Ciento setenta grados

Había olvidado por completo que mi blog debía dar un giro de entre ciento treinta y ciento ochenta grados. Qué despiste. Imperdonable.

Había prometido que recomendaría alguna lectura. Tomen nota (los más jovencitos sobre todo y los que se sientan más jovencitos de lo que realmente son también): “La hermandad de la uva” de John Fante. Si usted se siente cansado de la vida o, realmente, tiene edad como para estarlo, puede dedicar su tiempo libre a leer “Las palmeras salvajes” de William Faulkner. No crean que les va a deprimir un poco más. Que va. Al contrario, aprovecharán el tiempo que les queda en este mundo leyendo algo que merece la pena y, por ello, se sentirán mucho mejor con ustedes mismos.

Pues ya está. Recomendación y giro en el blog.

Y ahora les cuento lo que me ha pasado desayunando con Eduardo, insigne y fabuloso limpiabotas.

Resulta que charlábamos tranquilamente cuando, sin avisar, aparece su novia. Vestida como para ir de boda. Una maletita en la mano (espantosa y, al menos, de la misma edad que ella). Se planta delante de Eduardo. En jarras. Yo me hago el muerto y me retiro lo suficiente como para no recibir el primer estacazo.

– Bueno ¿qué? ¿Tanto, tanto rollo y ahora ná de ná?, grita la mujer.

Eduardo baja la cabeza ligeramente, se lleva una mano (la derecha) a la cintura. Levanta la otra señalando a la mujer. Adelanta una pierna (la izquierda) y carga el peso en la otra (la derecha).

– No me toques los cojones, dice Eduardo haciendo subir y bajar el dedo que señala a la mujer y negando con la cabeza.

La clientela se va arrinconando. Yo, haciendo gala de una estupidez abrumadora, intento poner algo de cordura.

– Venga, os invito a desayunar, digo mientras sonrío aunque dura poco el gesto. Ambos me miran con cara de pocos amigos. Me arrincono junto al resto de los hombres y mujeres que tomaban su desayuno tranquilamente minutos antes.

– O me besas o te vas a la mierda con tu betún, dice ella entre dientes.

La tensión es tal que Cari invita a una ronda. Nunca jamás la tabernera había hecho gala de semejante generosidad.

Entra en el bar una pareja de jóvenes. Eduardo les dice que o se arrinconan como los demás o no entran. Que Cari invita, pero en la otra punta de la barra. Hacinados, los clientes toman sus tostadas con cara de estupor.

Eduardo comienza a mover las piernas, ella sigue inmóvil. Se acerca. Adelanta la cabeza. Parece que besará a su prometida. Pero no. A medio camino detiene el gesto. Vuelve a señalar, vuelve a mover el dedo de arriba abajo.

– A la mierda con mi betún no me manda ni mi madre.

La tensión se hace insoportable. Ella le mira enarcando una ceja.

– Pero bueno, ¿es que eres tonto o qué te pasa? Que me beses, coño.

Eduardo gira un poco la cabeza. Me mira. Levanto los hombros como diciendo que a mí plim. Retrocede el gesto.

– Vale, pero no me toques los cojones.

Se besan. La clientela se mira y sonríe. Entusiasmo. Parece que todo el mundo comenzará a besarse de un momento a otro.

Pues eso. Que como el blog ha de girar sobre sí mismo he pensado que contar esto podría ser una buena forma de colocarlo ciento setenta grados más allá.

Hale, disfruten de Fante, de Faulkner y del romance de Eduardo. Les seguiré informando.


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