Confianza

Hacer algo, lo que sea, aporta, a quien realiza la acción, la información precisa sobre lo fácil o complicado que resulta llevar a cabo eso. Parece que, algo tan sencillo y evidente, no merece más que enunciarlo y dejarlo estar. Sin embargo, como sucede con la mayor parte de las cosas, dependiendo de que sea lo que sea se convierta en esto o aquello, la simpleza se transforma en un auténtico problema.
Un hombre. Una mujer. Son pareja. Todo parece que va bien. Sobre todo lo piensa uno de ellos. El otro no debe tenerlo tan claro porque, un buen día, conoce a otra persona. Infidelidad. La cosa termina como el rosario de la aurora. Pero, oh, se produce un gran milagro. El infiel pide perdón entre grandes sensaciones que le llevan al arrepentimiento. Y el traicionado lo concede demostrando al mundo entero una gran bondad. Qué bonito. Lo malo es que uno no pide perdón realmente y el otro no es capaz de perdonar. Ni de coña. Eso sólo pasa en las películas. Es evidente que el traicionado pierde la confianza en su pareja. Eso es seguro. Y eso es el gran problema. Nada será igual desde ese momento. Pero, oh, se produce un efecto extraordinario con el que nadie contaba. El infiel pierde la confianza en el traicionado. También. Sí, sí, como lo oyen. Visto desde fuera, cualquiera podría pensar que eso es el colmo de la caradura. Pero si paramos un momento y, en lugar de juzgar, decidimos preguntarnos sobre lo que pasa, tal vez, consigamos entender al que nos parece un auténtico monstruo.
Él o ella (el infiel) ya sabe lo sencillo que resulta verse envuelto en un lío del tamaño del Empire State. Inmediatamente, piensa que podría ocurrirle lo mismo a su pareja (traicionada). Porque estas cosas se pagan con la misma moneda, porque lo que mueve al ser humano, en estos casos, es la sed de venganza (es horrible la idea, pero es así). Ya todo es posible.
¿Lo ven? Una frase, casi vacía, cuando se coloca en el centro de la mesa y es aderezada cambia. Y si come uno u otro de los comensales se hace peligrosa. Y si lo quiere catar otro, quizás, se convierte en un chiste. Por eso, conviene no pontificar o trabajar con verdades absolutas. Es peligroso. Suele pasar que, el más listo, meta la pata o, cegado por su razón inamovible, no enterarse de lo que se le viene encima.
Las injusticias pueden no serlo tanto si miramos desde una esquina u otra; lo maravilloso puede teñirse de rechazo después de ser deseado con fuerza y comenzar a ser experimentado con la decepción a cuestas del que echaba las muelas por conseguirlo.
Menos juzgar, menos hacer el gilipollas y más pensar en lo que hacemos y decimos. Eso es lo que hace falta.


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