dic 4 2011

¿Miedo? ¿Qué miedo ni qué cojones?

Nos llevan preparando, varios meses, para asumir una catástrofe sin precedentes. Los medios de comunicación anuncian la gran hecatombe; los políticos, los posibles sufrimientos en un futuro inmediato; los religiosos nos dicen que con tanto sexo, tanto condón y tanto gay, el mundo se degrada por momentos y de forma irremediable. Todo parece estar en peligro de extinción. Todo excepto ellos mismos. Todos se apuntan a un fin del mundo que no les toque. A dibujar una especie de inmenso campo de trabajo insoportable que controlarán por y para nuestro bien. Si no obedecemos esto no tiene arreglo. La suerte está echada. Lo que no dicen es que las cartas están en su poder, que hacen trampas y que no son capaces de predecir nada que no sea el pasado. Manejan el sistema económico del mundo entero, eso sí.
Nos dicen que, si no escuchamos, estamos más muertos que vivos. Y, para eso, para que nos quede claro, nos matan a base de volcar miedos de todos los colores que nos paralizan. Están bloqueando a la humanidad entera. Nada nuevo. Ya lo hizo la inquisición en su momento y funcionó. Ya se ha hecho muchas veces y siempre se obtuvo un resultado estupendo. Porque el ser humano que siente miedo es incapaz de sentir cualquier otra cosa.
Pero, como todo el mundo sabe, este miedo que nos van inoculando a diario, es la coraza que unos pocos han colocado a los sistemas financieros que les permiten controlan el mundo. No quieren que nada quede sin control (el suyo, claro) y, por eso, inhabilitan las inteligencias de millones de personas. Bien saben ellos que, cualquiera con una pizca de valor, les puede organizar un cisco importante. El mundo lo puede poner patas arriba cualquiera. Y lo saben.
La cantidad de información diaria que nos llega a través de los medios de comunicación -imposible de procesar- se reduce a un mensaje muy concreto: Siga usted creyendo en nosotros; de otro modo, ni usted ni sus hijos, tendrán futuro; voten para legitimar todo lo que hagamos aunque sean desmanes; sean mansos; ser civilizado es ser un animal doméstico.
Nos quieren acobardados. Saben que con un trozo de pan en la boca y algún capricho comprado a un precio disparatado nos sentimos satisfechos. Así nos lo han enseñado. ¿Alguien me puede decir para qué necesitamos el ochenta por ciento de lo que tenemos?
Hace muy poco tiempo utilizaron el miedo a la muerte. ¿Recuerdan las gripes que llegaban con la guadaña en la mano? Aquello iba a ser un desastre. Y no. Aquello fue un negocio redondo para alguna empresa dedicada a la fabricación de pastillas y vacunas. Medicamentos que terminaron en la basura.
Llevan mucho tiempo usando el miedo al terrorismo. Este no es a la muerte. No, este es el miedo a lo desconocido, a lo que no sabemos cómo es ni cómo llegará. Algo viejo en el hombre y que le causa grandes problemas de estabilidad. Nos convirtieron en objetivos de todo lo que está más allá de las fronteras. Ahora el miedo que nos cae sobre los hombros es el miedo a no tener futuro. En realidad, el ser humano nunca tuvo futuro. Pero eso no lo cuentan. Disfrazan eso que llamamos futuro de productos inútiles y de billetes. No tener futuro es no tener dinero ni la calidad de vida actual. Les funciona de maravilla. Todo el mundo acojonado. Unos pocos toman el control y prometen fabricarnos una vida. El resto tragamos. Un negocio redondo. Otra cosa no sabrán, pero de negocios entienden.
¿Tan tontos hemos llegado a ser? ¿Nos conformamos con tan poca cosa ofrecida por los poderosos? Esto es más que preocupante.
Yo, desde luego, he dejado ver telediarios, de leer prensa y no pienso acostarme angustiado por lo que me cuentan sino por lo que vivo día a día. Para eso están los micromundos. De peores, de mucho peores, ha salido la humanidad. Si fuimos capaces de abandonar las cavernas esto parece un juego de niños. No vamos a pasar, ni más frío, ni más hambre que nuestros antepasados.
Ya está bien de tanto miedo y tanta falta de esperanza.


nov 14 2011

¿Por qué votar?

