Cortinas de humo

Es curioso que, hoy en día, todo aquel que presume de estar muy bien informado corre el peligro de no estarlo, de hacer el ridículo en cualquier momento. Son muy pocos los que leen más de un periódico, los que ven informativos de diferentes cadenas de televisión o echan un vistazo a diferentes blogs de la red. Lo normal es que el lector de El Mundo o El País lea eso y nada más. Y lo normal es que ese sujeto quiera ver el informativo de la cadena Intereconomía o La 1 dependiendo de esa forma de ver las cosas que le van enseñando en cada noticia. Por la manaña un poco de esto, por la tarde otro poquito más. Finalmente (el ser humano es así) queremos escuchar lo que está más pegado a nuestra idea del mundo, de cada cosa; nos alegra y nos alivia que otro piense del mismo modo que nosotros porque nos cargamos de razón y justificamos cualquier cosa a partir de ese momento.
Todo esto sería estupendo si no fuera porque muchos piensan lo que les dicen que deben pensar en el periódico o el la televisión. Un grupo de comunicación les hace pensar esto o aquello; les hacen creer que esa idea es de ellos, de los individuos; les dicen que son ellos (los de la cadena de televisión o el programa de radio) los que piensan como sus seguidores. Cada mañana les dan las gracias (a lectores, televidentes, etc.) por hacerles ver un mundo oculto hasta ese momento. La verdad es que son muy astutos en los medios de comunicación. Lo son y mucho.
Cada mañana, en los bares, en las oficinas o en la cola de la panadería, son ejército los que repiten eso que escucharon o leyeron unos minutos antes, mientras se duchaban o tomaban un cafetito. Lo repiten haciendo suya la idea. Da igual si es un disparate, si es una mentira colosal, si va contra cualquier forma de libertad. Repiten cosas de las que antes no sabían nada. Pero, oh, milagro, alguien se lo ha dicho al oído y eso va a misa. Es asombroso y patético. Peligroso e indignante.
La pregunta es ¿están esos individuos informados? Pues lo estén o no, sea esa la nueva forma de información o no (el que escribe, desde luego, opina que son monos de repetición sin criterio alguno y dignos de lástima si no fuera por el daño que hacen en esta sociedad) se dejarían matar defendiendo una postura. El gran problema es que alguien sin criterio defendiendo no sé qué, repitiendo como una cotorra lo que un señor agarrado a un micrófono al que estima como si fuera el mismísimo Dios, sin haber pensado sobre ello, sin saber lo que dice, no puede defender la idea ni argumentar nada y, tachán, tachán, es la violencia verbal, a veces la física, la que se impone. La sociedad es reflejo de lo que sucede en los, por ejemplo, debates televisivos. Todo el mundo habla, grita para imponer su postura.
Pero, guste o no, repetir lo que dice el que te cae simpático es señal de ignorancia; creer lo que dicen sin plantearse mínimamente el asunto te reduce a la nada.
Será por esto que no suelo discutir en público algunas cosas. Me aburre soberanamente entablar una conversación con alguien que no aporta nada salvo lo sabido hace un siglo. Me aburre soberanamente que alguien tenga ceguera por un lider político y no se pare a pensar sobre lo que sucede. Me deprime escuchar o leer a una banda de snobs que creen que estando a la contra son más interesantes. Me causan un rechazo descomunal las charlas estériles. Entre otras cosas porque creo que todo esto es una enorme cortina de humo. Si nos dedicamos a decir idioteces dejamos de pensar en el problema; si alguien nos dice que la solución es una y nos lo tragamos, parece que el problema desaparezca. Eso es lo que quieren los que ordenan el mundo, los que manejan los medios de comunicación. Nos estamos convirtiendo en lo que quieren. Repiten, repiten y repiten hasta lograr su objetivo. Nos meten el miedo en el cuerpo y nos secan las ideas, paralizan a las personas. Cortina de humo que coloca las cabezas en el lugar equivocado; allá donde no podemos ponerles en un aprieto. Nos quieren anulados y qué mejor que el bulo, el cotilleo, el escándalo o el fútbol. Una cortina de humo que no nos deja ver la realidad y, lo peor de todo, no nos deja vernos a nosotros mismos.
Francamente, prefiero leer a los grandes para intentar tener mi propia opinión. Y eso no está en los medios de comunicación. Y prefiero hacerlo con tranquilidad, sin miedos.
Espero que, día a día, se sumen las personas al rechazo de ideas cicateras, gastadas y absurdas. Las que nos venden como buenas. Lo espero, de verdad.


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