Cuando tú faltes

Acabo de salvar la vida a una persona. Tenía intención de lanzarse al vacío desde un quinto piso y he conseguido que no lo hiciera. Trataré de contarlo sin utilizar adornos ni artificios literarios. Tal y como pasó. Nada más.He salvado la vida a mi vecino Cristóbal. Se jubiló hace un par de años, enviudó hace seis meses y en el sorteo que se celebró, ahora hace un mes, en la comunidad de vecinos le tocó en suerte ser presidente. Una mala racha la del pobre Cristóbal. Ha visto que estaba escribiendo en la cocina (como siempre) y ha querido aprovechar mi estado de perturbación mental transitoria para despedirse.
– Gabriel, hijo, hasta aquí hemos llegado. Me voy a tirar y que sea lo que Dios quiera. Lo ha dicho mientras se iba encaramando a un armario de cocina viejo que usa para guardar escobas y cosas así.
– Pero coño, Cristóbal, si lo tienes decidido hazlo desde la terraza que da a la calle. Acabas de arreglar el patio, hombre. Sería una pena con lo que nos ha costado. Además, está lleno de cuerdas y de coladas. Una de dos, o vas rebotando de tendedero en tendedero que impiden una caída limpia y terminas en una silla de ruedas, o los esquivas, pero acabas ensuciando las sábanas de la del cuarto y destrozando la obra que está de lo más curiosa.
– ¿Te parece que es un buen momento para bromear? Creía que me apreciabas.
– No bromeo. La caída desde la otra terraza supone una muerte segura, el batacazo tiene pinta de ser definitivo y los daños materiales los paga el ayuntamiento. No quisiera tener que cargar con una derrama ahora que llega la navidad. Y te digo esto porque te aprecio. No quiero que te quedes con cara de bobo delante de una enfermera alemana dándote cucharadas de sopita caliente mientras intentas decir algo coherente. He dicho semejante cosa mientras veía cómo Cristóbal apoyaba los pies en la barandilla y se agarraba al armario con una sola mano.
– Si quieres decir algo antes de caer hazlo ahora. Tengo papel y lápiz. Luego lo paso a limpio y se lo cuento a quien quieras.
– Sí, cuenta que esto lo hice para acabar con tanto sufrimiento. No aguanto más. Viudo, los hijos no me hacen ni caso, la cuenta del banco pelada y, encima, presidente de la comunidad. Eso no hay quien lo resista.
– Mira, Cristóbal, si tengo que escribir esto para luego contarlo mi reputación se irá al garete. Vas a dejarte caer por el balcón por la misma razón que el resto de los suicidas. No sé, podrías hacerlo por cuestiones más románticas, por un ideal que haga de la muerte algo bello, pero tener que hacer la obra otra vez por cuatro memeces no me parece buena idea. Eso no hay quien lo resista tampoco. Haz lo que quieras, pero yo me lo pensaría. Además, Arturo será el presidente cuando tú faltes. Todo tú trabajo no habrá servido de nada. Cristobal ha bajado el pie derecho hasta tocar el suelo. Me ha mirado fijamente. Yo fumaba apoyado en la pared de ladrillo visto.
– Hay que joderse, Gabriel. No me has hecho ni caso, te ha faltado venir aquí para darme un empujoncito, ha dicho al mismo tiempo que miraba en todas las direcciones buscando vecinos que observaran todo aquello. Creo que algo avergonzado.
– No te hubieras dejado caer. Quizás si tu verdadero problema fuera ser el presidente de la comunidad hubieras dado el paso, cualquiera en su sano juicio pensaría en la muerte ante ese panorama, aunque intuí que era el sustituto lo que te hacía dudar. La falta de dinero sabes que no es cierta y tus hijos no vienen porque viven a mil doscientos kilómetros de aquí. Y quieres seguir viviendo para recordar a Concha. Aún después de muerta es tu única compañía y pensar en ella te llena más que cualquier otra cosa de este mundo. Lloramos a los muertos convenciéndonos que lo hacemos por pena cuando, en realidad, lo que nos sucede es que recordamos los buenos momentos que pasamos junto a ellos. Recordamos para disfrutar. Lloramos de pura alegría. No he creído ni una palabra de lo que me ibas diciendo. No ha respondido. Sólo ha hecho un gesto para que le tirara el paquete de tabaco. Lo tiene prohibido desde que le diagnosticaron angina de pecho.
– La próxima vez que quieras suicidarte llama a la puerta, nos fumamos un par de paquetes de tabaco y no montamos este numerito.
– ¿Qué tal vas con la novela? Me ha dicho Silvia que andas dando vueltas a las cosas sin terminar de acertar.
– Esa si que va a ir por la ventana de un empujoncito. La novela, digo. Prometo avisarte el día que decida llenar tu obra con papeles garabateados.
Hemos entrado cada uno en nuestra casa. Sin despedirnos. La mala racha de Cristóbal sigue intacta, el recuerdo de su mujer (de los buenos momentos) sin novedad y mi novela corre peligro de muerte. Y ni siquiera es presidenta de la comunidad. Eso sería el colmo.


2 Respuestas en “Cuando tú faltes”

  • Edda ha escrito:

    Encontrar la respuesta a qué pasará el día que yo falte, quizás evitaría algún suicidio. O tal vez dedicar ese último minuto a pensarlo daría tiempo a que llegase alguien con la respuesta. Una respuesta diferente a “nada”.

  • Carmen Neke ha escrito:

    Como se te ocurra cargarte a la novela, vas a ser tú el que vas a acabar espurreado de mi mano por las losas nuevas del patio. Palabra de hereje. Tú a escribir que es lo tuyo, a tu novela ya nos encargaremos los demás de destrozarla cuando la publiques, si es que merece tal suerte.