Crisis? What crisis?

Que la vida este llena de extraños caminos es algo que se aprende desde muy pronto.
Que en la vida sólo existen atajos para conseguir objetivos que son o rozan lo material es algo que se aprende despacio.
Y que en la vida los atajos para crecer como personas o para llegar a las cosas del espíritu no existen casi nadie lo sabe. A casi nadie le importa.
No seré yo quien niegue que sufrimos una crisis económica, social y cultural extraordinaria. Eso es algo evidente. Eso es algo que comprobamos a diario en los medios de comunicación (no hablan de otra cosa, no dejan de acobardarnos con lo mismo cada minuto que pasa), es algo que percibimos en cuanto despertamos cada mañana. Pero ¿es esa la crisis que más nos debe preocupar?
La tradición judeocristiana lo tiene dicho por escrito y muy bien escrito. Dejamos a un lado la zona teológica del texto y nos quedamos con el cuento, con la historieta.
Eva se condena y enseña a resto que el camino es otro. Ella, al comer la famosísima fruta prohibida, lo que quiere conseguir es ser como Dios. Intenta un atajo, no quiere ir creciendo poco a poco como ser humano. Intenta el truco del almendruco y todo sale fatal.
Ese, creo yo, es un problema que no estamos sabiendo ver ni calibrar hoy en día. Queremos estar por encima del bien y del mal, de lo humano y de lo divino. Creemos estarlo. A base de posesión, aprendiendo cuatro tonterías que nos equivocan al hacernos pensar que somos sabios, a costa de prescindir de la zona más espiritual que poseemos (no hablo de religión; eso es otra historia). Queremos estar por encima de todo y para ello nos inventamos lo que es bueno y es malo sin ningún reparo. Nietzsche estaría encantado con esta sociedad (eso lo defendía él, más o menos, cuando se refería a la naturaleza de la moral). La moral es cosa del individuo. Nos fabricamos un mundo a la medida, pero la talla es la de unos pocos. El resto se queda sin mundo, sin esperanza y sin porvenir. O sea, un asco. Y no queremos comprender que los atajos no sirven. Podremos ser más astutos, más ricos, más longevos, pero no seremos lo que deberíamos estar peleando sin cesar: personas. No buenas personas (eso es sólo una parte), sino personas a secas, en toda plenitud. Grandes, inmensas. Sin esta meta primera, el resto se convierte en equivocación. Seguro. Ni somos dioses ni lo seremos nunca jamás.
Mientras sigamos el camino que hemos elegido, el atajo del dinero, de la moral y ética a la medida, de la crueldad que escondemos bajo la alfombra, de la injusticia que deja de serlo si les toca a otros, mientras transitemos esa senda, estaremos condenados. ¿A qué? A desaparecer como civilización. Ninguna, durante la historia de la humanidad, ha logrado sobrevivir a una falta de humanidad como la que vivimos; ninguna ha soportado este grado de corrupción política, económica, social y moral. Todas las estructuras están dañadas por la indecencia. Pero seguimos ciegos porque comemos caliente, porque podemos mirar a otros que andan mucho peor y nos conformamos. Seguimos ciegos, moriremos ciegos. Con dinero en la cartera, presumiendo de ser como los dioses, sin una puta idea clara en la cabeza, aunque sabiendo leer y escribir. Ciegos, equivocados y reducidos a la mínima expresión como seres humanos.


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