Coladas

Miraba las coladas desde la ventana. La vecina del quinto debía ser una mujer mayor y entrada en carnes. Bragas enormes. Alguien había llegado hacía poco tiempo al segundo interior. Bragas negras, rojas y, todas, llenas de encajes. El primero debía estar lleno de estudiantes. Esas cuerdas parecían una tienda de lencería. Todos los colores, todas las formas posibles, lazos, adornos, tangas, sujetadores haciendo juego. Miraba las coladas y se podía imaginar cómo quitaba la ropa interior a cada una de las mujeres, se las llevaba a la nariz y decidía si se la follaba o no. Ella, la candidata esperanzada, sonreía si veía como con el pulgar señalaba la cama o se sentía la mujer más infeliz del mundo si señalaba la puerta.
Mientras observaba las cuerdas llenas de ropa fingía leer. Dejaba el cenicero en el alfeizar de la ventana, un vaso de vino blanco, el paquete de tabaco y una libreta en la que anotaba las novedades. Altas y bajas, frecuencia de lavado, artículos nuevos, atrevidos, cursis o ridículos. La vecina del quinto estrenó unas bragas y un sujetador minúsculos. Poco después lo vio paseando con el galán por la avenida. Y nunca más volvió a ver esas bragas tendidas, ni al galán.
Unos brazos asomaron por la ventana del cuarto derecha. Delgados, frágiles. Las uñas de las manos eran largas, estaban bien pintadas, eran hermosas. La cabeza comenzó a aparecer poco después. El pelo liso de color castaño, recogido con una cola de caballo. Una nariz perfecta, los ojos claros que le miraban. Mientras sonreía y miraba al hombre (ahora sí, ahora no, un movimiento del cuello alzando la barbilla y girando la cabeza) colgó unos vaqueros, una camiseta blanca, una sábana bajera y un almohadón. Por último, la ropa interior. Totalmente blanca. Estiró el brazo izquierdo con el puño cerrado, luego estiró el dedo corazón y lo flexionó varias veces. Él no lo podía creer. Antes de desaparecer, se llevó las manos a los pechos juntándolos mientras se mordía el labio inferior. Hizo un último gesto con la cabeza de derecha a izquierda como queriendo decir al hombre ven, no tardes, te espero ansiosa para que me folles, para dejar que hagas lo que quieras conmigo.
El hombre corrió hasta el lavabo. Se preparó con prisas y corrió hasta la puerta. Cuando bajaba se fijo en la cuerda de ella. Allí estaba su ropa interior. Toda blanca. Sin adornos. Al llegar a la puerta, respiró hondo. Pulsó el timbre y escuchó los pasos acercándose.
Al salir sintió una arcada. Otra más. Resultó que no le esperaba una sola persona. Eran cuatro. Y la orgía había sido larga y, al principio, algo violenta. Le dolían todos los músculos del cuerpo. Escupió y tosió. Fue subiendo escalones hasta la primera ventana. Allí seguían tendidos los calzoncillos de la inolvidable Reinona. Lo peor era que no podría volver a sentarse para mirar coladas. Al menos en una temporada.


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