sep 5 2013

Bits molotov

Ya comienzan a llegar los mensajes alentadores sobre la recuperación económica en España. Los periodos electorales se acercan y los discursos se modifican para dulcificar un auténtico desastre económico, social, moral y humano. Llegan los mensajes que hablan de economías enormes que nada tienen que ver con las domésticas, que nadie entiende aunque convivamos con ellas a diario. El color rosado se instala allá donde encontramos un político con cara de no haber roto un plato.

Pero la vajilla está hecha añicos. Por mucha sonrisa (forzada), por muchas palabras bien colocadas (vacías), por mucha noticia amable (manipulada hasta el insulto); por mucho esfuerzo que hagan algunos, muchos esperamos que la fragilidad de memoria -tan española de un tiempo a esta parte- no se alimente en los medios de comunicación y sí en las consciencias para cada uno de nosotros.

¿Qué sucede en la sociedad española? ¿Cómo es posible que; después de recortes feroces en el área educativa, sanitaria, de investigación y un largo etcétera; no se haya producido una auténtica revolución social? ¿Nos hemos acostumbrado tanto a la corrupción o a que nos tomen por idiotas? ¿Es la sociedad española capaz de aguantar mucho más? Podría seguir formulando preguntas durante horas.

Divide y vencerás, ¿verdad? Es algo que los fascistas del siglo XX sabían manejar a la perfección. Una vez que la sociedad está troceada es mucho más sencillo ir eliminando sectores incómodos tendiendo hacia el pensamiento único. Y con los medios de comunicación actuales (verdaderos rodillos que dejan a las personas casi inservibles) es penosamente fácil hacer algo así. Sirve la mentira, la manipulación más torticera, las rueda de prensa sin opción a preguntar, los discursos ridículos y grandilocuentes para anunciar una noticia fantástica que se convierte (pasadas unas horas) en una estafa. Sirve todo porque no pasa nada. En España ya nunca pasa nada. ¿Recuerdan el 15M? Pues ya se encargaron de reducirlo a un grupo de violentos, a un puñado de jóvenes sin oficio ni beneficio. Y, del mismo modo que nos ilusionamos, nos hemos olvidado de ese movimiento porque la reiteración de las imágenes de la policía atacada por esos locos (¿¿??) han terminado calando. Este es sólo un ejemplo. Si hablamos del caso Bárcenas o de los eres en andalucía, si revisamos lo que se ha dicho y la poca consideración que han tenido con los ciudadanos; una de dos, o reímos o nos liamos a poner bombas.

No somos capaces de organizarnos. Nos han dividido tanto que ya no tenemos el sentimiento de ser un colectivo, de sociedad. Cada uno se salva como puede, el problema de uno no es el de otro. Y ahora llegan los mensajes edulcorados, los comentarios en las barras del bar afirmando que al final nos han sacado de la crisis con todo lo cabrones que han sido, la credulidad idiota. Nos han convertido en lo que querían. Nos han cegado tanto con tanto miedo que somos incapaces de valorar el precio que se está pagando con esta crisis. Por cierto, nadie debe olvidar que esta crisis y los daños que ha causado, son la mayor estafa de la historia de la humanidad, un monumento al codicioso y el pasaporte eterno para todos los que quieran seguir robando a manos llenas. Se pueden contar con los dedos de una mano las personas que han tenido problemas después de provocar un daño irreparable. Es, sencillamente, vergonzoso ver cómo se ríen en nuestra cara.

Mientras todo esto ha sucedido, hemos estado mirando con cara de bobos el panorama, aterrados, sin mover un músculo por si lográbamos salvar el pellejo. Es bajísimo el porcentaje de personas que se han manifestado con frecuencia o que han decidido hacer huelga. Eso sí, hemos inventado una enorme revolución en las redes que, por cierto, no ha servido de nada. Millones de mensajes cada día. La herramienta más potente con la que jamás ha contado el ser humano; eso que llamamos la red; ha servido para que nos dedicáramos a lanzar bits molotov. Porque en las calles no hemos sabido canalizar nuestras energías.

Ahora, el panorama es desolador. Nadie se mueve. Parece que la batalla la hemos dado por perdida desde hace mucho tiempo. No estaría mal que pensáramos sobre ello y cargásemos con la parte de culpa que nos toca. Si quieren, hemos construido una revolución para ponernos estupendos en las redes, para hacer chistes y poco más.

Es posible que volvamos a tener una última oportunidad para evitar que la comunicación sea un arma de manipulación de masas. En la calle no hay pantallas de televisión que nos muestren lo que alguien quiere para formar opiniones que se agarren a lo escuchado y nunca a lo pensado por uno mismo. En la calle encontraremos a personas en circunstancias similares a las nuestras, viviendo las mismas miserias. Personas sin ganas de frivolizar porque ya están agotadas, arruinadas. Serán los funcionarios los que vuelvan a tirar del carro. Seguro. Los sanitarios, los profesores, los bomberos, los administrativos. Los de siempre, los que no han dejado de dar la cara. Sigamos su estela, lancemos nuestros bits molotov después de manifestarnos, después de votar con criterio.

