Con G de Grinch: Jugando a las cenitas (familiares)

Me rodean cientos de personas que, durante todo el año y sólo excluyendo la navidad, se pasan el día criticando a sus familiares. Sobre todo a los postizos. Todo hay que decirlo. En el periodo navideño dejan de hablar mal de ellos para expresar su deseo de asesinarles empleando métodos que provoquen grandes padecimientos. Les toca viajar para cenar con la familia de él o de ella; les toca recibir a un batallón de cuñados, suegros, sobrinos, padres, hermanos o amigos. Cualquiera de las opciones es, sencillamente, horrorosa. Al menos, eso me hace pensar lo que escucho en cualquier rincón del mundo.
Manteles preciosos, un menú caro y suculento, buen vino o el lanzamiento masivo de petardos, no pueden evitar que muchos (pero muchos) teman la llegada de la nochebuena, la nochevieja o los días de navidad y año nuevo. Y es que es inevitable que; después de estar despotricando un año entero, envenenándose con lo que dicen; logren dejar a un lado toda esa mierda aunque las fechas se pinten como tiempo de paz, amor y solidaridad. El que es envidioso lo es todo el año; el que es un tacaño lo mismo; el que se cree el ombligo del mundo, igual.
No hace mucho, mientras tomaba un café, cogí una servilleta y pedí un bolígrafo al camarero. Decidí anotar parentescos y ordenarlos para confeccionar una lista en la que aparecieran los más odiados. No sé si se puede considerar esto como algo científico aunque llevó escuchando lo mismo más de cuarenta años y el muestreo es más que amplio. Qué más quisieran algunas empresas que se dedican a elaborar encuestas.
Veamos.
El primer puesto (indiscutible) es para los cuñados. Se cae el mito de la suegra. Es mucho peor la relación con los cuñados que con cualquier otro pariente. Creo yo que hay razones objetivas para decir esto. Son bastante gorrones. Además, he escuchado un millón de veces eso de este tío es medio gilipollas, se cree que es cojonudo y, en realidad, es un mierda. O eso tan bonito de menuda hija de puta, cómo tira para su familia, tiene un morro que te cagas; no aparece en la vida y viene a dar clases la anormal. Aunque la razón más gruesa es otra. Los cuñados son los hermanos de nuestros maridos o esposas. Eso significa que, generalmente, sabrán (nuestras parejas se desahogan con ellos) cosas sobre nosotros que nunca deberían haber conocido. Eso provoca que nos miren con cara de poker (no puede ser de otra forma después de escuchar que somos unos no sé qué) y que nosotros queramos tenerlos lejos. La información es poder. Nadie quiere andar en boca de otros ni que sepan intimidades de alcoba los que no pintan nada en el asunto. La suma desemboca en una relación, cada vez, más superficial y fría. Reacciones como, por ejemplo, esconder el licor caro justo antes de la llegada de cuñados y cuñadas, está más que justificado.
Medalla de plata (esta vez sí) para los suegros. Cuando somos recién casados nos parece que meten las narices más de la cuenta en nuestra vida; cuando tenemos niños pensamos que todo lo que avanzamos en la educación de los enanos lo joden con su falta de autoridad y su gilipollez; cuando se hacen mayores nos parecen una molestia monumental. Concretamente, las suegras se llevan la mayor parte del botín. Porque meten las narices de forma especial, hacen lo que les viene en gana con los nietos y duran más que los suegros, lo que les convierte en el eterno problema.
Tercer puesto. Los hermanos. No todos, es verdad. Pero ¿en qué familia no hay un hermano que lleva dando el coñazo desde antes de nacer? Aparecen para pedir. Y, encima, los padres los reciben como si fueran dios o algo así; lo más de lo más. No asumen un problema ni aunque les torturen, pero es lo que hay. En navidad, los hermanos comprometidos, los que están al pie del cañón no pueden creer lo que ven. Todo el año jodidos y todas las leches para ellos. No hay derecho, joder.
Cuarto y último puesto. Sobrinos. Esto ya es otra cosa. Aquí no hay odios, pero ocurre una cosa muy curiosa. Como los hijos propios son los más guapos, los más educados, los más listos y los más cariñosos; se produce una tendencia a ver en ellos posibles macarras, fracasados en la enseñanza y cosas así. Ah, y esa belleza de la que hablan sus papás no la vemos por ningún lado.
Pues bien, todos juntitos el día veinticuatro de diciembre. A reír, a cantar, a felicitar las Pasuas y a entregar regalitos. (No puedo evitarlo: ¿No es grotesco que la cuñada más gilipollas de la familia llegue cargada de juguetes comprados en una tienda de todo a cien y lo intente colocar como el locurón en regalos de navidad? ¿No se merece esa anormal una muerte lenta y dolorosa además de ocupar el número uno de esta lista tan bonita?).
Oh, qué maravilla de fiestas. Y qué cuajo tenemos. No somos hipócritas. Somos lo siguiente.
Feliz navidad de su Grinch favorito. Siempre seguirá velando por su felicidad.



4 Respuestas en “Con G de Grinch: Jugando a las cenitas (familiares)”

  • Carmen Neke ha escrito:

    ¿Y no se le ha ocurrido la idea de leer este texto ante toda la familia la noche del 24, digamos que entre el pavo y los turrones? Animación garantizada para el resto de la noche, y para muchos años por venir.

  • Normalucha ha escrito:

    Una tía solterona de mi ex marido, de 65 años (la tía,no el ex), compraba el mejor de los manjares en la comida precocinada del súper de El Corte Inglés y nos decía que lo había hecho ella. Cuando iba a la cocina a buscar lo siguiente, sus sobrinos y la bruja de su cuñada (mi ex suegra)se mofaban de ella y se descojonaban. No voy a olvidar nunca la cara de mi ex suegro. Porque es su hermana, y lo que duele, duele. Como a mí la mía (que es la “de casa” y la que pringa con todo, la pobre, yo me llevo la mejor parte que estoy más lejos, la que aguanta a mis viejos día a día es ella).
    Qué bonita es la Navidá.

  • admin ha escrito:

    Neke, yo no he hablado de mi familia. Estaba hablando de la de otros, de las que la pintan así en la barra del bar o en la oficina. Jejejee.

  • Edda ha escrito:

    Señor Grinch, todo lo que cuenta es rigurosamente cierto y muy triste. La navidad se ha convertido en un mero trámite del que hay que salir indemne para pasar de un año a otro. Y sin embargo me niego a que tenga que ser así. Poco puedo hacer, la verdad. Pero siempre hay algo, siempre. De una manera u otra siempre consigo sorprender a alguien. ¿Eso no es también la navidad?