De regreso

Leer me ha servido durante años para recordar. Es raro que suceda algo y no me haga pensar en este poema o en aquel otro. Siendo joven corres el peligro de liarte un poco más con estas cosas, pero con cuarenta y dos años te viene bien un apoyo para terminar de explicarte lo intuido, lo que no te has parado a observar por pereza, miedo o la ausencia de necesidad. Una agarradera que dé nombre a las cosas, que las haga aparecer con claridad. Rodeando el castillo llegas a conocer lo alto de las murallas, el color de la puerta, nunca lo que guarda en su interior.
El contacto con la realidad, esa que abandonamos al salir del despacho antes de veranear, puede descolocarnos y hacernos experimentar sensaciones olvidadas y nunca previstas. Unos se deprimen por tener que dejar la hamaca, otros se alegran por el reencuentro con su mesa de trabajo y los hay que prefieren disimular su amargura y llegan a convencerse de lo bien que están. Actitud poco saludable. Las cicatrices aparecen cuando las heridas curan. Nunca antes. La sangre termina manchando la ropa.
El mundo, tu mundo aparece ahora. Miras alrededor y tratas de entender lo que sucede. Procuras limpiar la senda apartando las pequeñeces que siempre estuvieron y con las que aprendiste a convivir. Contemplas los obstáculos midiendo lo mejor que puedes para no tropezar al saltar. Y avanzas despacio. Con cautela. Y te encuentras con el verdadero problema. Acaso inesperado. Quizás en el lugar que siempre estuvo y hacia donde nunca quisiste mirar. Y recuerdas el poema. Esta vez de Eduardo Lizalde. Dos que se funden en uno solo.

Grande y dorado, amigos, es el odio.
Todo lo grande y lo dorado
viene del odio.
El tiempo es odio.

Dicen que Dios se odiaba en acto,
que se odiaba con fuerza
de los infinitos leones azules
del cosmos;
que se odiaba
para existir.

Nacen del odio, mundos,
óleos perfectísimos, revoluciones,
tabacos excelentes.

Cuando alguien sueña que nos odia, apenas,
dentro del sueño de alguien que nos ama,
ya vivimos el odio perfecto.

Nadie vacila, como en el amor,
a la hora del odio.

El odio es la sola prueba indudable
de la existencia.

Y el miedo es una cosa grande como el odio.
El miedo hace existir a la tarántula,
la vuelve cosa digna de respeto,
la embellece en su desgracia,
rasura sus horrores.

Qué sería de la tarántula, pobre,
flor zoológica y triste,
si no pudiera ser ese tremendo
surtidor de miedo,
ese puño cortado
de un simio negro que enloquece de amor.

La tarántula, oh Bécquer,
que vive enamorada
de una tensa magnolia.
Dicen que mata a veces,
que descarga sus iras en conejos dormidos.
Es cierto,
pero muerde y descarga sus tinturas internas
contra otro,
porque no alcanza a morder sus propios miembros,
y le parece que el cuerpo del que pasa,
el que amaría si lo supiera,
es el suyo.

Lo recuerdas. Ese Dios del poeta odia para crear la vida. Desde el mismo odio llega la existencia. Pero del animal no, desde el animal se dibuja la muerte. La propia y la de otros. Una destrucción absurda que descargamos sobre la debilidad ajena. Y sobre la nuestra sin saberlo. Odiamos buscando la salvación que no está ahí. Se encuentra si caminas hacia otro lado, lejos. Si no tienes junto a ti a alguien que te lo recuerde, si el que te susurra dice que sigas escarbando hasta poder matar; si es así, estás perdido.
“Todo lo grande y lo dorado / viene del odio”. Eso dice el poeta. Nunca de odiar. Eso creo yo.
Faulkner dijo que amar y sufrir es la misma cosa. Decir o creer esto no convierte tu mente en un amasijo delirante. Con los años aprendes que es verdad y que negarlo es cosa de jovencitos que ya tendrán tiempo de descubrir lo que tantas veces negaron. Creer que odiar es la única solución para superar una situación, sea cual sea, sí que convierte la conciencia en un cenagal. El odio, por inevitable, se confunde entre otras cosas que manejamos día a día. Se puede recurrir a él para intentar cerrar esa herida sabiendo que es una ilusión. Dejar que te susurren otras cosas distintas es lo mejor. Porque el tiempo es odio, pero no es odiar.
Recordar es leer tu propio relato. El que hoy mismo comienza, de nuevo. Con labios cercanos de tranquilidad que dicen “ya pasará”.


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