Esta vez no podemos dejar que nos engañen. No lo debemos consentir. Hemos perdido un estado de bienestar que creíamos a salvo, un status social (casi todos) que tardaremos décadas en recuperar si es que alguna vez somos capaces de hacerlo. No pensemos tanto en el futuro y construyámoslo.


ago 29 2013

El problema de trabajar

Se habla mucho, muchísimo, sobre el problema del paro en el mundo entero. Y, además, en España, es una preocupación que trae de cabeza a millones de personas. Ambas cosas, los ríos de tinta vertidos y la preocupación, están más que justificadas. No seré yo quien rebaje un ápice lo que se ha dicho y se sigue diciendo, ni la carga que padecen los que quieren trabajar y no pueden.
Sin embargo, se habla mucho menos del problema del que trabaja. Aunque pudiera parecer una frivolidad lo que voy a decir, creo que es justo echar un vistazo al problema que sufren millones de personas.
Trabajo hace casi veinticinco años. Buena parte de ellos desempeñando funciones directivas y con un grado de responsabilidad importante dentro de las empresas que ha ido creciendo con el tiempo. He vivido más de una crisis económica (no como la actual aunque no fueron fáciles de superar las anteriores). Jamás había vivido un clima tan desasosegador en el conjunto de empresas con las que tengo relación (en la que trabajo o con las que realizo negocios). Jamás había visto desplomarse, no ya empresas, sino seres humanos que no soportan lo que creen que es injusto, indignante y patético. Jamás había observado tanta falta de reacción por parte de los trabajadores. Ahora se sienten desamparados, saben que han perdido buena parte de lo conseguido y que las batallas ya se producen en clara desventaja. No acuden pidiendo auxilio porque no hay donde ir. El desánimo es tan desolador que da miedo. Las empresas se llenan de personas desmotivadas, aturdidas, acobardadas y sin un sólo motivo que les haga seguir por el camino trazado. Ni siquiera saben si hay camino.
Es muy duro trabajar cuando eso, trabajar, se convierte en una carrera de pollos sin cabeza que no dirigen sus esfuerzos a un lugar concreto. Porque muchos de esos empresarios que querían una reforma laboral grandiosa han echado a correr llevando detrás de sí a miles de personas sin saber lo que hacen. Las empresas dirigidas por gente decente no han tenido que modificar sus políticas, ni despedir sin ton ni son. Las empresas dirigidas por buenos profesionales están saliendo adelante agarrando la mano de sus empleados porque de esto se sale en comunión.
Mientras todo iba bien, cuando los malos empresarios podían mover dinero, sus carencias se notaban menos. Pero, ahora, abruman a sus asalariados con órdenes absurdas, carreras alocadas y un palo en alto. Saber que estás en manos de un mediocre es tremendo. Y no hay pocos.
Mientras todo iba bien, hubo empresarios que gastaban sus beneficios en lo que fuera excepto en innovar su empresa, en formar a sus empleados. Saber que trabajas para alguien que ha dilapidado una fortuna y ahora quiere que le saquen las castañas del fuego los demás es indignante. Todos a correr y amenazados. Eso no hay quien lo aguante. Y son pocos los que están dispuestos a trabajar para que otro tenga un cochazo. Porque los que han sacado los pies del tiesto no han sido los que ganan mil doscientos euros. Esos nunca tuvieron la oportunidad. Sin embargo, se les echa la culpa de todo. Son vagos, se ponen malos, quieren tener derechos (algunos siempre hubo, pero la mayoría es gente honesta que se esfuerza lo que debe o más). Lo que no aparece en la prensa es que los empresarios pueden ser tan vagos como sus trabajadores, no se ponen enfermos y no aparecen por la oficina y creen tener el derecho a destrozar la vida de los demás para que la suya propia sea un lujo continuo.
Amenazas de despido, presiones insoportables. Eso es lo que hay. Todo se quiere hacer deprisa y corriendo sin que el plan sea coherente porque, muchas veces, no hay plan. Tal vez el único sea mantener un nivel de vida a costa de rebajas en los sueldos, despidos baratos o modificación de los horarios. ¿Cuándo se van a enterar de que una persona desmotivada puede estar sentada en su silla seis horas más sin rendir? El problema es tener un futuro dibujado o no. Si no existe es imposible sacar un mínimo rendimiento de la persona.
En cualquier organización en la que los empleados miran las sillas de los demás para saber si ha habido más despidos, en la que los veteranos se llevan las manos a la cabeza cuando se rodean de personas sin experiencia que llegan ganando una miseria creyendo que el mundo es suyo, en la que la cultura del miedo se impone; es imposible que las cosas vayan a mejor.
La desolación no es buena compañera de viaje. Ni la amenaza. Ni la prepotencia. Ni la ostentación. ¿Cómo alguien puede pedir esfuerzos estrenando un reloj de seis euros que eran los últimos que había en la caja?
Trabajar es un lujo para muchos. Para muchos una tortura. Es increíble, pero es así. En el momento en que ni los unos ni los otros tienen claro el futuro propio o el de sus hijos, se hace imposible que las cosas sean lo que deberían ser.
Los políticos hablan de grandes problemas. Los curas hablan de grandes problemas. Los empresarios hablan de grandes problemas. Todos hablan de sus problemas que no son otros que tener dinero a mano para gastar. De los pequeños problemas, de los de usted o de los míos, nadie habla salvo usted o yo. Y eso es una carga muy difícil de llevar.
Trabajar debería ser algo bueno. Al menos, algo mejor que no hacerlo. Y, sin embargo, parece la misma cosa tremenda y odiosa. Han conseguido algo que parece increíble. La fuerza de la codicia es tal que no han dejado títere con cabeza. ¿Les puede alguien avisar de que se van a morir igual?


jul 9 2013

¿Por qué nos gustan tanto los chorizos “made in Spain”?

