).


abr 15 2013

Hay que hacer cosas

Aprendemos y hacemos. Es sencillo y, a la vez, terrible. Porque, si el aprendizaje es un desastre, lo que hagamos lo será necesariamente.
Me van a permitir que ponga un ejemplo taurino. Cuando el torero decide dar un muletazo cambiado por la espalda al toro; es decir, en lugar de pasarle por delante hacerlo por detrás; está enseñando al toro un camino que no va a ser el habitual. Si el torero repite el pase por la espalda la cosa se complica y debe estar atento para no terminar en la enfermería cuando quiera dar un pase por delante. El toro aprende lo que le enseñan y, sin querer coger al torero, irá a la espalda y se lo puede echar a los lomos.
Pues bien, eso es lo que está pasando en nuestro mundo. Nos han enseñado que hay que competir; que esto es cosa de cada uno y que los demás son algo parecido al enemigo; que no se trata de ser felices sino de comprar mucho para parecer más; que los estudios válidos son los que nos proporcionan dinero; que las matemáticas son más importantes que la filosofía; que los árabes son fundamentalistas; que los cristianos son fundamentalistas; que las otras religiones son propias de iluminados que están, de paso medio tarados; que cada ser humano va por libre y eso de la sociedad consiste en que vivimos en colmenas y poco más. Nos están machacando a través de los medios de comunicación con mensajes falsos, erróneos, destructivos. Las ideologías han desaparecido para que sea la economía la que mande cuando casi nadie sabe qué es eso y para que sirve. Que las cosas se arreglan cuando el mundo entero se mueve y, si no es así, no hay nada que hacer.
Mentiras, enormes mentiras que nos están dejando reducidos a marionetas sin futuro, sin ideas y sin esperanza. Mentiras que nos tragamos sin parpadear. Mentiras que nos introducen en una espiral que no dejamos ya nunca más.
No hay que competir. De eso nada. Lo que hay que hacer es pensar en cómo podemos colaborar para conseguir un mundo mejor. Lo de competir es lo que se han inventado algunos para ganar más y más dinero. Los mismos que nos han convencido de que el enemigo es cualquiera que no seamos nosotros mismos. Que no, que no. Que nuestros compañeros de trabajo son eso y no otra cosa, que una persona es un igual y si lo olvidamos estamos perdiendo nuestra propia esencia, que la competición consiste en sobrevivir haciendo que todo vaya mejor. Es falso que seamos más felices teniendo más. Absolutamente falso. Lo que nos hace felices es ser amados, ser apreciados, ayudar a los demás. Joder, si damos una limosna a un pobre y creemos ser los reyes del mundo al creer que hemos hecho un favor a alguien que las está pasando canutas. Y las matemáticas son buenas si nos permiten sentirnos realizados. Y la filosofía o la mecánica o la fontanería. Es absurdo sentirse menos por elegir el futuro que creemos mejor. Es absurdo y lesivo. El que cree en Dios está en su derecho y es algo más que saludable si le va bien al individuo. Lo que es indecente es que nos presenten a esos individuos como locos o como seres extraños. Lo que es de locos es utilizar lo más íntimo de las personas -sus creencias, sus mitos- para atacarles o para conseguir que ataquen sin piedad a otros. Es falso que el mundo sea cosa de cada uno de nosotros. Que va. Somos un todo. Y, por supuesto, todo lo que hagamos influirá en otros. Usted que lee este texto, por poco que sea, está cambiando. El mundo se mueve porque todos nos movemos, porque hacemos cosas enanitas. Pero, sobre todo, porque somos una sola cosa. Y esa cosa (permitan que me ponga algo cursi) está unida por nuestra solidaridad y nuestra capacidad para amar y sentirnos amados. La gran diosa economía es una patraña que sirve a unos pocos. A los que idolatran el dinero.
Hay que hacer cosas. Por pequeñas que sean. Esa es la forma de cambiar el mundo. Eso de ampararse en el qué hago si no va a servir de nada es una postura antinatural y lejana a lo que el ser humano necesita. Hay que hacer algo. Lo que sea. Ya está bien de mirar con cara de pánfilos. Ya esta bien de tragarnos lo que nos dicen cuatro papanatas que tienen la posibilidad de hablar frente a un micrófono. Hay que hacer algo tan sencillo como pensar en los demás, en ayudar a los que podamos y con lo que podamos. Eso no es una utopía, no es algo inalcanzable. Lo podemos hacer. Aunque nos parezca muy poca cosa lo que esté a nuestro alcance. Hay que hacer cosas y hay que hacerlas ya mismo. Se lo pido, por favor, a todos ustedes.


