abr 5 2013

Don Giovanni: ¡Esto es otra cosa!

Cuando lo esencial de las cosas se manipula, estas, dejan de ser lo que deberían. Así de sencillo. Por más que ese cambio sustancial se maquille o se intente explicar como si fuera algo exquisito o la explosión imaginativa más grande de todos los tiempos. Siempre que eso ocurra estaremos hablando de otra cosa.
Pues bien, esto es algo que no debe tener claro Dmitri Tcherniakov. Sencillamente, ha modificado la ópera de Mozart, Don Giovanni, y ha convertido la obra en nadie sabe qué ni el porqué de tal atrevimiento. Pero esto no ha sido cosa, sólo, del señor Tcherniakov. Alejo Pérez, director musical, no está a la altura esperada (es un hombre con progresión y cosas interesantes que decir en el mundo de la música); tal vez despistado por una puesta en escena que, terca, rompe sin descanso el ritmo narrativo a base de telonazos tras el final de cada cuadro. Uno espera que los sobresaltos sirvan, por ejemplo, para modificar el escenario aunque sólo sea por alegrar la vista de los espectadores que se pelean consigo mismos entre bostezo y bostezo o entre enfado y enfado.
En resumen, pagar una entrada (cara) para asistir a un espectáculo firmado por el mismísimo Mozart se convierte en pagar una entrada (carísima) para asistir a la ópera homónima de Dmitri Tcherniakov.
La puesta en escena de Don Giovanni no es fácil. Aunque se antoja más difícil destrozarla. Musicalmente es una ópera compleja. Esto es conocido por todos los aficionados. Y, es verdad, que los tiempos han cambiado. Es verdad. No hay que asustarse con las novedades escénicas que traen los nuevos tiempos para las obras clásicas. Pero de ahí a destrozar por completo lo que es una obra maestra hay un tramo muy importante.
En el Don Giovanni de Tcherniakov, el comendador muere fortuitamente, la cosa va de venganzas familiares; Don Giovanni no es un hombre irresistible y tramposo con las damas, no es el mito español que tantas veces se ha exportado durante cientos de años. No, no. Es una irrisión, medio chalado y en plena decadencia. Don Giovanni es difícil de representar, pero para eso se cuenta, en la actualidad, con unos medios técnicos que permiten salvar esos apuros con solvencia. Hasta en los institutos de enseñanza se utilizan para representar las obras de los estudiantes. Lo que presenta el señor Tcherniakov es aburrido, estático y obliga al espectador a inventarse lo que le cuentan. Desde luego, ir al Teatro Real sin conocer esta ópera es una aventura. A saber lo que entenderán los nuevos espectadores.
Mozart y Lorenzo Da Ponte no reconocerían lo que hicieron.
Por si esto no fuera bastante, Russell Braun está justito. Voz e interpretación. Christine Schäfer lo mismo aunque interpretando es mucho peor. Parece un marmolillo. Kyle Ketelsen no está mal aunque su Leporello resulta bochornoso por lo ridículo. Mojca Erdmann defiende el papel de Zerlina algo forzada aunque bien de voz. A Paul Groves le tienen dando vueltas por el escenario sin saber qué hacer ni qué pinta en todo ese lío. Incluso le hacen esperar con cara de circunstancias y sin camisa a que acabe su pareja (¿es tan difícil perdir a los intérpretes que muevan las manos o expresen un poquito con el cuerpo?). Aprueba raspado. La señora Ainhoa Arteta, como siempre, bastante discreta. Muy aplaudida, eso sí. Imaginen si esto es así cómo es el resto.
Y mientras los cantantes salen como pueden del embrollo, el telón cayendo, una y otra vez, para casi nada. El único sentido es el que le da el director de escena. Como se saca un tiempo narrativo de la manga, para que nos enteremos bien, lo proyecta sobre la tela. Ya nos explicará algún día el asunto.
En fin, un Don Giovanni en el que no pasa lo que tiene que pasar, un Don Giovanni en el que la calidad de las voces no es nada del otro mundo, un Don Giovanni firmado por un tal Dmitri. Esto es otra cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 27 2013