No es raro que los delincuentes, en España, causen cierta simpatía social. Piensen en El Dioni o gente de calaña semejante. Aparecen en programas de televisión haciendo el idiota y nos divierten con sus bajezas después de gastarse el botín. Eso de ser pobrecitos y sacudir un palo en el banco de la esquina o en la empresa que obtiene beneficios extraordinarios, siempre despertó gran ternura entre el personal. Y si tienen cara de imbecil nos gustan más.
Sin embargo, con Bárcenas no pasa esto. Es el tipo más odiado del país. Antes por una parte de la población. Desde hace unos días por el total de ella. Su aspecto de señor con dinero que quiere más y más, la arrogancia desbordante utilizada hasta para comprar el pan, un cinismo a prueba de bombas con el que se ha reído de todo y de todos o su falta de dignidad, han evitado la más mínima muestra de afecto por parte de los mortales. Este no quedaría bien en un programa de esos en los que se compite por unos euros cuidando animales o sobreviviendo en una isla perdida. Porque este tipo no ha engañado a los ricos siendo un paria, no ha reventado una caja fuerte para huir a Brasil. Lo que ha estado haciendo es otra cosa: ser el paradigma de la clase política española, representar lo peor de ese colectivo; es decir, expoliar un país hasta deprimirlo, hasta dejarlo en la ruina; lograr que los ricos lo sean más mientras se mueren de risa mirando a los obreros, convirtiendo a millones de personas en pobres como ratas. Además, es cobarde. Y esta es una cualidad poco valorada entre el populacho. Se puede ser sinvergüenza, juerguista, mujeriego, pero cobarde o chivato (también lo es) no. Le ha faltado hombría para apechugar con lo que todo el mundo sabe es un desastre de su partido al completo. La cárcel ablanda a cualquiera. A este la chulería se le ha acabado en unos días. No es que me importe que el partido político que fue de este señor estalle en mil pedazos (en realidad me da igual); diría lo mismo si este tipejo hubiese militado en un grupo de solteros cocineros.
Me van a permitir decir algo por lo que seré criticado. Seguro. Aun siendo un mal chiste, habrá quien me tache de frívolo o de canalla. Pero pensando sobre esto que digo, he pensado sobre la razón por la que nos cae bien un chorizo o por la que nos produce un rechazo profundo. Verán, Bárcenas y sus amiguitos se han gastado la tela en ponis, en cumpleaños y viajes a parques temáticos maravillosos, en lujos que ya disfrutaban de antes, pero que preferían no pagar para ser más adinerados. Sin embargo, los implicados en el asunto de los ERE de Andalucía (unos golfos de mucho cuidado) se lo han gastado en putas, en droga y en juergas. En lo que se lo tiene que gastar un chorizo, coño. Tanto confeti, tanto confeti. Si eres un delincuente te portas como tal y terminas entre rejas vestido con un traje a rayas. Un chorizo con abrigo de 3.000 euros no termina de calar entre los ciudadanos. Son igual de forajidos, pero nos cae uno mejor que el otro. Ahora muchos entenderán el voto de los que sin criterio alguno votan a tal o a cual partido. Se buscan parecidos, afinidades. Unos somos más de lujos y otros lo somos de club de alterne.
Bárcenas me repugna. Tanto como los socialistas que han robado a manos llenas en Andalucía. Son asquerosos. Y espero que los chorizos dejen de parecer simpáticos por ser bizcos, anormales o graciosos. Nadie debería querer tener nada en común con esta gentuza. Lo que debemos buscar es un criterio claro que nos aleje.
Al talego. Ahí es donde deben ir a parar. Y el resto al curro cada mañana para salir de este lío que llamamos crisis y que no es otra cosa que la enorme factura con la que pagamos ponis, trajes caros, putas, yates, cocaína y cenas de alto copete.


jul 8 2013

La caverna global

Mientras nos escandalizamos con los políticos corruptos que nos ha tocado padecer; mientras asistimos atónitos a golpes de estado que justifican esos políticos sin que sepamos ni imaginemos razón alguna que lo explique; mientras el paro lleva a millones de personas por la senda del hambre en países que eran el mismísimo edén hace unos años; mientras algunos países se desangran a golpe de obús; seguimos ciegos ante algunas realidades tremendas, injustas y salvajes. Escandalizarse por todo esto está muy bien y no seré yo el que diga que no ha de ser así. Pero el mundo es muy grande y es obligación de todos no mirar una pequeña parte.
Los muertos en Egipto se cuentan por centenares. Es una tragedia, un bochorno y motivo de alarma y vergüenza para todos. Es muy importante estar informados y poner el granito de arena que podamos si es que existe. Pero en Egipto, en ese mismo país y al mismo tiempo, además de cientos de muertos hay cientos de mujeres violadas en los últimos días. Acuden a manifestarse, las rodean y las violan. Así de sencillo y de repugnante. En los programas informativos se les dedican cinco o seis segundos (segundos, no minutos) y hasta la próxima.
¿Son más importantes los muertos? Yo no lo sé. Pero, tal vez, sea un asunto que tenga mucho que ver con lo que está pasando. Un país en el que los hombres violan a sus mujeres como si fueran una manada de bestias (es verdad que algunos forman barreras humanas para impedirlo), un país en el que algunos justifican que esto pase diciendo que esas mujeres son prostitutas que van a manifestarse para ser violadas, un país que consiente esto por ser un problema menor, tiene un problema gravísimo. Esa falta de respeto por la mujer puede ser (seguro que lo es) una de las causas por las que se hace imposible una convivencia pacífica. No será el único problema, pero uno de ellos seguro que lo es. Tal vez la violencia se hace dueña y señora de las calles porque los mismos que piden libertad política y claman a su dios pidiendo justicia son los mismos que llaman puta a la mujer que sale a la calle sin compañía masculina. No es normal. Es una salvajada. No debería morir nadie por una idea. Ni ser violada en ningún caso. Ni las cadenas de televisión deberían consentirse pasar de puntillas por noticias como esta.
El mundo se está convirtiendo en la caverna global; en una cloaca que lo ocupa todo.
Y aquí seguimos haciendo el lila para que no nos salpique la mierda ni nos llegue el mal olor.
Espero que los blogs difundan una queja enorme y universal para que ninguna mujer sea violada con total impunidad. Espero que se articule de esta forma algún mecanismo de condena que llegue hasta los gobiernos.
De no ser así, no sólo será repugnante lo que sucede. También lo será nuestra actitud.


