Cubos

En tres ocasiones he visto a una muchacha joven y a su novio. Ella siempre camina descalza, a grandes zancadas, intentando golpear al hombre con el bolso de cuero y gritando. Él la sigue calzado, evitando los golpes y lloriqueando. Andan, se paran, ella comienza a correr, él detrás, se paran, ella grita, él llora. Cuando ella logra entrar en su portal, él se sienta en los escalones esperando a que regrese. Lo hace poco después. Se queda mirando al hombre que llora con la cabeza apoyada en las rodillas. Se acerca. Se dicen algo. Algún reproche más. Ella grita por última vez. Me aburro y sigo a lo mío. Cierro la ventana, no quiero continuar escuchando, ni viendo.
Ayer fue la tercera vez. El calor apretaba de lo lindo. Terminé abriendo la ventana para no asfixiarme antes de tiempo y no pude evitar echar un vistazo al portal de la chica. Ya no estaban. El hombre llorando había sido sustituido por un cubo de basura, a esas horas vacío. Se me antojó una imagen de lo más poética.
Espero no tener que ver a uno de los dos en la prensa o en la televisión siendo la noticia diaria sobre “violencia de género”. Lo que sí pensaré, a partir de ahora, cuando me entere de que un hombre ha matado a su mujer porque tenía novio después de separarse, o cuando una mujer sacuda un sartenazo a su marido dejándole en coma (esto pasa menos, pero ocurre. De hecho, alguno está amenazado por su mujer si le es infiel en algún momento), pensaré, decía, en cubos de basura vacíos. Y en los cientos de cubos de basura que van corriendo detrás del camión para vaciarse y dejar de oler mal, en los que terminarán siendo portada de los periódicos. Qué poético ¿verdad? Y que asco.


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