Sin eufemismos

Los políticos están a punto de encontrar una solución al problema.
Hasta ahora, los recortes en presupuestos públicos y las reformas laborales que nos van a a destrozar el futuro, parecían la única solución posible. Resignados hemos asistido -seguimos mirando con cara de tontos- a un desmantelamiento de nuestras posibilidades atroz y criminal. El futuro de millones de personas reducidos a eso que ellos llaman bonos basura. El futuro de millones de personas secuestrado y ejecutado.
No siendo esto suficiente, se sacaron de la manga otra solución infalible. Nos la presentaron como quien entrega a un moribundo una receta que le permitiera vivir unos años más y, a la vez, el certificado de defunción en vida. Vivirás hecho un asco, pero vivirás unos añitos más. Se trataba del rescate y saneamiento de un sistema financiero que habían creado ellos mismos, con el que habían logrado enriquecerse y enriquecer a sus amigotes, y que no podía quebrarse por el bien de la humanidad entera. Pongamos el dinero de todos en una caja para que los banqueros puedan hacer uso de él, dijeron. El resultado es que miles de personas irán a la calle. Los empleados de los bancos. El saneamiento consistía en quedarse con el dinero de todos y en poner de patitas en la calle a los empleados además de comprar deuda soberana de España para empeorar todo un poco más. Qué bien. Uno podría pensar que con tantos miles de millones salvarían los empleos, pero no. Eso nunca, queridos. Tocarían a menos. Uno podría pensar que serían decentes y no tocarían la deuda soberana, pero no. Eso nunca, queridos. Tocarían a menos. Han vaciado las cloacas de mierda que ellos echaron y punto. Todo lo despilfarrado por ellos pagado por todos. Como si tuviéramos la culpa. Eso sí, muy adornado, como haciéndonos un favor muy grande.
Pero, ahora, están a punto de encontrar una solución. Sin eufemismos ni nada de eso. Van a robar. Están preparando todo para robar a manos llenas. Están preparando todo para meter mano a los ahorros de los que siempre pagan el pato. Seguramente, están preparando trampas para que su dinero quede a salvo, pero eso no lo dicen, eso no cuenta. Utilizando la excusa más vergonzosa que nadie pudiera haber imaginado. Algo así como que algunos ahorradores son la causa del problema. ¿Usted tenía contratadas preferentes en su caja o banco? Pues es usted un ladrón. Me lo quedo. ¿Usted tiene más de 100.000 euros en el banco? Pues es usted un ladrón. Me lo quedo. Nada, nada, el despilfarro lo pagamos entre todos. Qué vergüenza. Dicen los políticos y los banqueros que algunos ahorradores han sido los que han provocado todo este desastre económico. Como si ellos no tuvieran su dinerito colocado en paraísos fiscales. Olvidan que esos ahorradores (unos pocos) han utilizado sus mismas herramientas, las que inventaron ellos para esquilmar el sistema financiero del mundo entero. Y olvidan que muchos (cientos de miles de ahorradores) son personas decentes que han ahorrado esos 100.000 euros con gran esfuerzo, al recibir una herencia o por cualquier otra razón más limpia que la de cualquiera de ellos. Esos ahorradores no se inventaron paraísos fiscales, ni preferentes, ni mecanismos diabólicos para acumular fortunas. Ni han robado. Nunca lo han hecho.
Lo más gracioso es que ahora nos venden la idea de ser una especie de Robin Hood multitudinario, que nos van a sacar de un pozo horrible porque son lo mejor de lo mejor. No se puede ser más cínico ni más sinvergüenza.
No seré yo el que defienda a los que han hecho trampas, tengan mucho ahorrado o poco. Pero tampoco seré yo quién haga el caldo gordo a esta banda de forajidos que gobiernan el mundo entero y que, además, lo hacen sirviendo al poder del dinero. Los malos son los malos aunque intenten disfrazarse con una verborrea estúpida y canalla que, como casi nadie entiende, cuela.
Ahora ya piensan en robar. Así de sencillo. Siguen sin querer encarcelar a los que se lo han llevado en sacos. Seguramente porque alguno de esos sacos terminó en su poder. Se defienden unos a otros, se tapan unos a otros, cierran agujeros con el esfuerzo y el sufrimiento de personas que ya no saben desde qué lugar les llegará el próximo estacazo. Si el delito es de la clase política o de los cercanos, todo se retrasa, todo es farragoso y casi imposible de solucionar. Las instituciones están podridas y, encima, dicen que no es el momento de desmantelarlas tal y como está el patio. Pues no, señor, no. Ahora es el momento preciso. ¿No se ha ido todo al garete? Pues ahora, hombre, ahora. Nadie que vista cuello duro y tenga carnét de un partido o un amigo poderoso pisa la prisión. Sólo los pobrecitos que no tienen un lugar en el que caerse muertos. Esos sí, que quedan fatal en las calles pidiendo o en la televisión llorando sus penas.
¿Dónde están los miles de millones que faltan? ¿Nadie va a devolver lo robado, nadie es responsable de nada? ¿Por qué no dimiten todos? ¿No les queda un poco de dignidad, no la vamos a tener nosotros para pedir sus ceses? ¿Por qué algunas instituciones son intocables si hay claros síntomas de corrupción dentro de ellas? ¿Por qué pagamos el pato millones de personas que ni hemos cobrado comisiones, ni hemos robado un céntimo y que no hemos vivido por encima de posibilidad alguna?
Estamos asistiendo al mayor desfalco de la historia de la humanidad sin rechistar, sin mover un dedo, impasibles, como si esto no fuera con nosotros, como si estuviéramos viendo un documental. Llegarán las elecciones y volveremos a votar en masa a los mismos. Temblando de miedo por si nos tocan lo poco que nos queda. Sin criterios ideológicos. Sin pensar. Creyendo que, mientras el marrón se lo coman otros, la cosa no va mal del todo.
Qué pena y que desazón.