abr 11 2013

Un consejo de amigo

Los matrimonios tienen la sana costumbre de salir a cenar en compañía de otros. Pongamos cada quince días, una vez al mes. Es lo mismo. Suelen juntarse el mismo número de parejas. Tres, cuatro, seis. También es lo mismo. Hablan, ríen, discuten, beben más de la cuenta, pagan a medias las cenas. En fin, veladas bonitas y relajantes. Pero un buen día, la esposa o el marido que forman alguno de esos matrimonios tiene que viajar, se pone enfermo o soporta una carga de trabajo insoportable que le impide asistir. Lo normal es que, si uno no puede salir a cenar, ambos, marido y esposa, se queden en casita. Juntitos como prometieron el día de la boda. Si son pareja a secas, alguna vez se prometieron algo parecido. Vale del mismo modo. Pues bien, no asistir es un gran error. A esas cenas no se puede dejar de ir. Si no hay más remedio se abandona al enfermo, al estresado o se justifica la salida por teléfono con el viajero. Pero no se puede faltar. No ya por las copas de más o por los divertidos chistes del marido de fulanita; no, no por esas razones. Lo verdaderamente importante es que cualquier matrimonio debe evitar ser el centro de la conversación ajena. Y si te ausentas te toca serlo seguro. El que falta suele ser criticado sin miramientos. Lamento comunicar a mis lectores algo tan horroroso, pero todos debemos ser conscientes de la que nos espera cuando nos excusamos en este tipo de reuniones. No faltan las insinuaciones con mala leche, los insultos directos, los comentarios sobre lo tranquilos que están sin los que no están, los ataques feroces al vestuario de ella (y a las lorzas que no tiene reparo en marcar con la licra) y las risas que se ceban con la calva incipiente de él. Faltar es quedar despellejado, deshonrado, desbancado, defenestrado y, encima, sin conocimiento de ello.
No hace falta salir a cenar para que esto ocurra. Con no estar presente en una reunión cualquiera es suficiente. Todo lo dicho deja de tener valor porque ya se encargan los presentes de arrancar y arañar si compasión. Al fin y al cabo, el ausente nunca se enterará (falso, es la segunda vez que lo digo y es falso; el ataque de remordimientos siempre aparece y muchos tratan de lavar la conciencia confesando que la cosa fue de escándalo (sin confesar su participación, claro) o el más mamón correrá a contar al ausente lo que han dicho de él con el único fin de hacerle trizas el ánimo).
Alguno estará pensando que su amigo del alma nunca haría algo así. Pues sí, queridos amigos. Lo hacen. Nunca sabemos el porqué aunque ocurre. Bien por las copas, por el ambiente distendido y agradable, por no tener problemas con los presentes, o bien porque se la tenemos jurada al más pintado nos guste o no reconocerlo. Pero ocurre. De pronto, nos encontramos diciendo barbaridades de este o aquel. De los ausentes, vaya. O nos callamos como ratas pardas sin dar la cara. Acción. Omisión. Nunca se sabe.
Bueno, el caso es que hay que asistir a todo. Al menos uno de los casados o emparejados.
Lo peor está por decir. Lo siento. Da igual lo que se haga durante años; es lo mismo si eres buena persona, buen profesional, buen padre o buen marido. Como alguien abra la caja de los truenos estás perdido. Una mentira bien planteada arrasa con todo. Y si faltas dos veces seguidas a la reunión y das oportunidad a la repetición de argumentos por parte del mamonazo de turno, el estigma te lo quedas pegado al cuerpo lo que te resta de vida. Hasta los más cercanos, hasta lo que saben que la acusación es falsa e imposible, comienzan a tener dudas. Es inexplicable, pero es lo que hay.
Salvo que te dé lo mismo ocho que ochenta (opción sanísima y más que recomendable) lo más acertado es intentar aplazar cenas, reuniones o festejos. Así hasta poder asistir.
Como siempre hay que tener un plan b preparado, les sugiero una alternativa: quedarse en casa, dedicar el tiempo a la familia, hacer lo que más guste o entretenga, salir a cenar con su pareja al sitio que más les guste sin aguantar gilipolleces y pudiendo pedir lo que les salga de las narices; o llamar al organizador de la actividad a la que no asistirá para decirle: oye, verás, que no vamos a ir, que así podéis ponernos a parir con tranquilidad, la verdad es que nos importa una mierda. Es algo que debe producir un placer inimaginable. De verdad.


