Disciplina del recuerdo

La capacidad de olvidar es siempre inventada. Sólo lo que nos hizo felices alguna vez puede difuminarse sin que apenas nos demos cuenta de lo que pasa. Pero lo que nos lastimó queda en su sitio aunque no queramos que esté allí. Y eso es lo que afirmamos haber olvidado o lo que queremos dejar de lado. Imaginamos que podemos hacer desaparecer un recuerdo; de vez en cuando nos prometemos no volver a pensar en ello sin darnos cuenta de que esa promesa hace más fuerte la imagen, ese gesto, un no que nos destrozó. Cuanto más queremos olvidar más nítido es lo que pasó. Tal vez lo pintamos de malo cuando, en realidad, no lo fue tanto; tal vez lo convertimos en algo espantoso cuando no lo fue. El caso es que allí sigue. Intacto, esperando a que regresemos a por él.
El recuerdo es disciplinado. Nunca falla si acudimos en su busca. Disciplinado y, a veces, dócil. Podemos manejarlo a nuestro antojo, hacer que sea más o menos molesto. Lo único que no permite es que lo abandonemos a su suerte. A cambio de seguir en su sitio nos deja que lo modifiquemos porque sabe que es lo que es y que terminará apareciendo tal y como es.
El recuerdo es lo que sostiene el presente. Lo justifica, lo hace fuerte, lo explica. Somos nosotros. Y es por eso por lo que quisiéramos olvidar. Nuestro pasado, buena parte de él, es lo que no pudimos ser, es lo que hicimos mal, es lo que estropeamos a otros. Es un saco de miseria.
Pero es disciplinado y acude a nuestras llamadas. Es fiel. Es el yo más temido.
Por eso la capacidad de olvidar es inventada. No se puede fabricar otro yo a base de renegar. Tan sólo podemos aludir a la disciplina de un recuerdo que nos fabricó. Con eso debemos conformarnos.


1 Respuesta en “Disciplina del recuerdo”

  • Celina ha escrito:

    Qué buen texto, nos regalas, amigo Gabriel-Escritor, mucho mucho mucho.
    GRACIAS. Saludos con mucho afecto.