Como polillas

Una polilla aletea alrededor de una bombilla. Choca, una y otra vez, contra el vidrio del farol intentando llegar a la luz. Ha de ser su objetivo, parece que en ello le va la propia vida. Eso creo. Prueba a encontrar una fisura por la que colarse dentro. Si lo consigue, bien quedará encerrada para siempre, bien se abrasará.
Estoy mirando hace rato. Quizás una pérdida de tiempo tan estúpida como el esfuerzo del lepidóptero. Para que no sea así, intento reflexionar sobre lo visto. Pensar sobre lo que tenemos enfrente es tarea pendiente de muchos que miran para no pensar. “Es al contrario” me digo siempre que gasto algo de tiempo frente al televisor. Y es que es justo al contrario. Sin duda.
Siempre queremos algo. Todos sin excepción. Queremos ser entendidos y una vez que lo conseguimos, nos aburre. Ya no tenemos nada que decir. Queremos ser amados hasta que alguien nos declara su amor y nos parece una horterada o el momento en el que la monotonía comienza a asaltar el día a día. La emoción (disfrazada de pasión o viceversa, quién sabe) termina por desaparecer. Es deseo de muchos que sus hijos tengan todo aquello que no pudieron tener ellos hasta que descubren un par de paquetes sin abrir el día de reyes porque ya no interesaba nada. Es entonces cuando aparecen las lamentaciones por la falta de aprecio a lo que se recibe. Soñamos pequeños triunfos en el puesto de trabajo diseñados para mejorar y descubrimos con horror que se convierte en una carga de responsabilidad mayor. Sólo eso. Un buen trabajo se convierte en un suplicio al poco tiempo….
En fin, sigo pensando sobre todo esto y voy a llegar a la conclusión de que somos como polillas que aletean rumbo a la luz que nos ciega, luz que no nos deja ver más allá de lo brillante. Podría ahorrar el sufrimiento del pobre insecto enrollando un par de folios y, de un sólo golpe, adelantar esa muerte segura, pero prefiero apagar la luz y dejar que busque otra. Quizás se repetirá lo mismo que hasta ahora o quizás en el viaje hasta la terraza del vecino un pajarillo la capturará. Esto último provocará la muerte placentera del que busca metas sin golpear vidrios como un loco, sin morir abrasado. Morir ilusionado debe estar bien. Ya lo descubriremos. Igual le hago un favor.

P.D.: Nunca maten una polilla. Dicen que quien no visita San Andrés de Teixido (localidad gallega maravillosa) estando vivo lo hará después de muerto. Si la matan, tendrá que volver a empezar. Tengan compasión.


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