abr 5 2013

Don Giovanni: ¡Esto es otra cosa!

Cuando lo esencial de las cosas se manipula, estas, dejan de ser lo que deberían. Así de sencillo. Por más que ese cambio sustancial se maquille o se intente explicar como si fuera algo exquisito o la explosión imaginativa más grande de todos los tiempos. Siempre que eso ocurra estaremos hablando de otra cosa.
Pues bien, esto es algo que no debe tener claro Dmitri Tcherniakov. Sencillamente, ha modificado la ópera de Mozart, Don Giovanni, y ha convertido la obra en nadie sabe qué ni el porqué de tal atrevimiento. Pero esto no ha sido cosa, sólo, del señor Tcherniakov. Alejo Pérez, director musical, no está a la altura esperada (es un hombre con progresión y cosas interesantes que decir en el mundo de la música); tal vez despistado por una puesta en escena que, terca, rompe sin descanso el ritmo narrativo a base de telonazos tras el final de cada cuadro. Uno espera que los sobresaltos sirvan, por ejemplo, para modificar el escenario aunque sólo sea por alegrar la vista de los espectadores que se pelean consigo mismos entre bostezo y bostezo o entre enfado y enfado.
En resumen, pagar una entrada (cara) para asistir a un espectáculo firmado por el mismísimo Mozart se convierte en pagar una entrada (carísima) para asistir a la ópera homónima de Dmitri Tcherniakov.
La puesta en escena de Don Giovanni no es fácil. Aunque se antoja más difícil destrozarla. Musicalmente es una ópera compleja. Esto es conocido por todos los aficionados. Y, es verdad, que los tiempos han cambiado. Es verdad. No hay que asustarse con las novedades escénicas que traen los nuevos tiempos para las obras clásicas. Pero de ahí a destrozar por completo lo que es una obra maestra hay un tramo muy importante.
En el Don Giovanni de Tcherniakov, el comendador muere fortuitamente, la cosa va de venganzas familiares; Don Giovanni no es un hombre irresistible y tramposo con las damas, no es el mito español que tantas veces se ha exportado durante cientos de años. No, no. Es una irrisión, medio chalado y en plena decadencia. Don Giovanni es difícil de representar, pero para eso se cuenta, en la actualidad, con unos medios técnicos que permiten salvar esos apuros con solvencia. Hasta en los institutos de enseñanza se utilizan para representar las obras de los estudiantes. Lo que presenta el señor Tcherniakov es aburrido, estático y obliga al espectador a inventarse lo que le cuentan. Desde luego, ir al Teatro Real sin conocer esta ópera es una aventura. A saber lo que entenderán los nuevos espectadores.
Mozart y Lorenzo Da Ponte no reconocerían lo que hicieron.
Por si esto no fuera bastante, Russell Braun está justito. Voz e interpretación. Christine Schäfer lo mismo aunque interpretando es mucho peor. Parece un marmolillo. Kyle Ketelsen no está mal aunque su Leporello resulta bochornoso por lo ridículo. Mojca Erdmann defiende el papel de Zerlina algo forzada aunque bien de voz. A Paul Groves le tienen dando vueltas por el escenario sin saber qué hacer ni qué pinta en todo ese lío. Incluso le hacen esperar con cara de circunstancias y sin camisa a que acabe su pareja (¿es tan difícil perdir a los intérpretes que muevan las manos o expresen un poquito con el cuerpo?). Aprueba raspado. La señora Ainhoa Arteta, como siempre, bastante discreta. Muy aplaudida, eso sí. Imaginen si esto es así cómo es el resto.
Y mientras los cantantes salen como pueden del embrollo, el telón cayendo, una y otra vez, para casi nada. El único sentido es el que le da el director de escena. Como se saca un tiempo narrativo de la manga, para que nos enteremos bien, lo proyecta sobre la tela. Ya nos explicará algún día el asunto.
En fin, un Don Giovanni en el que no pasa lo que tiene que pasar, un Don Giovanni en el que la calidad de las voces no es nada del otro mundo, un Don Giovanni firmado por un tal Dmitri. Esto es otra cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 27 2013

