Diario de un suicidio: Ratones a la carrera

Mi nombre es B. No creo que nadie de este mundo sea mejor que yo. Tal vez alguno sea parecido a mí. No lo sé. Desde luego nunca lo he tenido cerca o no me he enterado.
Desde niño me he sentido extraño. Más inteligente, más hermoso, menos envidioso. Raro. Y esta es la razón por la que he decidido suicidarme. Mi mundo está en algún lugar que desconozco, pero, desde luego, aquí no.
Antes de pegarme un tiro en la sien y dejar mi habitación llena de sangre, sesos y pequeños fragmentos de hueso clavados en la pintura de la pared, dejaré ordenadas mis ideas. Una carta al juez o a mi madre -llena de lloriqueos blandengues y gilipolleces que den ganas de llorar- me parece que es lo mismo que meterme en el mismo saco que llena la caterva de sujetos que me rodean. Ya que me voy a dejar la cabeza hecha un cristo, al menos quiero saber exactamente (que lo sepan todos) porque lo hago. Orden, inteligencia y creatividad es lo que me mueve en la vida. En lo que me queda de ella también.
Siempre he pensado en lo que pasa con los ratones dentro de los laberintos. Intentan salir de allí como sea. Se mueven nerviosos siguiendo el único camino que es posible hacer con tablas a cada lado. Cuando llega el momento de elegir entre dos o tres opciones (derecha, izquierda, de frente) utilizan el instinto tomando uno de los caminos sin más razón que continuar en movimiento. Lo normal es que se equivoquen y vayan a parar al lugar equivocado. Algunos aciertan un par de veces, pero, finalmente, terminan parados frente a una tabla que les impide continuar. Se lamen las patitas delanteras y esperan a que una mano amiga les saque de allí. No saben qué coño hacer y se dedican a lo que pueden. Lamer. Como los humanos rezan. Igual. Poquísimos son los que resuelven el problema y son capaces de repetir. Aunque el final es similar para todos los ratoncillos. La mano amiga les da un trocito de queso como premio, la mano amiga les coloca en la línea de salida. Una y otra vez. El puto laberinto. Un dibujo trazado para demostrar que la inteligencia de los animales se reduce a chuparse las patitas. A rezar.
¿Qué pasaría si a los roedores se les metiera en una caja de madera? Sin caminitos ni nada de eso. Sin volver a por ellos. Posiblemente, el ratón la palmaría de aburrimiento, de un ataque de desesperación o de cualquier cosa antes que de hambre. Si tuvieran una pistola se abrirían un agujero en la cabeza con los bordes negros.
Pienso en los ratones. Pienso en mí. Pienso en todos aunque no sirva de nada. Me toman por un chalado. Son bobos. Pienso en el ser humano. ¿No es nuestra vida un inmenso laberinto que tenemos que recorrer cometiendo equivocaciones cada dos por tres, un lugar del que una mano amiga tiene que cuidar de ti? ¿Cuántas veces nos colocan en la línea de salida para que la volvamos a cagar? ¿Qué pasaría si mi vida se redujera a un espacio cerrado a cal y canto y nadie pudiera hacer un mínimo esfuerzo por sacarme de allí? ¿Es alguien capaz de resolver ese laberinto? ¿Cuánto podemos aguantar encerrados en una caja? Nuestro laberinto es el día a día. Eso que llamamos cotidiano. A la caja la llamamos depresión (como somos humanos, además de rezar, echamos el cierre de la caja para que nadie sea capaz de hacer nada por nosotros. Nos metemos en un pozo y vamos cavando en la dirección equivocada).
Recorremos nuestro camino esperando encontrar una salida, nuestro trocito de queso como premio. Pero no es queso manchego ni nada de eso. Es amor, es amistad, es trabajo, es confianza, autoestima o un poco de venganza o alegría. Por el camino sentimos cierta confusión. En los cruces. Nos desesperamos con las equivocaciones, tenemos ganas de parar o de matar a alguien. Y un buen día nos colocan en la salida aunque no queramos. Te jodes y comienzas de nuevo, el esfuerzo no ha servido de nada.
Lo de la caja es mucho peor. Nos dan ganas de morirnos sin tener en cuenta que las cosas pueden tener arreglo. Los trocitos de queso nos los colocan por todos los lados. Ni miramos. Nos queremos morir.
Ya he dicho que los sujetos que me rodean son intelectualmente patéticos y todo esto es normal. Lo único que estoy haciendo es constatar una realidad.
Hay laberintos más anchos y puedes dar la vuelta, los hay muy fáciles de resolver (incluso alguien que no sea yo mismo podría hacerlo), los hay que son imposibles y diseñados con una mala leche de cuidado. Algunos tienen hasta puntos de avituallamiento en los que reparten trozos de todo tipo. Una gilipollez más. Las cajas son todas igual de jodidas. Se diferencian en la altura de las paredes. Sólo en eso.
La gran pregunta es si estas cosas están construidas antes de comenzar la carrera o si cada cual va colocando tablas y más tablas. ¿Equivocamos el camino o no hay opción? ¿Cuándo nos colocan en la línea de salida todo cambia o los caminos siguen intactos? ¿Son las cajas cárceles o refugios? Si no lo sé yo es que nadie lo sabe. Y eso significa que tenemos un problema.
La mecánica de la supervivencia ahoga la inteligencia. Por eso mi mente es tan preclara. No quiero sobrevivir y pienso con soltura. Nada de bloquear el pensamiento.
Quiero creer que, desde hoy, seré capaz de diseñar mi propio laberinto. Es la única forma de ir más allá de la propuesta que es la vida. Vivir pensando que todo está dicho es un coñazo. Que quiero pegarme un tiro, pues me lo pego. Paso de quedarme de frente a una pared sin saber qué hacer, paso de manos amigas. Prefiero ejercer de persona en lugar de hacerlo de roedor.
Es tarde y me aburro escribiendo lo que ya sé. Así que me voy de putas, a recorrer parte del laberinto en compañía. Alguna mujer se podrá sentir orgullosa de estar con alguien como yo. Soy un gran hombre. El resto unos pequeños ratones.

(Continuará)


2 Respuestas en “Diario de un suicidio: Ratones a la carrera”

  • Edda ha escrito:

    Ahora sí que las has liado parda. Voy a tener que pegarme un tiro. ¡A mí no me gusta el queso!

  • Pepito Grillo ha escrito:

    ¿Un gran hombre? A mí este tío me parece una rata parda. Menudo ejemplar.