Credo Particular

Una joven alumna me preguntaba hace unos días si conocía la forma de saber si alguien te quiere o no. La respuesta, naturalmente, fue bien distinta a la que ella esperaba. Saber si alguien te ama o no es imposible, que estaba hablando de un acto de fe, que lo fácil es saber si no lo hacen. Lo mejor es que creas que sí, que ese muchacho que te tiene nerviosa te quiere con locura, le dije por si acaso con eso se quedaba satisfecha.
– Si creo que me quiere y no es así, sufriré, contestó.
– Ya, pero si no lo crees ahora mismo te perderás un buen momento que te ofrece la vida. Eso es lo que te llevarás puesto para siempre. De otro modo te cargarás de amargor y sufrimiento. Sólo de eso.
Esta conversación no tendría la menor importancia si no fuera porque desde ese momento no he dejado de dar vueltas al asunto. ¿Se puede saber si alguien te ama? ¿Sirve de algo saberlo? ¿Debemos amar sin tener en cuenta qué está pasando al otro lado? ¿Lo que entiendo por amor coincide con la idea que tiene él o ella de eso mismo? Y no dejo de dar vueltas a algo que me parece curioso. Cuando alguien se formula estas preguntas no es cuando se enamora, no, lo hace cuando se ve acorralado, cuando cree que la vida se ha convertido en una especie de basurero del que nadie puede escapar con un mínimo de dignidad porque no se siente amado. No hay amor y no hay nada más que merezca la pena. Es posible que el problema sea que reconozcamos con mucha facilidad que no nos quieren porque sabemos qué se hace, qué se piensa y cómo se puede escapar de una situación en la que alguien demanda ese querer y no se puede entregar. Todos sabemos lo que es estar en una posición de ventaja respecto a otro que sería capaz de cualquier cosa a cambio de conseguir una mirada, un gesto que le hiciera pensar que es amado. Y, sin embargo, casi nunca sabemos explicar cómo es posible que se nos fuera la cabeza de esa forma, cómo es posible que nada importase salvo esa persona que nos hizo sentirnos especiales aunque fuera todo una enorme mentira. Estuvimos perdidos. O lo estamos.
Las palabras gruesas, esas que no podemos explicar con exactitud aunque lo intentemos una y otra vez, esas que significan tanto que al pronunciarlas creemos decir algo cuando, en realidad, no sabemos apenas nada sobre lo que representan (sólo las sentimos y eso está enfrente del intelecto), esas palabras gruesas son las que nos hacen la vida difícil. Eso y tener fe (en lo que sea). Casi nunca la tenemos. Creer en Dios (el que sea) es algo parecido (mucho más de lo que queremos asumir) a creer en uno mismo. Tener fe (en lo que sea) es querer vivir trascendiendo a nuestra propia realidad, ir un poco más allá de lo que nos perturba y deja sin un mínimo sentido el mundo. Tener fe es complicado, amar es complicado, ser amado y saber que lo eres casi imposible. Y es que, finalmente, todo es la misma cosa (o casi). Se trata de creer en uno mismo. Se trata del acto más importante que un ser humano puede enfrentar, del más duro y dificultoso.
Saber que alguien te ama es imposible porque no sabemos lo que quiere decir eso. Quizás sea el momento de plantearnos qué significa, si sabiendo lo que tenemos entre manos, realmente, queremos ser amados o resulta algo incómodo.
Yo tengo fe. En muchas cosas. Y creo firmemente que mi esposa me ama. Y lo pienso cada día, cada minuto. Y me parece la única forma de vivir. No conozco otra. El resto han sido espejismos absurdos. Y es que creo en mí mismo, con todo lo malo que arrastro, con lo poco bueno que puedo ofrecer. Sé que una mujer está dispuesta a cualquier cosa por mí. Porque existo. Y porque tengo fe en que, pase lo que pase, haya pasado esto o aquello, soy yo y no una caricatura de mí mismo. Y porque ya apenas pronuncio la palabra amor. Me sobra con pronunciar su nombre.


1 Respuesta en “Credo Particular”

  • Celina ha escrito:

    Me gustò lo que escribiste, Gabriel.
    Me pasa, siempre…que me he sentido amada,”mucho” …, mi pregunta, siempre,es…,me amaràn en la misma medida que yo amo?. Estoy segura, que no…,yo sè por què lo digo.(tambièn porque la capacidad de amar no es igual en todos los seres humanos). Pero, hay que amar y amar y amar.