Sin eufemismos

Los políticos están a punto de encontrar una solución al problema.
Hasta ahora, los recortes en presupuestos públicos y las reformas laborales que nos van a a destrozar el futuro, parecían la única solución posible. Resignados hemos asistido -seguimos mirando con cara de tontos- a un desmantelamiento de nuestras posibilidades atroz y criminal. El futuro de millones de personas reducidos a eso que ellos llaman bonos basura. El futuro de millones de personas secuestrado y ejecutado.
No siendo esto suficiente, se sacaron de la manga otra solución infalible. Nos la presentaron como quien entrega a un moribundo una receta que le permitiera vivir unos años más y, a la vez, el certificado de defunción en vida. Vivirás hecho un asco, pero vivirás unos añitos más. Se trataba del rescate y saneamiento de un sistema financiero que habían creado ellos mismos, con el que habían logrado enriquecerse y enriquecer a sus amigotes, y que no podía quebrarse por el bien de la humanidad entera. Pongamos el dinero de todos en una caja para que los banqueros puedan hacer uso de él, dijeron. El resultado es que miles de personas irán a la calle. Los empleados de los bancos. El saneamiento consistía en quedarse con el dinero de todos y en poner de patitas en la calle a los empleados además de comprar deuda soberana de España para empeorar todo un poco más. Qué bien. Uno podría pensar que con tantos miles de millones salvarían los empleos, pero no. Eso nunca, queridos. Tocarían a menos. Uno podría pensar que serían decentes y no tocarían la deuda soberana, pero no. Eso nunca, queridos. Tocarían a menos. Han vaciado las cloacas de mierda que ellos echaron y punto. Todo lo despilfarrado por ellos pagado por todos. Como si tuviéramos la culpa. Eso sí, muy adornado, como haciéndonos un favor muy grande.
Pero, ahora, están a punto de encontrar una solución. Sin eufemismos ni nada de eso. Van a robar. Están preparando todo para robar a manos llenas. Están preparando todo para meter mano a los ahorros de los que siempre pagan el pato. Seguramente, están preparando trampas para que su dinero quede a salvo, pero eso no lo dicen, eso no cuenta. Utilizando la excusa más vergonzosa que nadie pudiera haber imaginado. Algo así como que algunos ahorradores son la causa del problema. ¿Usted tenía contratadas preferentes en su caja o banco? Pues es usted un ladrón. Me lo quedo. ¿Usted tiene más de 100.000 euros en el banco? Pues es usted un ladrón. Me lo quedo. Nada, nada, el despilfarro lo pagamos entre todos. Qué vergüenza. Dicen los políticos y los banqueros que algunos ahorradores han sido los que han provocado todo este desastre económico. Como si ellos no tuvieran su dinerito colocado en paraísos fiscales. Olvidan que esos ahorradores (unos pocos) han utilizado sus mismas herramientas, las que inventaron ellos para esquilmar el sistema financiero del mundo entero. Y olvidan que muchos (cientos de miles de ahorradores) son personas decentes que han ahorrado esos 100.000 euros con gran esfuerzo, al recibir una herencia o por cualquier otra razón más limpia que la de cualquiera de ellos. Esos ahorradores no se inventaron paraísos fiscales, ni preferentes, ni mecanismos diabólicos para acumular fortunas. Ni han robado. Nunca lo han hecho.