Es verdad que los políticos no nos representan. Es verdad que, cada día que pasa, están más lejos de los votantes y más cerca del jefe de su partido que lo impone a la ciudadanía. Es verdad que vivimos en un mundo indignante en el que la injusticia, la desigualdad y los abusos de unos pocos son una lacra insoportable de aguantar. Todo eso es verdad, pero hay algo tan verdadero como todo ello y que parece que no queremos asumir. La realidad. Esta si que es terca, esta sí que se impone sin miramiento alguno. Y, de momento, es la que es; podrá cambiar hacia un lado u otro, pero hoy es la que nos hemos ganado a pulso entre todos. Todos hemos sido responsables de lo que ha pasado. Unos pocos del desastre financiero y de robar a manos llenas, otros de acomodarnos pensando que aquí no había nada que hacer y muchos creyendo que una banda de sinvergüenzas les sacaría de su pobreza cuando, en realidad, lo que querían era pisotearles sin compasión después de sacarles el poco higadillo que tenían sano.
Desde luego, si queda alguna posibilidad para conseguir que ese cambio tome una dirección propicia es votando con sensatez; desde la convicción y desde el sentido político que, hoy, nos impone este mundo que vivimos. Los sistemas sólo pueden modificarse desde su núcleo. Cualquier otra cosa es asediar un castillo inexpugnable.
No votar a causa de la extenuación a la que nos tienen sometidos desde los poderes públicos es rendirse. No votar a causa del miedo que nos cuelgan del pescuezo desde los medios de comunicación es una señal inequívoca de que nos tienen agarrados sin posibilidad de escapar. Todo se puede convertir en un infierno mucho peor que este que nos ha tocado en suerte. Si alguien deja que se hagan con el poder los que están alejados de su ideología no deja de ser un gesto suicida. Cada uno sabrá donde está colocado y qué es lo que debe defender. Cada uno sabrá qué es lo que quiere dibujar en su futuro. Pero para ello hay que votar y asumir que estamos metidos en una espiral peligrosa que sólo estando dentro podemos destrozar. Hay que hacerlo porque, de otro modo, no valdrán las quejas de ningún tipo. Eso de que no nos representan y eso de que son unos chorizos es verdad y tenemos la obligación de cambiarlo. Desde las urnas. De momento, no tenemos más opciones.
Todo va mal. Esto es un auténtico desastre. No provoquemos males mayores. Al menos, intentemos que no sea así. Ya lo he dicho otras veces: mirar el tren como las vacas en el campo sólo provoca que el tren siga su camino y nos quedemos en tierra sin opciones.
Los jóvenes deben acudir a votar, los que no tienen apenas esperanzas, también. Son miles los que han muerto para que podamos ejercer nuestros derechos, son muchos los que pelearon sin tener nada, sin querer nada más a cambio que su libertad, la de ustedes y la mía. Es la única forma de sacar esto adelante. Primero votamos y luego, si es necesario seguimos peleando nuestros derechos en las plazas o donde corresponda.
Nos piden (los políticos) grandes esfuerzos económicos, laborales y sociales. Pero, qué casualidad, nunca piden el que más falta hace: el intelectual, el ideológico, el que suponga un claro esfuerzo de la razón. Porque ese no les interesa. Quieren llenar salones de actos y plazas de toros con personas que gritan frases hechas. Lo que no desean son cabezas llenas de ideas porque sería su ruina para los intereses que persiguen y la opción de progreso de todos los demás. Seamos coherentes, seamos sensatos y tratemos de convertir el futuro en algo más nuestro.
Esto seguirá siendo lo mismo si dejamos que así sea. Los bancos poderosos, los políticos mentirosos, los ricos más ricos y los demás, cada día, más pobres. Pensemos y votemos en conciencia, votemos pensando en el bien común. No nos queda otra.


nov 1 2011

La pregunta a los griegos y el fin del mundo

Los mercados se han puesto patas arriba. Las bolsas se desploman, las primas de riesgo se disparan, el nerviosismo cunde. Y todo porque a los ciudadanos griegos se les va a preguntar sobre si están de acuerdo o no sobre los términos del rescate propuesto por la Unión Europea. Claro, basta que los que están destrozando el mundo se enfrenten con la opinión popular y la cosa les pone nerviosos.
De un tiempo a esta parte nos han presentado a los griegos como el gran problema. Parece que ellos sean una especie de demonios que nos arrastran a un infierno horrible del que no podremos salir nunca más. Pero ¿quiénes son los griegos? ¿Los políticos corruptos que han dejado ese país como un solar? ¿Los banqueros que siguen ganando dinero a espuertas? ¿Los especuladores? Tal vez los griegos son los trabajadores a los que se les quiere negar el agua y la sal. Tal vez no sean otra cosa que personas con los mismos problemas que tenemos en España o en Guatemala. Tal vez el pueblo griego sea ajeno (tanto como el resto de pueblos del mundo entero) a lo que está sucediendo en los despachos de doscientos metros cuadrados de los que manejan el cotarro.
Y ahora se les va a preguntar y el mundo se viene abajo. Claro, es que esta banda de mafiosos que son los políticos y banqueros, saben que no van a tragar con una esclavitud eterna impuesta por los ricos, saben que nadie está dispuesto a hipotecar su futuro para que otros (unos poquitos) sigan viviendo a cuerpo de rey.
Si el mundo se tiene que venir abajo que así sea. Pero, por lo menos, que sea la mayoría la que decida cómo.
¿No tendrían que haber preguntado a todos los ciudadanos de todos los países sobre las cosas importantes y desastrosas que han ocurrido? ¿No deberían de dejar (ya mismo) de vender el fin del mundo cuando lo que se les acaba es el chollo a los de siempre? Los pobres lo hemos sido siempre y no nos costará mucho trabajo serlo algo más.
A ver si es verdad que el euro, los bancos, la clase política y todo el sistema corrupto en el que vivimos se cae a plomo. A ver si es verdad.


