Cosas de mayores

Debía tener cinco o seis años el último día que pude ver a mi tía Aurora con vida. Era frecuente que mi padre nos llevara a su casa para que pudiera vernos. Recuerdo que llegamos al piso de la Costanilla de San Andrés (en el centro mismo del barrio de “La Latina” madrileña) y que los que estaban tenían cara de preocupación. Nadie nos saludo como era costumbre allí. Ella fue trapecista y su casa siempre estuvo llena de gente del circo, personas humildes, muchas veces toscas y zafias, pero cercanos y cariñosos con nosotros. Al entrar en su habitación, sonrió y me acarició la cabeza alborotándome el pelo. No recuerdo si hizo lo mismo con mis hermanos. Supongo que sí. No había terminado lo que me estaba diciendo en ese momento cuando agarró un almohadón que tenía a su lado con fuerza, con un movimiento que me hizo dar un respingo. Se giró con un gesto de rabia que nunca le había visto y comenzó a golpear el crucifijo que estaba colgado en la pared. Lo hacía apenas sin fuerza porque ya no le quedaban. “Ahora no, joder, ahora no. Te lo tengo dicho. Delante de los niños, no”. Nos sacaron de la alcoba inmediatamente. Ese es mi último recuerdo. Ella no quería que los dolores atacaran estando presente los niños. Eso no era cosa de chavales. Creía en Dios y no entendía como podía permitir algo así.
Ayer, mientras cenábamos la familia al completo (incluido Guzmán que se dedicó a tirar los cubiertos, un vaso de agua, trozos de pan y una servilleta de papel hecha trocitos) apagué el televisor. Estábamos viendo un noticiario. Atentados, muertos, edificios destrozados. No tenía ganas de explicar a los niños, una vez más, qué era todo eso. Esas cosas, efectivamente, no son cosas de chavales. Ni les interesa, ni creo que puedan sacar conclusiones acertadas siendo tan pequeños. Tampoco me explico cómo nadie puede consentir algo así. Ni lo entiendo de los hombres, ni de Dios.
Guzmán se quedó dormido en una de esas sillas que se adaptan a las mesas para que los más pequeños puedan participar de las comidas, y estuvo cerca de meter la cabeza en el plato. Los otros dos se morían de risa. Mi mujer y yo, también. Prefiero que acaben así el día. Ya tendrán tiempo de irse fastidiados a la cama.


Comentarios cerrados.