Declive

No conozco a nadie que esté dispuesto a morir por nada ni por nadie. Quizás los padres y madres por sus hijos aunque no creo que todos. Ni muchos.
Es curioso que lo único que es seguro en la vida, lo único obligatorio se quiera o no, se afronte con tanta desidia, con tanto miedo. Morimos con muy poca dignidad. Los que quedan vivos son los que procuran que nuestra falta se convierta en algo memorable y exquisito, pero la muerte, hoy en día, es una mierda. Desaparecemos del mapa en hospitales llenos de gente esperando su turno como corderitos, en la cama solos, atropellados por un autobús o hasta las trancas de sustancias químicas que diez minutos antes nos hacían reír como anormales. Un desastre bastante asqueroso.
¿Dónde quedaron los ideales que nos hacían correr en dirección de una muerte que mereciera la pena? Las universidades se llenan de jovencitos que aspiran, como mucho, a ser delegados de curso; las empresas de trabajadores acojonados por si pierden un trabajo que es una esclavitud y en el que tienen que hacer todo tipo de cosas humillantes; los partidos políticos de cuatro trepas que sueñan con que alguien se fije en ellos para parecer algo más listos y más poderosos porque son incapaces de hacer la o con un canuto, los cafés de escritorzuelos solitarios intentando poemas de amor o algún texto en el que se puede leer (como algo extraordinario) que el autor soñó con cambiar el mundo cuando era niño, pero que se le pasó enseguida. Mierda y más mierda de vida. Y, por supuesto, mierda de muerte.
Pocos son los que regresan a las raíces, una y otra vez, para recordar de dónde vienen y el destino que les toca pase lo que pase por el camino. Pocos son los que no ocultan posturas peligrosas porque saben que diciendo esto o aquello no publicarán su novela, no ascenderán en el escalafón de la empresa o se titularán con una nota más baja aunque mucho más valiosa. Pocos son a los que les espera una muerte digna.
Durante siglos cientos de miles de personas buscaron algo lo suficientemente importante, potente, como para morir creyendo que su paso por el mundo merecía la pena. Hoy miles de millones parecen verlas venir, esperar a que esto se acabe y poco más. Triste, patético y preocupante. Todos acomodados en una sociedad que presume de bienestar y oculta que el precio es la felicidad de muchos que se consumen en su propia miseria aunque, eso sí, subidos en un Mercedes último modelo.
Me temo que nuestra civilización está en pleno declive. Cuando decidimos que era mejor tener que pensar, cuando la importancia pasó a lo material y lo espiritual se convirtió en algo extraño y cosa de locos, la cosa se puso fea. No quedan ideales a los que agarrarse salvo los individuales. No queda nada. Sólo quedan las familias como única cosa por la que luchar hasta el final. Aunque terminan siendo una razón más para acomodarnos en ese vivir bien con anteojeras. Y una muerte de mierda que convertirá nuestra vida en algo insignificante. Y una vida que convierte la muerte en un final vacío de sentido. En una mierda enorme.


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