oct 30 2011

Una hora menos

Hoy, se han atrasado los relojes una hora. Y con ello ganamos sesenta minutos al cansancio, a los madrugones para ir a trabajar a un lugar que no nos gusta.
¿Qué pasaría si pudiéramos atrasar esos relojes cuarenta años? ¿Que sería de nosotros si nos dieran esa oportunidad con el añadido del derecho a elegir un futuro distinto?
Volveríamos a tener trabajos no deseados, problemas con los amigos, en el matrimonio; volveríamos a comprar un piso cochambroso a precio de oro; votaríamos a políticos corruptos y farsantes; aguantaríamos un gasto delirante de una familia real que pinta la mona diciendo que representan a un pueblo maravilloso; miraríamos a otra parte cuando alguien señalase el problema del hambre y de la desigualdad. Algunos serían los que ordenasen el mundo desde la codicia y el resto lo que pagarían el pato sin poder hacer nada.
Aunque nos diesen cien oportunidades, volveríamos a ser lo que somos. La capacidad del ser humano para imitarse a sí mismo es monumental. Al fin y al cabo somos los monos de nuestro propio circo.
Piense usted, querido lector, sobre lo primero que se le ha venido a la cabeza al leer el comienzo de este texto. Usted mismo. Exacto, eso es en lo que ha pensado. En sus grandes riquezas, en su comodidad absoluta viviendo la vida. Así piensa el ser humano. En sí mismo. Primero en sí mismo y, sólo si cabe la posibilidad, en otros asuntos. Sólo si su bienestar está a salvo.
Y así seguirá siendo por siempre jamás.
Dejemos que el reloj nos alivie el cansancio y el recibo de la luz. Mejor no tocar nada más. Porque esto podría ser mucho peor de lo que es.


oct 20 2011

Cada mañana, cada tarde, cada instante

Mi padre fue militar. Mi hermano mayor también. He vivido toda mi vida en casas militares. Recuerdo, perfectamente, cuando salía camino del colegio y me encontraba en el portal con dos policías militares haciendo guardia. Recuerdo, perfectamente, salir a la calle con un primo de Sevilla muy temprano por la mañana y que me preguntara sorprendido por la cantidad de gente que dormía en la acera de mi calle. En realidad, eran padres de familia mirando debajo de sus coches para evitar que una bomba les quitase la vida. También recuerdo, perfectamente, a mis amiguitos llorando porque habían matado a su papá de un tiro en la nuca. Y recuerdo, perfectamente, esos días que llegaba mi padre y nos decía que había tener mucho cuidado con las cosas que encontráramos en la calle por si eran trampas, que habían recibido el aviso de que algo iba a suceder. Horas después alguien lloraba la muerte de un familiar. Desde niño eso lo vivía cada mañana, cada tarde.
Mi padre era un hombre sensato y procuraba no meter miedo a sus hijos. Jamás vi una de sus armas en la casa aunque siempre estaban allí. Apenas se hablaba de política, todo lo que le rodeaba estaba disfrazado de tranquilidad. Pero, cada mañana, escuchaba a mi madre cuando le pedía que tuviera mucho cuidado por el amor de Dios. Pero tuve que ver a mi padre pensando en algo que nunca dijo después de cada atentado (muchos de ellos se llevaron la vida por delante de compañeros y amigos).
Hoy, con el recuerdo agarrando las sienes, escucho el comunicado de tres etarras encapuchados. Dicen que dejan las armas. Y se refieren a sus compañeros caídos. Y a los presos. Qué buenos chicos. Qué favor nos están haciendo. Y me dan ganas de gritar muy fuerte. Sí, me parece una tomadura de pelo. Una vergüenza. Sobre todo una injusticia muy grande porque casi todos se quedan con la sensación de alegría ya que nadie más va a morir. Pero no. Son muchos los que se mueren de pena pensando en su padre, en su marido o su hermano. En esos que murieron porque unos salvajes decidieron un día luchar por algo completamente demencial.
El fin de tantos años salpicados de atentados no es mala noticia. Que se nos olvide lo que ha pasado un segundo después de la última mofa por parte de unos sinvergüenzas es lo peor que nos podría pasar.
Desde luego, yo recuerdo, perfectamente, cada minuto de mi vida. Y no pienso olvidarme de nada. De nada. No hay perdón para ustedes. Se pudrirán en el infierno en el que han convertido sus vidas y las muertes de otros.