Contraste virado a sepia

No conozco el nombre de la calle en la que ha ocurrido. Fue en el centro de Madrid. El número del portal era el sesenta y nueve. Eso sí lo recuerdo. Una pareja sentada en el bordillo de la acera. La luna amarilla, serena, con aspecto de estar segura de sí misma. Un solo coche avanzando despacio. La pareja mirándose a los ojos como si el mundo fuera a saltar en mil pedazos. El coche que se aleja poco después. Es una fotografía virada a sepia.
Espero a mi amigo para visitar a otro que anda con problemas de salud. Irán está intentando armarse hasta las orejas. Han detenido a diecinueve agentes del orden en el aeropuerto de no sé donde por ser unos chorizos. Los países árabes están en pie de guerra. El mundo está patas arriba. Y ellos parecen saberlo porque se miran a los ojos como si quisieran robárselos uno al otro. Quizás sean lo únicos que se libren del desastre. Él se levanta con cierto esfuerzo y tira de la mano de ella. Se abrazan y se dicen algo. Las luces azules y rojas de un coche patrulla. El sonido de la sirena se hace insoportable porque rebota entre las fachadas demasiado juntas. Alguien ha hecho alguna faena a la sociedad o los policías tienen prisa por llegar a casa para ver el partido de fútbol. Mi amigo se retrasa aunque el tiempo para otros no existe, ni nada alrededor. Una anciana sale a la calle con una bata azul marino y zapatillas de tela. En la mano una bolsa de plástico pequeña. Llena de basura. O de la poca vida que le queda. Cualquiera sabe. La pareja camina despacio. Ella le agarra el brazo derecho y apoya la cabeza en el hombro. Su mundo es pequeño. Mejor. Seguro que saben que al lado estamos los demás, pero se abrazan para cerrar un pequeño círculo que les hace inaccesibles. Un círculo de color amarillo. Como la luna que se dibuja en el cielo turbio.


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