Cinco años después

Hoy es el cumpleaños de Guzmán. Lo ha estado celebrando durante una semana. En el colegio, con una parte de la familia, con la otra. Hoy la cosa se ha limitado a un beso. Y a este mal texto.

Cinco años. Y apenas ha pasado un rato desde que le levanté de la cuna por primera vez para preguntarle cómo estaba. Un bebé precioso. Nunca había podido imaginar que un niño pudiera ser tan deseado por sus padres. Llegó curando viejas heridas, llenando un hueco preparado con cuidado, exclusivo, a medida. El nacimiento de mis hijos siempre fue algo especial, intenso e inolvidable, pero el de Guzmán superó cualquier expectativa.

Después de cinco años, Guzmán ocupa ese lugar con carácter tranquilo, dulzura e inteligencia.

Ha llegado del colegio con su corona de cumpleaños. Es costumbre en el Liceo Europeo. Y un bonito dibujo. Feliz, sin saber que cada día, cada día sin faltar uno solo, pienso en mi padre al verle. Sé que hubieran disfrutado el uno del otro cada minuto, cada cosa que hicieran. Parece que Guzmán hubiera heredado todo lo mejor de su abuelo. Y, sin embargo, no hubo tiempo para que se conocieran y reconocieran. Nadie sabe lo que hubiera sido capaz de hacer para que hubieran vivido juntos cinco minutos. Sólo pedía cinco minutos, joder.

Hoy es su cumpleaños y siento la garganta dolorida como cada veintisiete de abril. Rabia, nostalgia, pena por la ausencia. Y, por supuesto, una gran alegría por tenerle aquí. Mucha.

Felicidades, hijo. Que la fortuna te acompañe por siempre jamás.


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