Desde antes de nacer


La ciudad se esconde detrás de sus grises. Algunos edificios, los más altos, comienzan a bizquear. Y alguna golondrina se retrasa con giros imposibles.

Trato de ordenar las ideas con la cadencia del trago, al son del hielo contra el cristal. Brindar por cada una de ellas. Las mostrencas, las olvidadas, las que están por llegar, las que me llevaron a la ruina, las que justificaron una torpeza, las que bajaron hasta los infiernos. Cierro los ojos. Cuando los abro no queda nada que no se dibuje en negro sobre un negro que no lo es tanto. Los sonidos esperan su turno sobre el muro que tengo a la espalda, tranquilos. Saben que siempre estarán aunque el tiempo sea eterno.

Aquí mismo ocurrió. Un lápiz colorado. Subrayados en papel cuadriculado. Preguntas del niño. Respuestas del padre. Todo lo inexplicable que acerca a las generaciones. Y, por primera vez, la admiración de ese niño que ve en el hombre de pelo cano lo que quiere ser en el futuro.

Todavía hoy, coloco el papel y la estilográfica como lo hacía él. Lo pequeño es lo que marca la diferencia, no se puede trabajar si las cosas no están en su sitio. El paquete de tabaco a la derecha y el encendedor justo en el borde de la mesa ¿Desde cuando alguien ha tenido una buena idea sin colocar antes el mundo?

Alguien llama desde el salón. Se ha hecho tarde. Y es verdad. Nada puede cambiar hace mucho tiempo.


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