jun 25 2013

Carta abierta al Señor Wert

Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte:
Me dicen que anda usted molesto porque, allá donde va, le reciben con un abucheo, con peticiones de dimisión o desplantes por doquier. Además, se queja porque, según usted, no hizo un desplante nunca a nadie.
Y digo yo que usted lleva desplantando a la sociedad española desde que le sacaron de las tertulias televisivas para formar parte del gobierno. Señor Ministro, aunque crea usted que los españoles son un grupo enorme de catetos y borricos (que no merecen nada que no sea un trozo de pan y algo de televisión basura cada día), aunque desprecie a sus paisanos en cada declaración pública que realiza (un insulto a la inteligencia de todos cada vez que abre la boca); aunque dibuje la sociedad española como si se tratase de un rebaño del que cuidan cuatro señoritos muy estudiados (o que han pasado por la universidad y siguen siendo más tontos que pichote con título universitario y todo); aunque crea que todo esto es verdad, le tengo que aclarar algunas cosillas que le vendrán muy bien cuando le destituyan o tenga que dimitir a toda prisa.
Los desplantes que recibe son el resultado de lo que usted mismo viene haciendo durante estos meses que nos ha tocado soportar su gestión. Le recuerdo que según el diccionario de la lengua española, desplante en un dicho o acto lleno de arrogancia, descaro o desabrimiento (dureza de genio, aspereza en el trato). ¿No está usted siendo arrogante en su gestión como ministro? ¿Cómo es posible que alguien ponga en su contra a todos los demás (sí, sí; a todos los demás) si no es por su arrogancia, su trato distante e indiferente o su falta de sensibilidad ante los problemas comunes? ¿Es arrogante dictar una ley de espaldas al conjunto de la sociedad escudándose en un puñado de votos? ¿No le parece arrogante mirar la cultura como si fuera cosa de progres o la educación como cosa exclusiva de idealistas descerebrados?
Me dicen que el problema se centra en que no puede pagarse en parte la formación de aquellos que no lleguen a una nota media de 6,5 en su expediente académico universitario. Podría parecer que usted con esto intenta llegar a una excelencia maravillosa en la enseñanza. Podría parecer que usted intenta con esto dirigir los estudios de muchos hacia territorios más adecuados. No todo el mundo debería estudiar una carrera; la universidad debe ser el referente de la enseñanza y no se puede llenar de vagos y mediocres. Es insostenible pagar la formación de flojos; el Estado debe proteger a los que se esfuerzan. Cosas así, ¿verdad? Podría parecer que usted defiende esto. Pero no. No cuela, querido señor Wert.
La excelencia en la enseñanza no se consigue eliminando becas que permitan estudiar a los más desfavorecidos económicamente. ¿Cuántos son los que terminan su carrera sin grandes notas medias y terminan siendo magníficos profesionales? Muchos, señor Wert. Un expediente no resulta definitivo. Los hay que tiran de espaldas y han sido conseguidos por idiotas que no saben relacionarse con los demás o que, lejos de un aula, tienen ataques de pánico. ¿Cuántos expedientes magníficos se quedan reducidos a la nada en el ámbito laboral? Unos cuantos, señor Wert, unos cuantos. Cosechar sobresalientes puede hacerlo alguien con una inteligencia mediocre. O lo pueden conseguir tontos de baba con padres adinerados que matriculan a sus hijos en centros de enseñanza privada con manga ancha y tragaderas amplias. El poder del dinero no tiene límites.
La excelencia de la enseñanza no llega de hacerla exclusiva. De hecho, es justo al contrario. Cuando sólo podían estudiar los ricos, el mundo estaba lleno de titulados universitarios con dinero y poco más. Hoy, cualquier talento tiene alguna opción. Los mismos que ahora piensan (ellos, si siguen vivos, o sus hijos que aprendieron la teoría con facilidad) que nunca se debió dar la oportunidad a cualquiera porqué el tiempo ha dejado las cosas claras: cuanto más piensa la gente más peligrosa se hace; cuanto más sabe la gente más justicia desea. Resultó que entre los pobres había un puñado de muchachos y muchachas listas. Un gran problema de difícil solución. Por ejemplo, sus amigos los obispos ya no saben qué hacer. Pobres. Antes el rebaño creía en Dios por narices y aprovechaban la ignorancia para infundir miedos atroces y, de paso, su fe. Ahora, la cosa ha cambiado y sólo cree el que quiere (cosa que, por otro lado, está muy bien), la gente piensa por sí misma y no se deja llevar de la mano así como así. La tolerancia ante actitudes ventajistas es nula (cosa que, por otro lado, está muy bien). Y usted, que es muy bien mandado, se inventa excusas para que estos amigos y otros del mismo pelaje vuelvan a dominar la solución. Se trata de que todos traguen y estudien unos poquitos; de que la selección sea la que usted imponga intentando ganar un hueco en el cielo o cualquier otra cosa inimaginable.
Esta muy bien que un estudiante no se embarque en unos estudios universitarios si sus capacidades no le hacen apto. Eso está muy bien. ¿Hay opción? Claro que sí; la formación profesional. Esto queda muy bonito. Pero esto es España, señor Wert; esto es esa patria que tanto dicen defender algunos y que pisotean sin rubor al mismo tiempo. Los programas de formación profesional son limitados, la imagen de esos estudios está más que deteriorada, la percepción social de esas titulaciones es nefasta. Ningún muchacho se acerca a ese tipo de estudios sin complejos por sentirse el más tonto del barrio. ¿No debería usted planificar programas que diluyeran este problema? No, a usted se le da mucho mejor recortar presupuestos. Da igual si nos estamos jugando el futuro de millones de jóvenes.
Hay algo más que quisiera decirle, señor ministro. No dejo de pensar en lo siguiente: Parece injusto que un tipo con posibilidades económicas y una inteligencia mediocre o una capacidad de trabajo lamentable, pueda estudiar y otro, sin dinero, igual de mediocre y de vago, no lo pueda hacer. Muchos dirán: no, por Dios, no; con el dinero del Estado nunca. Eso es lo que está vendiendo en los medios de comunicación. Sin embargo, hablamos de 6,5 puntos de nota media. ¿En las ingenierías esta nota es muy normal? Conozco a tipos inteligentes y trabajadores que no superaron el 5,5 y son excelentes profesionales. Mire, señor Wert, hay estudiantes con gran capacidad intelectual que se pasan el día jugando al mus y presentan expedientes más que apañados. Otros trabajan, viven a dos horas de la facultad, en ciudad extraña y estudian lo que pueden. Tal vez no lleguen a tener un 6,5 de nota media. ¿A quién prefiere usted, señor ministro? Ha abierto usted un debate interminable porque no ha pensado lo suficiente en lo que ha dicho. Es lo malo de dogmatizar. Pero no se preocupe, le pasa mucho a los ministros.
Podrá usted maquillar todo esto como quiera, pero lo cierto es que la enseñanza primaria y secundaria está en manos de la Iglesia; las universidades públicas pierden terreno frente a las privadas; se está desmantelando una enseñanza que sirve para dar oportunidades a todos los españoles entre tijeretazo y tijeretazo. Y usted centra el problema en las becas y las notas que dan acceso a ellas. Una cortina de humo fabricada con algo que ya va a rectificar y que parece minimizar el gran problema que es la ley que quiere usted aprobar. Lo suyo es un despropósito inmenso. Pero insisto en que no cuela.
Parece mentira y causa gran tristeza que alguien se empeñe en pasar a la historia como el ministro peor valorado, el que más en contra ha tenido a la sociedad, el que se empeñó en convertir la educación y la cultura en algo accesible para unos pocos e imposible para casi todos. Señor Wert, el conocimiento es lo que nos puede hacer libres ¿verdad? Pues procure que lo seamos. No sea usted insensato. Y si quiere hacer rentable su gestión, dedique sus esfuerzos al trafico de armas o al de drogas. Eso sí que da un beneficio especialmente importante. Pero no juegue con algo como lo que tiene entre manos. Por favor.