mar 8 2013

Mirando el lugar equivocado

El desastre económico que estamos viviendo está acelerando la hecatombe moral en el mundo entero. Sin que seamos, muchas veces, conscientes de lo que está sucediendo. Cuando nada funciona, cuando el sistema falla por completo, todo tiende a venirse abajo. Esta afirmación parece obvia. Y lo es. Pero ¿cómo se hunde todo? ¿Por qué miramos alrededor, observando lo evidente, y no somos capaces de reaccionar? Sencillamente, porque, en realidad, creemos mirar una cosa y miramos otra. Miramos en dirección a lo que nos proponen sin pensar sobre lo que está pasando más allá de una noticia adornada con palabras vacías.
Por ejemplo, los recortes en el área de educación nos hacen clamar al cielo. ¡Qué será de nuestros hijos! ¡Sólo podrán estudiar los ricos! Muy bien. Es verdad y terrible. Pero nos quedamos en la superficie. Dolorosa y difícil de digerir, pero superficie al fin y a la postre. Si nos paramos a reflexionar sobre el asunto comprobamos que la realidad es mucho más cruda. Pero mucho más. Porque si no hay guarderías suficientes las mujeres tendrán más dificultades que las actuales para poder incorporarse al mercado laboral. Esto es penoso aunque funciona de este modo. No veo yo a los hombres renunciando a su trabajo para criar hijos; entre otras cosas, porque el hombre gana mucho más en puestos similares que una mujer. Y puestos a elegir, manda la cartera. A eso le sumamos el punto machista que nos queda hasta a los que vamos de avanzados. En fin, lo de siempre. Por tanto, el recorte en educación agrava, claramente, la desigualdad entre hombres y mujeres. Cabría la posibilidad de no tener hijos, claro. Pero eso supondría renunciar a la maternidad. Un desastre del mismo modo. Renunciar a la maternidad por algo así suena muy mal.
Crisis económica, más crisis moral y ética.
Así que sólo podrán estudiar los ricos y los pobres estarán condenados a no nacer. Bonito panorama. Alguien debería avisar de esto a nuestro gobierno. Son sus recortes los que ponen en peligro la pervivencia de la raza. Lo de los matrimonios gays parece que no es el problema. De eso y de que no nos pueden tomar por el pito del sereno porque no somos tan tontos como creen.
Todo esto que digo es un ejemplo. Porque miremos hacia donde miremos veremos una cantidad enorme de miseria moral, y ética y económica; una falta de valores preocupante y, por tanto, una tendencia a la falta de solidaridad preocupante. Ya se nos olvidó el futuro colapso del planeta por falta de políticas medioambientales que se alejen del sistema económico. El tercer mundo se ha convertido en un ente invisible. La pena de muerte sigue funcionando en muchos países que, además, la aplican como si fueran enemas o algo inofensivo. Esto es un auténtico desastre que contemplamos sin apenas pestañear.
¿Es normal que, ahora, los trabajadores acudan a sus puestos de trabajo teniendo tanta fiebre como miedo a perder su empleo? ¿Serán los contagios por esta razón la gran carga del sistema sanitario y una razón más para privatizar hasta los puestos de golosinas? Si un niño enferma, si sus padres no pueden faltar al trabajo por nada que pase en este mundo ¿les mandamos al colegio? ¿Cuántos críos estarán malitos al día siguiente? ¿Esto es ahorrar o convertir nuestro mundo en una tortura?
¿Nos vamos encomendando todos a la virgen del Rocío para solucionar las cosas? Ya o hacen los ministros y no parece que sea la mejor solución. Es más, es la forma de decirnos que esto no tiene remedio y que tendrá que ser algo desconocido lo que solvente la papeleta. De paso nos meten la cuña religiosa. Ellos saben que si el ser humano recurre a lo divino en momentos de dificultad es porque da por perdido lo terrenal y eso hace que el gobernante se maneje con total libertad mientras los demás rezan.
Mirando y sin rechistar. Así nos querían y así nos tienen. No es normal que los delincuentes que roban en sobres estén tan tranquilos gastando el botín y que, aquí, no pase nada.
Claro, esto tiene su génesis en la falta de pensamiento generalizado. Lo voy a decir una vez más: hay que pensar, aclarar las ideas y ponerse en marcha. Es una urgencia universal. Se acaba el tiempo.