Lo más gracioso es que ahora nos venden la idea de ser una especie de Robin Hood multitudinario, que nos van a sacar de un pozo horrible porque son lo mejor de lo mejor. No se puede ser más cínico ni más sinvergüenza.
No seré yo el que defienda a los que han hecho trampas, tengan mucho ahorrado o poco. Pero tampoco seré yo quién haga el caldo gordo a esta banda de forajidos que gobiernan el mundo entero y que, además, lo hacen sirviendo al poder del dinero. Los malos son los malos aunque intenten disfrazarse con una verborrea estúpida y canalla que, como casi nadie entiende, cuela.
Ahora ya piensan en robar. Así de sencillo. Siguen sin querer encarcelar a los que se lo han llevado en sacos. Seguramente porque alguno de esos sacos terminó en su poder. Se defienden unos a otros, se tapan unos a otros, cierran agujeros con el esfuerzo y el sufrimiento de personas que ya no saben desde qué lugar les llegará el próximo estacazo. Si el delito es de la clase política o de los cercanos, todo se retrasa, todo es farragoso y casi imposible de solucionar. Las instituciones están podridas y, encima, dicen que no es el momento de desmantelarlas tal y como está el patio. Pues no, señor, no. Ahora es el momento preciso. ¿No se ha ido todo al garete? Pues ahora, hombre, ahora. Nadie que vista cuello duro y tenga carnét de un partido o un amigo poderoso pisa la prisión. Sólo los pobrecitos que no tienen un lugar en el que caerse muertos. Esos sí, que quedan fatal en las calles pidiendo o en la televisión llorando sus penas.
¿Dónde están los miles de millones que faltan? ¿Nadie va a devolver lo robado, nadie es responsable de nada? ¿Por qué no dimiten todos? ¿No les queda un poco de dignidad, no la vamos a tener nosotros para pedir sus ceses? ¿Por qué algunas instituciones son intocables si hay claros síntomas de corrupción dentro de ellas? ¿Por qué pagamos el pato millones de personas que ni hemos cobrado comisiones, ni hemos robado un céntimo y que no hemos vivido por encima de posibilidad alguna?
Estamos asistiendo al mayor desfalco de la historia de la humanidad sin rechistar, sin mover un dedo, impasibles, como si esto no fuera con nosotros, como si estuviéramos viendo un documental. Llegarán las elecciones y volveremos a votar en masa a los mismos. Temblando de miedo por si nos tocan lo poco que nos queda. Sin criterios ideológicos. Sin pensar. Creyendo que, mientras el marrón se lo coman otros, la cosa no va mal del todo.
Qué pena y que desazón.


