De blancos y negros

Lloré de emoción viendo una faena de Rafael de Paula en Sevilla, a un toro pequeño y manejable, pero encastado. Hace muchos años, tantos que no sabría decir cuántos, me quedé tan perplejo viendo una fotografía en el Museo de Arte Contemporáneo que un desconocido me acercó una silla para que me sentase. Así estuve un par de horas. Mirando la imagen sin poder levantarme. Hay poemas que siguen provocándome una colosal conmoción.
Ayer, a las ocho de la tarde, me senté en la butaca del Teatro Real sabiendo que algo especial iba a suceder. Iba a ver las óperas más representativas de la corriente verista del siglo XIX. Cavallería rusticana, primero. I pagliacci, después. Dos historias tremendas, llenas de celos y muerte. Denostadas por grupos puristas. Incomprensible para mí.
Cuando la orquesta atacaba los primeros acordes del preludio de la obra de Mascagni (la dirección de López Cobos magnífica) supe que durante los setenta minutos siguientes el universo quedaría reducido a un escenario lleno de blancos y negros, tal y como es la vida. Sentía que Silvia me miraba de vez en cuando. Me conoce lo suficiente como para saber que no puedo fingir ante algo de esas dimensiones. La soprano espléndida. Los coros, sencillamente, fantásticos y la música de Mascagni que no dejaba de golpear, una y otra vez, con la violencia de lo exquisito. La puesta en escena (aparentemente simplona y sosa, maltratada por la crítica de forma injusta) llena de una simbología que dictaba lo más humano. La vida. La muerte. Setenta minutos fuera del mundo.
Después, lo demás.
También muy emotivo, pero otra cosa. El tenor que interpretaba el papel de Canio estuvo muy bien. Eso es verdad.
Aunque yo seguía a lo mío. Viendo blancos y negros. Sobre el resplandor de una obra de arte que, después de escuchar tantas veces, me dibuja sobre un lienzo inacabado con un trazo algo más fino. Desde ayer. Después de esos setenta minutos.
En contadas ocasiones ocurren cosas así. Lo normal es que la vida te zurre, que ensanche las sombras. Por eso conviene contarlas. Sobre todo a uno mismo.


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