Delicadeza

Desconfío de los gestos enormes. Prefiero moverme entre lo que deslumbra por su pequeñez. Lo minúsculo, lo que parece insignificante, deja una marca honda, de las que duran toda una vida.

Untar la mantequilla en la tostada con cuidado. Qué cosa tan pequeña. Si la tostada es para uno mismo la cosa no tiene mayor importancia. Pero si es para otro el asunto cambia. Acercar el cuchillo hasta la mantequilla despacio, dejarlo reposar suavemente y, sin hacer apenas fuerza, deslizarlo. Llevarlo hasta la tostada caliente y extender con cuidado, procurando no llegar a los bordes, la masa que se deshace dejando su brillo sobre el pan tostado. Preguntas si quiere mermelada y te dice que sí. Ahora toca girar la tapa metálica, elegir una cantidad adecuada y repartirla de modo que quede bonita, apetitosa, con los bordes limpios para evitar que se manche. Por último, cerrar los envases y colocarlo todo en su sitio. Cualquier cosa tiene su sitio, el justo.

Untar la mantequilla en una tostada puede ser labor de toda una vida. Los gestos enormes llenan apenas los instantes que dura la sorpresa del otro. Y se esfuman sin dejar rastro. Sin embargo, el brillo de la mantequilla sobre el pan caliente no desaparece hasta que, una mañana más, acercas el cuchillo con cuidado al envase que estaba donde debía estar y vuelves a construir algo desde lo pequeño. Sin llegar a los bordes, con el cuidado del niño que dibuja sin querer salirse de la figura ya trazada.


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