Complicidad

Pocas cosas son las que nos hacen disfrutar. Sólo si el mundo se hace muy pequeño, si se reduce a un par de metros cuadrados, si lo que cabe en ese lugar son un par de personas. Sólo así podemos creer en que todo merece la pena. El resto no desaparece, no deja de tener la importancia de siempre (al contrario, todo se intensifica), pero si esas dos personas no son los verdaderos protagonistas el esfuerzo por querer vivir disfrutando al máximo se dispersa y queda en nada. O en casi nada. El efecto es el mismo.
Ayer estuve en el teatro acompañado por la mejor de mis amigas. Como sé que me lee con mucha frecuencia supongo que le resultará agradable saber que estaba preciosa. Preciosa de verdad. Vaya, que iba presumiendo de ir con ella por la calle, de estar sentado en el patio de butacas con una mujer así.
El espectáculo de “El brujo” nos pareció estupendo aunque lo mejor de la noche fue brindar con nuestras botellas de cerveza, charlar sobre cualquier cosa que se planteara con la confianza que solo dos cómplices tienen. Complicidad inagotable y auténtica.
– La mujer siente que puede ser madre desde que nace, llega el momento en que siente la necesidad de serlo y, después, es madre ante todo, susurró pensando muy bien lo que quería decir, mirándome fijamente.
– Sin embargo los hombres aprendemos todo eso. Nuestro instinto se multiplica cuando nos encontramos con un hijo en los brazos. Antes jugamos a querer ser padre sin saber qué es eso. Después sabemos que nuestro papel es ese queramos o no. La gracia está en asumirlo.
– ¿No gusta mucho ese papel secundario, verdad?
– Es irrelevante. Jamás antepondría una cosa a la otra. Los hijos tienen su hueco. Mi mujer es la que envejecerá conmigo y los hijos ya estarán criando a los suyos. Conviene tener claro eso. Y el papel no es secundario porque, aunque parezca mentira, se trata de películas diferentes.
Estuvimos un buen rato hablando de estas cosas, de otras mucho más prosaicas, de las cosas del amor, pero sobre todo de nosotros mismos. El resto estaba donde debía, sin molestar apenas. Nosotros encerrados en un par de metros cuadrados en los que cabía el mundo entero.
Antes de despedirnos, la abracé y le pedí que me prometiera que siempre estaría en el mismo lugar, que nunca me fallaría. Sí a todo, sin condicionantes, sin dudas y con la ternura necesaria como para que me pudiera quedar tranquilo para siempre. El mundo se hizo grande otra vez. Ya daba igual todo sabiendo que sigo teniendo ese espacio privado, exclusivo e inviolable.
Este es el privilegio con el que siempre soñé desde que era un muchacho despistado y alegre. Un privilegio que me hace disfrutar cada minuto de mi vida.
Estabas preciosa. Preciosa de verdad. Gracias M_A.


1 Respuesta en “Complicidad”

  • Núria A. ha escrito:

    Y que buenos son esos momentos. Un lujazo del que se disfruta cuando uno es afortunado/a de tener cerca a personas que le quieren con independencia de los -cómo, cuando, donde, y por qué-