Dioses del viento

Lola me ha devuelto mi ejemplar de “Altazor”. Si no me falla la memoria ese libro lo compré hace quince años. Y lo he leído tantas veces como años lleva en mi biblioteca. Mínimo. Lo dejé en mi mesilla de noche para echarle un vistazo antes de dormir. Otro más. Lola había llegado en el momento en que Silvia tocaba zafarrancho así que no había tiempo de lecturas.Sin embargo, mientras enjabonaba a Guzmán (él dale que te pego al gritar descontrolado y yo dale que te pego al champú y al gel) intenté recordar algunos versos. Una forma, como otra cualquiera, de evitar un ataque de locura entre tanto niño (aquí el que no corre con un balón en los pies, lanza un cojín a otro o grita sin ton ni son como hace Guzmán). Primer verso de Huidobro que viene a la cabeza: “Digo siempre adiós y me quedo”. Muy apropiado para padres y madres que acaban reventados cada día.Pasadas las nueve y media de la noche la cosa comienza a ser más llevadera. Guillermo se desmaya después de elegir un canal que no le gusta a ninguno de sus hermanos. Ya no se quejan porque saben que dos o tres minutos después está dormido como un tronco. Le acompaño a la cama y le pido a Guzmán que me siga para que no se quede solo su hermano. El pobre Guzmán no rechista. Tapo a uno, a otro y entrego su librito al pequeño que me dice adiós sonriendo.Con Gonzalo y Silvia en el salón la cosa ya se puede calificar de manejable. Aunque parezca mentira, cada día llega ese momento.Abrí el libro. Lola ha doblado las esquinas de algunas páginas. Imperdonable. El próximo préstamo irá acompañado de un marcapáginas. Conecté el reproductor que Gonzalo me presta y me puse a leer. Bill Evans y Huidobro. Segundo verso que recordé y luego leí: “Vaciar una música como un saco”. Si algo me gusta es eso. Leer y escuchar música al mismo tiempo. Spartacus y Altazor. Jazz y poesía. “La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer”. Hace quince años que lo pienso con frecuencia. Después del salto puedes intentar ir hacia un lado u otro, pero una corriente de viento te lleva donde no quieres. Intentas ir más a la derecha y terminas en un punto distante de la cruz amarilla que tenías por último destino, que es la vida en la que creías. Pasa durante la niñez en la que los demás soplan por ti sin preguntar, durante la adolescencia cuando quieres tomar el mando y equivocas los movimientos por falta de experiencia; durante la madurez porque tienes que soplar por otros o porque intentas que las equivocaciones sean mínimas (las de otros) y eso hace que descuides tu propia caída perdiendo de vista el punto de llegada, teniendo que hacer un esfuerzo titánico para corregir el rumbo; y en la vejez porque ya no entiendes de viajes, porque te da exactamente igual. Quizás sea al final de la vida cuando descubramos, con amargura y temor, que esto es un viaje en paracaídas sin grandes esperanzas por cumplir, que iremos a parar a un lugar llenos de marcas de color. Millones de cruces amarillas con las que no contabas y que, ni siquiera, alcanzaste a ver. Sólo a última hora sabemos cual nos correspondía. Es posible que sea así. Yo, de momento, sigo en la tercera fase, en esa en la que los adolescentes comienzan a rodearme, en la que me paso el día fingiendo ser una corriente de aire para los más pequeños (Gimena ya empieza a contar aunque no ha llegado), la fase que te hace mirar a los ancianos con prudencia porque tú eres el siguiente y conviene aprender. Sigo en el aire escuchando a Evans y leyendo a Huidobro. De viaje hacia donde sólo el dios del viento sabe.


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