jun 13 2013

El paraíso de los idiotas

Dice la Biblia que Dios creó al hombre y a la mujer para que disfrutaran del mundo, de él mismo. Les colocó en medio de un paraíso en la tierra con una sola condición que debía cumplirse o el pacto se rompería. El ser humano presenta una tendencia a cometer errores que, desde el principio de los tiempos, le ha llevado por la calle de la amargura.
Y la Biblia dice que Adán y Eva metieron la pata a la primera de cambio. Resultado: fuera de aquí, a sudar y a buscarse la vida, esto de vivir con Dios (un chollo) se acabó.El paraíso se convirtió en un enorme desierto que cruza la humanidad en busca de sentido. En busca del propio Dios según las Sagradas Escrituras.
Y es que Dios, según la Biblia, creó al hombre inteligente y libre. Por eso cometió un error en cuanto tuvo que decidir algo importante. Por ser libre, no por ser inteligente. El ser humano hizo uso de su libertad y no de su inteligencia. Así, el mundo se ha convertido en un auténtico disparate en el que sobrevivir cuesta un riñon. Guerra, injusticias, desastres. La lista es interminable.La inteligencia ha estado al servicio de los más tontos desde que se inauguró el chiringuito para convertir al hombre en esclavo de su propia libertad.
Dios, según la Biblia, creó al hombre y le echó del paraíso por torpe. Sin embargo, ha dejado que el ser más perfecto de la creación (al menos el único inteligente) pueda pensar y desarrollar la ciencia, la técnica y la tecnología. Un Dios demócrata. El hombre se lanzó hacia una búsqueda angustiosa de otro paraíso que sustituyera al escatimado por un dios enfadado. Y esto nos ha llevado hasta, por ejemplo, internet.
Por fin hemos conseguido un lugar común, universal, pensado y desarrollado desde una inteligencia maravillosa, desde la libertad. Tal y como hizo el mismísimo Dios (según la Biblia) hemos colocado todo en ese sitio para uso y disfrute de nosotros mismos. Muy bíblico, muy divino.
Un paraíso pensado por los listos, construido por los listos y usado por millones de personas. Listos e idiotas, listillos y sinvergüenzas, gente corriente y personas sin escrúpulos que buscan fotografías o videos en los que aparecen imágenes de niños que están siendo agredidos sexualmente. Y de estos últimos, de esta banda de indeseables, no hay pocos.
Estamos convirtiendo una de las herramientas más asombrosa y útil de la historia en un paraíso para idiotas, idiotas que hablan ocultando su identidad porque ninguno jamás sería escuchado de otro modo; para un ejército de frustrados que arremete contra todo vaciando así el saco de mierda que llevan de un sitio a otro; para terroristas que ofrecen imágenes de las salvajadas que cometen sin que nadie lo impida; en paraíso de la mentira y del lado menos agradable del hombre, ese que siempre ocultó y que ahora airea sin pudor. Hoy, los malnacidos lo pueden ser sin que otros lo sepan.
Es verdad que existen miles de páginas llenas de contenidos estupendos, pero por cada una de ellas encontramos tres de las otras.
Nos hemos empeñado en destruir un paraíso construido por nosotros mismos. Somos así de idiotas. Todos. Unos por mezquinos, salvajes injustos, brutos o millonarios; otros por permitirlo.Más de lo mismo. La inteligencia haciendo el caldo gordo a lo peor de la humanidad.
Según la Biblia, Dios creó un paraíso para nosotros que no supimos aprovechar. Ahora, nosotros solitos, construimos otros que, también, nos empeñamos en hacer trizas. Debe ser que Dios, si es que existe, nos hizo poco inteligentes, tan libres como para creer que vale todo y, encima, olvidó dejarnos por escrito un manual de instrucciones que entendiéramos.
Qué tristeza.


