Detalles

Escucho un disco de Stéphane Grappelli Quartet con Oscar Peterson al piano. Un lujo. Jazz que evoca la era New Orleans. Resonancias de Ragtime. El hombre moviéndose al ritmo de la música porque forma parte de su existencia. Una nota es una palabra que explica la vida porque eso, la vida, es música. Nada hay más auténtico.
Un gesto, una mirada, una nota improvisada. Detalles que pueden cambiar la vida de cualquiera.
La realidad evoluciona cuando acumulamos pequeñeces. Lo que se hace grande es la minucia convertida en saber, lo enano que se desarrolla si se convierte en un fogonazo para la conciencia.
Me gusta el abrigo que llevas puesto. Frase común, casi vacía. Quizás un gesto de cortesía o de envidia. Pero eso mismo dicho por alguien que mira los ojos de otra persona se convierte en una historia de amor. Esa mirada hace que el significado de lo dicho sea otro. Te mira, fijamente, acaricia el paño de la prenda, duda un instante antes de hablar, dice que le gusta el abrigo, pero tú sabes que te está diciendo que si le das una oportunidad te querrá para siempre.
Te quiero. Rotundo, sin fisuras. No cabe otro significado que el que hemos fabricado de forma convencional. Sin embargo, el que escucha eso teniendo enfrente a una persona con la mirada huidiza, que procura acabar lo antes posible la conversación, se siente engañada, tiene la certeza de no ser amada.
Las palabras tienen sentido si el gesto acompaña, si el escenario es el adecuado. De otro modo desaparecen sin dejar rastro por increíbles. Y arrastran al que las dice. Hasta el territorio en el que lo falso se tacha por inservible. Donde habita la muerte que llega estando vivos.
Por eso una nota convertida en palabra resuena en la mente, se mueve, se queda dentro de uno por siempre jamás. Es auténtica y nos convierte en seres creíbles. Creíbles para nosotros mismos.


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