Domingo. Primer día de una vida entera.

Domingo. Día para el recuerdo mientras los niños disfrutan de sus juguetes, el mayor de una música que convierte en impermeable.

Dicen que es un día triste. No lo creo. Aprovechamos para mover cosas de un sitio a otro y nos encontramos con una fotografía del viaje a Egipto, con un disco que no escuchamos desde hace años, con ese papel que se perdió y tantos quebraderos de cabeza nos produjo. Es como si durante un día nos dedicáramos a recordar quienes somos. O quienes deberíamos ser.

El tiempo perdido nos obsesiona. En un instante queremos recuperar todo aquello que siendo jóvenes despreciamos por inútil. Se acumulan los proyectos perdidos, los recuerdos que nos hacen ser se ordenan en fila de a uno para pasar revista, el futuro se plasma en un deseo eterno que sabemos imposible. Pero los domingos, todo vuelve a su sitio. Las cajas en las que acumulamos nuestro futuro fallido se vuelven a cerrar. Y nos conformamos con lo que somos.

Los niños juegan con muñecas o con las espadas de madera. Nosotros, los adultos, con nuestros recuerdos. Ellos juegan a ser mayores (mamás o caballeros de honor que defienden la verdad). Nosotros jugamos a tener futuro. El que toca. El que nos corresponde. Gonzalo escucha música y se inhibe. Supongo que empieza a comprender que el tiempo pasa y quiere hacerlo suyo. Son las cosas de sentirse poderoso e inmortal. Ojalá le dure siempre.


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