abr 29 2013

¿Paciencia? (Otra carta más al señor Rajoy)

Señor Rajoy, ¿no le parece que, a estas alturas, pedir paciencia es indecente e insultante? ¿No le parece que ya tenemos agotadas nuestras reservas de paciencia después de aceptar sus mentiras y sus previsiones de opereta? ¿No le parece que se está usted pasando de la raya? Mire, señor presidente, que usted gobierne amparado por una dudosa mayoría absoluta (el número de los que le votaron no se acerca, ni por asomo, a la mitad de los votantes españoles) le otorga gran poder de decisión, pero, en ningún caso, debe tomar a los españoles por  el pito del sereno. Usted no tiene derecho a maltratar, provocar o insultar a nadie por más que le voten. Y esto que hace, cada día, es un atropello manifiesto.

Paciencia. Y se queda usted tan ancho. Pide que nos aborreguemos otro poquito para seguir con su plan de destrucción de derechos y logros de los trabajadores de este país. Sí, de esta España a la que usted dice amar tanto y que, sin embargo, desprecia con cada medida que toma. Nos pide paciencia cuando las calles deberían estar en llamas. No lo están; es asombroso; pero deje usted que pase el tiempo, deje usted que la clase media se aplaste por completo bajo los impuestos; siga usted por este camino hasta conseguirlo. Usted pide paciencia. ¿Con qué debemos tenerla? Con la contabilidad del señor Bárcenas, supongo (en la que usted aparece y le convierte en sospechoso, querido amigo; aunque se haga el loco).

¿Qué más quiere, señor presidente? Si somos un pueblo apagado, estamos perdiendo la chispa y no somos capaces de rechistar. Es lo que usted quería. No venga ahora con cuentos. ¿Cuántas amenazas apocalípticas hemos tenido que soportar? De usted, sí, de usted y los suyos.

Pero, tenga cuidado, nos sigue indignando que la clase política de este país robe con total impunidad. Es tremendo ver cómo algunos son ladrones y no pisarán la cárcel jamás. Es una vergüenza. ¿Con esto debemos tener paciencia? Tal vez se refiere usted a que veamos con tranquilidad cómo nuestros hijos viajan al extranjero para conseguir un puesto de trabajo y, en el mismo avión (en la zona delantera, eso sí), sus amigotes de partido o los empresarios que financian de forma ilegal a partidos políticos de todo tipo, viajan con maletines llenos de dinero. Nuestros hijos se quedan allí. Los otros regresan para seguir esquilmando lo que es de todos.

Pues usted pide paciencia y yo le pido decencia. Porque usted defiende los intereses de unos pocos y eso un presidente de gobierno no puede hacerlo. Se ha olvidado de los que sufren, de los que no saben qué hacer, de los hombres y mujeres que lloran porque no tienen forma de mantener a sus hijos.

Dice usted que si no ganan dinero las grandes corporaciones, nadie ganará dinero. Mentira, señor Rajoy. Miente y sabe que lo hace. Las empresas pueden reducir sus beneficios. Deben reducir sus beneficios en épocas como estas. Y si me apura sería muy rentable para todos. Más trabajadores en activo en esas empresas, más dinero para gastar, mayor producción. Pero no, el caso es favorecer la codicia de unos pocos. Es usted el arquetipo de político que pasará a la historia como la lacra más grande sufrida por la humanidad. Pero, claro, de este modo, intentando repartir lo que hay entre todos, Bárcenas no podría entregar sobres repletos de dinero. Sí, hay que quitárselo a los pobres para ser muy rico. Qué indecencia.

Ya pasará usted por caja, señor Rajoy. Ya le llegará el turno. Usted no se ponga nervioso.

Me sorprende que diga usted que es mejor decir la verdad que hacer castillos en el aire. ¡Pero si lleva mintiendo usted meses; pero si los castillos en el aire más colosales fueron los que usted dibujó durante la campaña electoral! Hay que tener caradura para decir lo que usted dice. Deje usted de insultar a los españoles, por favor.

Le recuerdo, señor Rajoy, que es muy fácil pedir paciencia viviendo a cuerpo de rey y teniendo el futuro garantizado. Eso es muy fácil. Pero piense un poco y acérquese a la realidad. ¿Deben tener paciencia los 6.200.000 parados? Pues me temo que estos no tienen ya ni paciencia ni nada. Si tuvieran se la darían de comer a sus hijos. Ya se la han robado usted y los suyos. Y no piense ahora en herencias. Lo suyo es suyo y, querido presidente, este marrón ya es de su propiedad. Le guste a usted o no.

Se ha pasado usted estos meses haciendo la tarea. Lo que le dicen otros usted lo asume sin rechistar. Lo que le gritamos en las calles se lo pasa por el arco del triunfo. Esta no es tarea de usted ¿verdad? Bonita forma de gobernar. Es usted una vergüenza de presidente. En lugar de ofrecer ruedas de prensa a través de un monitor y sin posibilidad de preguntas, debería usted dar un paseo por las calles de una ciudad cualquiera de España. Igual hasta cambiaba de parecer. Igual hasta dimitía.

Representa usted a una clase política corrupta, ladrona, poco preparada, vacía de ideales. Representa usted lo que es una vergüenza nacional. Y gobierna usted un país manso, sin personalidad, que ha cedido lo que tenía, derrumbado por el miedo que usted se ha encargado de inocular en las consciencias de todos. ¿Esto es lo que quería? ¿Este es el país por el que tanto cacarea cuando le enfoca la cámara? ¡Qué pena!

