Cosa de pocos

Ayer estuve en la Fnac con mis tres hijos. El botín consistió en un libro sobre pollitos que incluye un botón para poder escuchar los pío pío (Guzmán. La cosa pudo ser mucho peor porque llegó a tener en la mano seis o siete ejemplares de un mismo libro y quería llevárselos todos), una guía para ser un buen agente de la TIA (Mortadelo y Filemón para Guillermo), un juego para consola que simula fútbol callejero(Gonzalo y Guillermo a medias) y un par de discos para papá. “Il trovatore” de Verdi y “The best of Bill Evans” de Evans, naturalmente. Al salir nos encontramos con un sexteto de cuerda que interpretaba algunas partes de piezas muy populares (Mozart, Vivaldi…) Lo sé porque Guzmán quiso quedarse a escuchar mientras bailaba y me pedía monedas para echarlas en la funda de violín que había en el suelo. Me miraba, sonreía, bailaba moviendo todo el cuerpecito y luego reclamaba la moneda para premiar a los artistas. En realidad, fue muy agradable y pasamos quince o veinte minutos haciendo lo que nos apetecía. Baile, lectura, fumar escuchando música. Cada uno lo suyo.
Ahora escucho el disco de Evans. Y me pregunto sobre la razón por la que el jazz no es popular. Creo que la respuesta es fácil. No es una música que se baile fácilmente. El swing sí lo era. Escuchar un tema de Count Basie invitaba a bailar y dejarse llevar. Sin esfuerzo. Pero cuando aparecen las nuevas tendencias dentro del jazz la cosa se complica. Ya no se trata sólo de bailar. Toca sentarse a escuchar y a intentar descubrir lo que quieren decirnos. Los ritmos extraños que mezclan cosas nos dejan clavados a la silla. Siempre ha sido así. Y el jazz se convierte, en ese momento, en música para pocos. Una pena. No para el jazz sino para los que se quedan fuera, claro.
Con la literatura pudo pasar algo similar. Antes las historias eran contadas y cantadas. Unos a otros se pasaban la información para que se repitiera. Casi nadie sabía leer, pero escuchaban y miraban al hombre que contaba o cantaba la historia que era un primor. De hecho, ahora seguimos escuchando y viendo de maravilla la televisión. Cuando nos colocan esas narraciones en un papel aparece el problema. Unos cuantos se quedan en paro porque la gente comienza a leer, pocos son los que terminan haciendo el esfuerzo de leer y comprender. Y actualmente casi todos prefieren que les cuenten historias con imágenes en el cine, en el teatro o en la televisión. Lo mismo pasa con otras manifestaciones artísticas. Contemplar un cuadro de El Greco no es lo mismo que estar delante de un Miró. Uno parece que se comprende bien (eso parece, pero no es tan fácil) y el otro hay que interpretarlo, requiere un esfuerzo, acercarse a él.
Trabajar nunca fue popular. El esfuerzo nos sobra casi siempre. Por eso hace siglos casi nadie sabía leer. Igual que ahora. Y por eso antes un tipo contaba historias en los pueblos y actualmente un montón de ellos nos las cuentan en la tele. Leer, lo que se dice leer, poco. El jazz no es muy popular ni lo será. Salvo que a los papanatas que andan en esa televisión tan popular les de por decir que ellos escuchan a Bill Evans o leen a Faulkner. Voy a rezar todo lo que sé para que no sea así. No quiero ni imaginar los comentarios que haría mi vecino del cuarto intentando sacar una conclusión después de escuchar a Evans o tras leer a Faulkner. No lo quiero ni pensar.


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