feb 4 2013

La varita mágica

Tampoco esta vez. No hay varitas mágicas, ni atajos para conseguir cosas que necesitan de un proceso para que aparezcan, ni artes de birlibirloque que arreglen todo de golpe. Esas cosas no existen. Ya es oficial.
España está en la situación en la que se encuentra por muchos motivos. Uno de ellos es la corrupción con la que nos esclaviza la clase política. Consiste en que unos pocos se lo llevan en sacos y el resto nos quedamos con cara de bobos sin saber qué debemos hacer. Así en repetidas ocasiones. Y, mientras miramos atónitos, lo vuelven a hacer una y otra vez. Algo que es bochornoso se coja por donde se coja. Así que, de momento, la única varita mágica que funciona es la que permite robar sin que el que la usa pise una prisión o tenga que devolver un céntimo. Decía que España está como está por varios motivos, pero, en realidad, todos se encuentran alrededor del robo manifiesto.
Francamente, no sé si el señor Rajoy es corrupto. Si lo son Javier Arenas o Rubalcaba lo desconozco. Habrá que confiar en la justicia y en el coraje de los investigadores. Pero que la política española huele que apesta lo tengo claro. Clarísimo. El bochorno que nos están haciendo pasar entre todos es más que doloroso. Entre otras cosas porque el único camino que nos queda en dejar de votar a un partido o al de más allá. Es decir, dejar que las cosas se pongan más feas si es que eso es posible. Por eso es doloroso. Porque parece que no hay salida. Lo trágico de todo esto es que el ciudadano normal está indefenso ante tanta tropelía. Abochornado y sin saber qué hacer. Es de tal magnitud el escándalo que hasta los niños preguntan sobre lo que está sucediendo. Todas las instituciones que fueron intocables por su prestigio y servicio se han visto salpicadas por la corrupción de los políticos o la de sus amiguetes. Le tocó en su momento a la Guardia Civil (¿recuerdan al tipo aquel que se llamaba Roldán? Por cierto un tipejo que pasó una larga temporada a la sombra; algo que no sucede en la actualidad ni a la de tres); a la Cruz Roja, ahora a la Casa Real (si quieren a la periferia de esa institución hasta que se descubra que el centro también rebosa dineros de procedencia indigna, claro). Los partidos políticos, las tonadilleras, alcaldes de tres al cuarto o de mayor peso (la gama es amplia), empresarios y todo tipo de personas o entidades, se suman al gran banquete de la corrupción. Hazlo, hazlo, si aquí no pasa nada, parecen decirse unos a otros mientras roban a manos llenas. España es un país lastrado por una banda de sinvergüenzas sin escrúpulos.
Pensaba yo, durante la campaña electoral (la última que hemos sufrido), en cómo era posible que alguien deseara ponerse a pilotar un país en bancarrota, sin crédito alguno en el exterior, desbaratado y lo que quieran ustedes añadir. Ahora, esa pregunta sin respuesta clara cuando me la formulaba ya parece tenerla. Todo en este mundo tiene un porqué. Por muy sucio o lamentable que sea, siempre existe. Y no hace falta ser muy listo para saber de qué se trata esta vez. Y siempre.
Y pienso ahora en por qué no se llenan las calles de todas las poblaciones de España pidiendo que esto se acabe de una vez por todas. Seguramente por miedo a empeorar, a perder lo que tenemos. Sin embargo, es necesario hacerlo. No puede darse una regeneración del sistema político si continúan los mismos al mando y arrastrando una forma de entender las cosas que está podrida. La regeneración debe llegar desde el ciudadano que protesta, que dice que esto no es así, que ya está bien. Algunos tachan de algarada cualquier manifestación del pueblo contra una injusticia o contra lo que parece improcedente. Y no son algaradas; son derechos conseguidos con mucho esfuerzo de quien peleó por ellos. Eso no se puede perder. El dinero ya está perdido y se recuperará poco o nada, pero nuestros derechos deben quedar intactos. Lo llamen algarada o lo que quieran. Protestar en la calle y no votar al que roba, ha robado, protege al ladrón o al sospechoso. Ni un solo voto más. Ni uno.
Los ciudadanos sí que tenemos una varita mágica temible. La debemos sacar a pasear desde ya mismo. Para que no sólo funcione la de los sinvergüenzas. Es temible. Se trata de nuestro voto. Porque si esta banda no gobierna (cualquiera de ellos) no son nada de nada. Se trata de nuestra ideología, de nuestra honradez, de nuestra valentía para enfrentar problemas o abusos. Lo de ellos se llama ansia de poder. Y, por lo que a mí respecta, se la pueden ir metiendo donde les quepa.
Si tenemos esperanza es que la hay. Si la perdemos desapareceremos con ella. Busquen despacito su varita personal y piensen lo que supondría juntar las de millones de personas. Y, si les parece bien, hablen de ello con los que tengan a su alrededor. Hagamos de esto una bola de nieve cayendo por la ladera. Y si llega a suceder comprobarán que las cosas pueden cambiar.


feb 3 2013

Pensemos. Es la única solución.