Sepa que es usted un títere en manos de otros con más dinero. No es usted nada, querido presidente. Nada de nada. Y, encima, tiene la poca vergüenza de pedir paciencia.


abr 25 2013

Bacon, bacon, bacon

La imagen de España en el extranjero es un desastre. Ya lo sabíamos. Que los alemanes piensen que somos vagos y corruptos no es nada nuevo. Que las imágenes de las cabras lanzadas desde un campanario den la vuelta al mundo es natural. Lo del toro de Tordesillas no puede dejar de ser noticia aquí y allá porque la cosa tiene delito. Vale. Todo esto está muy bien. Y un punto de razón hay en las críticas. Lo que ya no es tan normal, ni tan gracioso, es que se nos tache de flojos, de ineptos, de chorizos (sí, todos en el mismo saco como si todos fuéramos políticos) y que tengamos que sonreír cuando, por ejemplo, asistimos al festival del bacon en Estados Unidos. Pues no. Un festival del bacon es, entre otras cosas, una majadería como lo de lanzar cabras desde un campanario. La cabra, por cierto, cae sobre una red. El bacon eleva el nivel de colesterol hasta límites peligrosos. Y escuchar a cuatro majaderos gritar bacon, bacon, bacon, como si hubieran encontrado el dorado es completamente lamentable. Lo mismo que asistir a las disputas en Tordesillas porque unos quieren seguir haciendo salvajadas a un animal y otros lo defienden como si de su propio hijo se tratara.
El choque de culturas siempre se ha producido. Y esos encuentros han acabado, por regla general, como el rosario de la aurora. Esto del bacon y de la cabra no deja de ser una manifestación de lo más arcaico de esas culturas. Es decir, a los que comen bacon como para explotar, les parece que los españoles son unos salvajes. A los lanzadores de cabra eso de comer bacon a manos llenas les parece cosa de gilipollas. Eso es así y nunca cambiará. Porque aunque parezca que se defiende una cosa bastante tonta lo que se está haciendo es defender lo más íntimo de las personas. Los orígenes son sagrados e intocables.
Por tanto que nadie se asuste. Nos ven en el exterior como bichos raros, como maleantes, como mendigos, como lo que sea. Vale. Nosotros les vemos como puritanos, como tacaños, como gente que no saben aprovechar lo divertido de la vida, sin alegría. Y el mundo sigue. Unos engordando una cabra para que luzca bonita desde lo alto de la iglesia y otros engordando entre lonchas de panceta y refrescos de tres litros. Al fin y al cabo somos lo que somos.
Ay, si fuera cierto que nos levantamos a las tantas, que luego vamos tomar unas tapas sin aparecer por el trabajo, más tarde a dormir la siesta y para rematar el día nos volvemos a poner hasta las trancas de cañas y aperitivos; ay, qué bonita resultaría la vida. Y qué envidia nos tendrían con razón (ahora, nos envidian sin ella).


abr 15 2013

Hay que hacer cosas

Aprendemos y hacemos. Es sencillo y, a la vez, terrible. Porque, si el aprendizaje es un desastre, lo que hagamos lo será necesariamente.
Me van a permitir que ponga un ejemplo taurino. Cuando el torero decide dar un muletazo cambiado por la espalda al toro; es decir, en lugar de pasarle por delante hacerlo por detrás; está enseñando al toro un camino que no va a ser el habitual. Si el torero repite el pase por la espalda la cosa se complica y debe estar atento para no terminar en la enfermería cuando quiera dar un pase por delante. El toro aprende lo que le enseñan y, sin querer coger al torero, irá a la espalda y se lo puede echar a los lomos.
Pues bien, eso es lo que está pasando en nuestro mundo. Nos han enseñado que hay que competir; que esto es cosa de cada uno y que los demás son algo parecido al enemigo; que no se trata de ser felices sino de comprar mucho para parecer más; que los estudios válidos son los que nos proporcionan dinero; que las matemáticas son más importantes que la filosofía; que los árabes son fundamentalistas; que los cristianos son fundamentalistas; que las otras religiones son propias de iluminados que están, de paso medio tarados; que cada ser humano va por libre y eso de la sociedad consiste en que vivimos en colmenas y poco más. Nos están machacando a través de los medios de comunicación con mensajes falsos, erróneos, destructivos. Las ideologías han desaparecido para que sea la economía la que mande cuando casi nadie sabe qué es eso y para que sirve. Que las cosas se arreglan cuando el mundo entero se mueve y, si no es así, no hay nada que hacer.
Mentiras, enormes mentiras que nos están dejando reducidos a marionetas sin futuro, sin ideas y sin esperanza. Mentiras que nos tragamos sin parpadear. Mentiras que nos introducen en una espiral que no dejamos ya nunca más.
No hay que competir. De eso nada. Lo que hay que hacer es pensar en cómo podemos colaborar para conseguir un mundo mejor. Lo de competir es lo que se han inventado algunos para ganar más y más dinero. Los mismos que nos han convencido de que el enemigo es cualquiera que no seamos nosotros mismos. Que no, que no. Que nuestros compañeros de trabajo son eso y no otra cosa, que una persona es un igual y si lo olvidamos estamos perdiendo nuestra propia esencia, que la competición consiste en sobrevivir haciendo que todo vaya mejor. Es falso que seamos más felices teniendo más. Absolutamente falso. Lo que nos hace felices es ser amados, ser apreciados, ayudar a los demás. Joder, si damos una limosna a un pobre y creemos ser los reyes del mundo al creer que hemos hecho un favor a alguien que las está pasando canutas. Y las matemáticas son buenas si nos permiten sentirnos realizados. Y la filosofía o la mecánica o la fontanería. Es absurdo sentirse menos por elegir el futuro que creemos mejor. Es absurdo y lesivo. El que cree en Dios está en su derecho y es algo más que saludable si le va bien al individuo. Lo que es indecente es que nos presenten a esos individuos como locos o como seres extraños. Lo que es de locos es utilizar lo más íntimo de las personas -sus creencias, sus mitos- para atacarles o para conseguir que ataquen sin piedad a otros. Es falso que el mundo sea cosa de cada uno de nosotros. Que va. Somos un todo. Y, por supuesto, todo lo que hagamos influirá en otros. Usted que lee este texto, por poco que sea, está cambiando. El mundo se mueve porque todos nos movemos, porque hacemos cosas enanitas. Pero, sobre todo, porque somos una sola cosa. Y esa cosa (permitan que me ponga algo cursi) está unida por nuestra solidaridad y nuestra capacidad para amar y sentirnos amados. La gran diosa economía es una patraña que sirve a unos pocos. A los que idolatran el dinero.
Hay que hacer cosas. Por pequeñas que sean. Esa es la forma de cambiar el mundo. Eso de ampararse en el qué hago si no va a servir de nada es una postura antinatural y lejana a lo que el ser humano necesita. Hay que hacer algo. Lo que sea. Ya está bien de mirar con cara de pánfilos. Ya esta bien de tragarnos lo que nos dicen cuatro papanatas que tienen la posibilidad de hablar frente a un micrófono. Hay que hacer algo tan sencillo como pensar en los demás, en ayudar a los que podamos y con lo que podamos. Eso no es una utopía, no es algo inalcanzable. Lo podemos hacer. Aunque nos parezca muy poca cosa lo que esté a nuestro alcance. Hay que hacer cosas y hay que hacerlas ya mismo. Se lo pido, por favor, a todos ustedes.


