Crisis de los cuarenta y cinco (II)

Las cosas que dejan mal sabor de boca no se suelen olvidar. Es más, a veces, recordando esto o aquello que nos hizo sentir enanos, ridículos o cobardes, nos sentimos igual o peor que en el momento en que nos ocurrió. Te viene a la cabeza ese momento y te encoges, mueves la mano para apartar el recuerdo, quisieras desaparecer o al menos no saber que eres tú. Es un instante, pero un instante que pesa lo que una vida entera.

Nos mostramos como queremos, como creemos que es más atractivo. Intentamos ocultar lo que pondría en peligro ese yo del que podemos presumir. Pero, cuando estamos a solas y nos reconocemos, todo eso está donde toca. Con la arrogancia de saberse eterno.

Los hay que aprenden a vivir con ello. Otros lo sufren y terminan ocultando junto a las miserias lo mejor de que poseen. Y son pocos los que agarran ese montón de mierda y lo muestran sin pudor. Muy pocos.

Por eso, durante una vida nos podemos fiar de cuatro o cinco personas. Nunca son los que caminan de perfil ni los que se empeñan en compartir su cara menos amable. No. Son los que te enseñan para que sepas a qué te enfrentas aunque sabiendo que eso le corresponde a él y nada más que a él. Son los que te enseñan que la vida es un puzzle en el que cada pieza encaja en un solo sitio y que si falta alguna nadie querrá colgar en su alcoba una obra imperfecta.

Quizás no conviene olvidar las cosas que nos dejaron mal sabor de boca. Quizás lo que hay que hacer es avisar al otro para que sepa. Ser auténticos.

Arrastrando por el mundo cuarenta y cinco años cuesta trabajo creer en la perfección. En la propia y en la ajena. Con esta edad todo eso huele a decepción.


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