¿Dónde están los estudiantes universitarios? ¿Dónde están los sindicalistas que lucharon por las libertades y las igualdades sociales? ¿Dónde están los intelectuales para que con sus ideas muevan el mundo? ¿Dónde estamos la gente de bien, los que amamos el lugar en el que vivimos, los que queremos dibujar un futuro para nuestros hijos? ¿Dónde están los periodistas de verdad, los que no se dejan llevar por la nómina de final de mes y dicen lo que ocurre con objetividad? ¿Que está pasando en España para que dejemos que esto se convierta en el hazmereír? ¿Nos hemos convertido en unos cobardes, en unos acomodados, en gente sin proyectos ni esperanza? ¿Qué pintamos aquí si no somos capaces de reaccionar ante una situación tan bochornosa que no hay quien la resista?
Somos cobardes. No queremos que nos toquen lo que tenemos aunque otros se queden sin comer, aunque otros se lo lleven en sacos a casa o a Suiza. Somos cobardes porque nos han anulado. Mucha televisión, mucho dinero, mucho producto que comprar. Poco pensamiento, poca lectura, una cultura en peligro de muerte. Nos hemos quedado en nada. Eso sí, con la esperanza de que alguna vez seremos nosotros los que podamos vivir mejor que nunca.
Me avergüenzo de la clase política de este país, de la casa real que no se qué hace en pie todavía; de una iglesia dividida entre los que ayudan hasta la extenuación (pocos) y los que van a misa con abrigo caro (multitud); de casi todo, me avergüenzo de casi todo. De mí mismo por no salir a la calle a diario para protestar. Y me causa un profundo desasosiego saber que, finalmente, no pasará nada, nadie ingresará en prisión, nadie devolverá un duro y pagará el pato el más pobre. Esto es un desastre monumental.
Sin embargo, no pienso tirar la toalla. Porque se puede conseguir que el mundo sea mejor de lo que es. Se trata de pensar en qué hay que hacer. Muchos hemos pensado que, tal vez, quemando la casa de un banquero se lo pensarían antes de hacer de las suyas. Pero no llevaría a ninguna parte. Hay que pensar en cómo conseguir un cambio, en cómo podemos aportar lo mejor de nosotros para que todo se enderece. ¿Han pensado sobre la labor de las ONG’s? Con tanto trabajo, con tanta donación les estamos haciendo el trabajo más difícil. Quizás habría que dejar de hacerlo para que les estallara el problema entre las manos. Me refiero a cosas de esta índole. Pensemos en lo que estamos haciendo. Me temo que el camino es otro.
Han conseguido dividir a la sociedad española. Por completo. La fractura es de dimensiones colosales. Es lo que querían porque de ese modo logran que la protesta sea menor, que las lanzas se conviertan en cañas en cuanto se da un paso adelante. Han dividido la sociedad porque han logrado que reduzcamos el problema a que no estén estos o que no estén aquellos. No pensamos en que el que debe estar es otro. No sé quién es, pero si buscamos encontraremos.
Pensemos, queridos, pensemos. No dejemos que un periodista nos lleve al huerto porque nos parece muy graciosa la barbaridad que dice, no dejemos que los políticos sigan utilizando un discurso que es un insulto a la inteligencia del ser humano. No podemos seguir escuchando lo que dicen. Mentira tras mentira han conseguido desquiciar a la gente, anular a las personas. La única forma de salir adelante es tener un criterio individual y colectivo. Dejemos de escuchar patrañas y construyamos un proyecto desde la inteligencia y el pensamiento.
Muchos me tacharán de demagogo o de loco. Yo les digo que la peor de las demagogias es negar cualquier idea, cualquier posibilidad porque parezca idílica o propia de la ciencia ficción.
Una banda de forajidos nos han puesto el país patas arriba. Ahora toca acabar con todo este lodo. Ellos son unos sinvergüenzas, pero la mayoría no lo somos. Ellos son unos ladrones, pero los demás somos gente honrada que madruga y trabaja para sacar esto adelante. Ellos son pocos y nosotros somos una multitud. Ellos tienen los medios de comunicación en el bolsillo, pero nosotros podemos dominar internet.
Ha llegado la hora de tomarse en serio la vida. De ser coherentes. Y ya es el momento de dejar a un lado la parida esta de la política. ¿Qué ideología manejan unos y otros? Exacto, ninguna. Así que nada nos impide marchar juntos. Construyamos una sociedad mejor dejando de escuchar la mentira, el mensaje lesivo, el discurso que busca el bien de unos pocos aunque se disfrace de universal. Pensemos, queridos, pensemos. De otro modo estamos perdidos.


dic 27 2012

Con G de Grinch: Adiós, codicia, adiós.

Sin apenas darnos cuenta de lo que pasa, estamos viviendo el desmoronamiento de nuestra civilización. Creemos que esto es cosa de unos listos que se han inventado un mercado financiero repugnante, del sistema capitalista, de la corrupción política, de un consumo desmesurado y de cosas así. ¿Quien no ha tenido ganas de participar en ese sistema financiero para llevárselo crudo a casita? ¿Quién puede levantar la mano (en occidente) para proclamar a los cuatro vientos que este sistema capitalista le parecía nefasto para su economía hace dos o tres añitos? ¿Quién no ha querido lavar la conciencia propia, porque sabía que esto era injusto, con el detergente solidaridad enviando unos eurillos a un niño al que ni conocía ni tenía ganas de hacerlo? ¿Usted no ha intentado defraudar en su declaración de hacienda aunque fuera una cantidad ridícula con el propósito de dársela con queso al puto Estado (pues eso no deja de ser una corruptela aunque sea usted el que la hace)? ¿Alguien puede asegurar que no ha gastado en gilipolleces un montón de euros porque esto era el paraíso? No, queridos amigos, esto no es cosa de unos listos. Esto es cosa de todo el occidente. De usted y de mí. Se siente. Y ahora, cuando nos hundimos sin remedio, queremos parecer santitos. Hasta no hace mucho un obrero se compraba un par de casitas para invertir; un pobre diablo invertía en bolsa para ganar unos euros sin saber lo que hacía (pero todo dios era listo de cojones); las empresas pagaban cantidades formidables a anormales con master. Y nadie decía nada. Porque todos estábamos hasta las trancas de mierda. De una mierda que olía a dinero y progreso. Pero mierda al fin y al cabo. Nos estamos hundiendo, queridos. Yo no lo veré, pero los libros de historia se referirán a este momento histórico como la desaparición de la civilización de la codicia. Lo harán porque es lo que hay. Tampoco los romanos, los griegos o los faraones supieron que se acababa el chollo. Comían como fieras, creían que la existencia se limitaba a follar y reír, dejaron de pensar y comenzaron a decir memeces. ¿No les suena? Lo que hacemos ahora es eso. Comer de lo lindo. Follar de lo lindo (pagando o sin pagar). Las tasas de las universidades se han disparado en el mundo entero y, así, eso de estudiar volverá a ser cosa de ricos, que es lo mismo que decir que dejamos de pensar y decimos memeces de aquí a diez años. Se ofreció a cualquiera la posibilidad de ser listo y ganar dinero. Ahora lo intentan arreglar quitándonos la tela y la posibilidad de saber. Adiós, civilización de la codicia. Pero lo más grave es que no sabemos a quien tenemos que dar la bienvenida. ¿A los asiaticos? Esos van a pegar un pedo en diez minutos. Lo que occidente ha jodido en un siglo y medio, ellos lo van a destrozar en diez minutos. La técnica hace que la historia corra a velocidad de infarto. Diez minutos. Ya lo verán. ¿Civilización sudamericana? Se parecen mucho a nosotros. Demasiada corrupción. Emergerán y se volverán a sumergir al rato. ¿Africa? Ya no les queda fuerza para nada. Esto es una mierda enorme, amiguitos. Pero nosotros seguimos a lo nuestro. A comer, a follar y a decir gilipolleces. Qué cosas pasan en este mundo.
Feliz Navidad, capullos. Hale, a comprar, a comprar.


