Doce de mayo

El tiempo se ha gastado rápido. Y con él las cosas, la gente, la vida misma. La sensación de usado es algo con lo que peleo a diario. Ese no es el camino. Es justo en la otra dirección.
Si estuviera vivo, hoy mi padre cumpliría ochenta y un años.
Desde que falta han pasado tantas cosas como en todo el tiempo que vivió. Es el trajín al que nos somete el mundo de ahora. Los padres parecemos los abuelos de nuestros hijos. Todo ocurre sin tiempo a pensar. Las distancias se hacen infinitas. Y los hombres pequeños.
No pasa un solo día que no me acuerde de él. Para sonreír. Para reprocharle alguna cosa. Para sentir que le tengo cerca. Siempre lo estuvo y sé que nunca me fallaría.
Dejó un espacio que nadie se atreve a pisar. Es inmenso. Parece que todos miramos desde el borde sabiendo que es eso y no otra cosa lo que hay que hacer en la vida. Tratamos de imitar, pero sin poner un pie en su sitio.
No sé muy bien la razón, pero al levantarme he pensado en él (sin recordar que era su cumpleaños). Le miraba desde la puerta del cuarto de baño. Él se afeitaba. La cara llena de jabón, la cuchilla en la mano. Hombre, buenos días, chaval. Dame un beso. Se lo di sin darme cuenta de lo que quería. Todo manchado. Risas.
Todo esto ya lo he dicho otras veces. Pero no me cansa repetirlo, una y otra vez.
Y las palabras se ocultan tras el corcho. Pegadas a mí. Tal y como ocurre cada doce de mayo. Mirando en la dirección contraria. Justo donde nos encontraremos.


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