mar 8 2013

Mirando el lugar equivocado

El desastre económico que estamos viviendo está acelerando la hecatombe moral en el mundo entero. Sin que seamos, muchas veces, conscientes de lo que está sucediendo. Cuando nada funciona, cuando el sistema falla por completo, todo tiende a venirse abajo. Esta afirmación parece obvia. Y lo es. Pero ¿cómo se hunde todo? ¿Por qué miramos alrededor, observando lo evidente, y no somos capaces de reaccionar? Sencillamente, porque, en realidad, creemos mirar una cosa y miramos otra. Miramos en dirección a lo que nos proponen sin pensar sobre lo que está pasando más allá de una noticia adornada con palabras vacías.
Por ejemplo, los recortes en el área de educación nos hacen clamar al cielo. ¡Qué será de nuestros hijos! ¡Sólo podrán estudiar los ricos! Muy bien. Es verdad y terrible. Pero nos quedamos en la superficie. Dolorosa y difícil de digerir, pero superficie al fin y a la postre. Si nos paramos a reflexionar sobre el asunto comprobamos que la realidad es mucho más cruda. Pero mucho más. Porque si no hay guarderías suficientes las mujeres tendrán más dificultades que las actuales para poder incorporarse al mercado laboral. Esto es penoso aunque funciona de este modo. No veo yo a los hombres renunciando a su trabajo para criar hijos; entre otras cosas, porque el hombre gana mucho más en puestos similares que una mujer. Y puestos a elegir, manda la cartera. A eso le sumamos el punto machista que nos queda hasta a los que vamos de avanzados. En fin, lo de siempre. Por tanto, el recorte en educación agrava, claramente, la desigualdad entre hombres y mujeres. Cabría la posibilidad de no tener hijos, claro. Pero eso supondría renunciar a la maternidad. Un desastre del mismo modo. Renunciar a la maternidad por algo así suena muy mal.
Crisis económica, más crisis moral y ética.
Así que sólo podrán estudiar los ricos y los pobres estarán condenados a no nacer. Bonito panorama. Alguien debería avisar de esto a nuestro gobierno. Son sus recortes los que ponen en peligro la pervivencia de la raza. Lo de los matrimonios gays parece que no es el problema. De eso y de que no nos pueden tomar por el pito del sereno porque no somos tan tontos como creen.
Todo esto que digo es un ejemplo. Porque miremos hacia donde miremos veremos una cantidad enorme de miseria moral, y ética y económica; una falta de valores preocupante y, por tanto, una tendencia a la falta de solidaridad preocupante. Ya se nos olvidó el futuro colapso del planeta por falta de políticas medioambientales que se alejen del sistema económico. El tercer mundo se ha convertido en un ente invisible. La pena de muerte sigue funcionando en muchos países que, además, la aplican como si fueran enemas o algo inofensivo. Esto es un auténtico desastre que contemplamos sin apenas pestañear.
¿Es normal que, ahora, los trabajadores acudan a sus puestos de trabajo teniendo tanta fiebre como miedo a perder su empleo? ¿Serán los contagios por esta razón la gran carga del sistema sanitario y una razón más para privatizar hasta los puestos de golosinas? Si un niño enferma, si sus padres no pueden faltar al trabajo por nada que pase en este mundo ¿les mandamos al colegio? ¿Cuántos críos estarán malitos al día siguiente? ¿Esto es ahorrar o convertir nuestro mundo en una tortura?
¿Nos vamos encomendando todos a la virgen del Rocío para solucionar las cosas? Ya o hacen los ministros y no parece que sea la mejor solución. Es más, es la forma de decirnos que esto no tiene remedio y que tendrá que ser algo desconocido lo que solvente la papeleta. De paso nos meten la cuña religiosa. Ellos saben que si el ser humano recurre a lo divino en momentos de dificultad es porque da por perdido lo terrenal y eso hace que el gobernante se maneje con total libertad mientras los demás rezan.
Mirando y sin rechistar. Así nos querían y así nos tienen. No es normal que los delincuentes que roban en sobres estén tan tranquilos gastando el botín y que, aquí, no pase nada.
Claro, esto tiene su génesis en la falta de pensamiento generalizado. Lo voy a decir una vez más: hay que pensar, aclarar las ideas y ponerse en marcha. Es una urgencia universal. Se acaba el tiempo.


