Dios y Katrina

El señor Bush pidió públicamente a Dios que le echara una manita para que la invasión de Irak fuera un éxito. Ahora -estoy convencido de ello- se preguntará (el señor bush) cómo es posible que su Dios permita lo que está ocurriendo en su país. Lo que debería saber el presidente de los Estados Unidos de América es que Dios no se mezcla en estos asuntos y que los cristianos están (estamos) obligados a tener fe en él cuando las cosas van mal y cuando van bien. Que existan enfermedades o cataclismos no es otra cosa que la evidencia de la finitud humana y no un castigo divino. Dios no es un gran microbio que infecta las células humanas para que se desintegren, ni se dedica a soplar fuerte para que los vientos arrasen lo poco que queda de nuestra civilización. Dios no es Katrina. Conviene recordar que el agua que anega Nueva Orleáns, en cantidades y distribución diferentes nos proporciona la vida. Dios es el agua. Por otra parte, no puede involucrarse a Dios en los actos humanos que se realizan desde la libertad con la que el hombre fue creado. El señor Bush lanzó sus tropas contra un país porque es un ser humano y, por tanto, libre, y no porque Dios le susurrara al oído “George, George, invade a esos que son fatales”. Es esta una costumbre (la de mezclar churras con merinas y a Dios con todo) muy cristiana: si me van mal las cosas me enfado con mi Dios y no le entiendo, incluso dejo de creer en él y si necesito un golpecito de suerte me acerco por un templo, pongo cara de bobo y me dedico a pedir porque algo caerá. En realidad, los que hacen esto no son cristianos sino supersticiosos y estúpidos. Alguien debería leer al señor presidente (y a unos cuantos meapilas más) el libro de Job. Del capítulo treinta y ocho al cuarenta y uno, para ser más exacto. Si el voluntario para llevar a cabo esta misión no es cristiano, puede leerle “La odisea” en la que Homero hace decir a Zeus cosas como “Los mortales se atreven, ¡ay!, siempre a culpar a los dioses porque dicen que todos sus males nosotros les damos; y son ellos los que con sus locuras se atraen infortunios que el destino jamás decretó”, o puede leer un fragmento de “El anticristo” de Nietzsche que dice “Un Dios que en el momento oportuno corta el resfriado, o induce a uno a subir al coche en el momento en que empieza a llover a cántaros, debería antojarse un Dios tan absurdo que, si existiese, habría que abolirlo”. Hay para todos los gustos.
A ver si queda claro de una vez que creer en Dios es sentirse superado por los cuatro costados, es asumir que la razón humana es muy limitada. No le metamos en todo esto al pobre porque bastante tiene ya con aguantarnos. Ni le entendemos ni alcanzamos a imaginarlo. Es más: no sabemos si existe o no. Mi fe me garantiza que sí, pero eso es harina de otro costal.


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