abr 11 2013

Un consejo de amigo

Los matrimonios tienen la sana costumbre de salir a cenar en compañía de otros. Pongamos cada quince días, una vez al mes. Es lo mismo. Suelen juntarse el mismo número de parejas. Tres, cuatro, seis. También es lo mismo. Hablan, ríen, discuten, beben más de la cuenta, pagan a medias las cenas. En fin, veladas bonitas y relajantes. Pero un buen día, la esposa o el marido que forman alguno de esos matrimonios tiene que viajar, se pone enfermo o soporta una carga de trabajo insoportable que le impide asistir. Lo normal es que, si uno no puede salir a cenar, ambos, marido y esposa, se queden en casita. Juntitos como prometieron el día de la boda. Si son pareja a secas, alguna vez se prometieron algo parecido. Vale del mismo modo. Pues bien, no asistir es un gran error. A esas cenas no se puede dejar de ir. Si no hay más remedio se abandona al enfermo, al estresado o se justifica la salida por teléfono con el viajero. Pero no se puede faltar. No ya por las copas de más o por los divertidos chistes del marido de fulanita; no, no por esas razones. Lo verdaderamente importante es que cualquier matrimonio debe evitar ser el centro de la conversación ajena. Y si te ausentas te toca serlo seguro. El que falta suele ser criticado sin miramientos. Lamento comunicar a mis lectores algo tan horroroso, pero todos debemos ser conscientes de la que nos espera cuando nos excusamos en este tipo de reuniones. No faltan las insinuaciones con mala leche, los insultos directos, los comentarios sobre lo tranquilos que están sin los que no están, los ataques feroces al vestuario de ella (y a las lorzas que no tiene reparo en marcar con la licra) y las risas que se ceban con la calva incipiente de él. Faltar es quedar despellejado, deshonrado, desbancado, defenestrado y, encima, sin conocimiento de ello.
No hace falta salir a cenar para que esto ocurra. Con no estar presente en una reunión cualquiera es suficiente. Todo lo dicho deja de tener valor porque ya se encargan los presentes de arrancar y arañar si compasión. Al fin y al cabo, el ausente nunca se enterará (falso, es la segunda vez que lo digo y es falso; el ataque de remordimientos siempre aparece y muchos tratan de lavar la conciencia confesando que la cosa fue de escándalo (sin confesar su participación, claro) o el más mamón correrá a contar al ausente lo que han dicho de él con el único fin de hacerle trizas el ánimo).
Alguno estará pensando que su amigo del alma nunca haría algo así. Pues sí, queridos amigos. Lo hacen. Nunca sabemos el porqué aunque ocurre. Bien por las copas, por el ambiente distendido y agradable, por no tener problemas con los presentes, o bien porque se la tenemos jurada al más pintado nos guste o no reconocerlo. Pero ocurre. De pronto, nos encontramos diciendo barbaridades de este o aquel. De los ausentes, vaya. O nos callamos como ratas pardas sin dar la cara. Acción. Omisión. Nunca se sabe.
Bueno, el caso es que hay que asistir a todo. Al menos uno de los casados o emparejados.
Lo peor está por decir. Lo siento. Da igual lo que se haga durante años; es lo mismo si eres buena persona, buen profesional, buen padre o buen marido. Como alguien abra la caja de los truenos estás perdido. Una mentira bien planteada arrasa con todo. Y si faltas dos veces seguidas a la reunión y das oportunidad a la repetición de argumentos por parte del mamonazo de turno, el estigma te lo quedas pegado al cuerpo lo que te resta de vida. Hasta los más cercanos, hasta lo que saben que la acusación es falsa e imposible, comienzan a tener dudas. Es inexplicable, pero es lo que hay.
Salvo que te dé lo mismo ocho que ochenta (opción sanísima y más que recomendable) lo más acertado es intentar aplazar cenas, reuniones o festejos. Así hasta poder asistir.
Como siempre hay que tener un plan b preparado, les sugiero una alternativa: quedarse en casa, dedicar el tiempo a la familia, hacer lo que más guste o entretenga, salir a cenar con su pareja al sitio que más les guste sin aguantar gilipolleces y pudiendo pedir lo que les salga de las narices; o llamar al organizador de la actividad a la que no asistirá para decirle: oye, verás, que no vamos a ir, que así podéis ponernos a parir con tranquilidad, la verdad es que nos importa una mierda. Es algo que debe producir un placer inimaginable. De verdad.