feb 4 2013

La varita mágica

Tampoco esta vez. No hay varitas mágicas, ni atajos para conseguir cosas que necesitan de un proceso para que aparezcan, ni artes de birlibirloque que arreglen todo de golpe. Esas cosas no existen. Ya es oficial.
España está en la situación en la que se encuentra por muchos motivos. Uno de ellos es la corrupción con la que nos esclaviza la clase política. Consiste en que unos pocos se lo llevan en sacos y el resto nos quedamos con cara de bobos sin saber qué debemos hacer. Así en repetidas ocasiones. Y, mientras miramos atónitos, lo vuelven a hacer una y otra vez. Algo que es bochornoso se coja por donde se coja. Así que, de momento, la única varita mágica que funciona es la que permite robar sin que el que la usa pise una prisión o tenga que devolver un céntimo. Decía que España está como está por varios motivos, pero, en realidad, todos se encuentran alrededor del robo manifiesto.
Francamente, no sé si el señor Rajoy es corrupto. Si lo son Javier Arenas o Rubalcaba lo desconozco. Habrá que confiar en la justicia y en el coraje de los investigadores. Pero que la política española huele que apesta lo tengo claro. Clarísimo. El bochorno que nos están haciendo pasar entre todos es más que doloroso. Entre otras cosas porque el único camino que nos queda en dejar de votar a un partido o al de más allá. Es decir, dejar que las cosas se pongan más feas si es que eso es posible. Por eso es doloroso. Porque parece que no hay salida. Lo trágico de todo esto es que el ciudadano normal está indefenso ante tanta tropelía. Abochornado y sin saber qué hacer. Es de tal magnitud el escándalo que hasta los niños preguntan sobre lo que está sucediendo. Todas las instituciones que fueron intocables por su prestigio y servicio se han visto salpicadas por la corrupción de los políticos o la de sus amiguetes. Le tocó en su momento a la Guardia Civil (¿recuerdan al tipo aquel que se llamaba Roldán? Por cierto un tipejo que pasó una larga temporada a la sombra; algo que no sucede en la actualidad ni a la de tres); a la Cruz Roja, ahora a la Casa Real (si quieren a la periferia de esa institución hasta que se descubra que el centro también rebosa dineros de procedencia indigna, claro). Los partidos políticos, las tonadilleras, alcaldes de tres al cuarto o de mayor peso (la gama es amplia), empresarios y todo tipo de personas o entidades, se suman al gran banquete de la corrupción. Hazlo, hazlo, si aquí no pasa nada, parecen decirse unos a otros mientras roban a manos llenas. España es un país lastrado por una banda de sinvergüenzas sin escrúpulos.
Pensaba yo, durante la campaña electoral (la última que hemos sufrido), en cómo era posible que alguien deseara ponerse a pilotar un país en bancarrota, sin crédito alguno en el exterior, desbaratado y lo que quieran ustedes añadir. Ahora, esa pregunta sin respuesta clara cuando me la formulaba ya parece tenerla. Todo en este mundo tiene un porqué. Por muy sucio o lamentable que sea, siempre existe. Y no hace falta ser muy listo para saber de qué se trata esta vez. Y siempre.
Y pienso ahora en por qué no se llenan las calles de todas las poblaciones de España pidiendo que esto se acabe de una vez por todas. Seguramente por miedo a empeorar, a perder lo que tenemos. Sin embargo, es necesario hacerlo. No puede darse una regeneración del sistema político si continúan los mismos al mando y arrastrando una forma de entender las cosas que está podrida. La regeneración debe llegar desde el ciudadano que protesta, que dice que esto no es así, que ya está bien. Algunos tachan de algarada cualquier manifestación del pueblo contra una injusticia o contra lo que parece improcedente. Y no son algaradas; son derechos conseguidos con mucho esfuerzo de quien peleó por ellos. Eso no se puede perder. El dinero ya está perdido y se recuperará poco o nada, pero nuestros derechos deben quedar intactos. Lo llamen algarada o lo que quieran. Protestar en la calle y no votar al que roba, ha robado, protege al ladrón o al sospechoso. Ni un solo voto más. Ni uno.
Los ciudadanos sí que tenemos una varita mágica temible. La debemos sacar a pasear desde ya mismo. Para que no sólo funcione la de los sinvergüenzas. Es temible. Se trata de nuestro voto. Porque si esta banda no gobierna (cualquiera de ellos) no son nada de nada. Se trata de nuestra ideología, de nuestra honradez, de nuestra valentía para enfrentar problemas o abusos. Lo de ellos se llama ansia de poder. Y, por lo que a mí respecta, se la pueden ir metiendo donde les quepa.
Si tenemos esperanza es que la hay. Si la perdemos desapareceremos con ella. Busquen despacito su varita personal y piensen lo que supondría juntar las de millones de personas. Y, si les parece bien, hablen de ello con los que tengan a su alrededor. Hagamos de esto una bola de nieve cayendo por la ladera. Y si llega a suceder comprobarán que las cosas pueden cambiar.


feb 3 2013

Pensemos. Es la única solución.

