Crisis de los cuarenta y cinco (I)

Descubrí a García Lorca siendo un muchacho. El profesor de matemáticas me castigó a pasar un par de semanas en la biblioteca durante la hora del recreo. El primer día aproveché para mirar los estantes repletos de libros y ninguno de ellos me motivó. Supongo que no sabía lo que tenía enfrente. Quizás tuve en la mano una obra maestra. No me acuerdo. El segundo día, el libro de García Lorca (obras completas editadas por Aguilar; encuadernado en piel) acababa de ser devuelto por alguien. Lo cogí y empecé a leer. Lo terminé antes de cumplir mi castigo. Verso a verso, obra tras obra, toda la prosa, las impresiones, incluso las entrevistas. Con seguridad es el libro que más impacto me ha causado jamás.

No hace mucho, mi cuñada Esperanza, me trajo un ejemplar idéntico al que leí siendo un chaval. Lo tenía en su biblioteca. Se lo había pedido un millón de veces y un millón de veces me lo había negado. Supongo que se apiadó de mí en un momento de debilidad o algo así. Puede que le caiga bien. Terminará confesando y prometo contar la verdadera razón por la que Esperanza sabía que me podría hacer feliz y un buen día decidió dar ese paso.

En una de las cartas a Jorge Guillén, Lorca relata cómo ha sido una conferencia dictada por él mismo sobre Góngora. Dice: “ Ya me estoy poniendo serio. Paso muchos ratos de tristeza pura. A veces me sorprendo cuando veo que soy inteligente. ¡La vejez!”

La primera clase que impartí fue en septiembre de mil novecientos ochenta y siete. Un niño. Hoy, febrero de dos mil nueve, me estoy poniendo serio, paso muchos ratos de tristeza pura, y a veces creo ser inteligente. Cumpliré cuarenta y cinco años el próximo sábado (este año será ese día porque me va mejor que el domingo. Es la ventaja de haber nacido un día tan especial como el veintinueve de febrero). Cumpliré años sintiéndome viejo, fatigado por lo dura que se está presentando una vida que soñaba más cómoda y habiéndome puesto muy serio. Sobre todo conmigo mismo. Debe ser por eso que me sorprendo muy pocas veces sintiéndome inteligente. Y debe ser por eso por lo que paso muchos ratos de tristeza pura.

El profesor de matemáticas que me castigó a pasar media hora cada día en la biblioteca del colegio no sé si sabe que me convirtió en escritor. La lectura de este ejemplar me dejó marcado para siempre y arrastro el poso hasta hoy mismo. Y Lorca no supo que alguien como yo leería su obra completa gracias a un castigo, que ese muchacho descubrió en su teatro que la representación del mundo real es lo que modifica ese mundo y que hoy piensa que la vejez llega para arrasar las ilusiones que quedaron atrás. Porque la vejez no es más que la constatación de que los errores que se cometen te convierten en algo muy diferente a lo que soñaste.

El recuerdo de esa biblioteca, de ese ejemplar abierto sobre la mesa, del jovencito descubriendo un futuro sin saberlo y el placer que procura pensar que eso ocurrió y que nadie me lo puede hurtar, es lo bueno de saber que me hago viejo.

Hoy, por primera vez, me he mirado en el espejo y he sido consciente de que atrás han quedado muchas ilusiones, muchos momentos felices, amargos o irrelevantes. Ya no soy el chaval que creía ser y que todos creemos seguir siendo a pesar del paso del tiempo. Hoy el reloj se ha parado un instante para que el movimiento de las manecillas sea el contrario. Ya no pasan los días sumando. Ahora quedan menos. Esa es la diferencia. Eso es la llegada de la vejez.


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