Cientos de miles de posibilidades

La libertad consiste, fundamentalmente, en poder elegir entre cientos de miles de posibilidades. Con el menor número de condicionantes posibles porque esos no desaparecen del todo por muy libre que se sienta una persona. Tan bonito es eso de ser libre como difícil y costoso.
Creo yo que por eso nos buscamos misiones duras y duraderas en el tiempo. Si tenemos un objetivo muy definido, esos cientos de miles de posibilidades se reducen prácticamente a cero. Llenamos la vida de asuntos pequeños (muchos) o grandes (muy pocos) para dejar de ser libres. Ya sé que es una paradoja que lo hagamos desde nuestra libertad personal, pero es algo parecido a esto que digo. Tengo un hijo que criar y la vida se reduce a la mínima expresión. Hay que dejar de pensar en casi todo salvo en la criatura. Me propongo sacar adelante un proyecto y lo convierto en obsesión para olvidar que si miro al frente el mundo se compone de un sí o un no constante, de algo que nos hace cometer errores irreparables, que nos obliga a arriesgar si queremos conseguir algo grande o perderlo todo, mirar hacia lo trascendente para decidir si Dios existe o es una patraña, si he de creer en mí mismo, si la vida tiene sentido, si quiero ser de esta forma o de la otra. Difícil, duro y desesperante.
Y al escribir pasa lo mismo. Un billón de posibilidades y pocas opciones con las que acertar. Eso por un lado. Un entorno que enfrentar lleno de gentes, cosas, historias robadas en conversaciones intrascendentes, novias traicionadas, pequeños hurtos en el supermercado o aquel suceso que te sigue poniendo la cara roja como un tomate al recordarlo. Y todo ello desde la libertad que debe sentir un autor para escribir desde la primera palabra.
Es el oficio lo que te enseña a ir abandonando por el camino todo aquello que te hace sentir encadenado a las personas y sus vidas. Cada novela supone una alegría y un puñado de disgustos. Uno que no se ve en la narración y como se cree imprescindible en la historia protesta, los agradecimientos siempre son incompletos, la anécdota que utilizas para presentar un personaje y que alguien no quisiera recordar pero se encuentra en un libro. Y es el oficio el que borra con solvencia todo esto, el que lo hace desaparecer para que cada página presente el relato tal y como debe ser sin pensar en lectores, familia, amigos o enemigos. Si no se consigue esto la equivocación está asegurada. Y la ruina literaria del escritor. Cuando alguien decide ser escritor no valen objetivos estúpidos que nos hagan el mundo pequeñito. Es justo al contrario.
Todo esto me hace pensar que dentro de esos objetivos que nos marcamos, que muchas veces inventamos aun siendo una estupidez, nos encontramos con cientos de miles de posibilidades entre las que elegir con libertad. Otra vez. Infinito. Pero la diferencia es que podemos equivocarnos sabiendo lo que debemos y queremos hacer. Y que la libertad de no seguir, de no decir, de no llegar al final, es importante. Sobre todo en literatura.
Podemos ser libres para hacer. Para no hacer. Igual que para ser escritores o redactores que agraden a padres y novias. Para marcar objetivos que nos hagan creer que ya no hace falta elegir. O para ser conscientes de que un poco más allá comienza otro más complicado de conseguir. Para llenar la vida de palabrería de salón o vaciarla de lo superficial, para que rebose lo fundamental que no es otra cosa que lo más inmediato. Como siempre uno mismo.


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