¿Dónde están los estudiantes universitarios? ¿Dónde están los sindicalistas que lucharon por las libertades y las igualdades sociales? ¿Dónde están los intelectuales para que con sus ideas muevan el mundo? ¿Dónde estamos la gente de bien, los que amamos el lugar en el que vivimos, los que queremos dibujar un futuro para nuestros hijos? ¿Dónde están los periodistas de verdad, los que no se dejan llevar por la nómina de final de mes y dicen lo que ocurre con objetividad? ¿Que está pasando en España para que dejemos que esto se convierta en el hazmereír? ¿Nos hemos convertido en unos cobardes, en unos acomodados, en gente sin proyectos ni esperanza? ¿Qué pintamos aquí si no somos capaces de reaccionar ante una situación tan bochornosa que no hay quien la resista?
Somos cobardes. No queremos que nos toquen lo que tenemos aunque otros se queden sin comer, aunque otros se lo lleven en sacos a casa o a Suiza. Somos cobardes porque nos han anulado. Mucha televisión, mucho dinero, mucho producto que comprar. Poco pensamiento, poca lectura, una cultura en peligro de muerte. Nos hemos quedado en nada. Eso sí, con la esperanza de que alguna vez seremos nosotros los que podamos vivir mejor que nunca.
Me avergüenzo de la clase política de este país, de la casa real que no se qué hace en pie todavía; de una iglesia dividida entre los que ayudan hasta la extenuación (pocos) y los que van a misa con abrigo caro (multitud); de casi todo, me avergüenzo de casi todo. De mí mismo por no salir a la calle a diario para protestar. Y me causa un profundo desasosiego saber que, finalmente, no pasará nada, nadie ingresará en prisión, nadie devolverá un duro y pagará el pato el más pobre. Esto es un desastre monumental.
Sin embargo, no pienso tirar la toalla. Porque se puede conseguir que el mundo sea mejor de lo que es. Se trata de pensar en qué hay que hacer. Muchos hemos pensado que, tal vez, quemando la casa de un banquero se lo pensarían antes de hacer de las suyas. Pero no llevaría a ninguna parte. Hay que pensar en cómo conseguir un cambio, en cómo podemos aportar lo mejor de nosotros para que todo se enderece. ¿Han pensado sobre la labor de las ONG’s? Con tanto trabajo, con tanta donación les estamos haciendo el trabajo más difícil. Quizás habría que dejar de hacerlo para que les estallara el problema entre las manos. Me refiero a cosas de esta índole. Pensemos en lo que estamos haciendo. Me temo que el camino es otro.
Han conseguido dividir a la sociedad española. Por completo. La fractura es de dimensiones colosales. Es lo que querían porque de ese modo logran que la protesta sea menor, que las lanzas se conviertan en cañas en cuanto se da un paso adelante. Han dividido la sociedad porque han logrado que reduzcamos el problema a que no estén estos o que no estén aquellos. No pensamos en que el que debe estar es otro. No sé quién es, pero si buscamos encontraremos.
Pensemos, queridos, pensemos. No dejemos que un periodista nos lleve al huerto porque nos parece muy graciosa la barbaridad que dice, no dejemos que los políticos sigan utilizando un discurso que es un insulto a la inteligencia del ser humano. No podemos seguir escuchando lo que dicen. Mentira tras mentira han conseguido desquiciar a la gente, anular a las personas. La única forma de salir adelante es tener un criterio individual y colectivo. Dejemos de escuchar patrañas y construyamos un proyecto desde la inteligencia y el pensamiento.
Muchos me tacharán de demagogo o de loco. Yo les digo que la peor de las demagogias es negar cualquier idea, cualquier posibilidad porque parezca idílica o propia de la ciencia ficción.
Una banda de forajidos nos han puesto el país patas arriba. Ahora toca acabar con todo este lodo. Ellos son unos sinvergüenzas, pero la mayoría no lo somos. Ellos son unos ladrones, pero los demás somos gente honrada que madruga y trabaja para sacar esto adelante. Ellos son pocos y nosotros somos una multitud. Ellos tienen los medios de comunicación en el bolsillo, pero nosotros podemos dominar internet.
Ha llegado la hora de tomarse en serio la vida. De ser coherentes. Y ya es el momento de dejar a un lado la parida esta de la política. ¿Qué ideología manejan unos y otros? Exacto, ninguna. Así que nada nos impide marchar juntos. Construyamos una sociedad mejor dejando de escuchar la mentira, el mensaje lesivo, el discurso que busca el bien de unos pocos aunque se disfrace de universal. Pensemos, queridos, pensemos. De otro modo estamos perdidos.