De la condición humana (3)

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De frente al mar. Un pesquero se acerca al muelle con lentitud. El sol no quema. Parece como si la luz iluminase la luz. Con paciencia. Si no fuera por el vuelo de las gaviotas creería estar mirando una estampa. Por eso, por la mirada naranja de las aves y por el sonido de su voz. Monótona. Habla rodeando sus propias palabras con otras. Las envuelve. Las quiere rescatar con gestos suaves para ordenarlas de otro modo, para comprender qué es lo que quieren significar en libertad, sin la consciencia tamizándolas. Le interrumpo.

– ¿Qué es lo que te preocupa? ¿Qué es?

– El tiempo. Pasa y no sé cómo puedo recuperar lo perdido. Siento que me moriré sin saber quién soy.

Lo dice, esta vez, sin gesto alguno, sin mover los labios. Es como si hubiera tenido eso en la boca y, ahora, se derramase sin control. Apoyo la mano derecha sobre su hombro.

– Te debería preocupar que el tiempo se acabase. Que se consuma no es más que vivir. No es tan grave. Si no ves el final aún tienes una posibilidad. La que elijas.

Me mira con el ceño fruncido. No comprende. No puede o no quiere entender. Eso sólo lo sabe él mismo.

– No me mires así. Vivir con fecha de caducidad se hace insoportable para cualquiera.

– No poder recuperar lo perdido es insoportable.

– Lo enfocas mal. Todo se reduce a una cuestión de prioridades. Ayer querías hacer eso, hoy esto otro y mañana puede que lo contrario. No pierdes ni un instante. Cambias cada instante. Aunque te equivoques vives lo que toca porque así lo quieres. Te construyes de ese modo. ¿Sabes? A ti lo que te pasa es que quieres ser otro. No quieres recuperar nada, deseas borrar lo que ves y dibujar lo que has aprendido durante años. Te quieres inventar. Estás renunciando a ser.

– Si pudiera volvería atrás.

– Y volverías a equivocarte. ¿Qué joven no devoró un futuro tras otro?

Se aleja. Antes de irse me dice algo acerca de la incomprensión. De la mía, supongo. No contesto. Miro concentrando la vista en los pocos rayos de sol que llegan. Pienso que, si quisiera, los podría agarrar, los podría atar fabricando un haz, llevarlos a casa y guardarlos con cuidado. Pero no lo hago. Miro las cicatrices de las manos. Las que quedaron cuando lo intentaba. Eso y cualquier cosa. No cabe una sola línea más.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


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