Compañeros de palco (Una mentira más)

Hace una semana tuve el privilegio de asistir a la representación de “Luisa Miller”. Obra de Giuseppe Verdi. Teatro Real de Madrid. Y, además, invitado. Un privilegio. Se lo digo yo.
El teatro lleno. Como siempre. Llegamos bien de tiempo y tuvimos unos minutos de más para cambiar impresiones. Hasta que llegaron.
Traje azul marino él. Vestido gris perla ella. Con encajes en negro. Zapato alto. Un pañuelo color fucsia cubriendo la espalda. ¡Qué mujer tan bella!
Se sentó delante. Él a mi izquierda. Me miró y me hizo un gesto con las cejas. Supongo que significaba buenas noches o algo así. Repetí el gesto por cortesía.
Afinan los instrumentos. Llega el director (que no dejó de canturrear hasta la última frase) y comienza la representación. La ópera tiene una obertura breve, pero muy interesante. La escuché con los ojos cerrados, disfrutando todo lo que pude. En las oberturas, como en el primer párrafo de los buenos relatos, está todo lo que vendrá después. Por fin se levanta el telón. Uno aprecia que será una puesta en escena sin grandes despliegues y correcta. La soprano que interpreta el papel de Luisa no me gusta. Parece una actriz de las que aparecían en las películas de cine mudo y creo que satura al cantar (para ser justo diré que fue mejorando mucho hasta el final). El barítono (papá Miller) sí me gusta mucho. Mi compañero de palco se mantiene erguido. La mujer de gris apoya los codos en las rodillas para no perder detalle de lo que pasa en el escenario (es lo malo de los palcos laterales, siempre tienes que dar por perdido lo que ocurre en el ángulo en el que estás). Final del aria de Luisa “lo vidi, e’l primo palpito”. Aplausos aunque a mí no me ha parecido nada del otro mundo. La mujer de gris curva la espalda hacia atrás para mirar a su acompañante. Él deja de estar erguido. Agacha la cabeza. Se besan. Con delicadeza, pero con intensidad. Al retirarse ella me mira un instante. Debo tener cara de bobo. Y me sonríe. La luz es muy tenue. Ella es una belleza. Mi compañero deja la mano apoyada en la espalda de la mujer para acariciarla. Así hasta que llega el momento de descansar. Pienso que deben estar muy enamorados.
Nos levantamos y caminamos hasta el hall principal con la intención de tomar una copa de vino. Demasiada gente. Subimos a la planta superior. Eso es otra cosa. Me sirven el vino y les veo. La mesa (o la barra, llámenla como quieran) es semicircular. Están a un par de metros. Él toma vino blanco. Ella, además, un canapé. Un tipo, en el lado opuesto al mío de la mesa, mira a la mujer con descaro (estas cosas ocurren en el teatro Real, no se crean). No es de extrañar. Mi compañero de palco parece verlo. Mueve inquieto los hombros, estira levemente el cuello. Yo diría que tiene el cabello erizado. Como los gatos. Pienso que le va a decir algo o que le hará un gesto preguntándole sobre qué coño mira. Pero no. Se relaja y mira al tipo. Sonríe socarrón, como si le dijera “¿Te gusta? Pues no sabe ni que existes; mala suerte, chaval. Voy a seguir disfrutando de mi mujer. Ya te contaré.” Mientras, ella no ha dejado de hablar. Al terminar su canapé, bebe y besa a mi compañero de palco. Parece que pudiera llenar el teatro entero con esa cara de satisfacción.
De nuevo en nuestra localidad. Antes de entrar él ha bromeado con la acomodadora. Llego a escuchar una parte de la conversación: “Tú quieres que esta historia de amor sea todo un éxito ¿verdad? Venga, haz un esfuerzo, para una vez que tienes aquí a un par de enamorados…” La acomodadora se ríe. Entra en el palco vecino, agarra una silla alta que está de más y se la pasa al hombre del traje azul. “Llamaré a la primera de mis hijas como tú”. La acomodadora ríe otra vez. O se conocen hace años o es un tarado. Colocan una silla delante de la otra, pegadas. Y se abrazan. Así hasta el final. Contrastan las espaldas. La de ella estrecha, frágil; la de él ancha, fuerte.
El aria “Quando le sere al placido” de Rodolfo suena preciosa. El tenor interpreta más que correcto. El personaje sufre. Emociona escuchar algo así. La mujer de gris parece estar a punto de llorar. El se mantiene serio.
Se besan, se acarician el pelo (él no le pasa la mano por encima del pelo, no, realmente acaricia el cabello, con ternura). Si les gusta especialmente lo que escuchan se miran para disfrutarlo ambos de un modo parecido. Ella suspira mirándole. Qué enamoramiento, por Dios. Él me mira de vez en cuando. Y creo que lo que quiere es estar seguro de que me estoy enterando de lo que pasa. Lo cierto es que lo tengo muy claro. Lo que está pasando en el escenario no tanto. Hace tiempo que se ha invertido el orden. Ahora ellos interpretan la obra de Verdi, el escenario es el palco. Y es que no había visto una cosa igual en mi vida.
Acaba la función. Se abrazan antes de salir. Pienso por un momento en dedicarles un aplauso, pero no me parece la mejor idea. Antes de irme le miro. Sonríe y enarca las cejas otra vez. Debe ser la despedida. Yo no repito el gesto. Miro a la mujer (qué belleza de mujer). Le vuelvo a mirar a él y me giro. Al salir caminamos hacia un bar para tomar una cerveza. Siento la necesidad de mirar hacia atrás. Me parece ver como se abrazan y se besan. Creo que son ellos. Y sigo emocionado. No sé si gracias a Verdi o a su historia de amor.


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