Disfraces

Han pasado veinte años. El sobre olía a perfume. Habían escrito con cuidado mi nombre en el papel rugoso, blanco azulado. Lo abrí con la delicadeza fingida del que está acostumbrado a recibir noticias.
“Una sola mirada bastaría para que dejase todo por ti”.
Inmediatamente, pensé en mis amigos, en los más gamberros. Pregunté, uno a uno. Nadie sabía nada.
Un segundo sobre. Pocos días después. Lo remitía B. En el papel una sola palabra
-“Deseo”- y un dibujo, la imagen de una mujer llorando, con la mirada perdida. Dejé de preguntar a los amigos. Tocaba adivinar. Cualquier mirada, cualquier acercamiento de una chica se convertía en un acertijo. Creía estar enamorándome de ella, fuera quien fuese, aunque deseaba que B. se convirtiera en la chica más bonita del grupo o que aquella muchacha tan atractiva (a secas), pero inaccesible y que nunca quiso saber nada de mí, fuera esa admiradora secreta. La imaginación llegaba a cualquier rincón. El desconcierto, aunque disimulado, me hacía ser torpe, inseguro.
Tercer y último sobre.
“Ahora que ya me has inventado, llega lo peor. Pronto sabrás de mí y los bocetos no servirán. Pero descubrirás que la mujer en la que no te fijaste jamás, es algo diferente a lo que piensas. Hubiera sido una pena que te quedaras sin saberlo”.
Así fue. Tras ese aspecto soso, apocado, casi ridículo, se ocultaba una B. interesante, incluso apetecible. Seguimos siendo amigos, de los mejores.
Han pasado veinte años. Los sobres son alargados y no huelen. Los abro sin cuidado, con la destreza del desprecio. Las noticias del banco abruman. Sólo eso. Y poco más se recibe.
Sigo descubriendo que todos llevamos a cuestas un disfraz del que no nos podemos deshacer. Con el paso del tiempo se pega, se hace piel. Lo que se oculta ya no apetece y, a veces, prefiero no descubrir lo que está debajo alargando el aspecto, saberme engañado. Son muchas las decepciones. Prefiero repetirme que lo visto es tal y como me lo presentan. Todos dejamos de ser tras la primera falta, la que envilece e impide reconocernos. Mentimos, somos infieles, acariciamos el egoísmo o nos olvidamos de nuestros mayores. Y ya no nos ven, ni nos vemos. Somos una mala copia de lo que quisimos llegar a ser.


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