Diario de un escritor acalorado (2)

Las notas en el cuaderno de la derecha. Desordenadas. La caligrafía desastrosa. Una frase anotada en el autobús, otra mientras esperaba no sé qué; palabras escuchadas un millón de veces, pero que, hoy, tienen un sentido nuevo. Fueron pronunciadas a destiempo. La taza del café vacía. Enfrente de mí. Tres o cuatro libros a la izquierda. Uno de ellos abierto. Más o menos por el centro.
Todo se ablanda. Poco a poco, somos una sola cosa. Nos mezclamos letras, ojos, posos del café, algún diente se hunde rápido, colores extraños. El vapor eleva las ideas que se aclaran cuando logran separarse del todo. La tinta de las plumas lo va tiñendo todo. Intento agitarme aunque cada partícula responde a su propio impulso. Dejo que todo siga su camino sin intentar nada. No soy.
Un sonido agudo y corto. El aire comienza a moverse. Espirales que ordenan. El cuaderno a la derecha. La taza enfrente. Los libros a la derecha. Escribo. Pero ¿cómo puedes aguantar sin encender el trasto del aire?, me dicen.
Con caligrafía cuidada (tanto como puedo) sigo escribiendo.
Ser escritor es una desgracia como otra cualquiera. Nadie debería desear sentir cómo te desintegras buscando esa imagen que lo explica todo, que lo crea todo para poder seguir adelante. Nadie.


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