Doce servilletas

Eduardo, el limpiabotas más divertido de Madrid, ha declarado la guerra a una serie de colectivos. Hoy, mientras tomábamos un café, me ha pedido por favor que publicara el texto que traía escrito en una docena de servilletas de papel. Don Gabriel, revisamos un poco lo que dice, le ponemos bien las comas y lo deja dicho en su blog. Eso sí a pachas, no vaya a ser que triunfe usted y me quede a dos velas. Me ha prometido la entrega de sus reflexiones por escrito cada viernes. Hemos intentado no modificar en exceso el original y el resultado ha sido revisado detenidamente por Eduardo que me ha autorizado a publicar el mismo. Este es el resultado.

Asistir al intento de suicidio por parte de una jovencita en una tienda de moda ha sido toda una experiencia. Acompañada por su madre, intentaba comprar (la joven) una chaqueta de punto. Color: gris marengo. Entre las posibilidades que tenía para elegir una talla u otra había una “xxs”. Esto significa que la prenda era más bien pequeña o insignificante dependiendo de quien intentara embutirse en ella. La muchacha, rellenita ella y muy guapita de cara, decía “mama, mama, a ver si entro en esta” (nótese la falta de tilde reiterada en la palabra mama y que quería entrar en la prenda gris marengo de la talla xxs y no en el ascensor). De forma instantánea, la chica parecía mucho más rellenita y dejaba de ser guapita de cara debido a la congestión provocada por las estrecheces. Anda, mama, si entro. Qué contenta estaba la criatura. Se ha ido de allí con la chaqueta puesta. La cajera ha separado de la prenda el dispositivo antirrobo y la etiqueta como buenamente ha podido teniendo que agarrar del cuello a la feliz muchacha. Ha sido algo así como pasar un gran salchichón por el lector del código de barras. Despojarse de la chaqueta de punto gris marengo talla “xxs” le habrá parecido una odisea que no merecía la pena. El caso es que una señorita que entró en la tienda con un aspecto de lo más saludable ha salido por la puerta convertida en una irrisión. Desconozco si ha llegado a la boca del metro (se encuentra cincuenta metros más abajo) respirando o si han tenido que reclamar la presencia de los servicios de urgencia. Desde luego la posibilidad de una muerte por asfixia embutida en una prenda barata que te hace mucho más gordita es escalofriante. Si, además, se trata una acción voluntaria (la de vestir semejante ridiculez) estamos ante la forma de suicidio más patética de la historia de la humanidad.

Mientras esta chica hace que sus curvas sean mucho más evidentes, decenas de diseñadores divinos, con peinados transgresores, gafas de diseño vanguardista, zapatos de charol y suela de madera flexible y carteras de piel maravillosa, ven como sus cuentas bancarias se hacen grandes. Muy grandes. Tan grandes como los michelines que la mayor parte de los humanos llevamos encima y de los que nos han enseñado a avergonzarnos cada vez que salimos de la ducha y nos miramos en un espejo. Y sus cuentas aumentan a costa de jovencitas esqueléticas que se van cayendo por las esquinas porque no pueden mantenerse en pie. Otra forma de suicidio absolutamente lamentable. Y real. Esta si que es real.

Hasta aquí la denuncia y declaración de guerra al colectivo “modistillos tuercebotas”. Eduardo se mostraba muy preocupado por el contenido del texto. ¿Se nota que la primera parte es sarcasmo puro y luego me pongo serio? No quiero que la gente se me eche encima, don Gabriel. Tranquilo, Eduardo, para mí que salimos de esta.

El próximo viernes el texto estará dedicado al colectivo formado por las cocineras de bares en los que se sirven menús. Ya veremos.


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