Desilusión

La desilusión por algo, por lo que sea, siempre esconde la desilusión con uno mismo. Esperamos una carta que nunca llega, un gesto que deje claro lo que nos aprecian, un regalo mucho mejor que esa mierda, unas vacaciones maravillosas en lugar de ese paseo hasta el pueblo de mi pareja que es un secarral lleno de paletos estúpidos. Esperamos cosas imposibles, algo que nunca hubiera llegado por muy deseado que fuese. Y lo primero que pensamos es en el otro, en lo indecente que nos parece su negligencia. Echamos espuma por la boca o mantenemos un silencio que se torna reproche con prisa. Nunca en nosotros. Parecemos inocentes.
Una mujer pasa la escoba por el salón. Piensa en aquellos sueños, en la vida que diseñó con detalle. Y ahora se encuentra haciendo lo mismo que ayer, lo mismo que los diez o doce años de atrás. Qué gran desilusión. Maldito marido de mierda que sólo dedica sonrisas en el trabajo a otras más frescas, maldito. La rabia puede más que otra cosa. Y, antes de terminar, llora. Porque ya no puede buscar un culpable más allá de sí misma. Ella es culpable por elegir mal, por dejarse llevar por la inercia al casarse, por no evitar lo que comenzó mucho antes. Es el final del proceso.
Los niños lloran desilusionados porque reciben en navidad un regalo menor. Creen haber sido malos sin saber que su padre no tenía más posibilidades que esa. Padre que se siente desilusionado al ver a su hijo incapaz de valorar lo que tiene aunque, cuando se queda solo, piensa en el fracaso en el que se ha convertido su vida. La gran desilusión. Perpetua, agobiante, pesada.
La desilusión es la inercia de la rutina. La rutina es el pensamiento anclado en lo que debió ser y nunca llegó. La repetición de un yo fracasado incapaz de mover un músculo para desdoblarse y tomar distancia.
Acabo de llegar a casa. Cansado. Catorce horas de trabajo. Pensando todo esto mientras conducía. Al abrir la puerta me he encontrado con mis cuatro hijos, con mi mujer. Esperaban para cenar aunque deberían estar en la cama. Sonrisas y abrazos. Y lo único que destroza un pensamiento cierto. Sorpresa. Hay tantas como desilusiones. Aunque escondidas en pequeños detalles. Gimena a la derecha y Guzmán a la izquierda. Los dos mayores a la espalda quejándose del hambre que han pasado. Silvia sonriendo. Sorpresa. El único remedio que conozco.

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