Cobijado

Cada día me gusta hablar más con mis hijos. Por una cosa u otra, me aportan la frescura que les falta a los adultos que me rodean. Las enfermedades de los mayores se convierten en las ilusiones, sin límite, de los pequeños. Defectos, miserias, errores, odios, rencores o un gran problema sin fin a cambio de oportunidades, de claridad, de capacidad para asumir cambios sin que sea una tragedia, de inocencia; de saber mirar las cosas sin buscar el defecto, la arista.
Se supone que yo estoy en este mundo, entre otras cosas, para proteger a mis hijos hasta que sean capaces de solucionar sus problemas. Sin embargo, soy yo el que se siente arropado mientras estoy con ellos en casa charlando, con ellos a la espalda mientras juegan y yo escribo, escuchando su música atronadora o compartiendo desdichas amorosas que sólo se pueden superar siendo un jovencito. Con los adultos, de un tiempo a esta parte, me siento extraño.
Hace algún tiempo, decidí quitarme la coraza, decidí que plantarse delante de alguien sin ella no debería ser un problema. Por supuesto, cometí un gran error. Afortunadamente, lo que he perdido por el camino es poca cosa. Casi todo lo que los adultos entregamos o recibimos es de gomaespuma. Pero sí es cierto que he tenido que dedicar algo de mi tiempo a reconstruir una zona delicada. De mí. Siempre estuve cómodo instalado allá arriba, inalcanzable, viendo como los demás daban vueltas alrededor de las murallas intentando alcanzar a ver lo que ocultaban y siguen ocultando. Y aquí estoy. Y el resto en su sitio.
Mi padre, poco antes de morir, me dijo algo a lo que, en su momento, no supe dar importancia. Retírate sólo cuando hayas recibido un golpe. Así podrás evitar batallas estériles en el futuro. Le contesté con una pregunta. ¿Y si el golpe es mortal? Negó ligeramente con la cabeza, entornó los ojos (ese gesto que hacen los que no quieren decirte claramente que eres más tonto que pichote) y me dijo casi susurrando que si era capaz de mantener la distancia correcta los golpes llegarían debilitados, que estuviera pendiente de no acercarme en exceso. Y poco, muy poco antes de morir, me dijo: No bajes. Sólo me dijo eso. Jamás había hablado con él de mis murallas, de mi fortaleza. Él tampoco había hablado jamás conmigo de las veces que debió mirar entre mis papeles, mis reflexiones. Tal vez era un aviso y una disculpa por haberlo hecho. El caso es que bajé, me sacudieron y, ahora, descanso y reconstruyo. Rodeado de un ejército de jóvenes y niños. Inocentes. Protectores.


1 Respuesta en “Cobijado”

  • Edda ha escrito:

    La fortaleza de la inocencia, de la ilusión, del proyecto, del futuro. Mirar hacia delante nos hace fuertes.
    Baja, pero mantén la distancia. No siempre van a sacudirte.