nov 1 2012

Il Prigioniero y Sour Angelica: Muñecas rusas

El ser humano vive dentro de una enorme jaula que, a modo de muñeca rusa, contiene otras que son, cada una, más pequeñas que la anterior. La última de esas jaulas, la más insignificante, la más frágil, por la que peleamos hasta la extenuación, es el propio yo. Si todo limita la libertad, es esa última jaula, la propia del individuo, una más. Una celda que llamamos cuerpo y que encierra un universo completo e íntimo, pero que encierra, al fin y al cabo, a cada uno de nosotros.
Este es el asunto que abordan Luigi Dallapiccola (1904-1975) y Giacomo Puccini (1858-1924) en las óperas que se representarán en el Teatro Real de Madrid a partir del próximo 2 de noviembre. En primer lugar Il Prigioniero. A continuación Suor Angelica. Compartiendo una escenografía que funciona, mucho mejor, en la obra de Dallapiccola, entre otras cosas, porque el número de personajes en esta ópera es muy inferior a la que pone en circulación la de Puccini. Esto obliga a que se produzca cierta aglomeración alrededor y dentro de la estructura metálica que luce desde el centro del escenario. Pero, también, porque, a pesar de que conceptualmente las obras están próximas, los vehículos que utilizan los autores para mostrarlo, son muy distintos. La cárcel de Zaragoza de Il prigionero no es el monasterio de Suor Angelica; la guerra no es la paz del espíritu y, aunque este sea falso, cada cada cosa está colocada a millones de años luz; el odio no es el amor. Esa misma estructura obliga al espectador a acercar las obras más de lo deseado. Porque no hablan exactamente de lo mismo, porque los caminos elegidos por cada autor son diferentes queriendo matizar asuntos que están en una de ellas y en la otra no. Y esos caminos son los que convierten una ópera o cualquier manifestación artística en única y exclusiva. No obstante, a pesar de estas pegas que señalo, la cosa funciona más que bien y el resultado es razonablemente bueno (excelente en Il Prigioniero; notable en Suor Angelica).
La dirección musical que Ingo Metzmacher realiza no deja fisuras en el enfoque, ni aristas que puedan afear nada. Impetuoso cuando es necesario, especialmente cuidadoso si ha de serlo. Hace más importante a la Orquesta Sinfónica de Madrid que ya está a la altura de las mejores. Y los coros vuelven a estar sobresalientes. Muy bien, tanto el Coro Intermezzo como los Pequeños Cantores de la JORCAM.
Deborah Polaski (que repite en Sour Angelica), Vito Priante, Donald Kaasch, Gerardo López y David Rubiera, componen el reparto de Il Prigioniero. Todos están muy bien en sus papeles desde el punto de vista dramático. El trabajo de Lluís Pasqual es excelente. Tan solo algún detalle excesivo al comienzo de la obra puede resultar chocante e innecesario. En el aspecto técnico hay ciertas diferencias en el resultado. Sobre todo porque, del mismo modo que Vito Priante hace alarde de una voz que busca y encuentra tonalidades extraordinarias aun enfrentándose a una partitura muy exigente, Donald Kaasch se encuentra con algunas dificultades en los cambios de registro a los que se somete. No son de importancia aunque pueden incomodar algo al espectador. La señora Polaski hace lo que tiene que hacer y lo hace bien. López y Rubiera cumplen con un papel menor.
El conjunto resulta emotivo. Con un desenlace muy bien narrado (algo de imaginación para hacer aparecer una hoguera no hubiera estado mal) se cierra un círculo narrativo que se sostiene sobre el movimiento constante de los personajes; movimiento que se produce sobre un lugar de apoyo muy reducido y convierte el escenario en eterno. Los personajes no dejan de caminar frente al espectador mientras están sobre cintas en movimiento; sin ser capaces de separarse de su cárcel, de la impuesta, de la gran muñeca rusa, pero dentro de la minúscula que supone su ser.
Suor Angelica fue escrita por Puccini, pero, además, esta ópera es él. Esto significa que un amante de la ópera asiste al espectáculo sabiendo que, sea lo que sea que vaya a ver, sean las veces que sean las que haya escuchado o visto representar esa obra, quedará emocionado, enamorado de la música, de un libreto que, en cualquier otro ámbito, parecería una memez. Si el escenario es el del Teatro Real de Madrid y el personaje de Suor Angelica lo defiende Veronika Dzhioeva, la garantía con la que cuenta el aficionado a la ópera es casi total.
Efectivamente, la señora Dzhioeva defiende su papel de forma sobresaliente. Y es de agradecer que haga un esfuerzo interpretativo enorme para dar credibilidad al personaje; un personaje con grandes matices y que pasa del miedo al abatimiento, de la alegría a la desesperación, con gran rapidez. Todo el reparto está muy bien aunque sobresale Marina Rodríguez-Cusí.
La Madonna descendiendo al concluir la obra es el detalle escénico más espectacular de todos y sirve de colofón a un excelente trabajo.
A pesar de los recortes con los que se enfrenta el Teatro Real, la producción (compartida con el Gran Teatre del Liceu de Barcelona) merece la pena ser vista. Esta es una oportunidad de oro para invitar a los jóvenes que todavía no conocen lo que es la ópera. No fallarán si lo hacen.
© Del Texto: Nirek Sabal



oct 22 2012

La casa sin barrer

Son muchos los que se llevan las manos a la cabeza después de conocer los resultados electorales de ayer en Galicia y en el País Vasco. Hay opiniones para todos los gustos: grandes aspavientos porque han ganado, vestiduras rasgadas porque han ganado los malos de la película, petición de dimisiones a diestro y siniestro. Y me parece muy bien. Porque lo importante es que las elecciones han sido limpias y eso es lo principal.

Las lecturas son diversas. Sumando abstención, votos en blanco y nulos -hablo de Galicia- un 39,50% de los gallegos han mostrado su indiferencia y su extenuación ante una política ineficaz y mentirosa. Pero los votantes en su conjunto le han dado alas a un partido político y eso es indiscutible y su felicidad rebosa. Se pueden hacer tantas lecturas como posibilidades de manejar los datos existen. En el caso del País Vasco lo mismo.

Sin embargo, el fondo de la cuestión siempre queda en el aire. Parece que nadie se atreve a decir las cosas tal y como son. Hay un par de aspectos sobre los que creo que debería reflexionar más de uno que a estas horas tiene llena la boca de palabras felices o de sorpresa o de reproche o de pena enorme. Palabras huecas.

¿Por qué la izquierda independentista salió ayer a votar en masa en el País Vasco? ¿Porque son muy malos y, aparte de serlo, dedican sus ratos libres a votar? ¿Porque se sienten amenazados y corren con la papeleta en la mano para que todo el mundo lo vea y librar el pellejo? No, hombre, no. Ayer miles de vascos votaron a los partidos independentistas porque les ofrecen un proyecto, una ilusión, un futuro. Será más o menos discutible, se podrá estar enfrente de ellos, podrá considerarse un disparate, pero es lo que hay. Una ilusión. Lo que no tenemos los demás. Los gallegos, un 39,5%, no votaron, votaron en blanco o nulo, porque están como el resto de españoles hasta las narices de tanta estafa. Si ahora los políticos dicen que una banda de locos anda suelta será su problema. Pero lo cierto es que no son capaces de ofrecer nada. Y cuando digo nada es nada. Lo primero que han manifestado es que el pueblo apoya su política de recortes. Eso es todo lo que tienen en la cabeza. Y no parece mucho.

Y otra pregunta: ¿Nadie se va a plantear con seriedad el problema nacionalista? Es este un problema más que serio. Les recuerdo que eso del nacionalismo se ha llevado por delante a más personas durante la historia que cualquier plaga o enfermedad conocida. Tanto es así que uno de los objetivos de la Unión Europea al crearse era acabar con esa lacra. Pero la realidad es terca. Un buen número de españoles se encuentran incómodos en un espacio en el que no creen. Por supuesto, los políticos seguirán metiendo la pata un día sí y otro también sin dar solución al conflicto. Pero a este asunto hay que darle salida. Sea la que sea y de una vez por todas.

Mientras unos siguen llorando las penas y los otros cantando la alabanzas de forma estúpida, el problema crece. Y aquí seguimos hartos de tanta mentira, de tanta estafa. Unos por otros la casa sin barrer. Hasta que la solución sea imposible. Ya lo verán.


oct 19 2012

Estúpidos

Durante siglos, millones de personas han muerto defendiendo que la verdad es una sola, que todo es relativo o que, sencillamente, no hay verdad a la que agarrarse para sobrevivir porque la verdad no existe. A unos les quemaron vivos, otros empuñaron una espada y cruzaron Europa entera defendiendo sus ideas, los hay que siguen muriendo a manos de ejércitos invasores o destrozados por bombas que dejó dentro de una papelera un tipo convencido de que matar un niño sirve para algo. Un gran disparate que suele multiplicarse si la verdad defendida tiene que ver con los asuntos de Dios.
Tengo la sensación de que la verdad de hoy es más doméstica que nunca. Importa la personal porque la universal se convirtió hace años en relativa. El amor es el que siente un sujeto por otro. El concepto de amor que manejaba Platón sirve para aprobar la selectividad y poco más. Si Dios existe o no es una cuestión que puede amenizar el final de una cena de amigos en la que uno termina cabreado por los comentarios del resto (el que se atreve a confesar que él si que se cree todo eso). Santo Tomás ya ni suele caer en el examen de selectividad. Me temo que es la verdad audiovisual, esa que nos atosiga desde que nos levantamos de la cama, es esa y no otra la que damos por buena. Entre otras cosas porque queremos que lo sea. Por eso elegimos escuchar la Cadena COPE o la Cadena Ser o ninguna de las dos llevando el dial hasta Radio Nacional Clásica. Esquivamos la verdad en cualquier caso, bien asumiendo que lo escuchado o visto es lo bueno (y sabiendo que no lo es), bien evitando rozar con opiniones que nos obliguen a tomar una postura u otra.
Es una desgracia como otra cualquiera que toda evolución (si es que actualmente la hay) del pensamiento humano se deba o se achaque al desarrollo técnico o a la manipulación informativa. Nos hemos convertido en borregos entusiasmados y engatusados por cuatro ideas de tres al cuarto que nos endosan como grandes descubrimientos de la humanidad.
Tengo cuarenta y ocho años y aún no tengo claro si la verdad es una, si lo relativo nos hace mejores, si ser nihilista significa estar más o menos loco o si creer en Dios es cosa de ignorantes o todo lo contrario. Cuando fui joven dependió mucho de lo que leyera o estudiara que pudiera estar a un lado o a otro. Ahora casi todo depende del poco tiempo que me queda para pensar. Supongo que de aquí a unos años será la cercanía de la muerte la que aconseje quedarse apalancado en las verdades más esperanzadoras. Más humano me parece imposible. Y quizás ese sea el gran problema. Nunca he confiado en eso que conocemos como condición humana. Ni siquiera somos capaces de ponernos de acuerdo acerca de lo que es bueno o malo. Más estúpidos no podemos ser.
Cada uno de nosotros puede arrimarse a una idea u otra. Siempre y cuando no llevemos una espada en la mano, un explosivo o una antorcha para poder incendiar la casa del vecino que piensa de otro modo. Pero para hacer eso, para decidir si la verdad existe o no, si Dios es un invento de los sacerdotes con el que nos aterrorizan o es verdaderamente, para hacer eso, decía, lo que hay que hacer es pensar un poquito, leer a los filósofos sin tener en cuenta los exámenes, ver menos la televisión y escuchar Radio Nacional Clásica. Si no abandonamos el rebaño global estamos expuestos a vernos un buen día con un cartucho de dinamita en la mano creyendo que lo que nos dicen es cierto, verdadero y una buena causa por la que matar o morir. O para seguir rumiando frente al televisor dejando el mundo en manos de anormales. Si no lo creen pregunten a su alrededor.


oct 7 2012

El clásico del siglo XXI

Hoy se juega un partido importante. Se enfrentan dos de los mejores equipos del mundo. Y se enfrentan los dos mejores jugadores del mundo. Dos formas de jugar diferentes que buscan explotar al máximo las cualidades de sus estrellas.
Este partido lo verán millones de personas. Personas de todo tipo; de cualquier condición social, religiosa, sexual o económica. Los estadios de fútbol se llenan de ricos, de pobres, de progresistas, de fascistas con la cabeza rapada, de niños, de venerables ancianos. Y en las casas y bares pasa lo mismo. El mundo es un gran estadio de fútbol. Porque el mundo es capaz de arrastrar grandes masas.
Los dos mejores jugadores del mundo frente a frente.
Cristiano Ronaldo. Fuerte, temperamental. Es capaz de chutar desde cualquier lugar del campo. Corre hacia la portería contraria sin pensarlo dos veces. No teme en contacto directo con los contrarios. Muestra un ansia por la victoria muy visceral, muy arriesgada. El gol es su meta. Intenta arrasar con cada movimiento. Si encuentra una pequeña fisura en la defensa el gol es seguro.
Messi. Un hombre pequeño, sin gran musculatura. Prefiere moverse en el campo hasta desquiciar al contrario. Impredecible en el pase, impredecible en la resolución de una jugada. Parece hacer cosas imposibles porque su inteligencia futbolística es incomprensible para casi todos. Destroza las defensas sin que se estén dando cuenta. Y cuando los contrarios quieren entender lo que pasa deben ir al centro del campo para hacer el saque desde el centro. Después de un gol imposible.
Esto ya lo sabe todo el mundo. Esto ya lo conocen los millones de personas que esta tarde estarán pendientes de lo que pasa en el campo de juego. Lo que ya no es tan seguro es que se aprecie en ese partido, en ese enfrentamiento entre los dos mejores jugadores del mundo, que lo que sucede se parece mucho a la realidad que nos está tocando vivir.
Los millones de personas que están sufriendo la crisis ¿juegan como Messi o como Ronaldo? ¿Estamos intentando anotar goles desde el desmarque inteligente o enfrentando los problemas de cara, convirtiéndolos en muros? ¿Son adecuadas las tácticas y las estrategias? Ya les digo yo que, si hablamos de sindicatos o movimientos sociales independientes, estamos jugando como Ronaldo. Y que la defensa contraria es la que podría alinearse en el equipo italiano más defensivo, más leñero y más inexpugnable de la historia. Defensa que sólo puede superarse con inteligencia, con desmarques rápidos, haciendo jugar a todo el equipo para que sean ellos los que corran tras el balón. Ya les digo yo que la calidad de nuestra delantera es lamentable. Ya les digo yo que la cosa está fea.
Estamos jugando un clásico desde hace ya mucho tiempo. Y nos están ganando por goleada. Mientras no cambiemos la alineación estamos perdidos. Mientras no utilicemos una estrategia adecuada estamos perdidos. Hasta que no dejemos jugar a los que saben nos podemos ir despidiendo.
Puestos a dejarnos llevar por la pasión del fútbol, que al menos sirva de algo. Eso he pensado antes de escribir todo esto.